Héroes cotidianos. Cómo vencer nuestra sombra

Héroes cotidianos tiene un propósito,  ayudarnos a descubrir el héroe o la heroína que llevamos dentro. Dicho en palabras de su autora, Pilar Jericó, «una invitación a la épica personal, a la búsqueda y al proceso de transformación positiva ante las dificultades». 

heroes cotidianos, personas caminado

HÉROES COTIDIANOS. Descubre el valor que llevas dentroPilar Jericó. Editorial Planeta, 2010

 

Conceptos como épica, héroes o epopeya nos pesan demasiado. Nos hacen sentirnos empequeñecidos, pero, a la vez, nos emocionan. Sentimos una llamada, una voz interior, un pellizco en el estómago. Nos pasa cuando leemos una historia que nos conmueve, cuando vemos una película, o cuando nos cuentan una historia que nos resuena. Es una contradicción interna.

Esta dualidad, Pilar Jericó la identifica en Héroes cotidianos con nuestra sombra, que no es otra cosa que miedos, voces internas que intentan acallar la llamada: «tú no vales», «vivir es sólo para triunfadores», «tú aquí sobras»…

Estas palabras, como árboles, nos impiden ver el bosque que forman todos los héroes que nos rodean. Pero también somos un árbol en ese bosque, porque todos llevamos un héroe dentro de nosotros.

El primer paso es siempre el más difícil pero es el más importante. Y ese primer paso es creerse que puedes ser tan héroe —o tan heroína— como Ulises o Shackleton. Este libro está dedicado a ti, habla de ti, lleva tu nombre. Sólo tienes que querer verlo.   El héroe cotidiano no espera la intervención desde fuera, asume su responsabilidad y vive el camino para encontrar la solución.

El héroe cotidiano, la heroína cotidiana, es protagonista de su vida. No asume el papel de víctima.

heroes cotidianos, princesa de hielo

Dragones, princesas y témpanos de hielo

 

Ernst Shackleton, explorador irlandés  en la Inglaterra victoriana,  quiso llegar el primero al Polo Sur, pero se le adelantó Amudsen. Se planteó entonces cruzar la Antártida de lado a lado. Su barco quedó atrapado entre los hielos, a los dos meses del inicio de la expedición, para acabar hundiéndose.

El explorador y sus veintitrés marineros navegan a la deriva sobre un témpano de hielo, sin apenas alimentos. Envía a seis de sus hombres en un bote a buscar ayuda a las zonas balleneras. No hay mapas. Llegan a lugar equivocado. Después de muchas peripecias, consigue, finalmente, ayuda, y regresa sano y salvo junto con sus veintitrés tripulantes. Han pasado dos años desde que iniciara su aventura.

Aventura: «Empresa de resultado incierto o que presenta riesgos» (DRAE). Una definición que es tan válida para explicar La Odisea, como el viaje de Shackleton o nuestra vida cotidiana.

A diario luchamos contra dragones en forma de despidos, nuevos retos personales y profesionales, y fracasos. Perdemos a la princesa prometida o el príncipe azul pierde su color. Y navegamos sobre un témpano de hielo a la deriva cuando nos cambia la vida. Y, en la mayoría de los casos, sin mapa.

La heroicidad cotidiana es una actitud no un resultado. Ser héroe consiste en afrontar la vida con una actitud de búsqueda, de entereza y compromiso.

PILAR JERICÓ

La senda de los héroes cotidianos

 

Basándose en los héroes de la mitología, de las historia y de los cuentos populares, así como en los hallazgos de la ciencia, Pilar Jericó desarrolla la senda de los héroes cotidianos en seis etapas.

Cada etapa se corresponde con un capítulo. Cada uno de ellos dispone de una batería de preguntas orientativas con el ánimo de facilitar la búsqueda.

