Corazones latiendo al unísono

Ante el ya cercano comienzo de la Semana Santa, una amiga de años, me sugiere que incluya en este blog mis sensaciones vividas como costalero. Me recuerda que hablaba de valores como solidaridad, trabajo en equipo y esfuerzo en un artículo que escribí en ABC hace ahora cinco años, en el que narraba mis sensaciones bajo un paso. Me sugiere, además, que esta nota la incluya en la Sección de Viajes del blog, y que inicie el viaje donde lo dejé entonces.

Una pirueta de bailarina, vamos.

El equipo más necesario para un viajero es:

Un talento especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas. Lin Yutang.

Lo que interesa es saber si uno tiene corazón para sentir y ojos para ver. Tiene razón mi amiga. Es un viaje. Un viaje hacia dentro.

O sea, la pirueta ha de finalizar con los dos pies clavados en el suelo, en ángulo de 45 grados. ¡Tela!

DE QUÉ MATERIA ESTÁN HECHAS LAS EMOCIONES

Tres años tuvieron que pasar para que pudiera volver a vivir aquel torbellino de emociones, para que pudiera cambiarme por uno de ellos. Tuve la inmensa suerte de que me encargaran un reportaje sobre costaleros para un especial de Semana Santa en Punto Radio. Dos minutos y cincuenta y seis segundos. La exactitud el tiempo me la marca la pantalla de mi grabadora. Grabo con un micrófono enganchado a mi cinturón, bajo el paso. Es el último ensayo bajo una estructura desnuda que soporta unos bloques de hormigón, con un peso semejante al de la imagen. Unos pequeños altavoces difunden la música que emite un radio cassette alimentado por la batería de un coche. Están colocadas bajo el armazón, solo para nosotros. Acaban de sonar unas campanadas. Medianoche. Dos minutos y cincuenta y seis segundos desde que el capataz golpea tres veces el llamador y ordena: “al cielo con él, valientes”, y vuelven a sonar de nuevo los tres martillazos, secos, metálicos: “¡Parar!” 

Un viaje en el que me mido, pongo a prueba mi capacidad para saber si tengo corazón para sentir y ojos para ver. Un viaje para experimentar, dejando que fluyan las emociones, sin analizarlas. Afloran y desaparecen: euforia, alegría, sorpresa, tristeza, en ascensiones que te pegan el estómago contra el espinazo, y que te llevan a descensos tan bruscos como la caída del peso sobre el cuello. Y escuchas al capataz: “todos por igual, valientes. El paso con el bombo”, y los pies se arrastran rítmicamente. Apenas se levantan: ris- raas, ris- raas. La música deja de sonar. El corazón se acompasa entonces con los pies. Ris-raas. Mi corazón late al ritmo de mis pies. Dos golpes graves. Y mi corazón sintoniza con el de mis compañeros: laten al unísono. Como si fuéramos un coro .

Escribir de viajes es viajar por segunda vez. Viajé por segunda vez, en esta ocasión especial, cuando, en el estudio con el técnico, tuve que montar el reportaje. Condensar aquellos dos minutos y cincuenta y seis segundos. Envasar la esencia de mis emociones en un frasquito de un minuto exacto. El tiempo en la radio es oro. ¿De qué metal están hechas las emociones?

Esto es lo que escribí en ABC Viajar, el 20/03/2009:

“Sábado Santo. Estoy sentado en un banco de la iglesia de San Pedro Apóstol. Una faja me rodea la cintura para proteger los riñones. El bajo del pantalón atado sobre unos calcetines blancos. Alpargatas negras de cáñamo. Miro al suelo, lo mismo que un saltador al iniciar la carrera. En unos minutos embocaremos la Puerta del Perdón, pórtico unos pocos centímetro más ancho que el paso de palio de la Vírgen de la Soledad, “la sole”, para nosotros costaleros. Por arriba, el arco se estrecha en ojiva gótica. De rodillas si queremos enhebrar a la primera.

Como atlantes flexionamos lentamente y, ya de hinojos, el paso parece que avanza movido por muñones. Ocupo la esquina delantera izquierda, junto a los respiraderos de celosía. A la derecha, cinco costaleros y treinta más detrás de mi. Arrastro las rodillas y los primeros jadeos. Casi dos mil soportados sobre cilindros de guata envueltos en los costales, sobre la base del cuello, donde descansa la trabajadera. Notaré el dolor cuando me acueste. Pero eso no lo sé todavía. Es el primero de mis cinco años de costalero. Fuera del templo, el gentío aplaude cuando levantamos.

En las aceras, muchos se santiguan. La banda de música toca Los campanilleros. Bailamos. Y con nosotros, aún en su tristeza hierática, también la Virgen. Las bambalinas del palio golpean contra las varas, rítmicamente. Noto que en el cuello va creciéndome un bulto que no desaparecerá hasta una semana después. En la calle Cuchillería, cuesta arriba, el penúltimo esfuerzo antes de la entrada. Nos jaleamos. A la puerta de la iglesia, el gentío se calla cuando nos hincamos de rodillas. Sólo oigo la voz del capataz y la respiración acelerada de mi compañero de atrás. Y luego, cuando entramos, aplausos sordos.

No sé por qué fui costalero, contesto a mi hijo adolescente, mientras le hablo de orgullo, de esfuerzo personal, de trabajo colectivo y solidario en las trabajaderas.  Frente a nosotros, treinta y cinco pares de alpargatas de cáñamo avanzan, con pasitos de geisha, dejando atrás la Puerta del Perdón. No sé por qué fui costalero pero, hoy, me cambiaría por ellos.” 

Tengo más de 25 años de experiencia en comunicación.
Desde hace 5 años he convertido mi pasión en mi trabajo: el Storytelling. Ayudo a empresarios, emprendedores y profesionales a definir su Identidad descubriendo su historia. Soy Coach de Marca Personal.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *