Storytelling, ¿cuál es el límite de tu historia?

Cuando comencé a hacer presentaciones en público, y a escribir mis primeras notas en este blog, no tenía ninguna duda de que tenía que contar historias personales. Esta quizás sea la parte más delicada del storytelling, pero a la vez, la más efectiva, desde el punto de vista de la comunicación de persona a persona.

Con las historias personales se llega más fácilmente al corazón de quien te escucha o de quien te lee. Es el mejor modo, además, para generar confianza, para establecer la conexión. El problema se me planteó cuando me pregunté hasta dónde debía llegar al contarlas: ¿dónde estaba el limite de lo que debía contar? ¿Qué límite que me quería imponer?  

Esta misma pregunta se la transmito a las personas con las que realizo procesos de marca personal. O los alumnos que tutorizo y en sesiones de coaching.  O la planteo en los seminarios que imparto de storytelling.

¿Cuál es tu límite?

El arte del Kintsugui

Recibí en mi wasap una fotografía sobre un pequeño texto explicativo. Lo enviaba una coach al resto de compañeros de promoción. La fotografía era la de una pieza de porcelana que había sido reparada siguiendo la filosofía del   Kintsugi o  Kintsukuroi, el arte japonés de restaurar piezas de cerámica rotas, sellando las roturas con polvo de oro o de plata.

Sin perder la esencia, la pieza se convierte en otra diferente, que refleja, sin ocultarlas, las líneas por donde se quebró. Me pareció una maravillosa metáfora sobre nuestra capacidad como seres humanos para ser resilientes, a la vez que mostraba nuestra fragilidad.

¿Quién no ha sentido el temor de que una pieza de cerámica – comprada quizás en un viaje lejano y, por tanto, casi imposible de sustituir– a la que tenemos un especial cariño, se nos cayera de las manos, y se hiciera añicos;  o que una taza o un plato heredado de nuestra madre se golpeara contra el fregadero y se hiciera pedazos?

Es el mismo miedo que tenemos a reconocer nuestra propia fragilidad como seres humanos, el miedo a reconocer nuestra imperfección. Por eso pegamos cuidadosamente la pieza con un pegamento transparente, para que la herida pase completamente desapercibida. Por eso ocultamos parte de nuestra historia a los ojos de los demás. No queremos que nos vean en profundidad, no queremos dejar al descubierto nuestra vulnerabilidad. Pero ni somos héroes (en el sentido mitológico del término) ni vivimos en una torre de marfil.

Una muestra de fragilidad

Un pieza reparada con el arte del Kintsukuroi, tiene valor en si misma, es única, y se la considera más hermosa precisamente por haberse roto. El objeto reparado es el mismo, pero ha cobrado una belleza nueva. Se han restañado sus heridas y vuelve a brillar en todo su esplendor, sin dejar de mostrar a todos que un día estuvo herido. Una muestra de su fragilidad.

Observa la segunda y la tercera fotografías que ilustran esta nota, y piensa si los platos de cerámica que aparecen, son hermosos o no. ¿Lo son más o menos que los platos que aparecen en la foto de cabecera de este post, piezas intactas, sin fractura alguna?

Reconocer la vulnerabilidad

Brené Brown es una investigadora y narradora norteamericana que saltó a la fama no hace mucho en una memorable charla TED, titulada El poder de la vulnerabilidad.

Estima Brené Brown que todos sentimos vergüenza, un sentimiento universal. La vergüenza (“no lo hice bien, no estoy preparado, no soy lo suficientemente listo”, etc.) es la principal barrera para la conexión. Y lo que soporta este sentimiento de vergüenza es la vulnerabilidad. La vulnerabilidad es el núcleo de la vergüenza y el miedo. Pero también es el punto de partida de la dicha, la creatividad, la pertenencia y el amor.

Vivimos en un mundo vulnerable, reconocer nuestra imperfección nos hace fuertes.

¿Qué es lo que te hace vulnerable? ¿Qué historia no puedes contar? ¿Por qué? ¿Cuál es el límite para tu historia? ¿Qué harías si el miedo no te paralizara? ¿Cómo puedes reparar esta rotura para que el resultado sea más bello, manteniendo tu esencia?

En consecuencia: ¿Cuál es límite para tu personal storytelling? ¿Qué historia te resistes a contar?

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Diez sugerencias para escribir un blog

Esta es mi nota número CIEN en este blog. No es un récord mundial. Lo sé. Pero, para mí, es un éxito. Ni siquiera se ha cumplido un año desde que comencé. Me impuse una regla, sin la que no hubiera sido posible llegar hasta aquí: en mi calendario de tareas, me había propuesto  elaborar dos notas semanales. He cumplido mi objetivo. Por eso lo celebro. Lo celebro como lo hago siempre que acabo una nota: me tomo una tacita de café. Así, mi memoria relacional funciona: cada vez que siento el olor de un café, pienso en el éxito.

Lo más importante que he aprendido, escribiendo las noventa y nueve notas anteriores a esta, es que hay que escribir para quien te lee. Por eso, piensa en quien va a leerte:

¿Qué quieres que sepa? ¿Sabes lo que necesita? ¿Cuáles son sus gustos? ¿Qué quieres que sienta? ¿Cuál será tu llamada a la acción?

Mi decálogo de sugerencias

1. Encuentra el momento del día en el que sientas que la inspiración te visita.

Así, cuando llega, te pilla frente al ordenador o con la pluma en la mano.  Una vez descubierto, escribe siempre en el mismo momento del día. Es tu momento, solo tuyo. El folio blanco está esperando a que lo llenes con lo que te bulle dentro. No te levantes hasta que termines.

2. La disciplina es una actitud.

Disciplina viene del latín discipulus, contracción del verbo, discere, aprender, y de pello, impulsar. O sea, la disciplina es el impulso a aprender.  

3. Adereza tus entradas con historias. 

Bien sean personales o que conozcas de primera mano. Utiliza relatos o cuentos para explicar lo que deseas comunicar. El storytelling es comunicación emocional. Las historias permiten, además, explicar cosas complicadas con sencillez.

4. Escribe como escritor, corrige como lector.

Escribe con mente de escritor o de escritora. No corrijas. Deja reposar el texto como se dejan reposar los guisos, a su amor. Cuando sientas que quieres corregirlo, hazlo con ojos de lector o de lectora. A mí me es de mucha utilidad leer el texto en voz alta. El texto interiorizado no es el mismo que si lo recitas. Lo escrito tiene una musicalidad diferente.

5. Copia el estilo de tus autores favoritos.

Es inevitable. Es solo cuestión de tiempo que vayas encontrando tu propio estilo, tu voz.

6. Piensa en quién va a leerte.

Tenlo en la mente, como si fuera la musa que te inspira. Ponle cara y escribe con esa imagen en la cabeza. Te diriges a una persona de carne y hueso, no a una nebulosa.

7. Se honesto, sé honesta.

La honestidad está ligada con la integridad. Es decir, la coherencia entre lo que dices y lo que haces.

8. Escribe con sencillez.

Mis primeras notas esta largas y farfallosas.  No es fácil escribir con sencillez. No hay que escribir todo lo que llevas dentro. Sugiere o emplaza para una nueva nota. A escribir se aprende escribiendo. Y si es posible, a diario.

9. Deja que tu imaginación vuele.

En tu inconsciente tienes un gran almacén de ideas que has ido recogiendo e historias que has vivido. Abre la puerta del almacén y déjalas que fluyan libremente.

10. Disfruta escribiendo. Celébralo.

Se nos olvida con frecuencia celebrar los pequeños logros.  Creemos que los éxitos solo son de los demás. Esas celebraciones aumentan nuestra sana autoestima y constituyen hitos en nuestra historia.

Romper las reglas

10 + 1.  Romper las reglas.

Si quieres incumplir alguna de estas reglas, puedes hacerlo. Pero, si me permites una sugerencia, no olvides que antes de querer lanzarte a preparar una “tortilla desconstruida”, tienes que saber cocinar unas lentejas.

Foto: Alvaro Rey

Storytelling y ética: construir la confianza

Una misma historia puede ser contada desde diferentes ángulos, o con diferentes perspectivas.  El Storytelling no consiste solo en contar una historia, también en cómo la contamos. Colocarnos en el lugar adecuado, contribuye a construir confianza en la audiencia a la que nos dirigimos. Tan importante es cómo narramos una historia, cómo el lugar que elegimos para narrarla. El lugar en el que nos coloquemos como narradores, es fundamental para la historia que contamos.

Ese lugar donde nos colocamos, no tiene, por tanto, solo un valor estético, tiene también un valor ético.

La ética lava más blanco

Domingo García Marzá, Catedrático de Ética de la Universidad Jaume I de Castellón, contaba en una conferencia sobre “Ética y buenas prácticas profesionales” que cuando, hace algunos años, acudía a una empresa para elaborar un Manual de Buenas Prácticas, al escuchar la palabra ética, muchos empresarios, exclamaban: “¡Lo que faltaba!”. Años después, sigue contando este profesor, se ha pasado a considerar que “la ética lava más blanco.”

Me ha venido a la cabeza esta conferencia, al leer frases que con cierta asiduidad circulan por la redes, de gurús que creen haber descubierto la piedra filosofal: “La ética está de moda”. “La ética vende”. “Nunca como ahora la ética fue tan rentable para la comunicación”.

Con ellas quiere ilustrarse la manera en que Internet ha cambiado las reglas del juego, cómo la Red ha introducido en nuestra vida el concepto de la transparencia.

Entiendo el sentido que se le quiere dar a esas afirmaciones: si no eres transparente pueden pillarte. Entiendo que quieren dar a entender que hay que ser éticos para no ser pillados en un renuncio. Me pregunto: si no hubiera posibilidad de ser pillados, ¿nuestros compartimientos seguirían siendo igualmente éticos?

La ética no es una moda, ni lava más blanco. La ética es una manera de ser y de hacer. Una cuestión de carácter. Veinticinco siglos, dos mil quinientos años, contemplan la ética. La ética nos ayuda a tomar decisiones, coordina nuestras acciones.

Cuánto más utilizas la ética, más tienes. Es como el oxígeno, solo lo echamos de menos cuando nos falta. Domingo García Marzá

Construir confianza

Para construir confianza con nuestro relato, tenemos primero que decidir con claridad el mensaje clave que queremos trasmitir, y segundo, conocer la audiencia a la que nos dirigimos. No es lo mismo un cliente, que tu jefe, un compañero de trabajo, o un auditorio. Conocer a quien nos dirigimos nos avisa de hasta donde queremos llegar, pero en absoluto significa que el relato deje de ser verídico. Una vez que conocemos a quién nos dirigimos y el mensaje clave que queremos comunicar, tenemos que respondernos a estas tres preguntas:

  • ¿Qué quiero que sepa?
  • ¿Qué quiero que sienta?
  • ¿Que quiero que haga?

La reputación es nuestra capacidad para generar confianza. Domingo García Marzá

La ética es un activo, construye nuestra realidad.

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