¿Y esto pa´ qué sirve? El latín cruza el Vístula

Muzeum Noeoów Warszawa (Museo del Neón de Varsovia). —Rodrigo Martínez-del Rey Delgado
Firma invitada: RODRIGO MARTÍNEZ-DEL REY DELGADO (TORUN, POLONIA)
RELATO

¿Y esto pa´ qué sirve?

 

Ya se lo diga usted en latín, Cognitio non fit (est); en polaco: Wiedza nie ma miejsca; o en español: El conocimiento no ocupa lugar, hay gente que se empeña en ahorrar espacio en su cabeza como si de un iPod se tratara. No vaya a llenarse la memoria a los 30 años y tenga que formatear su disco duro. Pero no solo se preocupa el buen samaritano de su coco, sino del tuyo también. Una preocupación que se ve reflejada en cuestiones tan sesudas como, ¿Pero eso pa´ que te vale en la vida?, procediendo al inmediato trago de cerveza o a escupir la cascara de pipa, según contexto.

Estas líneas son para mi yo del pasado y, sobre todo, para toda la gente que se achanta ante tan abrumadora pregunta. Y, sí, puede que se torne algo serio al final. Rogamos nos disculpen.

No era yo más que un zagal cuando me mandaron a un internado. No piensen mal, fue por buen comportamiento, ningunos padres podrían soportar tan buena conducta y tan excelentes calificaciones. El colegio se encargaba de formar a gente lo mejor que podía. El nivel de cazurrismo de algunos era solo superado por la perseverancia de algunos profesores en negarse a dejar caer a sus criaturas. No recuerdo bien que curso era, pero a causa de los vaivenes en las leyes de educación volvió la posibilidad de elegir latín. ¿Latín? Si, latín. Lo de los romanos de Roma. Yo, que me muevo por pálpitos (y así me va), decidí apuntarme. ¡Que sorpresa! El latín no podría darse porque para mí solo era inviable. Afortunadamente, otros 3 o 4 eruditos interesadísimos por el latín (o desinteresadísimos en la economía, que era la alternativa) se unieron, por lo que se pudo impartir la asignatura. Ahora bien, con el latín llega el momento en el que aparece esa fatídica cuestión, que en mi cabeza resuena ahora a cámara lenta, y con mucha reverb.

— ¿Y eso para qué te vale?

— Que si eso no se habla… que si eso no sirve para nada… que haga cosas útiles…

Años después, casi a punto de entrar en la universidad, decidí que era momento de meterme con un segundo idioma, tercero si cuento con el instalado de fábrica. El francés nunca me gustó mucho; el portugués e italiano me parecían sencillos y buscaba algo que me sacara un poco de mi zona de confort; y el alemán estaba muy de moda. Ya fuera por la ensaladilla, los filetes o la montaña decidí que el ruso iba a ser ese idioma. El desenlace fue previsible.

—¿Y eso para qué te vale?

— Pero quién habla ruso… que eso es muy complicao… ¿Qué se te ha perdido en Rusia?… Estudia otra cosa más útil…

Atardecer otoñal a orillas del río Vístula— Rodrigo Martínez-del Rey Delgado

Estamos en 2018, casi 10 años después de que escogiera latín por primera vez, y unos 5 desde que empecé el ruso. Tengo la suerte de disfrutar mi Erasmus en Polonia. ¿Y saben qué? He aprendido polaco más y mejor. Entiendo un porcentaje generoso y puedo comunicarme. Tengo buena pronunciación y mucho vocabulario; sin las declinaciones del latín no habría entendido como se estructura una frase en polaco; sin el latín no sabría todos los términos que están ligados con la religión (de manera directa o indirecta) y que supone cerca de una tercera parte del idioma de este país, profundamente católico; y sin el ruso no habría sido capaz de pronunciar sílabas como RZ, SZCZ, CZ, DZ, GRZ, PRZ o letras como sus Ą, Ę, Ć, o Ł; ni tampoco tendría todo el vocabulario que comparte al ser una lengua de la misma familia. Como números o colores.

Nunca te avergüences de lo que estudias, de lo que eliges o de lo que haces por miedo a si será útil o no. Que la utilidad de algo dependa solo, y exclusivamente, de la que tú le des.

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Tener y querer, la diferencia entre disfrutar o sufrir

Tener y querer no expresan lo mismo. En nuestra vida diaria, sin embargo, son términos que solemos utilizarlos como si lo fueran. La mayoría de las veces lo hacemos de manera inconsciente. Es decir, automáticamente. No diferenciar con claridad entre tener y querer puede conducirnos a sufrir innecesariamente. El sufrimiento es opcional, no nos viene a los humanos de serie.

A lo largo del día tomamos muchas decisiones. Algunas son simples y forman parte del devenir diario. Otras son más complejas y requieren una mayor energía. Tanto para las más sencillas como para las más complicadas, conviene que no olvidemos que distinguir entre tener y querer nos puede hacer la vida más agradable. Lograr que disfrutemos con aquello que hagamos. Al fin y al cabo, disfrutar no es otra cosa que sentirse a gusto haciendo lo que hacemos.

Lo que acabo de afirmar esta muy bien expresado en una escena de la emotiva película Creed, la leyenda de Rocky (2015),  la sexta de la serie dedicada al boxeador de Filadelfia. Rocky Balboa— ya retirado— entrena al hijo (Adonis Johnson) del que fuera su gran rival y amigo, Apollo Creed. Cuando el pupilo de Balboa sube al ring, al inicio del combate, para enfrentarse a un rival superior y más experto que él, Rocky le dice:

Esto es lo que querías, y quiero que lo disfrutes

De la intensidad de la pelea da idea la cara del boxeador después de 12 asaltos: una ceja abierta y el otro ojo cerrado, entumecido.

