Luis Gorrochategui: «El relato lo es todo, y es moral»

Acaso porque Luis Gorrochategui sea además de historiador, profesor de filosofía, su libro Contra Armada es más que un libro de historia. Es un texto que pone las cosas en su sitio. Y es, por eso, una obligada lectura, que nos reconcilia con nuestro pasado.

Revela, por un lado, la derrota — ocultada durante más de cuatrocientos años—de la Contra Armada inglesa, la mayor victoria de España sobre Inglaterra. Y por otro,  derrumba una de las mayores mentiras de la historia:  el relato de la derrota de la Armada Invencible, obra de la propaganda inglesa.  «El que gana el relato, lo gana todo —afirma Luis Gorrochategui—. Lo demás es irrelevante».

Contra Armada (Crítica, 2020) es también la reivindicación de la (olvidada) figura de la heroína coruñesa María Pita.

«¿Cómo es posible que no haya una superproducción cinematográfica o una buena serie sobre María Pita? Ese es uno de mis sueños».

Luis Gorrochategui dando una conferencia
Luis Gorrochategui es graduado en Filosofía. Autor de artículos en libros, revistas especializadas y periódicos, e impartido numerosas conferencias. Actualmente es profesor de Filosofía en el Instituto de ES Francisco Aguiar de Betanzos (La Coruña).

Entrevista a Luis Gorrochategui

«Tenemos que recuperar moralmente la Historia de España. Tenemos que saber quienes fuimos, porque podemos desaparecer como pueblo. Si hacemos dejación de nuestra historia, vendrán otros países a llenar este vacío. Hay que recuperar el amor por España». 

 


 

Comunicación Vitae (CV): Llevas ya algún tiempo hablando de la Contra Armada inglesa, ¿sientes como si predicaras en el desierto?

Luis Gorrochategui (LG): No. En absoluto. Hay un interés extraordinario. Ya lo hubo en España en la primera edición de este libro y generó seguimiento. Propuse la publicación de este libro en Inglaterra. Pasó muchas cribas académicas y se publicó en 2018; generó mucho interés. Aunque el alcance de este libro ha sido fundamentalmente académico en las grandes universidades, ha llegado a la BBC, que ha realizado un documental en La Coruña. No es predicar en el desierto y más ahora que ha entrado en escena la editorial Crítica, que ha dirigido el libro al público general. Es un asunto muy llamativo.

CV: La verdad es que los ingleses lo hicieron muy bien.

LG: Nos han contado la historia clásica de que Felipe II le ganó al turco en Lepanto y perdió contra el inglés. Esta historia atraviesa los siglos. En un relato que hemos importado, un relato muy bien construido por los ingleses en un momento crucial para Inglaterra. Un relato brillante, donde la verosimilitud es casi lo de menos. Lo importante es conseguir el impacto emocional de quien lo recibe. Los ingleses han entendido esto muy bien.

CV: Un relato tan bien construido que nos lo hemos creído incluso nosotros, los españoles.

LG: Entender qué ha pasado y cómo hemos llegado hasta aquí no es fácil. Por un lado, la construcción del relato de la «Invencible» fue muy intenso, crucial para la creación de la identidad inglesa. Por otro lado, Inglaterra ha incrementado muchísimo su influencia en todos los sentidos. Esto ha contribuido a que el relato de la «Invencible» se haya comido todo lo que ha tenido cerca; se ha comido incluso a Felipe II.

Cinco siglos de propaganda antiespañola

 

CV: La leyenda antiespañola nos persigue aún.

LG: Los españoles tenemos una serie de lugares comunes negativos que hemos aprendido desde niños. Tenemos una imagen de España que tiene una sombra moral; un juicio moral sobre España y su historia. Por así decirlo, partimos con una clarísima desventaja solo por ser españoles. Es una losa.

CV: Y más en este momento en los que se pone en cuestión nuestro pasado.

LG: Estamos en un punto de inflexión, porque el constructo antiespañol tiene más de medio milenio, una propaganda que ha sido tan importante para la construcción del actual orden mundial. Entender lo que fue el imperio no es fácil. El imperio español es muy longevo y, en buena parte, inédito. La propaganda antiespañola es un hecho histórico de grandes dimensiones que llega hasta hoy; un hecho que, en sí mismo, debe ser analizado y desmenuzado. Ningún otro imperio ha sido sometido a este proceso.

Luis Gorrochategui, batalla naval
«La Historia en su origen es un relato. Así empieza Herodoto a contar la Historia. El relato es intrínseco a la Historia. De hecho, la Historia es un relato».— Luis Gorrochategui.

Relato y contrarrelato

 

CV: ¿Por qué esta propaganda?