    1. Atender la llamada. Y comprenderla como una invitación de la vida. Es el comienzo de la búsqueda. La lucha con la incertidumbre, evitando la angustia sobre lo que pueda ocurrir, sin resignación y permitiéndote explorar otras realidades.
    2. No negar ni el miedo ni la sombra. Confrontarse con uno mismo y dar el paso. Mirar al miedo a la cara y dejando que las emociones te invadan sin apartarlas de ti.
    3. Identificar nuestra sombra. Atravesar el desierto personal y vivir la noche oscura, con la certeza de que saldremos de ahí.
    4. Explorar una nueva realidad. Comenzar el proceso de iniciación. Conectarse con la esencia. Apoyarse en amigos, sin miedo a pedir ayuda, buscando la referencia de maestros o mentores.  Y volver a soñar, ¿cómo te ves de aquí a un tiempo?
    5. Adquirir nuevos hábitos y ganar recursos personales. Es el momento del desarrollo del optimismo, porque tus opiniones condicionan el resultado final. Es el momento de escribirlo el guión de tu vida.
    6. Enfrentarse con la sombra. La senda concluye. Se pone el punto final a la aventura y regresando a lo cotidiano.

Reconoce la dualidad que hay en ti, tanto a su grandeza como tu sombra, y no le des poder a esta última.

—PILAR JERICÓ

Sólo tú te salvas. Sólo tú eres héroe para ti mismo. ¿Cuál es tu Polo Sur?

 

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¿Por qué fui costalero?

Relato publicado el 20 de marzo de 2009, en el número especial de Semana Santa del semanario ABC Viajar.

relato

 

En primera persona

 

Sábado Santo. Estoy sentado en un banco de la iglesia de San Pedro Apóstol. Una faja me rodea la cintura para proteger los riñones. El bajo del pantalón atado sobre unos calcetines blancos. Alpargatas negras de cáñamo. Miro al suelo, lo mismo que un saltador al iniciar la carrera. En unos minutos embocaremos la Puerta del Perdón, pórtico unos pocos centímetro más ancho que el paso de palio de la Virgen de la Soledad, La Sole, para nosotros costaleros. Por arriba, el arco se estrecha en ojiva gótica. De rodillas si queremos enhebrar a la primera.

Como atlantes flexionamos lentamente y, ya de hinojos, el paso parece que avanza movido por muñones. Ocupo la esquina delantera izquierda, junto a los respiraderos de celosía. A la derecha, cinco costaleros y treinta más detrás de mi. Arrastro las rodillas y los primeros jadeos. Casi dos mil kilos soportados sobre cilindros de guata envueltos en los costales, sobre la base del cuello, donde descansa la trabajadera. Notaré el dolor cuando me acueste. Pero eso no lo sé todavía. Es el primero de mis cinco años de costalero. Fuera del templo, el gentío aplaude cuando levantamos.

En las aceras, muchos se santiguan. La banda de música toca Los campanilleros. Bailamos. Y con nosotros, aún en su tristeza hierática, también la Virgen. Las bambalinas del palio golpean contra las varas, rítmicamente. Noto que en el cuello va creciéndome un bulto que no desaparecerá hasta una semana después. En la calle Cuchillería, cuesta arriba, el penúltimo esfuerzo antes de la entrada. Nos jaleamos. A la puerta de la iglesia, el gentío se calla cuando nos hincamos de rodillas. Sólo oigo la voz del capataz y la respiración acelerada de mi compañero de atrás. Y luego, cuando entramos, aplausos sordos.

No sé por qué fui costalero, contesto a mi hijo adolescente, mientras le hablo de orgullo, de esfuerzo personal, de trabajo colectivo y solidario en las trabajaderas.  Frente a nosotros, treinta y cinco pares de alpargatas de cáñamo avanzan, con pasitos de geisha, dejando atrás la Puerta del Perdón. No sé por qué fui costalero pero, hoy, me cambiaría por ellos.

 

En 2009, la revista Viajar, editada por ABC, no disponía aún de sitio web.

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Diálogos con el dios tecnológico: ceder el mando

Todo es posible en el futuro, un futuro que el «dios tecnológico» ha convertido en presente. No puedo evitar pensar, por eso, en la rebelión de los objetos, cada vez que el corrector de mi teléfono móvil me corrige una palabra. O cada vez que mi ordenador «se pone a pensar» al pedirle que ejecute una orden.

dios tecnologico-vision futurista
«No se dañaba a nadie, únicamente eran objetos, y, puesto que los objetos no podían sufrir, puesto que los objetos no sentían nada ni chillaban ni gemían, como aquella mujer podía empezar a hacerlo en cualquier momento, no había razón para sentirse, después, una conciencia culpable. Era tan solo una operación de limpieza. Cada uno en su sitio.» (Ray Bradbury, Fahrenheit 451. Plaza & Janés, 1974)

¿Por qué me haces esto?

