Adiós patria mía, sé feliz

Esta es una historia sobre los míticos orígenes de la sede de una carismática institución.

La frase que da título a esta historia es, para mí, una de las más misteriosas y rica en significados– a la vez que romántica–, que nos ha dejado la reciente historia de España. No fue pronunciada por ningún político, por ningún escritor, por ningún rey o príncipe; la dijo, en el cadalso levantado en una plaza pública de la Villa y Corte, el famoso ladrón madrileño Luis Candelas, al que la justicia y la prensa de la época conocía como “El Candelas”.

EL ENEMIGO PÚBLICO NÚMERO UNO

Luis Candelas junto a otros bandidos que poblaban las sierras tras la finalización de la Guerra de la Independencia, contribuyó a que se fraguara una imagen pintoresca de España, que aún perdura en el imaginario colectivo. A la creación de esta leyenda contribuyeron no solo los viajeros extranjeros que nos descubrieron aquellos años, sino que contó con la complacencia de inflamados escritores españoles. Juan Valera, por ejemplo, lo explicaba de manera gráfica y harto complaciente: 

las damas rusas suspiraban por venir a España para ser raptadas y seducidas por los bandidos

Ladrón, seductor, artista del disfraz y especialista en fugas, Luis Candelas tuvo en jaque a la policía española casi una década, coincidente con los últimos años del reinado de Fernando VII y los primeros de la regencia de María Cristina; años turbulentos en uno de los siglos más convulsos y fascinantes de nuestra historia; una centuria en la que las traiciones, las intrigas y la falta de ética de la clase política empeñada en conseguir el poder a cualquier precio, estaban a la orden del día.

INTRIGAS Y TRAICIONES

No fue Candelas ajeno a aquellas intrigas sociales y políticas. Anduvo en tratos con la masonería, fue miembro de la sociedad patriótica La Fontana de Oro, lugar de reunión de liberales, y se mostró afecto a la causa de Isabel II, a cuya madre se dirige  en petición de indulto, tras su condena a muerte: “(…) implora la clemencia de V.M., á nombre de su augusta Hija, á quien he prestado servicios, y por quien sacrificaría gustoso una vida (…).”

¿Acaso la Reina Regente no concedió el indulto, porque el solicitante había sido políticamente incorrecto al desvalijar, en su propia casa, a la mismísima modista de la Reina, y asaltar la diligencia en la que viajaban el Embajador de Francia y su esposa, robos cometidos poco antes de que fuera detenido; ¿o fueron otras las razones?

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En el periódico El Español, el 7 de noviembre de 1837 podía leerse:

“Hoy ha sufrido pena de muerte en garrote vil Luis Candelas por complicidad en varios robos. Extraordinario ha sido el valor que manifestó al salir de la cárcel de Corte durante la carrera y en el mismo momento en que subió al patíbulo. Después que se le puso la argolla suplicó al verdugo que suspendiese por un momento la ejecución porque tenía que hablar, y dirigiéndose al inmenso pueblo que estaba observando sus movimientos dijo: ‘He sido pecador como hombre, pero nunca se mancharon mis manos con la sangre de mis semejantes, digo esto porque me oye el que va a recibirme en sus brazos. Adiós, patria mía, sé feliz’, y un momento después ya no existía.

Luis Candelas tenía 31 años. La cárcel desde la que el reo salió camino del patíbulo era la Cárcel del Saladero.

ÉRASE UNA VEZ UNA SINIESTRA CÁRCEL

Con la intención de abastecer de tocino y manteca a los madrileños, la Cárcel del Saladero fue en su origen un matadero y saladero de cerdos, mandado construir por Carlos III al arquitecto Ventura Rodríguez. El hacinamiento, por un lado, y un brote de tifus surgido en la Cárcel de Villa y Corte, situada en el centro de la capital del Reino, por otro, aconsejó trasladar a los presos a las afueras de Madrid. Se pensó en El Saladero, un casón de tres plantas que había dejado de ser utilizado para el fin para el que fue construido, y que servía entonces de asilo para indigentes. Tras las obras de “acondicionamiento”, el edificio estaba listo para recoger a la población reclusa, y convertirse en la nueva cárcel de Corte, en un “Presidio o Casa para los forzados y una Casa de corrección”. Los forajidos de Madrid dejaron en la década de los treinta del siglo XIX de “dormir bajo el ángel”, dicho castizo que hacía alusión al ángel de la cornisa del Palacio de Santa Cruz, antigua Cárcel de Corte y actualmente sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. El saladero de tocino se convirtió así en la tétrica Cárcel del Saladero.

A ella se refería Fernández de los Ríos como un “edificio lóbrego, oscuro, tenebroso, de estrechos corredores e inconvenientes habitaciones, donde viven confundidos los acusados de delitos leves, con los sospechosos de crímenes más atroces, los sentenciados en espera de ir a su destino, con los que tienen en sumario su proceso”.

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Popularmente conocido por Don Jorgito el Inglés, el escritor y filólogo inglés George Borrow pasó unos días en esta prisión encarcelado por vender libros que propagaban “el evangelio del Señor en este reino de España”, pero que no habían sido publicados en suelo español. La descripción que hace del recinto carcelario es  aterradora: “aunque es la principal prisión de Madrid, no dice nada ciertamente a favor de la capital de España…Uno de los calabozos es, si cabe, más horrible que el otro; lo llaman la gallinería, y en él encerraban todas las noches a chicuelos infelices de siete a quince años, casi todos en la mayor desnudez. El lecho común de los huéspedes era el suelo, sin que entre él y sus cuerpos se interrumpiese nada, salvo a veces una manta o delgado jergón, pero este último lujo era rarísimo.”

INQUILINO HABITUAL

Luis Candelas fue inquilino habitual de la Cárcel del Saladero. Además de él, aunque en épocas posteriores, fueron también moradores de esta cárcel, el Cura Merino quien apuñaló a Isabel II cuando iba a Misa, y el Presidente de la Primera República Española, Nicolás Salmerón.

Aunque no se ponen de acuerdo en las fechas, varios cronistas afirman que Luis Candelas coincidió en prisión con el político y reconocido donjuán, Salustiano Olózaga, quien llegaría a ser Presidente del Consejo de Ministros con Isabel II.  Olózaga y Candelas sentían inclinación por la causa liberal, a la vez que compartían amantes: Mary Alice, una rica aristócrata, y Lolita Quiroga, quien años después sería sor Patrocinio, la famosa “monja de las llagas”. Ambos protagonizarían una fuga de leyenda.

Candelas era el amo y señor de los tenebrosos pasillos de El Saladero. Alertado por Mary Alice, organiza una compló para sacar de entre sus muros a Olózaga, encarcelado tras una conspiración política. En plena fuga, el político pide al ladrón que lo acompañe en su huida, a lo que éste se niega. Son alcanzados por los carceleros en el patio. Olózaga consigue fugarse lanzando monedas de oro a los guardianes, mientras los amenazaba con una pistola, al grito de

¡Onzas y muerte llevo!

El político huye y Candelas se queda en la cárcel, aumentando así su leyenda, reflejada popularmente en coplas y en romances de ciego. Se fugaría poco tiempo después.

El 6 de noviembre de 1837, Luis Candelas salió de la Cárcel del Saladero, pero esta vez camino del patíbulo.

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LUZ AL FINAL DE ESTRECHOS CORREDORES

La Cárcel del Saladero fue derribada en 1888. En el solar que ocupó la cárcel, en la madrileña Plaza de Santa Bárbara (frente a la popular Cervecería Santa Bárbara), se construyó hacia 1920 una mansión de estilo neobarroco, obra de Joaquín Pla Laporta: el Palacio de los Condes de Guevara. Tras ser sede de diferentes entidades bancarias, en la actualidad es el Centro de Innovación del BBVA, conservando el diseño original y su estructura.

Confieso que desde que he conocido la historia que acabo de contaros, me recorre un escalofrío cada que vez que cruzo la verja del palacete de la Plaza de Santa Bárbara, cada vez que me siento en una butaca blanca de su Salón de Actos,  de paredes blancas y magníficos ventanales. En el hasta ahora último acto de esta función de la que me considero un personaje más, el escenario ha cambiado: este lugar que en otro tiempo estuviera atravesado por oscuros y tenebrosos corredores, y que albergaba a hombres privados de libertad y de ilusión, se ha convertido hoy en un espacio lleno de luz, donde la libertad es el motor que mueve a compartir ideas e innovar, con la mirada puesta en crear un mundo mejor para las generaciones futuras.

Este Centro de Innovación alberga hoy a emprendedores y jóvenes creadores. En su Salón de Actos  es el lugar habitual donde se celebran conferencias, charlas-coloquio y talleres de las más diversa índole.Un escenario que gracias a la tecnología, transciende lo puramente físico, acaso como los gritos y las ansias de libertad de los presos de la Cárcel del Saladero volaban, en sus noches oscuras, extramuros del antiguo y tétrico caserón.

Las palabras que “El Candelas” pronunció como despedida en el cadalso cobran hoy sentido: la búsqueda de la felicidad desde la libertad de creación y el respeto a las ideas. 

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Tengo más de 25 años de experiencia en comunicación.
Desde hace 5 años he convertido mi pasión en mi trabajo: el Storytelling. Ayudo a empresarios, emprendedores y profesionales a definir su Identidad descubriendo su historia. Soy Coach de Marca Personal.

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