Nunca estoy solo con mi soledad

La escritora valenciana, María García- Lliberós, me comentó en la presentación de uno de sus libros, que una de las fuentes de inspiración de sus novelas eran «las conversaciones que escucho en el autobús». No estoy tan seguro de que esta novelista pueda hoy utilizar esa fuente de inspiraración.

Me permito emitir dos juicios:

  • En primer lugar, cada vez son menores la conversaciones entre la personas que van sentadas juntas en el autobús.
  • Y por otro lado, cada vez son mayores las conversaciones que se mantiene por internet o por teléfono móvil en los autobuses, y en los trenes. 

Este segundo juicio parece fundado. Si así no fuera, ¿por qué Renfe ha colocado un vagón silencioso en sus trenes de alta velocidad en los que está prohibido hablar por el teléfono móvil?

Vivimos en esta paradoja. En un mundo en el que han aumentado vertiginosamente los dispositivos para estar comunicados, el contacto personal ha disminuido. Cantaba  El último de la fila, que «cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana». Me atrevo a decir que, cuando la tecnología entra por la puerta, la atención hacia los que nos rodean salta por la ventana.

El psicólogo de la Universidad de Harvard, Daniel Goleman, llamó a esto «autismo social». Fue a mediados de los años 90 del siglo pasado. La tecnología de la que se disponía en aquellos años era un juego de niños comparada con la que hoy hay disponible en el mercado.

Poco después de las explosiones en los trenes en marzo de 2011, leí que muchos de los pasajeros se libraron de sufrir lesiones en el oído gracias a que iban protegidos por auriculares. La metáfora del caparazón de Goleman es absolutamente acertada.

La banda sonora de nuestra vida

Suelo viajar en transporte público. Ave y metro, y autobús. El metro tiene la ventaja de poder ver a las personas de frente. En el autobús, además, puedes ver como pasa la vida al otro lado del cristal. El pequeño – y temporal– mundo de un vagón de tren o de un autobús, está habitado por distintos micromundos. Uno por cada pasajero.  Cada vez es más frecuente ver a tus compañeros de viaje con los auriculares acoplados en la oreja.

Parece necesario ponerle banda sonora a nuestra diaria película.

– No sabes estar solo– me decía mi padre, cuando volvía del colegio y conectaba el equipo de música de mi cuarto.

– ¡Papá, qué cosas dices!– era mi invariable respuesta.

Pasado el tiempo, me he dado cuenta de que mi padre tenía razón. Bien sea con el equipo de música de entonces, o con los inevitables auriculares ahora, seguimos poniendo banda sonora a nuestros días.

Los auriculares crean un caparazón que provocan aislamiento social. Aunque si me pongo en la piel de quien los lleva, puedo imaginar que está en sintonía con su cantante favorito.  O que su corazón late al mismo ritmo que la batería de la canción que suena en su télefono.


Con nuestra soledad a cuestas

¿Qué hacemos si estamos solos un minuto? Echamos mano del teléfono, casi automáticamente. Es muy frecuente ver en esos viajes en los transportes públicos a personas mirando casi compulsivamente sus móviles. Y apagándolos, porque no hay mensaje alguno.

Escribo esta entrada en plenas vacaciones de Semana Santa. Ha aumentado, dicen las crónicas, el turismo interior. Muchas personas se desplazarán hasta una casa rural o a un pueblo perdido en la montaña. ¿Cuántos de los que se desplazan no habrán mostrado su disgusto porque la casa rural no disponga de televisor, o no haya cobertura en el pueblo elegido?

Nos cuesta sentirnos solos. Esa soledad nos coloca frente al espejo. Nos confronta con lo que no queremos. Y sentimos entonces la imperiosa necesidad de llenarla de contenidos.  Todos necesitamos afecto, es cierto. Pero, al final, siempre estamos solos. Nuestra decisiones las tomamos en soledad. Necesitamos la soledad. Hay otra, impuesta, la soledad no deseada. Esta nos destroza la autoestima y nos provoca, además, mucho dolor. Es una soledad aterradora.

