Huecos. Una historia del trabajo y la vida

RElato

 

Responder una llamada telefónica es, para mí, una decisión automática, algo trivial. Pero aquella mañana no fue ni una cosa ni la otra.

Si contestaba, ¿se cerraría por fin el hueco? Que digo hueco, un foso como el de los castillos medievales. No quise imaginar qué pasaría si no contestaba.

Tres meses sin hablarme y mi novia me llamó en el momento exacto —¡vaya puntería!— en el que comenzaba la rueda de prensa de un escritor famosísimo que, aún convaleciente, había conseguido terminar su novela.

¡Alto! Si no me hablaba, ya no puedo decir «mi novia». Pero si me ha telefoneado… La llamaré «ella», en lo sucesivo.

Continúo.

Dejé mi grabadora funcionando sobre un altavoz, salí a la calle y contesté. Quería que cenáramos en un restaurante tailandés que le gustaba. Los tallarines con tofu o el pollo con leche de coco no me volvían loco, pero eso era lo de menos, después de que me hubiera colgado el teléfono y dejado vacío el cajón de su ropa interior (aunque lo hizo en orden inverso).

Una manera de rellenar huecos es trabajar, porque olvidas; salvo que te hayan despedido, que eso ya es estar en un agujero. Y eso fue lo que pasó una semana después de que ella se fuera, que me despidieron de la emisora de radio en la que trabajaba. Dos huecos abiertos. De golpe.

Pero, ¿qué otra cosa es la vida, sino ir tapando huecos?

Puse mis calcetines en el cajón que ella vació y tapé el primer hueco. ¿Definitivamente?… Misterio. Cerrar en falso es letal.

Del segundo hoyo me sacó el periódico para el que trabajo. La cobertura de la presentación del (esperado) libro fue lo que me llevó hasta la sala que abandoné para contestar la llamada. Así que regresé a la rueda de prensa y conseguí cerrar el agujero que se me había abierto en el estómago al escuchar la voz de ella. Pero se me abrió otro: ¿qué querría?

Calma. Decidí que cambiaría el tofu por unas gambas.

El escritor anunció que su novela contaba las peripecias de un inusitado regalo de bodas. La originalidad de la trama imaginada, me dio la idea de hacerle a ella un regalo singular: un ejemplar de la novela, dedicado por su autor favorito.

Los colegas preguntaban, el escritor hablaba del libro y de su salud, y yo seguía a lo mío, que en ese momento era pelearme con una creencia: pedir una dedicatoria era un morboso ejercicio de mitomanía. No sabía cuándo esta idea se me había metido en la cabeza, pero la marcha atrás que impuse a mi memoria para encontrar su origen, provocó la apertura de una nueva grieta: el ejemplar del libro presentado y que la editorial nos había regalado a los presentes, ¿era mío o del periódico? Apropiármelo me parecía tan deshonesto como imprimir documentos personales en la impresora de la empresa.

Con la misma facilidad con la que abjuré de la creencia, me adueñé del libro.

¡Y que era lento tomando decisiones!, decía ella.

El recinto donde se celebraba la rueda de prensa más parecía, por sus dimensiones, un salón de bodas que un lugar para la presentación de un libro. Detrás de una mesa ancha y alargada, estaban el escritor, su mujer y la editora.

Desde donde yo estaba —al fondo de la sala—, los veía como si los estuviera mirando con unos prismáticos colocados al revés. Y, entremedias, un foso infranqueable: cien periodistas, como poco. La misma perspectiva con la que yo la estaba viendo a ella los últimos noventa días.

Esperé a que llegara el momento de las fotos y aprovechar la confusión y los codazos de los fotógrafos y los cámaras de televisión, para colarme. Rodeándolos, subí de un salto los tres escalones del estrado y me coloqué —atravesado— en la abertura entre el sillón giratorio del escritor y el de su mujer.

¿Puede poner «Para Lucía»?, dije.

Aceptó el libro. En el dorso de las manos se le marcaban los huesos debajo de la piel avejentada. Una alianza le brillaba en la izquierda.

Yo no dedico, caballero. Yo firmo, respondió con un acento suave.

El eco de la sala amplificaba el ruido de los disparos continuados de las cámaras. Vi al fotógrafo de mi periódico. En sus labios leí: «ca-ra-du-ra». Bajé la cabeza. Pude ver así que el cabello gris le nacía al novelista del occipital y le caía hasta el borde del cuello de la camisa. Por los lados, apenas si le tapaba las varillas de las gafas. El resto de la cabeza estaba salpicado de unas escuetas briznas de vello como césped recién brotado. Todos los días no tiene uno el cráneo de un Premio Nobel de Literatura delante de los ojos.

El ruido de los flashes se fue desvaneciendo. La mujer del novelista giró entonces su sillón y me quedé entre los dos respaldos, estrujado como una rodaja de mortadela. La presión en medio del pecho y el calor de los focos en el cogote (en ese orden), hicieron que —¡horror!— una gota de sudor cayera sobre la portada del libro.

¡Clic!

Vi la foto en Internet después. Mi fotógrafo —con su disparo furtivo— detuvo el tiempo en aquella postura, más propia de un contorsionista circense que de un periodista honorable. Vale que era un «caradura» y que había enterrado mi dignidad, ¡pero fotografiarme así!

¿Me lo quiere firmar?, dije con la voz ahogada (juro que no es metáfora).

Solo podía mirar al escritor de perfil. Recordé que mi maestra de primaria me miraba de manera parecida, cuando yo garabateaba mis primeras palabras. Con letra pulcra, escribió: José Saramago. Para ser un octogenario convaleciente, tenía un pulso firme. Su firma quedó debajo del título dela novela: El viaje del elefante.

***

Pasarán dos años y Saramago abrirá un agujero en la literatura. Para siempre. Y ella dejará un hueco, el que ocupaba El viaje del elefante en la estantería.

 

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Mi mapa del globo

 

Microrrelato

 

No he abierto aún el sobre. Lo haré el domingo, a las diez. Dentro está mi próximo viaje. Todos saben que no deben molestarme cuando descubro mi nuevo destino. Viajar es asombrarse. El domingo en el que abrí el sobre de Brujas, me comí unos bombones. Los narcisos florecieron el domingo de Ámsterdam. En el de Roma, leí a Moravia hasta las once. A esa hora me acosté, como todos los domingos. Cada sobre guarda una sorpresa, un lugar donde no he estado: un imán más para la nevera, mi mapa del globo.

 

 

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El Treasure

 

Relato

 

Mary ha muerto.

La nueva me la ha traído un fraile capuchino venido con la encomienda de catequizar indios, y con quién distraigo mi ánimo.

Esta pena añadida me demanda ordenar los sucesos que viví desde el veintisiete de julio de 1715, cuando La Francesa dio vela en La Habana rumbo a Cádiz, como parte de un convoy de once naves, cargadas de oro y plata para la Real Hacienda de Su Majestad Felipe V.

La noche del treinta, mientras navegábamos entre la isla de Cuba y el canal de Bahama, nos alcanzó un terrible huracán. Caí al agua y me subí a la cubierta del casco de la San Miguel que se había desprendido y quedó flotando como una balsa. La Capitana del general Utrilla se abrió de improviso y el mar se tragó a más de doscientos hombres. Con las claras del día, me vi rodeado de cadáveres; y quienes aún vivían, imploraban perdón sabiendo su muerte cercana, o maldecían al diablo por su mala suerte. La Francesa había desaparecido. Una irresistible conmoción de aire, como un tornado, recorrió de nuevo la estrechura del canal.

Me desperté con las sacudidas y movimientos de una nave y el ruido de los aparejos.

—¿Qué sucede?—dije.

—Nada que os deba preocupar, señor. Huimos —respondió una voz, mezclando el español y el inglés.

—¿De quién?

—Vuestros compatriotas han extendido patentes de corso para apresarnos. Soy el capitán Jack Rackman.

—He oído hablar de usted. Sois un satélite de Enrique Jennings, el filibustero —dije.

—El capitán Vance lo era. Sabed, señor, que le arrebaté el mando. El Treasure es ahora mi barco.

—Es de cobardes huir —contesté.

—Es un buque más poderoso que el Treasure, y también más pesado. Pero admito vuestra opinión, señor.

