Conectar, historias que se convierten en relatos

Además de estar contándonos historias todo el tiempo, nos interesan las historias de los otros. Así es como interactuamos los seres humanos.

Así lo expresa el director de la película Harem SuaréFerzan Özpetek: 

Cuando encontramos el valor de contar nuestra historia, todo cambia. Porque en el momento mismo en el que la vida se convierte en relato, la obscuridad se hace luz, y la luz nos indica un camino.– Ferzan Özpetek

Marcos de confianza

Todo en nuestras vidas se mueve por historias. Lo que más deseamos es que nos cuenten una buena historia. Pero, a la vez, deseamos contar la nuestra. Tenemos una necesidad irresistible de hacerlo. Muchas veces no sabemos a quien. Por eso nos sentimos tan bien cuando encontramos a alguien que nos escucha con atención, con lealtad. Se genera así un marco de confianza, para que relatemos lo que nos agobia o nos alegra, lo que nos hace felices o nos produce miedo.

Liberamos oxitocina cuando confiamos en alguien o ese alguien nos muestra un acto de bondad. Y la oxitocina motiva la cooperación con los demás, a través del aumento de la sensación de empatía y, por consiguiente, nuestra capacidad de experimentar emociones ajenas.– Paul J. Zak

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Historias, oxitocina y generación de confianza

Nuestro cerebro es un gran consumidor de historias. Es nuestra manera de conectar con los demás seres humanos.

Sentimos vértigo cuando James Bond cuelga de un rascacielos. Sentimos como propia la angustia que invade a Indiana Jones en una cueva. Basta con ver el rostro del arqueólogo. O escuchar como sube la intensidad de la música. Nuestro cerebro crea un relato que rellena las lagunas.

Nuestros cerebros no diferencian entre una persona en apuros en una imagen animada y una persona en apuros frente a nosotros. Ambas nos parecen reales. Esa es la razón de que podamos conmovernos con las grandes películas o las grandes novelas. Y más profunda es esa sensación cuanto más lectores y espectadores se identifiquen con ella.

Generación de confianza

Según Paul Zak, economista y neurólogo, la liberación de oxitocina en nuestro cerebro es la señal clave para que el acercamiento a otra persona se produzca.

Liberamos oxitocina cuando confiamos en alguien o ese alguien nos muestra un acto de bondad. Paul Zak lleva más de una década investigando sobre la oxitocina, a la que denominó, The Moral Molecule. En su  traducción española, se la denomina  la Molécula de la felicidad.

«La oxitocina motiva la cooperación con los demás, a través del aumento de la sensación de empatía y, por consiguiente, nuestra capacidad de experimentar emociones ajenas».

— PAUL J.ZAK

«Érase una vez, un carpintero llamado Gepetto que decidió construir un muñeco de madera, al que llamó Pinocho. Con él, consiguió no sentirse tan solo como se había sentido hasta aquel momento…».  – Pinocho, Carlo Collodi

 

Cuando quieras motivar, conectar o favorecer la memoria, comienza por contar una historia sobre la lucha humana o sobre los valores. Así llegarás a los cerebros de la gente, atrayendo primero sus corazones.

 

 

 

 

 

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Storytelling, ¿cuáles son los límites de tu historia?

Cuando comencé a hacer presentaciones en público, y a escribir mis primeras notas en este blog, no tenía ninguna duda de que tenía que contar historias personales. Esta quizás sea la parte más delicada del storytelling, pero a la vez, la más efectiva, desde el punto de vista de la comunicación de persona a persona.

Con las historias personales se llega más fácilmente al corazón de quien te escucha o de quien te lee. Es el mejor modo, además, para generar confianza, para establecer la conexión. El problema se me planteó cuando me pregunté hasta dónde debía llegar al contarlas. ¿Dónde estaba el limite de lo que debía contar? ¿Qué límite me quería imponer?  