Yo he sentido ambas. He aprendido a disfrutar de una y sufrido con la otra. Comenzó siendo una soledad no deseada, impuesta por mi timidez de adolescente. Traté de llenarla con libros y canciones.

Non, Je ne suis jamais seul avec ma solitude (No, yo nunca estoy solo con mi soledad). Georges Moustaki

El estribillo de esta canción, de Georges Moustaki, Ma solitude (Mi soledad), vino en mi auxilio para hacerme entender aquel estado en el que estaba sumido. Aquellos versos cambiaron para siempre mi relación con la soledad.

 

SI QUIERES SABER MÁS:

La biografía del silencio. Pablo D´Ors. Siruela, 2016

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Cómo enfrentar una entrevista de trabajo

Las entrevistas de trabajo han dado un cambio radical en los últimos años. Hace unos días escuché en la radio que, en el cuestionario de reclutamiento de una empresa, se formula a los candidatos la siguiente pregunta:

¿Cómo meterías una jirafa en una nevera?

Automáticamente, recordé las clases de Inteligencia Emocional que impartía Marian Frías, psicóloga, sexóloga, coach, y autora de varios best sellers. Mariam recurría a una frase que ha quedado impresa en cuantos hemos sido sus alumnos. Nuestra profesora la utilizaba cuando quería prevenirnos acerca de cómo habíamos de enfrentar la gestión de nuestras emociones. Nos decía:

Para comerse un elefante, hay que hacerlo a filetitos– Marian Frías

Por eso, la primera respuesta que me vino a la mente, para responder a la pregunta de la jirafa, fue: «pues a filetitos”. Ésta es sólo una de las docenas de respuestas para esa pregunta. No sé me ocurrió poner en cuestión la pregunta, sino dar una respuesta. La respuesta no es ni correcta ni incorrecta. Ni la pregunta. No hay preguntas correctas o incorrectas en estas entrevistas de trabajo, o en estos procesos de selección. Salvo que  la empresa que formula la pregunta de las jirafas, se dedique a la fabricación de neveras.

Si un elefante pude comerse a «filetitos», una jirafa también. Vamos a trocearlos.

Análisis, creatividad y competencias

Sin ánimo de ser exhaustivo, he realizado una pequeña búsqueda acerca de las (¿provocadoras?) preguntas que incluyen en sus entrevistas de trabajo algunas empresas. Apple, por ejemplo, coloca al aspirante en el papel de cocinero y le demanda que explique si es pragmático o académico. Xerox quiere saber por qué las pelotas de tenis son peludas. Otra empresa quiere conocer si el candidato sabe cuántas vacas hay en Asturias. Y así un largo etcétera.

Preguntas de este tipo eran muy frecuentes en las entrevistas de trabajo que realizaban bancos o empresas tecnológicas. Dado el triste aumento de demandantes de empleo, esta práctica ha extendido también su uso a otros sectores.

El mismo entrevistador tampoco conoce la respuesta. Ni le importa. Lo que busca haciendo esas preguntas en una entrevista de trabajo, es conocer la capacidad de reacción de la persona entrevistada. Su capacidad de análisis. Su creatividad.  Sin preguntarlo directamente, el entrevistador quiere conocer realmente las competencias del candidato.

Competencias,  conjunto de conocimientos, habilidades, disposiciones y conductas que posee una persona que le permiten la realización exitosa de una actividad. –Maite Usón

El lenguaje no verbal

No son recomendables, por lo comentado anteriormente,  respuestas del tipo, «no lo sé», «ni idea», «no dispongo de ese dato». U otras parecidas. No has dado respuestas. Y lo que es peor, en tu diálogo interior te estás diciendo, «¿de qué va?». O,  «¡vaya una pregunta!». 