LG: Se diseñó para debilitar al imperio que ocupaba más de la mitad del planeta. Así, España y el mundo hispánico se han diluido como un azucarillo en un vaso de leche. Y eso continúa. Vemos como se destruye la estatua de fray Junípero Serra en California, que ya es el colmo de los colmos. Hemos llegado al absurdo, hemos tocado fondo. Pero podemos rebotar, porque las acusaciones que se vierten contra el imperio son la tapadera de sus grandes virtudes.

CV: Por ejemplo…

LG: Por ejemplo, una de las acusaciones que se vierten sobre el imperio español es que fue genocida. El carácter más llamativo y diferencial que ha tenido el imperio respecto a todos los anteriores, Roma y Grecia, y los colonialismos posteriores es, precisamente, el respeto a los derechos humanos. Felipe II era un hombre muy preocupado por la vida de las personas que están bajo su jurisdicción. Y lo es por una cuestión cultural, moral y religiosa.

CV: El desarrollo de la imprenta, nacida además en un país protestante, fue crucial.

LG: Absolutamente. Hay que entender que el norte de Europa emprendió una batalla propagandística enorme. Esto no ha ocurrido con otros imperios.

«LA BATALLA POR EL RELATO HA DE SER NUESTRA NUEVA ESTRATEGIA». — LUIS GORROCHATEGUI

 

CV: ¿En qué punto estamos?

LG: El relato está caducando, porque la historiografía ha avanzado muchísimo. Aunque es muy difícil realizar estos trabajos, porque es muy difícil esquivar la distorsión histórica. La Historia, la historiografía, es un producto moral. Hay que cambiar el paradigma, el cuadro moral. Si no lo hacemos, no es bueno para nosotros. Tenemos que saber quienes fuimos, si no queremos desaparecer como pueblo. Si hacemos dejación de nuestra memoria histórica, vendrán otros países a llenar este vacío.

CV: ¿Qué se puede hacer contrarrestar este relato imperante? 

LG: Es muy difícil construir un relato alternativo desde cero. Tiene que hacerlo alguien que no esté contaminado por su formación. La derrota de la Contra Armada no es un hecho tan propicio para la construcción de un mito. Además, España no estaba bien en 1589. Hemos sido buenos en la guerra, pero no en la construcción de un relato. En los siglos XVI, XVII y XVIII nos nos hacía falta el relato. Ahora nos hace falta de manera imperiosa.

CV: Pero para construirlo hay que querer hacerlo.

LG: Sí, absolutamente. Si Herodoto no hubiera querido contar qué hicieron los griegos, no hubiera nacido la Historia. Y si nosotros no queremos contar lo que hicieron los españoles, no hay relato. Si desde el colegio nos cuentan que los españoles fuimos los malos, no hay relato, porque ¿quién quiere escribir de los malos? La pegada psicológica de haberte creído desde pequeño que eres el malo de película, y lo has interiorizado, es muy fuerte.


No somos capaces de hacer historia en la que seamos los buenos. Escribimos y somos medio buenos malos. Hay que saber las cosas buenísimas que tuvimos y de las que se pueden extraer enseñanzas fundamentales.

— Luis Gorrochategui

 

Luis Gorrochategui,batalla naval en puerto
«La Historia no es otra cosa que un destilado de moral. La Historia es, al final, una historia de buenos y malos para que, como seres humanos que pertenecemos a una nación, estemos cómodos dentro de nuestra piel».— Luis Gorrochategui.

La batalla de la ficción

 

CV: Los ingleses también han vencido en el terreno de la ficción. Patrick O´Brien escribió mas de veinte novelas de aventuras, sobre la marina inglesa. Afirma que se documentó en los Archivos de la Marina británica. Parece en esas novelas como si los ingleses hubieran sido los dueños y señores de los mares. Sus lectores son millones, muchos de ellos españoles.

LG: Lo que subyace es  algo de orden moral. Para construir un relato hay que querer construirlo, hay que estar motivado para hacerlo. Si O´ Brien escribió veinte  novelas, nosotros podemos escribir veinte mil. El conocimiento del lado marítimo del imperio español es absolutamente motivado y fascinante, inmensamente mayor que el inglés. Esto llevaría a que una generación de jóvenes escritores quisieran escribir, por ejemplo, de la fascinante exploración española del planeta. Pero para eso hay que amar nuestra historia y conocerla. Imagina que se consiguiera una corriente traductora del español al inglés. Eso sería una gran victoria cultural.

CV: Contra Armada se acerca mucho a una narración.

LG: Es un libro narrativo que narra emociones. El episodio de La Coruña es una historia de buenos y malos. Cuenta las cosas como fueron gracias a la documentación, pero es un relato emocional, para que el lector tome partido. Y esas son las cosas que quedan para siempre.

CV: Como corolario: ¿conocen las nuevas generaciones la Historia de España?

LG: Es insultante que la Historia de España, desde Atapuerca a hasta hoy, se estudie en 2º de Bachillerato. Tendría que darse en varios años. Los estudiantes tiene que saber que hubo momentos en que los españoles fuimos la locomotora de la civilización. Doy clases en institutos, y si le preguntas a los alumnos cuando está acabando el curso, quién dio la primera vuelta al mundo, no lo saben. A mí, como profesor, eso es como si me arrancasen las tripas.

 

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Reseña de Contra Armada

 

 

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Contra Armada: derrumbar el mito de la «Invencible»

Si alguien piensa que las noticias falsas son cosa del presente, está muy equivocado. En Contra Armada, el historiador (y profesor de filosofía) gallego Luis Gorrochategui, derrumba una falsedad que ha perdurado durante más de cuatrocientos años: la derrota de la Armada Invencible frente a las costas inglesas, en 1588.

O mejor dicho, dos mentiras juntas: «La Gran Armada— afirma Gorrochategui— ni se llamaba  ‘Invencible’, ni se batió en tal contienda». Mentiras a las que se añade una flagrante ocultación: la derrota de la Contra Armada inglesa (1589).

CONTRA ARMADA. La mayor victoria de España contra Inglaterra. Luis Gorrochategui, Crítica, 2020.

 

Permítaseme un comentario antes de continuar.  A los habituales de este blog dedicado al storytelling, acaso pueda resultarles chocante que aparezca la reseña de un libro de Historia. En opinión de quien esto escribe, está plenamente justificado: la idea que subyace en Contra Armada es demostrar como un relato oficial consigue calar en el inconsciente colectivo —durante cinco siglos—, ocultando, además, otro menos beneficioso. Y este no es en absoluto un asunto baladí.

La «Invencible», o el triunfo del relato dominante

 

El poderoso legado de la «Invencible» fue hábilmente manipulado por Isabel I y su entorno, y lo siguió siendo por sus sucesores, por artistas, publicitarios e historiadores, y por políticos británicos durante los últimos cinco siglos. La derrota de la «Armada Invencible» (en realidad era la Felicísima Armada) se ha convertido, en opinión de Gorrochategui,  en «el gran hito del nacionalismo inglés». Y aquí creo que está plenamente justificado el uso del término fake news, puesto que la falsedad es netamente inglesa.

Fue lord Burghley quien, a toro pasado, y con fines propagandísticos, lanzó el bulo de que los españoles llamaron a la Gran Armada INVENCIBLE.

— LUIS GORROCHATEGUI

Y para que no hubiera duda alguna, Burghley lo escribió así, en letras mayúsculas.

Si hoy son las redes las que amplifican las noticias falsas, en aquellos momentos fue la imprenta. La Ámsterdam protestante era un lugar habitual donde libros, folletos y diatribas de toda índole se traducían y publicaban, y se repartían por toda Europa a gran velocidad. Inglaterra lanzó una campaña de propaganda de grandes proporciones: panfletos, imágenes, canciones y poemas, cuadros y monedas «inundaron Albión y el mundo protestante». Cualquier cosa valía con tal de atacar a la católica monarquía hispánica. 

Contra Armada, mascarones de proa

Hay que hacer notar que hasta los españoles nos lo creímos (y continuamos haciéndolo más de cuatrocientos años después). Me resulta curioso que en su diccionario, Corominas apunta que, desde 1588, a la voz fracasar se le añade un nuevo significado: «frustrarse, tener resultado adverso». ¿Coincidencia de fechas?

Contra Armada, el libro

 

Formalmente, Contra Armada se articula en tres partes y un epílogo.

La primera parte está consagrada a desmontar documentalmente el mito de la «Invencible».  En la segunda, Luis Gorrochategui se centra en la Contra Armada inglesa,  una flota de represalia que envió Isabel I. Fue vapuleada frente a las costas de La Coruña primero y de Lisboa después. Es la parte más extensa del libro, y desde luego, la más importante. En ella se relata  la aventura de la escuadra inglesa, lanzada en persecución de la Gran Armada.  La tercera parte, finalmente, está dedicada al desarrollo de la guerra hispano-inglesa, hasta la firma de la paz en  1604.

Con tan sustancioso material, el autor podría haberse lanzado sin freno. Pero se contiene. Esta moderación no está reñida con que el relato —sobre todo en la segunda parte— resulte  amenísimo y ágil, documentado al detalle, incluida la descripción de las batallas.

En el Epílogo, el historiador reflexiona sobre la «campaña de propaganda, que consagró una desfiguración de los hechos realmente acontecidos en 1588 y 1589». El estilo cambia, sobre todo, respecto a la primera y segunda partes y adquiere un tono más—digamos— explicativo, incluso reivindicativo.

Luis Gorrochategui cuenta también la trayectoria que han seguido sus hallazgos en Inglaterra, donde este libro ha sido publicado (The English Armada. The greatest naval disaster in English History, Bloomsbury, 2018).  Como consecuencia de esta publicación, la BBC filmó un documental en La Coruña, estrenado en 2020.  El autor confía en que con la publicación de este ensayo, los españoles conozcan esta verdad histórica. Contra Armada es, en mi consideración, un libro de obligada lectura, que nos permite como españoles reconciliarnos con nuestro pasado.

BIBLIOGRAFÍA

El libro ofrece un utilísimo índice onomástico y temático, así como una interesantísima documentación, en buena parte inédita, extraída de los principales archivos españoles y de la Biblioteca Nacional de Portugal.

La Contra Armada

 

Después del descalabro de la «Invencible», Inglaterra quería dar el golpe de gracia a la Gran Armada. Preparó para ello una flota, la Contra Armada. Estaba mandada por dos almirantes Francis Drake y John Norris, un reputado militar y estratega. Drake, como el consumado pirata que era, prefería ir a lo seguro: atacar por sorpresa y llevarse lo que podía; nada de batallas navales, por lo tanto. Tal como desvela, Luis Gorrochategui en este libro, ambos estuvieron a punto de «llegar a las manos».

Lord Burghley, consejero de Isabel I, escribió que esta empresa tenía tres objetivos principales. El primero era destruir los barcos de la Gran Armada en Lisboa y Sevilla. Se pensaba que sería en estos puertos donde las naos hispanas iban a ser reparadas. Finalmente, se repararon en los astilleros de Santander. Los otros dos, eran la toma de Lisboa y de las Islas Azores.

Conquistar las Azores suponía tener el control sobre la flota de Indias. Es decir, el control de la ruta comercial de España con el Nuevo Mundo. Unos de los objetivos del ataque la Gran Armada era acabar con la piratería en el Caribe. Isabel I —que nunca exploró como hicieron portugueses y españoles—, alentaba la piratería contra la flota de Indias, mientras que se mostraba implacable con los piratas que asolaban las costas de Irlanda.

Posteriormente se decidió que, sin olvidar Lisboa, y puesto que los barcos estaban siendo reparados en Santander, antes de atacar Lisboa, se tomaría La Coruña, un puerto intermedio. La Coruña fue defendida por sus habitantes y Lisboa por los soldados viejos. En ambos puertos los ingleses fueron derrotados.

De glorias y olvidos

 

De la amplia nómina de personajes de esta historia me permito destacar a dos por el dispar tratamiento que la historia les ha deparado: María Pita, símbolo de la Contra Armada, y sir Francis Drake, símbolo inglés de la «Invencible»

MARÍA PITA

María Pita (María Fernández de la Cámara y Pita), una suerte de Agustina de Aragón gallega, comandó un ejército de mujeres, que entraron en combate en primera línea. Ella fue quien mató al alférez inglés que alcanzó una brecha en la muralla. No era un alférez cualquiera, portaba la bandera: un símbolo. Sin duda, su acción levantó la moral de los sitiados, contribuyendo a la retirada de los ingleses.

La fama de María Pita «ha quedado circunscrita a la memoria de La Coruña», afirma Luis Gorrochategui.

FRANCIS DRAKE

La autoridades españolas lo consideraban un pirata. Era Francisco Drake o «el Dragón». Lope de Vega, quien combatió en la «Invencible», con «su arcabuz al hombro», lo define en su poema La Dragontea (1598) como «fiero dragón». Y Gregorio Marañon escribió: «Las gestas terribles del pirata inglés Francisco Drake, tan temido en los pueblos costeros de España, que todavía en muchos de ellos se recuerda, para aterrarlos, su nombre a los niños».

Isabel I le concedió el titulo de «Sir». Murió en un ataque pirático a Portobello, plaza de la América española.


Si España hubiera sabido cuidar su historia como Inglaterra, una de las principales plazas de Madrid llevaría el nombre de María Pita, del mismo modo que en Londres existe Trafalgar y Portobello.

—LUIS GORROCHATEGUI


A MODO DE COROLARIO

 

En más de una ocasión he comentado en este mismo blog, que la diferencia que existe —a la hora de escribir y presentar sus trabajos—, entre los ensayistas anglosajones y los españoles es abismal.  Los anglosajones son expertos en el uso del storytelling a la hora de presentar sus estudios. Expertos, en fin,  en crear relatos que, como el de la «Invencible», han perdurado durante siglos y movilizado masas.

Amén de otras razones, encuentro en el Epílogo de este libro una que puede explicar este diferente modo de proceder: la intencionalidad de la documentación. Dice Gorrochategui que «el carácter de la documentación inglesa es laudatorio, exculpatorio, literario, exaltador de Inglaterra, de la Corona y de los protagonistas  de cada jornada». En la documentación española, sin embargo, «prima la transmisión de información».

Felipe II es «el rey que más ha leído de la historia de España —dice Luis Gorrochategui—. Diariamente,  llegaban a El Escoria cientos de cajas de documentos».

En definitiva, «el relato lo es todo», considera el historiador Luis Gorrochategui, a lo que el profesor de filosofía Luis Gorrochategui, añade: «Y es moral».

 

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Entrevista con Luis Gorrochategui

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Una playa tranquila/ Relato

 

La dedicatoria que me escribió Domingo Villar en su segunda novela me ha traído hasta esta playa.

Recuerdo que salí de la editorial con mi libro dedicado bajo el brazo, y que comencé a leerlo sentado en un vagón del metro. Domingo Villar definía una palabra al empezar un capítulo. Como Petros Márkaris en algunas novelas del comisario ateniense Kostas Jaritos, coleccionista de diccionarios. Cuando, hacia la mitad del libro, definió «Taberna», tuve una revelación muy poco mística: sentí el irrefrenable deseo de comer suvlakis, las brochetas de carne asada por las que Jaritos siente debilidad, pero que su mujer aborrece. Se las toma a escondidas en alguna taberna. Y así fue como al verano siguiente, aterricé en Atenas, «una Ítaca urbana y moderna», y me aficioné al espeso café griego. Nada que ver con el delicado espresso del Torino, el bar favorito del comisario Guido Brunetti. Mirando a través de sus cristaleras, me di cuenta de que Venecia es solo una ciudad de provincias invadida.

Mis ventanas fueron, durante el confinamiento, la angustiosa frontera entre mi casa y las calles vacías, tan solitarias como esta playa. «Depende», diría con su sorna gallega el inspector Leo Caldas. Lo conocí en Ojos de agua, cuando investigaba su primer caso. Me reencontré con él años más tarde en La playa de los ahogados, la novela que me había dedicado Domingo Villar.

Paseando anoche por el adoquinado de la calle del Príncipe, me vino a la memoria lo primero que hice cuando me bajé del tren en la estación de Malmoe. Miré desde la esquina de la oficina de turismo, para saber si el depresivo inspector Kurt Wallander, podía ver a su exmujer entrando en el Hotel Savoy. El hotel estaba exactamente donde Henning Mankel había escrito que estaba. Recuerdo que, en aquel momento, pensé en cuántas cosas ridículas hacemos por amor, o algo parecido. El aguanieve convertía el pavimento del centro de Malmoe en una pista de patinaje. En eso se parece a Edimburgo. La lluvia deja el empedrado de la Ciudad Vieja brillante y escurridizo. En sus callejones hay fantasmas. Solo en Edimburgo podía haber nacido mister Hyde. Quizás por eso, el inspector John Rebus vive atormentado.

La brisa es suave y el ruido de las olas es apenas un susurro en esta playa cercana a Vigo. «¿Me habré convertido en un mitómano?», me interrogo de pronto. «¿Son todos estos policías de ficción mi mister Hyde?». Saco el móvil y consulto el diccionario:  «mitomanía. f.  2. Tendencia a mitificar o a admirar exageradamente a personas o cosas».

El inspector Caldas con mascarilla se planta delante mí, y me suelta: «Hazme un favor: vete al carallo».

Abro La playa de los ahogados y leo la dedicatoria que Domingo Villar me escribió diez años atrás: «Cuando la vida te ahogue que siempre encuentres una playa tranquila en la que descansar». Paso la página y es como si me hubieran pegado un tiro a bocajarro: «Ahogar. 1. Quitar la vida, impidiendo la respiración. 3. Hacer sentir angustia, congoja o tristeza a una persona. 5. Extinguir, apagar».

Mi padre se apagó en un hospital, ahogado en soledad, durante el confinamiento.

Leo Caldas me obsequiaría con un cigarrillo.

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Seis libros para un verano de distancia y mascarillas

 

Este no es un verano cualquiera. Es un verano de distancia social y mascarillas en terrazas y playas. Un verano, acaso, menos bullicioso que otros. Quizás más para pasarlo «en el pueblo». O en plena naturaleza. Estos seis libros para un verano de distancia social y mascarillas que me permito recomendarte, son textos, por eso, para una lectura reposada. Libros que permiten encarar el incierto otoño con serenidad.

Seis libros para un verano de distancia social y mascarillas

 

¿Quién dijo que las novelas son —solo— para el verano? En esta selección de seis libros para un verano singular no hay ninguna novela. Cuatro de estos seis textos de no ficción, sin embargo, están plagados de historias. Los dos restantes explican cómo construir historias para comunicarte.