 

En mi época universitaria, recuerdo haber visto una obra de teatro, muy de moda en aquellos años de incipiente democracia en nuestro país. Se iniciaba con el escenario ocupado por personajes esperpénticos, grotescos, deformados, asimilados por el autor a objetos.

La obra se titulaba «La rebelión de los objetos», escrita en los primeros años del siglo XX. Su autor, Vladimir Maiakoski, estaba alumbrando en aquellos años un movimiento artístico conocido como futurismo. Un futuro donde todo es posible, decía este escritor.

No puedo evitar pensar en la rebelión de los objetos cada vez que el corrector de mis dispositivos electrónicos me corrige una palabra. O cada vez que mi ordenador «se pone a pensar» al pedirle que ejecute una orden. Todo es posible en el futuro, un futuro que el «dios tecnológico» ha convertido en presente.

Cuando el ordenador se nos cuelga. Cuando la descarga de una canción se interrumpe. O cuando no tenemos la cobertura esperada en nuestros teléfonos móviles, mantenemos un diálogo con nuestros equipos informáticos. Brota en nuestro interior el irrefrenable deseo de lanzarlo por la ventana. Nos descubrimos hablando con nuestro ordenador o con el teléfono móvil. Aunque, en realidad, es un monólogo. «¿Por qué me haces esto?» «No me falles ahora». «Deja ya de…» O cosas peores.

El dios tecnológico es un objeto

 

Cuando hablamos así, estamos hablando desde la rabia. El siguiente paso es la ira, el punto máximo de la rabia, si el problema informático persiste. ¿Cuando ha sido la última vez que te ha ocurrido algo parecido?

Enfrentarnos a situaciones como éstas, en las que sentimos que los objetos se rebelan contra nosotros, suponen un magnífico entrenamiento para ejercitar nuestro control contra la ira. ¿Cómo hacerlo? Analizando el diálogo interior que mantenemos, plasmado en el monólogo contra el aparato en cuestión.

Un ordenador es un objeto. Por mucho que pensemos que se rebela contra nosotros, es un objeto. Por su actitud desafiante, pensamos que merece ser lanzado por la ventana. ¿Se lo merece? Aparte de quedarnos sin él, ¿qué conseguimos con lanzarlo por la ventana? ¿Por qué volcamos en él nuestra ira irracional? ¿Qué estamos tapando al enfadarnos con ese objeto inanimado?

Dejémoslo con sus procesos internos, a su aire, y vayámonos con la música (y nuestros pensamientos) a otra parte.  Si lo vemos como una máquina dotada de vida, que nos ataca,  somos nosotros los que sufrimos.  A él le da igual. No tiene emociones. Nosotros sí, y podemos manejarlas. Si lo vemos como lo que en realidad es, como un ser inanimado a nuestro servicio, como un objeto, este simple pensamiento nos hace cambiar la emoción.  La tranquilidad ha sustituido a la ira.

Y decidimos que no sale disparado por la ventana. Pero no porque nos sea útil, o nos resulte costosa su pérdida, sino porque somos seres humanos que nos gobernamos.

dios tecnologico- televisor destrozado

Ceder el mando

¿Haríamos lo mismo con una persona que piensa diferente a nosotros, que nos contraría? ¿La arrojaríamos  igualmente por la ventana? Esa persona sí tiene emociones. Y no somos quien para juzgarlas. ¿Se lo merece? ¿Quién puede juzgar lo que una persona merece o no? Es alguien diferente a nosotros. Así de sencillo. Si entendemos su discrepancia como un ataque, con mucha seguridad conseguiremos una escalada de enfados. Enfados que habremos construido sobre otros enfados.

Habremos cedido nuestro mando a esa persona, como se lo cedemos a nuestro aparato tecnológico, para que active nuestra ira. ¿Le daríamos el mando a distancia de nuestro televisor a un invitado para que elija que programa tenga que ver en mi casa? Sólo nosotros concedemos a otra persona el poder para que nos enfade. Como se lo damos para que nos seduzca.

Todos tenemos cierto grado de control sobre las cosas de las que somos conscientes, pero esas cosas nos controlan cuando no somos conscientes de ellas.

JOHN WHITMORE , creador del coaching moderno

 

¿Qué harás la próxima vez que se cuelgue tu ordenador? ¿Y cuando alguien te manifieste su discrepancia?

 

 

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