Se acercó a la puerta de la cabina y gritó: «¡Desplegad velas!». Escuché carreras por cubierta. «¡Aumentad la distancia». «Timonel, firmeza!».

Rackman vestía como un caballero inglés, no como un pirata. Medias y zapatos de hebilla y una casaca estampada con flores azules y rojas, de cuyas mangas le sobresalían unas puñetas no menos emperifolladas que las chorreras de la camisa.

Regresó y dijo:

—Hemos salvado vuestra vida, señor. Debería estarnos agradecido.

—¿A cambio de qué?

—Podéis sernos de utilidad. Nos dirigimos a la Barbada, y si os apetece uniros a nosotros, muy bien; si decidís dejarnos, ordenaré que le proporcionen un bote.

Las esperanzas e ilusiones con las que había iniciado el regreso a mi Cádiz natal, se habían truncado de manera funesta. Revivir el tormento de la sed no me pareció en aquel momento la mejor idea. «¿Acaso es mal viaje el que tiene fin?», me pregunté, recordando a mis camaradas guardiamarinas de La Francesa.

Sonó una campana.

—¡Retumben los cielos, capitán! Hemos perdido de vista la vela del francés —dijo un pirata, pistola en mano y machete en el cinto, entrando en la cámara.

—Thomas fue quien os rescató anoche durante su guardia —apuntó Rackman.

Asentí. A fe que el tal Thomas era un marinero tremendamente atractivo. Ese pensamiento me turbó al instante. A mis diecinueve años, no había tenido encuentro sexual alguno. Solo vagas ensoñaciones después de sorprender en enaguas a alguna damisela en el taller de costura de mi madre y que siempre finalizaban en el horizonte de su escote.

—¿Qué día es hoy? —pregunté.

—¡Aúlle el diablo! Sí que andáis perdido, señor. Siete de agosto —dijo Thomas. Y salió, no sin antes dirigirme una mirada que aumentó mi curiosidad.

Había llamado cobarde a Rackman por huir. ¿No lo era yo menos ahora, quedándome? Me respondí, convenciéndome de que siempre podría escapar.

Admití el vaso de ponche de ron que me ofreció el capitán y me uní a la cofradía de los piratas.

—Tiene pimienta negra de Jamaica. Es buena para los gases—rió Rackman.

Una mañana ociosa de finales de agosto, el artillero Bonn apareció en el puente con una bandera en la que había sustituido las tibias cruzadas bajo la calavera de nuestra bandera negra por dos alfanjes.

—¡Que tiemblen solo con verla!—gritó.

—¡A muerte, si no se rinden! —bramó Thomas desde la cubierta.

—¡A muerte! —rugió la tripulación.

El Treasure enarboló su nueva bandera el veinticuatro de septiembre. Fue mi primera incursión. Una balandra francesa se rindió sin apenas resistencia. Mientras la tripulación despojaba al navío de cuanto de valor contenía, Rackman se afanó en los baúles de los caballeros. Luego los dejó marchar.

Viendo al capitán probarse casacas y calzones, recordé los trajes que mi madre me confeccionaba de niño con una tela que ella llamaba en francés calicot.

—Os apodaré Calicó Jack —dije al capitán.

—Me hará parecer ridículo y os ahorcaré por ello.

—Vuestra vestimenta ya es extravagante, capitán. ¿Qué mal puede haceros algo más de pimienta?

Me llevó a su cabina y bebimos sin reposo.

Se me acercó al oído.

—Bonn es una mujer —dijo.

—¿Qué le habéis añadido al ponche, capitán?

—Su nombre es Anne —insistió.

—Sabéis el riesgo que corréis, capitán.

—No permitáis que nadie se acueste con ella, salvo yo. Anne coquetea con Thomas.

—¿Celoso de Thomas? —dije—. Descuidad entonces, capitán.

Luego se quedó dormido.

No volvimos a hablar de lo dicho aquella noche, hasta que, después de repartirnos el botín de un mercante inglés, Rackman se las ingenió para que coincidiéramos los cuatro en su cámara. Acepté el envite. Mientras Anne y él retozaban en su hamaca, Thomas me empujó a otra, sentándose a horcajadas encima de mí. Se libró de la camisa. Un vendaje le cruzaba el pecho. Comenzó a quitárselo.

—¿Despejáis la cubierta para mostrarme vuestras heridas? —pregunté pasmado.

Tiró de golpe de la venda y dijo:

—¡Desnudad vuestro acero para Mary!— Y dos hermosos pechos de gran tamaño, brincaron ante mis ojos atónitos.

Abrazado a Mary, atravesé la línea del horizonte y surqué los aires.

Conmovido por mi pérdida, escribo esta narración en la horrible cárcel de Spanish Town, donde Mary contrajo unas fiebres malignas, mientras esperaba un indulto.

 

 

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Sócrates, como una novela

 

Relato

 

Sócrates nunca existió. Fue una invención de Platón. El irónico poeta creó un personaje por cuya boca expresar sus propias ideas en los Diálogos, la cumbre —aún no superada— del relato filosófico. En tanto que relatos, los Diálogos son ficción.

Conque, en una reunión de amigos, expuse esta opinión.

—Sócrates no dejó escrita ni una sola línea. ¡Una coartada perfecta! —dije.

—Parece que no sabía ni leer ni escribir —dijo un ingeniero de IBM.

—Platón es la única fuente. Incluso el cronista Diógenes Laercio, recurrió a él para escribir sobre Sócrates en su famoso superventas, Vida de los filósofos. «Sócrates fue hijo de Sofronisco y la comadrona Fenáreta, como cuenta Platón en el Teeteto» —dije.

—Jenofonte, Aristóteles y Aristófanes en Las Nubes, también hablan de Sócrates —dijo una profesora de griego en un instituto.

—El retrato que hace Jenofonte se parece muy poco al de Platón. Aristóteles escribió lo que «oyó decir» —dije.

—Tampoco Pitágoras escribió nada y ahí tienes su Teorema —dijo el ingeniero.

—«Parece», «oyeron», «dicen»… Pues cuentan que Platón iba con sus poemas bajo el brazo camino del teatro, y se encontró con Sócrates… —dije.

—…¿Y? —preguntaron a la vez.

—Que como canta el bolerista: «si tú me dices ven, lo dejo todo», el joven poeta arrojó sus poemas al Egeo y lo siguió. ¿Fue entonces cuando comenzó a gestar la idea de expulsar a los poetas de su república ideal? —dije.

—Platón nos previno de los poetas, de los inventores de historias. Sacrifican la verdad en beneficio de la belleza —dijo la profesora, señalándome.

—¿Acaso la ficción no hace la verdad creíble? La ficción es decir la verdad a través de una mentira pactada con el lector —dije.

—¿La verdad en un relato? Eso es como decir que la hay en un mito. Sócrates pensaba que «los mitos son cuentos de vieja» —dijo la profesora.

—Una ironía de Platón. Es él quien habla por boca de Sócrates. En el Fedón dice, sin embargo, que son «un hermoso riesgo». ¿Estás sugiriendo que la razón prevalece frente a la narración? —dije.

—Los mitos son relatos arcaicos, inverosímiles. La discusión entre narración (mythos) y razón (logos), es incluso anterior a Platón. A los escritores os interesa mantenerla viva —dijo la profesora.

—Carlos García Gual, el Académico, considera que Platón los utiliza para hablar del alma humana. Platón era adicto a la poesía. Junto al razonamiento despliega, con afán didáctico, la narración —dije.

—Carlos me dio literatura griega en la universidad —dijo la profesora.

—¿No te parece que recurrir al mito de la caverna para plantear su Teoría de las ideas, fue una manera didáctica y poética de explicar algo tan complejo como es nuestra manera de entender la realidad? —pregunté.

—¿Y las ideas? —preguntó el ingeniero.

—La narración es como la sangre que transporta el oxígeno hasta el cerebro. Vivimos de relatos. A nuestro cerebro le encantan —dije.

—Tardabas en meter las emociones en la conversación —dijo la profesora.

—¿Te gustaría ser operada por un cirujano que ha leído a Chejov, y por eso conoce el alma humana, o por otro que no lo ha leído? —pregunté.

—¡Eres un fantasioso!—dijo la profesora, tomando su bolso—. Tengo clases mañana. —Y se marchó.