Esta misma pregunta se la transmito a las personas con las que realizo procesos de Marca Personal. O los alumnos que tutorizo y en sesiones de coaching.  O la planteo en los seminarios que imparto de storytelling.

¿Cuál es tu límite?¿Cuál es el límite de tu historia?

El arte del Kintsukuroi

Recibí no hace muchos días en mi wasap una fotografía, colocada sobre un pequeño texto explicativo. Lo enviaba una coach al resto de compañeros de promoción. La fotografía era la de una pieza de porcelana que había sido reparada siguiendo la filosofía del   Kintsugi o  Kintsukuroi, el arte japonés de restaurar piezas de cerámica rotas, sellando las roturas con polvo de oro o de plata.

Sin perder la esencia, la pieza se convierte en otra diferente. Refleja, sin ocultarlas, las líneas por donde se quebró. Me pareció una maravillosa metáfora sobre nuestra capacidad como seres humanos para ser resilientes, a la vez que mostraba nuestra fragilidad.

¿Quién no ha sentido el temor de que una pieza de cerámica – comprada quizás en un viaje lejano y, por tanto, casi imposible de sustituir– a la que tenemos un especial cariño, se nos cayera de las manos, y se hiciera añicos.  O que una taza o un plato heredado de nuestra madre se golpeara contra el fregadero y se hiciera pedazos.

Es el mismo miedo que tenemos a reconocer nuestra propia fragilidad como seres humanos, el miedo a reconocer nuestra imperfección. Por eso pegamos cuidadosamente la pieza con un pegamento transparente, para que la herida pase completamente desapercibida. Por eso ocultamos parte de nuestra historia a los ojos de los demás. No queremos que nos vean en profundidad. No queremos dejar al descubierto nuestra vulnerabilidad. Pero ni somos héroes (en el sentido mitológico del término) ni vivimos en una torre de marfil.

Una muestra de fragilidad

Un pieza reparada con el arte del Kintsukuroi, tiene valor en sí misma, es única, y se la considera más hermosa precisamente por haberse roto. El objeto reparado es el mismo, pero ha cobrado una belleza nueva. Se han restañado sus heridas y vuelve a brillar en todo su esplendor, sin dejar de mostrar a todos que un día estuvo herido. Una muestra de su fragilidad.

Observa la segunda y la tercera fotografías que ilustran esta nota, y piensa si los platos de cerámica que aparecen, son hermosos o no. ¿Lo son más o menos que los platos que aparecen en la foto de cabecera de este post, piezas intactas, sin fractura alguna?

Reconocer nuestra vulnerabilidad

Brené Brown es una investigadora y narradora norteamericana que saltó a la fama no hace mucho en una memorable charla TED,  titulada El poder de la vulnerabilidad.

Estima Brené Brown que todos sentimos vergüenza, un sentimiento universal. La vergüenza no lo hice bien, no estoy preparado, no soy lo suficientemente listo», etc.) es la principal barrera para la conexión. Y lo que soporta este sentimiento de vergüenza es la vulnerabilidad. La vulnerabilidad es el núcleo de la vergüenza y el miedo. Pero también es el punto de partida de la dicha, la creatividad, la pertenencia y el amor.

Vivimos en un mundo vulnerable, reconocer nuestra imperfección nos hace fuertes.– Brené Brown

¿Qué es lo que te hace vulnerable? ¿Qué historia no puedes contar? ¿Por qué? ¿Cuál es el límite para tu historia? ¿Qué harías si el miedo no te paralizara? ¿Cómo puedes reparar esta rotura para que el resultado sea más bello, manteniendo tu esencia?

En consecuencia,

¿Cuál es límite para tu storytelling personal? ¿Qué historia te resistes a contar?

LIBROS RELACIONADOS. Adenda, diciembre de 2017

Kintsukuroi. El arte de curar heridas emocionales, Tomás Navarro. Planeta, 2017.

 

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