  • De todos ellos tienes a tu disposición reseñas más amplias, siguiendo los enlaces marcados en la breve presentación que te ofrezco a continuación.

Todo cuenta

 

TODO CUENTA, Diana Orero, Letrame Editorial, 2019. 287 páginas.

 

¿De qué crees que te han servido los casi tres meses de confinamiento? ¿Cómo ha variado tu manera de entender la vida?

Todo cuenta explora nuestra identidad narrativa. Conforme a nuestras experiencias, vamos contado nuestra historia, a nosotros mismos y delante de los demás. Todo cuenta es autobiográfico, es es la historia de cómo Diana Orero se ha construido desde niña. Es, por eso, un libro muy emocionante. Pero decir que algo es emocionante es tan gaseoso como decir que queremos «la paz mundial». Todo cuenta es un libro emocionante, porque te mueve de la sonrisa al sobrecogimiento. O de la sorpresa al nudo en la garganta. Aún siendo un libro muy personal, mueve a la reflexión. O quizá por eso.

El poder de las historias

 

EL PODER DE LAS HISTORIAS. O cómo han cautivado al ser humano desde la Ilíada a Harry Potter, Martin Puchner. Crítica. 2019. 416 páginas (con ilustraciones).

 

¿Qué has leído durante el confinamiento? ¿Dónde te han llevado las historias que has leído?

Este libro es un recorrido por los hitos fundamentales de la evolución de la escritura, desde los primeros textos asirios en barro, de hace 4000 años, al universo Harry Potter. Es la historia de la palabra escrita. Y es también un viaje a alguno de los lugares donde han vividos los autores o han transcurrido las historias que cuenta en este atractivo texto.  Un bellísimo libro para los amantes de los libros y de la literatura, que establece conexiones muy curiosas entre época y autores, consecuencia de que el autor es profesor de literatura comparada. Cada capítulo es una aventura.

Sócrates enamorado

 

SÓCRATES ENAMORADO. Cómo se hace un filósofo, Armand D´Angour. Ariel, 2020. 217 páginas.

 

«Una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre», dijo Sócrates. ¿Qué imagen tienes de este filósofo? ¿Qué sabes de él?

Un texto que sigue la actual corriente de escritura de ensayos. Textos que se alejan de la pura erudición para hacerse más narrativos , sin perder un ápice de autoridad y rigor. Como si fuera un detective, Armand D´Angour busca pistas en la vida del Sócrates menos conocido. Y pone el foco en aspectos a los que se le ha prestado poca atención, para recrearse en ellos. El resultado es «un retrato de Sócrates que nunca se había pintado». Un libro de lectura absorbente. La filosofía al alcance de todos.

Cosas que pasan cuando conversamos

 

COSAS QUE PASAN CUANDO CONVERSAMOS, Estrella Montolío. Editorial Ariel, 2020. 232 páginas.

 

¿Cómo han sido tus conversaciones durante los meses de encierro? ¿Y cómo lo son ahora, una vez recobrada la normalidad?

Un libro que nos retrata a todos. Explica cómo crear, conservar y reforzar nuestros afectos a través de una comunicación auténtica. ¿Quién no se ha topado con los que hablan sin parar? ¿Quién no ha tenido que lidiar con los que se «enrollan» o con los que solo contestan con monosílabos? ¿Y con los que mienten y critican. Este libro es un elogio de la conversación. Está escrito en un tono didáctico y divulgativo, incluso divertido.

Piensa y comunica tus ideas con The Storyboard Method

 

PIENSA Y COMUNICA TUS IDEAS CON THE STORYBOARD METHOD, Marion Charreau/ Jenifer L. Johnson. Conecta, 2019. 229 páginas.

 

El confinamiento ha introducido en nuestras vidas nuevas maneras de comunicarnos. Septiembre está en el horizonte… ¿Por qué no aprovechar este verano y entrenarse para comunicar de una manera más efectiva?

Vivimos en una cultura de presentaciones. The Storyboard Method  permite aclarar los objetivos, inspirar perspectivas nuevas y transformar, en conclusión, la información en una narración. Pero no solo. Este libro es un mapa para quienes quieran revolucionar la forma de transmitir sus ideas. Es una ruta segura que permite centrar el pensamiento y actuar. Y ayuda, además, a ganar confianza para que cualquiera que sea la actividad de comunicación, esta resulte eficaz. Un libro para que saques provecho a tus habilidades.

 

El arte de contar bien una historia

 

EL ARTE DE CONTAR BIEN UNA HISTORIA. 101 estrategias para el storytelling, Héctor Urién. Alienta, 2020. 179 páginas.

 

Durante el tiempo que ha durado el confinamiento, han aparecido personas que nos han contado historias, algunas ellas muy divertidas. ¿Cuáles son los mecanismos para contar una buena historia?

Contar bien una historia es un arte. Pero puede aprenderse y entrenarse. Héctor Urién ha reunido un centenar de técnicas para lo que denomina «storytelling primario», el oral. Pero también para la narración audiovisual. No indican, dice el autor,  lo que «hay que hacer», sino que sugieren «qué puedes hacer». Cada una de las estrategias se cuenta de manera «muy concreta y escueta». Se facilitan ejemplos y se propone la realización de un ejercicio al final de cada una de ellas. Después de leerlo, seguro que entiendes mejor a los monologuistas.

 

Si te apetece añadir un libro más a esta selección de seis libros para un verano de distancia social y mascarillas, puedes hacerlo, dejando un comentario. Y los lectores del blog lo agradecerán.

 

 

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El cotilleo es biológico, dice Juan Luis Arsuaga

 

El término cotilleo en la acepción de «difusión o intercambio de comentarios indiscretos sobre asuntos ajenos» se usó por primera vez en castellano en 1919. Aparecía entrecomillado en una crónica política del periódico madrileño El Foro de Madrid. Sin embargo, cotilla, «persona aficionada a indagar o comentar asuntos ajenos», es anterior,  de 1895.

Pero una cosa es cuando se le dio nombre a tal acción y otra muy distinta es que los seres humanos seamos cotillas por naturaleza. O sea, desde que cazábamos bisontes. Porque el cotilleo está en nuestra biología. «Lo que pasa es que el cotilleo está muy desprestigiado»—dice el biólogo Juan Luis Arsuaga.

el cotilleo es biológico-imagen de Juan Luis Arsuaga
Como intrépido paleoantropólogo que es, Juan Luis Arsuaga, es un detective que trabaja en un caso que todavía continua abierto:  la evolución humana. Lleva trabajando en este caso cuarenta años.

 

Entrevista a Juan Luis Arsuaga

En su primer libro, La especie elegida (1998), ya se planteaba hacer fácilmente comprensible para el gran público algunos problemas científicos que son realmente muy complicados. Veinte libros y veintidós años después ha recibido el Premio Know Square a la Trayectoria Divulgativa Ejemplar. Su último libro, Vida, la gran historia, es de 2019.

 


 

«Tenemos una mente mágica. No podemos vivir sin imaginar. Todo esto tiene su fundamento y su base en nuestra biología. Nuestra biología ha sido seleccionada para sobrevivir en el medio social, que es donde se desarrolla nuestra existencia..»


 

Cotilleo, realidad social y ficción 

 

COMUNICACIÓN VITAE (CV): ¿Dónde radica el gusto o el interés de los seres humanos por las historias?

JUAN LUIS ARSUAGA (JLA):  Somos contadores de historias. Está en nuestra naturaleza. Las historias tienen que ver con nuestro interés por las vidas ajenas. Somos cotillas por naturaleza. Y eso está relacionado con nuestra mente social. Tiene que ver con el origen social de nuestra consciencia. Las historias que contamos los seres humanos son historias que le pasan a personas.

CV: Te he escuchado decir en una conferencia que el ser humano es creador de mitos.

JLA: Las historias míticas cuando se habla de la naturaleza, desde los orígenes, porque son antropomórficas; es decir, nos interesan concretamente las historias de personas, las historias humanas. Si te paras a pensar, ¿qué otro tipo de historias hay? No hay más historias que las que tienen como protagonistas a los humanos. O los animales, pero humanizados. O sea, cuando hablamos de historias, hablamos de vidas humanas o de vidas de animales que son humanos.

CV: Las fábulas o los dibujos animados.

JLA: Fíjate hasta que punto hablamos de humanizarlo todo que, ahora, por ejemplo, cuando hablamos de coronavirus le atribuimos no solo una personalidad, sino intenciones. Le atribuimos propósitos. Es lo mismo cuando hablamos de un virus informáticos. Nosotros solo podemos entender las cosas que suceden si les atribuimos cualidades humanas. La ciencia es lo contrario de eso, porque la ciencia consiste en renunciar a cualquier explicación basada en el propósito o la intención y explica las cosas por medio de leyes.

Nos interesan las historias y eso nos lleva a que nos puede interesar Ana Karenina, alguien que jamás existió. Y nos apasiona Madame Butterfly.

«LOS HUMANOS TENEMOS INTERÉS INCLUSO POR PERSONAS QUE NUNCA HAN EXISTIDO. ESO SE LLAMA ARTE.»

 

El arte es que te cuenten una historia de alguien que no ha existido siquiera y que te interese de alguna forma. Ansiamos saber como termina Madame Butterfly.