Tras aquella velada, preferí sumirme en un prolongado silencio, más por prudencia que por convicción. Así hubiera continuado, si una bibliotecaria no me hubiese recomendado Mentiras Contagiosas, una colección de ensayos en la que Jorge Volpi explora los límites de la ficción.

Volpi citaba un estudio que conjetura con que Cervantes se había inspirado, para su don Quijote, en un tal don Torrijos de Almagro, un «caballero andante» manchego, quien a su regreso de las Américas, enloqueció, lanzándose a la aventura —creyéndose aún en el Nuevo Mundo—, y había muerto tras recuperar la cordura.

Tan novelesca historia, acrecentó mi idea: Platón se fijó en algún filósofo de los que poblaban el ágora ateniense, y lo convirtió en alguien tan inmortal como Cervantes hiciera siglos después con Don Quijote. Hacer preguntas es más divertido que responderlas, así que pensé: «¿Por qué no mirar a Sócrates como a un personaje de ficción, conforme a mis sospechas?».

Sócrates, hijo de un escultor y una partera, se suicida—tras negarse a huir y cumplir así la ley—, después de ser condenado injustamente por una falsa acusación. Platón presenta en esta escena a su Maestro rodeado de «amigos»; Platón «estaba enfermo» ese día. Cervantes plantearía, siglos después, la misma escena: el famoso hidalgo muere acompañado de su familia y sus «buenos amigos».

Las metáforas que esconden las profesiones de sus progenitores son magníficas; ambos dan vida: el padre a un bloque de piedra; la madre, a seres humanos. Que la madre sea partera es una manera — etimológica y genial—de dar sentido al método socrático, la mayéutica: preguntar para conocer la verdad.

Sócrates es dibujado como hoplita, incierto bígamo (tenía frecuentes discusiones con la agria Jantipa, la esposa oficial); acaso bisexual (aunque el guapo Alcibíades se lamentaba de que le tiraba los tejos, y nada de nada); austero, rozando la tacañería y el descuido indumentario (como Sancho; Platón era de familia aristocrática); inflexible, pero también tolerante, tenaz y —como Platón—muy irónico.

Solo el genio creador de Platón podía concebir un personaje tan extraordinario.

¿Qué cambia si don Quijote está inspirado en don Torrijos, o si Sócrates es un personajes de ficción? ¿Hace eso menos poderosas, menos válidas, sus palabras?

El filósofo Fernando Savater contaba que, siendo adolescentes, su hermano le preguntó si el ensayo filosófico que estaba leyendo tenía argumento. «Con imperdonable ligereza dije que no», contestó. El hermano le dijo que, «no me imagino entonces cómo puede ser un libro».

Sentimiento frente a razón, emociones y razón son agua y aceite; no se mezclan: «el error de Descartes», como lo llamó el neurocientífico Antonio Damasio.

Acaso, el irónico y paradójico poeta Platón, diría por boca de su personaje, el filósofo racionalista:

SÓCRATES.— Jovenzuelo, como eres un fabulador, ¿por qué no lees los Diálogos que escribió mi creador como si fueran una novela?

 

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Esferas

 

Relato

 

Sol omnia regit. El sol todo lo gobierna.

Apenas había recorrido unos metros después de bajarme del autobús, cuando vi la frase tallada en un pequeño monolito, en mitad de un jardincito de verdes luminosos, a la entrada de la Ciudad Vieja de Toruń. Entre sus murallas —hoy derruidas: escenario de aventuras infantiles— nació Nicolás Copérnico. Fue él quien se atrevió a decir que el sol estaba quieto y que eran los planetas los que giraban alrededor de este. Suya es la máxima del monolito.

Mi hijo estudia en Toruń con una beca Erasmus. Hoy tiene un examen de polaco. Cuando lo finalice tomaremos un tren a Gdańsk. Mientras lo espero, me he sentado en una terraza a tomar una cerveza, enfrente del antiguo Ayuntamiento, el corazón de la ciudad medieval. En una esquina del edificio, cara al que fuera su estudio, está «Nicolaus Copernicus», en bronce.