Estas expresiones internas suelen estar acompañadas externamente de un gesto o gestos de sorpresa o desagrado. Cejas que se elevan, dilatación de las pupilas, o un cambio de postura. Has dado una pista al entrevistador, su pregunta ha hecho mella en ti.

La entrevista ha comenzado a hacer aguas por donde menos lo esperabas. Has elegido con extremo cuidado la ropa que llevas. Has visitado la página web de la empresa a la que aspiras a entrar. Te la sabes de memoria. Tu curriculum lo tienes perfectamente interiorizado. Pero una sola pregunta te ha hecho perder la concentración, porque ha dado en tu línea de flotación. Te ha hecho perder el foco.

Poner el foco

La buena noticia es que todo se puede entrenar. Y con esto no quiero decir que seas artificial, que finjas. Todo lo contrario. Sé como eres. Tus logros y tus competencias forman parte de tu Marca Personal.

El humor es en estas situaciones un argumento imbatible. Esboza una sonrisa mientras piensas la respuesta. Ganas unos segundos de oro. Así pasas a dominar tú la situación. Una sonrisa acompañada de preguntas.  ¿Cómo es la jirafa? ¿Y la nevera? ¿Es de juguete la jirafa? ¿Tiene congelador la nevera?…
Con estas u otras preguntas, el entrevistador se siente escuchado. Entiende que tú estás en sintonía con su trabajo. Y con el foco puesto la entrevista. Has tomado la iniciativa y, además, estás ganando un tiempo precioso para encontrar respuestas.

En esos momentos, tu gesto ya se ha relajado y al buscar las respuestas, tus ojos se elevan. Le has dado una pista excelente al entrevistador al observar este gesto. Tu lenguaje no verbal le está diciendo que eres una persona creativa. Una persona que busca respuestas, en lugar de ver problemas. ¿Tenías alguna duda de que así fuera?

¿Cómo puedes entrenar esto en tu vida diaria?

 

Cuando hables con tus amigos, con tu pareja, con tus hijos, o con tu jefe, ¿por qué no pones en ellos tu atención? ¿Qué te impide poner el foco en lo que dicen y no en lo que crees que dicen?  ¿Por qué en lugar de juzgar sus preguntas, no las escuchas y ofreces tus puntos de vista? Habrás hecho así músculo para que , cuando en una entrevista de trabajo, te hagan preguntas que no te esperas, sepas salir de la situación.

Y así, filetito a filetito, te comes un elefante. O una jirafa. Y lo que haga falta.

 

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La procrastinación eficiente, o la perfección como fantasía

LA PROCRASTINACIÓN EFICIENTE.  John Perry.  Empresa Activa, Ediciones Urano, 2012.

La procrastinación estructurada significa organizar la estructura de las tareas que tenemos que hacer de tal manera que exploten este hecho. John Perry

Procrastinación estructurada

Hace días que tenía que haber escrito esta reseña. O tal vez, semanas. O meses. ¿Por qué lo he hecho ahora? No porque tuviera que hacerlo, sino para no hacer otras cosas. A saber: corregir las tareas de mis alumnos, leer los libros que he sacado de la biblioteca, contestar varios correos, etcétera. O sea, que lo que esto no es otra cosa que procrastinar, porque que todos los procrastinadores posponen cosas, las difieren, las aplazan.

No, no.

Este comportamiento está de acuerdo con lo que el filósofo contemporáneo norteamericano y profesor de la Universidad de Standford John Perry ha denominado procrastinación estructurada:

Una estrategia asombrosa que convierte a los procrastinadores en seres humanos efectivos, respetados y admirados por todo lo que logran hacer. John Perry

¿Qué os parece?

Si quieren saber más cosas, pueden continuar leyendo esta nota, … y así no hacéis otras cosas, tales como escribir un ensayo sobre como emplear el tiempo, realizar un pedido al supermercado o preparar un informe…

Genio y figura

Una de las nietas de John Perry tomó algunos escritos de su abuelo y los publicó en su página web. Uno de ellos, el titulado El procrastinador estructurado, generó un inesperado número de visitas y comentarios, y obtuvo el premio IgNobel de Literatura, concedido por la revista de humor científico Annals of Improbable Research. El caldo de cultivo estaba listo para que Perry hiciera “un pequeño libro”, que en España se ha publicado con el título de La procrastinación eficienteescrito en primera persona.