Tener y querer, el lenguaje crea realidad

Tener y querer está directamente relacionado con nuestra manera de hablar y de hablarnos. Nuestro lenguaje es generativo. No se limita a describir algo que ocurre dentro o fuera de nosotros, sino que genera realidad. Y del mismo modo que pueden ayudarnos a vivir mejor, pueden tener el efecto contrario.

«Nuestras palabras son los bloques con los que se construye nuestro mundo interior»Enric Lladó

¿Qué ocurre entonces con tener y querer?

Voy a poner un ejemplo que, quizás, pueda parecer extremo. Ir al dentista me suponía un considerable esfuerzo, cuando no terror. Varios días antes de la cita me echaba a temblar. Retrasé alguna cita, y en algún caso extremo, incluso, la anulé. «Tengo que ir al dentista», me decía. Esa manera de hablarme me hacía sufrir. Durante la estancia en la sala de espera me sudaban las manos. Me sentaba en el sillón temblando, como si este fuera un potro de tortura.

Hasta que un día cambié mi lenguaje. Dejé de decirme «tengo que ir al dentista» y comencé a decirme, «quiero ir al dentista». Esto me supuso encarar el trance de manera completamente diferente. Mi cambio de lenguaje fue consecuencia, básicamente, de pensar que mi asistencia a la consulta del dentista iba en beneficio de mi salud.

«Tengo que» denota obligatoriedad, es como si nos diéramos una orden, y a nadie le gusta que le den órdenes. Decir «quiero», es lo contrario; es algo que elegimos voluntariamente. Es una elección, no es una orden. Elegir supone renunciar a algo, y si lo hago es porque hay algo mejor. Mientras que en le caso de la orden, no nos ofrecemos esa posibilidad.

«Tengo que» es frustrante, mientras que «quiero» es liberador.

¿En qué momento podemos empezar a cambiar nuestra manera de hablarnos? Depende de cada uno de nosotros.

Si mañana, cuando suene el despertador, en lugar de enfadarte por tener que hacerlo, te dices preguntas, ¿para qué quiero levantarme?

LECTURA RECOMENDADA

Tocar con palabras, Enric Lladó, Editorial Kolima, 2016

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Firma invitada: RODRIGO MARTÍNEZ-DEL REY DELGADO (TORUN, POLONIA)
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Comenzaba mi viaje a las repúblicas bálticas en tren dirección Varsovia, la capital polaca y punto de origen de mi expedición. Como he dicho en más de una ocasión, la personalidad polaca está forjada entre la complejidad y organización propias de la mentalidad germana y la simpleza y el caotismo, si me permiten, ruso.

Podría haberse mezclado lo mejor de cada casa. La simplicidad rusa y la eficiencia alemana, pero no fue para nada así. Ni si quiera se han quedado solo con lo peor. Literalmente lo tienen todo junto. Es asombrosa su capacidad de combinar puntualidades enfermizamente exactas con desbarajustes en los horarios que harían desmayarse a un italiano. Me estoy ganando enemigos a paladas con cada línea que escribo.

Volviendo al viaje. Me encontraba en la estación, mientras esperaba al tren, hablando por teléfono, despreocupadamente, con mi madre. No era ni mucho menos mi primer viaje Torun- Varsovia y tenía la,—inocente—, tranquilidad del que cree que lo tiene todo controlado. Los numerosos viajes que habían precedido a este, tanto en bus como en tren, habían contado con un esquema de numeración de sitios muy simple. Similar al aplicado durante las rebajas. El primero en llegar se lo lleva. Yo me veía con posibilidades de conseguir un buen puesto, había entrenado a fondo las dos últimas semanas corriendo de la cama al escritorio ida y vuelta.

Ahí estaba yo colgando el teléfono al tiempo que el tren avanzaba sus últimos metros. Y entonces ocurrió. Las puertas, como si de un pistoletazo de salida se tratara, se abrieron. Pero para mi sorpresa la gente se colocó en ordenadas filas delante de las entradas dejando salir a los que estaban dentro y algún salvaje incluso ayudando a gente con sus pesados bártulos.

La bofetada de frío constante que tenemos aquí no fue ni la mitad de fuerte que la que me dio la realidad. Me vi entrando en un vagón, que no sería el mío ni con toda la suerte del mundo, con un montón de polacos agermanizados que se colocaban de manera asquerosamente civilizada en sus sitios designados.

Cuando conseguime apartar de semejante orgía de buenas maneras miré mi billete y enfilé hacia mi coche. Atónito estaba. La gente no se pegaba, ni se quitaba el sitio. Miraba a todas partes y no era algo generacional, ni algo del status social. ¿Que era diferente de todos los otros vehículos?

Cuando llegué a mi asiento levanté la mirada y vi, con sorpresa, que no solo estaba numerado si no que estaba escrito también, a su lado, la ciudad de mi destino.

Puedo adaptarme a un caos absoluto a la hora de esperar, montar, pagar y bajarme de un transporte. También puedo acostumbrarme a una estructuración absoluta y organización extrema. Pero…cabrones…, si estamos jugando al ajedrez , no me comas una, te cuentes veinte y tires porque te toca.

 

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