Veo pasar por delante de mí a decenas de niños. Alumnos polacos recorren Toruń cada mañana. Como si hubiera permanecido envuelta en una esfera de cristal durante siglos, la ciudad —que huele a jengibre— está intacta: es una clase viva de la historia de Polonia. Por la tarde, cuando los niños ya se han marchado, Toruń se ensancha y se aquieta. Se parece al anchuroso Vístula que la bordea. Sus aguas pasan serenas, bajo los puentes de ojos rectangulares y estructuras semielípticas. Copérnico creía que los planetas giraban dibujando esferas perfectas. Quizá lo único perfecto que exista sean las esferas. La vida por eso, igual que el giro de los planetas, es una elipse: una esfera deformada.

Un grupo de escolares se ha detenido a mi lado. Su maestra les va pasando helados. Los dos primeros de la fila, concentrados en sus conos de vainilla y chocolate, resucitan en mí una imagen pretérita.

Tendría mi hijo tres o cuatro años, cuando su madre nos fotografió en Malta. Lamíamos ávidamente un helado. El calor espeso que hacía en la isla, junto con el viento del desierto, provocaban que los helados se derritieran resbalando por las paredes exteriores del cucurucho. No podíamos permitirlo. En aquel viaje mi hijo aprendió a pedir helados en italiano, inglés y francés.

Ayer por la tarde los pidió en polaco en Lenkiewicz, la mejor heladería de Toruń. Allí sirven unas esferas de una tupida cremosidad y sabores intensos, que se deshacen premiosamente en la boca.

—Pedir cosas en diferentes idiomas y que te las den, es como una epifanía—me dijo.

Luego me contó que, dos meses atrás, había recorrido a pie las capitales de las repúblicas bálticas. Durante una buena parte de nuestra estancia en Malta, tuve que llevarlo sobre mis hombros. No quería andar.

No he recibido noticias suyas aún. No le pregunté cuánto duraría el examen. Pido otra cerveza. Una Książęce, negra, suave: una sabia recomendación filial. Gracias a él, en este viaje, estoy añadiendo sabores a mi paleta gustativa, mientras recorremos las sucursales del edén que son algunas cervecerías polacas. Ante la imposibilidad de pronunciar la marca de cerveza, se la he señalado a la camarera sobre la carta. El polaco es para mí tan complicado como manejar con agilidad los mandos de una videoconsola. Mi hijo me dejó por imposible. Tuve que inventarme otras maneras para no estar alejado de él.

Varios niños llevan sobre sus mochilas unas capas blancas con una cruz negra, los colores de los caballeros teutónicos. Pasan en silencio por delante de mí. El leve movimiento de las capas, me evoca el vuelo de los hábitos blancos de los derviches giróvagos, a los que cantaba Franco Batiatto.

«Voglio vederti danzare come i dervisches tourners che girano sulle spine dorsali… E gira tutto intorno alla stanza mentre si danza…»

En su danzar, los monjes turcos, giran sobre sus pies. Trazan un movimiento esférico alrededor de una estancia; con los ojos cerrados. La palma de una de sus manos mira al cielo; la otra, a la tierra.

Hago un zoom con mi cámara hacia la efigie de Copérnico, por encima del pedestal. Está de pie, con una pierna adelantada y el índice de su mano derecha apuntando hacia la cerúlea bóveda celeste. Esta postura me recuerda a la del Apolo que pintó Velázquez en la Fragua de Vulcano: el gesto de quien está contando una historia. Por eso esta me gusta más que la que vi en Varsovia; allí Copérnico está sentado. En la otra mano, el astrónomo sostiene algo que parece un sonajero, un astrolabio esférico: un esqueleto construido con esferas que rodean a una esfera aurea, que intuyo maciza: el sol. Una banda exterior —con las constelaciones zodiacales en dorado— lo envuelve.

Sol omnia regit es un memento, semejante a la cantinela que el esclavo romano recitaba al oído de los césares, recordándoles su condición humana. Y caigo en la cuenta de que el egocentrismo cósmico de aquellos que consideraron anatema la idea de Copérnico, pervive aún en nosotros; y que —acaso— ese egocentrismo solo haya perdido su cualidad de cósmico.

Dos zumbidos rítmicos detienen mis pensamientos. Miro el teléfono.

ÉL: Estoy en el bus. Llego en 5 minutos. Espérame en la parada. Tenemos que tomar el 3. El tren sale en 29 minutos.

YO: ¿Qué tal el examen?

ÉL: Padre, ponte a correr. ¡Ya!

La tierra tarda un año en girar alrededor del sol y un día en hacerlo alrededor de su eje. Y nosotros con ella. El día en que mi hijo nació, su vida comenzó a girar en torno a mí: yo era su sol.

No sé cuándo dejó de llamarme «papá» y comenzó a llamarme «padre». Quizás fuera ese el momento en el que se produjo el giro copernicano.

 

 

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Prohibido tirar nada. La España vaciada

La despoblación es un reto de primera magnitud. Una manera de sumarme a la manifestación de «la España vaciada» es este relato.

 

Dedicado a los maestros rurales. Y en ellos, todos aquellos que hacen que los pequeños pueblos sigan vivos.

Prohibido tirar nada

Relato

 

En este pueblo no hay niños. Ni vientres fértiles que los alumbren.

El día en el que di tres vueltas de llave a la puerta de la escuela, cerrándola por última vez, este pueblo comenzó a morirse. Solo quedaban los dos hijos de un temporero: insuficientes para que permaneciera abierta. Un autobús los recogía cada día y los llevaba a veinticinco kilómetros. Al año siguiente, el temporero emigró. Y con él, los dos últimos usuarios del parque infantil que hay en la plaza.

Cuando llegué a este pueblo, hace treinta años, tenía doscientos habitantes y cinco niños en edad escolar, a los que sumé mis tres hijos.

Los tres se han marchado.

No tenía escuela en la que enseñar. Me convertí en maestro itinerante. Recorría más de cien kilómetros diarios, de pueblo en pueblo, dando clases en las escuelas que aún permanecían abiertas. Pasaba la mitad de mi tiempo en la carretera. Como los médicos. Como el cura los domingos. El invierno pasado saquearon la iglesia; robaron hasta unas piedras de sillería. Nadie se enteró. Las casas que la rodean están abandonadas; les arrancaron las rejas.

Estoy jubilado. Salgo de mi casa y en cinco minutos, estoy en un bosque, o subo a la montaña, o recorro—en soledad o acompañado— la ribera del río. Este era el camino favorito de los niños, porque encontraban fresas salvajes y moras. Recogían flores que colocaban sobre un papel secante y luego las clasificábamos en clase. En otoño, abrazaban a las hayas, bajo un chaparrón de hojas amarillo rojizas.

Lo que más me gusta de vivir en este pueblo es la convivencia. El propietario de la cantina ha construido unas habitaciones. Ya habría cerrado, si no alojara veraneantes. Los hay que se enfadan porque tienen que esperar a que acabe la misa dominical para visitar la iglesia románica; solo el cura tiene la llave. Otros se quejan de que enviar un correo electrónico les cueste quince minutos. La España que vive presurosa y la España lenta, silenciosa y despoblada, juntas. La primera España se olvidará de la segunda cuando finalice el estío y los veraneantes se hayan ido. Entonces los camiones de la basura volverán a pasar de largo.

La cantina es tan importante como una escuela, pero los veraneantes no siempre lo saben apreciar.

Vivir en este pueblo significa explicar mi propia vida. He ayudado a restaurar el edificio donde estuvo la escuela: la fortaleza desde la que luchar contra el desamparo y el abandono. Cuatro años atrás, en este pueblo vivíamos cincuenta personas. Hoy no llegamos a veinte.

El cementerio es el lugar más habitado.

Rescaté el globo terráqueo del aula; estaba aún sobre la que fue mi mesa durante veinticuatro años. Mientras le quitaba el polvo, retumbaron en mí los ecos— metálicos, crueles— de aquellas tres vueltas de llave. Se lo he regalado a mi nieta por su cumpleaños.

En verano, mientras se balanceaba en el caballito rojo y orejas verdes del parque infantil, me dijo:

—Abuelo, ¿por qué no hay niños?

 

 

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Sísifo y el péndulo

 

RELATO

 

Fue un hecho banal, un tropiezo infantil. O así lo había creído yo durante más de cuatro décadas. Hasta que, de pronto, resurgió en mi cabeza lo que ocurrió aquel día.

Así es cómo lo recuerdo.

Era mi primera participación en un concurso: redacción para escolares de nueve años. Disponía de una hora para realizar el ejercicio y de unas hojas en blanco.

Dos profesores vigilaban entre las tres filas de pupitres, uno en dirección contraria al otro. En el silencio del aula, habían logrado acompasar sus pasos a un ritmo que me recordaba al del péndulo del reloj que mi abuela tenía en el salón. Tic, tac. Cuando escuchaba los pasos detrás de mí—tic—, agachaba la cabeza y garabateaba; volvía a levantarla cuando se alejaban. Pero tenía de frente al otro profesor—tac—; entonces tachaba lo que había escrito. Ninguna frase tenía para mí la suficiente valía o la creía sacada de alguna novela de aventuras.

Tres mil seiscientos pasos. Tres mil seiscientos segundos. Tic, tac.

Los vigilantes recogieron los ejercicios, guardándolos luego en un sobre color manila. Dentro de aquel sobre iba la prueba de mi delito, que creí olvidada para siempre cuando se marcharon: mi redacción era una hoja en blanco, solo había escrito mi nombre.

***

Descubrí la épica el día que escuché en el cine la corneta del Séptimo de Caballería. Aplaudía y hacía globos con sabor a fresa, que me explotaban en la nariz. Ahora, cuando John Travolta besa a Uma Thurman, lloro. Necesito— soy un ser humano — la épica para sobrevivir. Pero me traiciono pensando que no poseo ese don.

Soy Sísifo, castigado a perpetuidad por despreciar a las musas. La diosa de la memoria se ha unido también al aquelarre, recordándome aquel día en el que se dictó sentencia. Hasta ahora no he sabido que estaba siendo condenado ni la crueldad del castigo. Tic, tac.

Sufro escribiendo. Las palabras se agolpan, se combinan en el magma de mi mente; se enfrían luego y crean un granito tosco, informe, la roca que, desde hace cuarenta años, empujo hacía la cima de la montaña con un único afán: juntar signos para cubrir aquella página en blanco en la que solo había escrito mi nombre. Y en el intento resbalo y, perseguido por la roca, caigo al vacío— una, mil veces—, como caen los malvados de la películas de Walt Disney.

Cuando Sísifo se hunde es más fuerte que su roca, el tormento es a la vez la victoria, dice Camus. Entonces es cuando puedo alcanzar la cima: un momento tan poderoso como efímero. Cuando recupero la consciencia, después de haber estado en un tiempo y un espacio que no me pertenecían enteramente, caigo nuevamente al vacío. Pero en esta caída hay gloria. El esfuerzo no ha sido inútil.

Conservo aquel reloj de mi abuela. Está parado. El eje del péndulo es una flecha hacia el precipicio, al inframundo al que soy empujado: el lugar donde soy mejor que yo mismo.

 

 

 

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Recuperar la memoria

 

Relato

 

Me había detenido en una caseta de la Feria del Libro, en el Retiro. Al levantar los ojos del mostrador, la vi: mirándome, con las manos en la espalda. Hacía un año que no hablábamos. La saludé. No me llamo Julia, dijo. He olvidado tu nombre, balbuceé. Se rió. Evité el ridículo de recitar el santoral completo de la jota y ella sugirió que salía a las nueve.

Bajamos —bromeando— por la cuesta de Moyano. Nos detuvimos delante de la fachada lateral del Museo del Prado. Levantó la mano hacia el centro del Paseo. Besó mis labios, un beso largo. Me quedé pasmado. Recuerda mi nombre, susurró, mientras subía al taxi. «¿Cómo se llamaba tu mujer?», pensé, de repente, mirando la estatua de Velázquez que tenía delante de mí. El nombre se dibujó en mi mente y se hizo grito en mi boca: ¡Juana! Pero ella ya no podía oírme.

 


Con este relato me sumo al apoyo a  la candidatura «El Paseo del Prado y El Buen Retiro, Paisaje de las Artes y de las Ciencias», que Madrid ha presentado a la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. Aspira a ser declarado Patrimonio de la Humanidad en la categoría de Paisaje Cultural.

 

 

 

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