Es cierto, este es, en realidad, un pequeño libro de apenas cien páginas y que responde perfectamente al lema de los premios Ig Nobel, un libro que primero hace sonreír y que luego hace pensar. La procrastinación eficiente se abre con el ensayo que lo originó, que sigue al prólogo Kepa Korta, profesor de la Universidad del País Vasco, quien como Perry se define como procrastinador. Ambos, entre pinchos por la parte vieja de Donostia y vinos en La Rioja, y la pesca en lagos californianos, finalizaron un libro sobre filosofía del lenguaje. Eso sí, lo entregaron a la editorial fuera de plazo.

procrastinacion-eficiente-perfeccion-fantasia

La procrastinación eficiente puede leerse casi de corrido con una sonrisa y una elevación incrédula de las cejas. La primera vez. La segunda, el procrastinador se siente exculpado, porque los sentimientos de las personas que procrastinan son de culpa. O, tal vez, lo que a unos les levanta sonrisas a otros les irrite, porque los procrastinadores «ponen de los nervios» a sus compañeros de trabajo o a sus parejas. Y no digamos ya a sus jefes. Perry incluye testimonios en este sentido.

Perfeccionismo y procastinación

John Perry cree que el perfeccionismo lleva a la procrastinación. Y no al contrario. Aunque el perfeccionismo del que habla es una fantasía, no una realidad. Estas fantasías nacen de la idea de que el procrastinador piensa “erróneamente”, que ser perfeccionista entraña haber completado tareas a la perfección.

La idea que propone el profesor de Stanford es sustituir las fantasías de perfección por las de fracaso absoluto. Es decir, realizar:

Tareas no perfectas, pero sí perfectamente lo bastante buenas. Ojalá te hubieras dado permiso para hacer un trabajo imperfecto desde el principio. John Perry

Estas fantasías perfeccionistas del procrastinador le llevan a perder el tiempo y a un enorme  torbellino emocional, que tiene como consecuencia un gran desgaste energético y sentimientos de culpa y frustración. Es decir, a una considerable bajada de la autoestima.

Bajo tu responsabilidad

A ver en qué quedamos: el prologuista del libro considera que La procrastinación eficiente no es un libro de autoayuda. John Perry, sin embargo, sí lo considera como tal;  así que se permite dar algunos consejos.

  • Hacer listas, pero, tanto si la tarea es grande como si es pequeña, subdividirla en tareas más pequeñas y menos exigentes.
  • Darse palmaditas en la espalda por lo que sí se ha hecho, en lugar de machacarse cono lo que queda.
  • Establecer colaboraciones con personas que no procrastinan, para impedir que nunca se acabe nada.

Y la recomendación final de John Perry: sobre todo, disfrutar de la vida.

 

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La vida, una cuestión de actitud

 

Las llamadas telefónicas de una amiga periodista solían despertarme de madrugada. Me llamaba desde Brasil. Lo hizo desde Rio de Janeiro y desde Salvador de Bahía, dos destinos turísticos promocionados por las agencias de viajes de todo el mundo. Mi amiga había conseguido una estancia, con todos los gastos pagados, de diez días en aquel país. Había sido premiada por UNICEF.

Alguna madrugada la escuché llorar al otro lado del teléfono. Había angustia en su voz. Brasil, el destino soñado por millones de turistas de todo el mundo, estaba generando en mi amiga un profundo desasosiego. Algo no cuadraba. Era imposible que encajara. Detrás de las paradisíacas playas, detrás de los espectaculares paisajes y la maravillosa arquitectura colonial, había otro Brasil. El de los niños que buscan comida en los vertederos, el de las favelas. El Brasil de la pobreza. Otra realidad no menos verdadera.

El premio estaba resultando ser un envenenado. ¿O no?

– ¿Qué puedo hacer?– me preguntó una de aquellas madrugadas.

Le sugerí que contara la realidad, la que ella estaba viendo y viviendo. Apelando a su espíritu periodístico, la invité a hacer una serie de reportajes en los que narrara el Brasil que estaba viendo.

Recuerdo que una de aquellas noches le dije:

– Si tu reportaje contribuye para que alguien, aunque sólo sea una persona, cambie su perspectiva sobre la vida, habrás puesto tu grano de arena.  Y ese grano se sumará a otros.

Una cuestión de actitud

Mi amiga periodista regresó, finalmente, a España. Hizo dos reportajes sobre la cara menos amable de Brasil, que se emitieron en la radio. Nunca ha podido saber si aquellos dos trabajos suyos contribuyeron a la creación de un mundo mejor. Sólo sabe cómo cambió su perspectiva tras aquel viaje. Un viaje de ensueño que propició un cambio inesperado. Su viaje interior, fruto de una actitud ante la vida.

Las playas están formadas de millones de minúsculos granos de arena. No podemos permanecer inmóviles cuando no nos gusta la realidad que nos rodea, pensando que nada podemos hacer para cambiarla. Tampoco podemos instalarnos en la ilusión de que el mundo es maravilloso. Hay mucho por hacer. Todo es una cuestión de actitud.

La actitud es una perspectiva interna.  Es nuestra manera de pensar. La que, en consecuencia, nos conduce a actuar. Es absolutamente personal. Sólo quien escuchó aquellos reportajes de mi amiga periodista, sabe como cambió su actitud ante la vida. Porque nuestra actitud puede inspirar la de otros. Aunque nunca lo sepamos.

Pasados varios años, escribí un relato, El vuelo del urubú, inspirado en aquel viaje a Brasil que te he contado en este artículo.

 

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La integridad, o cómo identificarte

integridad

¿Quién eres?

¿Quién te gustaría ser? ¿Qué te gustaría ser?

¿Crees en ti y tus posibilidades?

¿Eres imaginativo? ¿Eres soñadora, creativa?

¿Qué te hace pensar que no lo eres?

¿Eres conformista?

¿Eres capaz de ver más allá?

¿Tienes  un proyecto de futuro?

¿Qué te impide tenerlo?

El liderazgo interior es autogestión. Si algo quieres ser, es porque lo llevas dentro. La capacidad de asumir riesgos es tu prueba de fuego.

El corazón te dice los pasos que has de dar. La cabeza como hacerlo. Escucha a tu corazón.

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Fotos:De la exposición de trabajos fin de curso alumnos Escuela de BBAA de Ciudad Real

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Héroes cotidianos. Cómo vencer nuestra sombra

Héroes cotidianos tiene un propósito,  ayudarnos a descubrir el héroe o la heroína que llevamos dentro. Dicho en palabras de su autora, Pilar Jericó, «una invitación a la épica personal, a la búsqueda y al proceso de transformación positiva ante las dificultades». 

heroes cotidianos, personas caminado

HÉROES COTIDIANOS. Descubre el valor que llevas dentroPilar Jericó. Editorial Planeta, 2010

 

Conceptos como épica, héroes o epopeya nos pesan demasiado. Nos hacen sentirnos empequeñecidos, pero, a la vez, nos emocionan. Sentimos una llamada, una voz interior, un pellizco en el estómago. Nos pasa cuando leemos una historia que nos conmueve, cuando vemos una película, o cuando nos cuentan una historia que nos resuena. Es una contradicción interna.

Esta dualidad, Pilar Jericó la identifica en Héroes cotidianos con nuestra sombra, que no es otra cosa que miedos, voces internas que intentan acallar la llamada: «tú no vales», «vivir es sólo para triunfadores», «tú aquí sobras»…

Estas palabras, como árboles, nos impiden ver el bosque que forman todos los héroes que nos rodean. Pero también somos un árbol en ese bosque, porque todos llevamos un héroe dentro de nosotros.

El primer paso es siempre el más difícil pero es el más importante. Y ese primer paso es creerse que puedes ser tan héroe —o tan heroína— como Ulises o Shackleton. Este libro está dedicado a ti, habla de ti, lleva tu nombre. Sólo tienes que querer verlo.   El héroe cotidiano no espera la intervención desde fuera, asume su responsabilidad y vive el camino para encontrar la solución.

El héroe cotidiano, la heroína cotidiana, es protagonista de su vida. No asume el papel de víctima.

heroes cotidianos, princesa de hielo

Dragones, princesas y témpanos de hielo

 

Ernst Shackleton, explorador irlandés  en la Inglaterra victoriana,  quiso llegar el primero al Polo Sur, pero se le adelantó Amudsen. Se planteó entonces cruzar la Antártida de lado a lado. Su barco quedó atrapado entre los hielos, a los dos meses del inicio de la expedición, para acabar hundiéndose.

El explorador y sus veintitrés marineros navegan a la deriva sobre un témpano de hielo, sin apenas alimentos. Envía a seis de sus hombres en un bote a buscar ayuda a las zonas balleneras. No hay mapas. Llegan a lugar equivocado. Después de muchas peripecias, consigue, finalmente, ayuda, y regresa sano y salvo junto con sus veintitrés tripulantes. Han pasado dos años desde que iniciara su aventura.

Aventura: «Empresa de resultado incierto o que presenta riesgos» (DRAE). Una definición que es tan válida para explicar La Odisea, como el viaje de Shackleton o nuestra vida cotidiana.

A diario luchamos contra dragones en forma de despidos, nuevos retos personales y profesionales, y fracasos. Perdemos a la princesa prometida o el príncipe azul pierde su color. Y navegamos sobre un témpano de hielo a la deriva cuando nos cambia la vida. Y, en la mayoría de los casos, sin mapa.

La heroicidad cotidiana es una actitud no un resultado. Ser héroe consiste en afrontar la vida con una actitud de búsqueda, de entereza y compromiso.

PILAR JERICÓ

La senda de los héroes cotidianos

 

Basándose en los héroes de la mitología, de las historia y de los cuentos populares, así como en los hallazgos de la ciencia, Pilar Jericó desarrolla la senda de los héroes cotidianos en seis etapas.

Cada etapa se corresponde con un capítulo. Cada uno de ellos dispone de una batería de preguntas orientativas con el ánimo de facilitar la búsqueda.

    1. Atender la llamada. Y comprenderla como una invitación de la vida. Es el comienzo de la búsqueda. La lucha con la incertidumbre, evitando la angustia sobre lo que pueda ocurrir, sin resignación y permitiéndote explorar otras realidades.
    2. No negar ni el miedo ni la sombra. Confrontarse con uno mismo y dar el paso. Mirar al miedo a la cara y dejando que las emociones te invadan sin apartarlas de ti.
    3. Identificar nuestra sombra. Atravesar el desierto personal y vivir la noche oscura, con la certeza de que saldremos de ahí.
    4. Explorar una nueva realidad. Comenzar el proceso de iniciación. Conectarse con la esencia. Apoyarse en amigos, sin miedo a pedir ayuda, buscando la referencia de maestros o mentores.  Y volver a soñar, ¿cómo te ves de aquí a un tiempo?
    5. Adquirir nuevos hábitos y ganar recursos personales. Es el momento del desarrollo del optimismo, porque tus opiniones condicionan el resultado final. Es el momento de escribirlo el guión de tu vida.
    6. Enfrentarse con la sombra. La senda concluye. Se pone el punto final a la aventura y regresando a lo cotidiano.

Reconoce la dualidad que hay en ti, tanto a su grandeza como tu sombra, y no le des poder a esta última.

—PILAR JERICÓ

Sólo tú te salvas. Sólo tú eres héroe para ti mismo. ¿Cuál es tu Polo Sur?

 

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¿Por qué fui costalero?

Relato publicado el 20 de marzo de 2009, en el número especial de Semana Santa del semanario ABC Viajar.

relato

 

En primera persona

 

Sábado Santo. Estoy sentado en un banco de la iglesia de San Pedro Apóstol. Una faja me rodea la cintura para proteger los riñones. El bajo del pantalón atado sobre unos calcetines blancos. Alpargatas negras de cáñamo. Miro al suelo, lo mismo que un saltador al iniciar la carrera. En unos minutos embocaremos la Puerta del Perdón, pórtico unos pocos centímetro más ancho que el paso de palio de la Virgen de la Soledad, La Sole, para nosotros costaleros. Por arriba, el arco se estrecha en ojiva gótica. De rodillas si queremos enhebrar a la primera.

Como atlantes flexionamos lentamente y, ya de hinojos, el paso parece que avanza movido por muñones. Ocupo la esquina delantera izquierda, junto a los respiraderos de celosía. A la derecha, cinco costaleros y treinta más detrás de mi. Arrastro las rodillas y los primeros jadeos. Casi dos mil kilos soportados sobre cilindros de guata envueltos en los costales, sobre la base del cuello, donde descansa la trabajadera. Notaré el dolor cuando me acueste. Pero eso no lo sé todavía. Es el primero de mis cinco años de costalero. Fuera del templo, el gentío aplaude cuando levantamos.

En las aceras, muchos se santiguan. La banda de música toca Los campanilleros. Bailamos. Y con nosotros, aún en su tristeza hierática, también la Virgen. Las bambalinas del palio golpean contra las varas, rítmicamente. Noto que en el cuello va creciéndome un bulto que no desaparecerá hasta una semana después. En la calle Cuchillería, cuesta arriba, el penúltimo esfuerzo antes de la entrada. Nos jaleamos. A la puerta de la iglesia, el gentío se calla cuando nos hincamos de rodillas. Sólo oigo la voz del capataz y la respiración acelerada de mi compañero de atrás. Y luego, cuando entramos, aplausos sordos.

No sé por qué fui costalero, contesto a mi hijo adolescente, mientras le hablo de orgullo, de esfuerzo personal, de trabajo colectivo y solidario en las trabajaderas.  Frente a nosotros, treinta y cinco pares de alpargatas de cáñamo avanzan, con pasitos de geisha, dejando atrás la Puerta del Perdón. No sé por qué fui costalero pero, hoy, me cambiaría por ellos.

 

En 2009, la revista Viajar, editada por ABC, no disponía aún de sitio web.

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Diálogos con el dios tecnológico: ceder el mando

Todo es posible en el futuro, un futuro que el «dios tecnológico» ha convertido en presente. No puedo evitar pensar, por eso, en la rebelión de los objetos, cada vez que el corrector de mi teléfono móvil me corrige una palabra. O cada vez que mi ordenador «se pone a pensar» al pedirle que ejecute una orden.

dios tecnologico-vision futurista
«No se dañaba a nadie, únicamente eran objetos, y, puesto que los objetos no podían sufrir, puesto que los objetos no sentían nada ni chillaban ni gemían, como aquella mujer podía empezar a hacerlo en cualquier momento, no había razón para sentirse, después, una conciencia culpable. Era tan solo una operación de limpieza. Cada uno en su sitio.» (Ray Bradbury, Fahrenheit 451. Plaza & Janés, 1974)

¿Por qué me haces esto?

 

En mi época universitaria, recuerdo haber visto una obra de teatro, muy de moda en aquellos años de incipiente democracia en nuestro país. Se iniciaba con el escenario ocupado por personajes esperpénticos, grotescos, deformados, asimilados por el autor a objetos.

La obra se titulaba «La rebelión de los objetos», escrita en los primeros años del siglo XX. Su autor, Vladimir Maiakoski, estaba alumbrando en aquellos años un movimiento artístico conocido como futurismo. Un futuro donde todo es posible, decía este escritor.

No puedo evitar pensar en la rebelión de los objetos cada vez que el corrector de mis dispositivos electrónicos me corrige una palabra. O cada vez que mi ordenador «se pone a pensar» al pedirle que ejecute una orden. Todo es posible en el futuro, un futuro que el «dios tecnológico» ha convertido en presente.

Cuando el ordenador se nos cuelga. Cuando la descarga de una canción se interrumpe. O cuando no tenemos la cobertura esperada en nuestros teléfonos móviles, mantenemos un diálogo con nuestros equipos informáticos. Brota en nuestro interior el irrefrenable deseo de lanzarlo por la ventana. Nos descubrimos hablando con nuestro ordenador o con el teléfono móvil. Aunque, en realidad, es un monólogo. «¿Por qué me haces esto?» «No me falles ahora». «Deja ya de…» O cosas peores.

El dios tecnológico es un objeto

 

Cuando hablamos así, estamos hablando desde la rabia. El siguiente paso es la ira, el punto máximo de la rabia, si el problema informático persiste. ¿Cuando ha sido la última vez que te ha ocurrido algo parecido?

Enfrentarnos a situaciones como éstas, en las que sentimos que los objetos se rebelan contra nosotros, suponen un magnífico entrenamiento para ejercitar nuestro control contra la ira. ¿Cómo hacerlo? Analizando el diálogo interior que mantenemos, plasmado en el monólogo contra el aparato en cuestión.

Un ordenador es un objeto. Por mucho que pensemos que se rebela contra nosotros, es un objeto. Por su actitud desafiante, pensamos que merece ser lanzado por la ventana. ¿Se lo merece? Aparte de quedarnos sin él, ¿qué conseguimos con lanzarlo por la ventana? ¿Por qué volcamos en él nuestra ira irracional? ¿Qué estamos tapando al enfadarnos con ese objeto inanimado?

Dejémoslo con sus procesos internos, a su aire, y vayámonos con la música (y nuestros pensamientos) a otra parte.  Si lo vemos como una máquina dotada de vida, que nos ataca,  somos nosotros los que sufrimos.  A él le da igual. No tiene emociones. Nosotros sí, y podemos manejarlas. Si lo vemos como lo que en realidad es, como un ser inanimado a nuestro servicio, como un objeto, este simple pensamiento nos hace cambiar la emoción.  La tranquilidad ha sustituido a la ira.

Y decidimos que no sale disparado por la ventana. Pero no porque nos sea útil, o nos resulte costosa su pérdida, sino porque somos seres humanos que nos gobernamos.

dios tecnologico- televisor destrozado

Ceder el mando

¿Haríamos lo mismo con una persona que piensa diferente a nosotros, que nos contraría? ¿La arrojaríamos  igualmente por la ventana? Esa persona sí tiene emociones. Y no somos quien para juzgarlas. ¿Se lo merece? ¿Quién puede juzgar lo que una persona merece o no? Es alguien diferente a nosotros. Así de sencillo. Si entendemos su discrepancia como un ataque, con mucha seguridad conseguiremos una escalada de enfados. Enfados que habremos construido sobre otros enfados.

Habremos cedido nuestro mando a esa persona, como se lo cedemos a nuestro aparato tecnológico, para que active nuestra ira. ¿Le daríamos el mando a distancia de nuestro televisor a un invitado para que elija que programa tenga que ver en mi casa? Sólo nosotros concedemos a otra persona el poder para que nos enfade. Como se lo damos para que nos seduzca.

Todos tenemos cierto grado de control sobre las cosas de las que somos conscientes, pero esas cosas nos controlan cuando no somos conscientes de ellas.

JOHN WHITMORE , creador del coaching moderno

 

¿Qué harás la próxima vez que se cuelgue tu ordenador? ¿Y cuando alguien te manifieste su discrepancia?

 

 

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