CV: Y Madame Bovary.

JLA: Tampoco existió jamás. Esto es una cosa que yo les decía a mis hijos. Ellos me decían, «¿esto cómo acabará?», y yo les decía, pues como haya decidido el autor o el director de la película. «Es que no me gusta como acaba», decían. Es lo que ha decidido el autor, y punto. Pues si tú no quieres que se muera, pues te inventas una historia en la que no se muera. Las dos son igualmente ciertas, porque ambas son ficción. En otras palabras, somos cotillas.  Nos interesan las vidas de los demás. Queremos saber qué piensan, como actúan y qué reacciones tienen.

CV: ¿Por qué es así?

JLA: Eso se debe a que nuestra inteligencia es una inteligencia social y no podemos evitar interesarnos por lo que hacen los demás, porque, en la evolución humana eso tenía mucha importancia, porque vivíamos en grupos, como ahora. En nuestra evolución, ser capaces de predecir, anticiparse y manipular el comportamiento de los demás, en la competencia social, en la competición social, era vital.

«O SEA, SOMOS COTILLAS.»

 

CV: ¿Podemos los seres humanos vivir sin la ficción?

JLA: Tenemos una mente mágica. No podemos vivir sin imaginar. Todo esto tiene su fundamento y su base en nuestra biología. En pocas palabras, nuestra biología ha sido seleccionada para sobrevivir, y para sobrevivir en el medio social, que es donde se desarrolla nuestra existencia. La capacidad de planificar —que no otra cosa es la imaginación— es poder planificar futuros posibles y hacer posible que se cumplan. Estamos creando todo un mundo de ficción. Estamos planificando —vamos a decirlo así— el futuro, estamos viendo el futuro que nos interesa construir. Los seres humanos somos capaces de construir el futuro, de crearlo. Pero antes lo experimentamos en nuestra cabeza. Lo estamos experimentando en nuestra mente y ya lo estamos viviendo.

«LA IMAGINACIÓN SIRVE PARA CONSTRUIR FUTUROS Y EXPERIMENTARLOS.»

 

el cotilleo es biologico- Juan Luis Arsuaga en una conferencia
Fotografía tomada en el Thinking Party «Neurociencia…¿QUÉÉÉÉ?», celebrado en el Espacio Telefónica en 2016. Al final de esta entrevista tienes el enlace al vídeo de la conferencia.

Mente simbólica y lenguaje

 

CV: En tus presentaciones hay una diapositiva que se repite. Alude a un ficticio encuentro entre neandertales y cromañones, junto a una hoguera, alrededor de un collar, un símbolo. ¿Pudo ser aquella conversación en torno a un símbolo la primera historia?

JLA: Sin lenguaje no hay historias. Es una discusión eterna entre si puede haber consciencia, mente consciente, si no hay lenguaje. Pensar no deja de ser un monólogo, hablar contigo mismo. El pensamiento es un soliloquio. ¿Se puede pensar sin palabras, sin hablar? Es una discusión muy interesante, académica para unos y bizantina para otros. Pero la única especie que hay en este planeta que tiene mente simbólica, o sea, que razona, es la nuestra, y tiene lenguaje. Mente simbólica y lenguaje es, literalmente, los mismo, porque el lenguaje es comunicación mediante el lenguaje de símbolos.

CV: ¿Podría considerarse entonces que las pinturas rupestres son narraciones primitivas?

JLA: Bueno, contar historias no necesariamente. Yo no creo que sea narrativo o escenográfico. Es simbólico, pero no necesariamente narrativo. De hecho, la mayor parte del arte no es narrativo. Puede que remita o evoque. Una cruz de las que se ponen en un monumento, no cuenta nada, simplemente evoca una creencia. El arte abstracto no es narrativo. Los girasoles de Van Gogh no es un cuadro narrativo, es impresionista, produce una impresión. El arte no tiene que ser necesariamente narrativo. Es simbólico, eso siempre, pero no necesariamente narrativo.

Madame Butterfly es un cotilleo

 

CV: ¿Desde el punto de vista de la narración de historias, seguimos en el mismo punto que los neandertales o los cromañones, o hemos evolucionado?

JLA: Con respecto a los cromañones de Altamira estamos peor. No tenemos su creatividad. Nuestra biología y nuestra mente es la misma. No hay diferencias biológicas entre los cromañones y nosotros. Ahora bien, ellos seguramente tenían más tiempo para contarse historias. De hecho tenían más tiempo para hablar y conversar. Nosotros nos pasamos una parte del día viendo historias en la televisión, practicando el cotilleo.

«¿QUÉ OTRA COSA SON LAS SERIES QUE PROGRAMAS SOBRE VIDAS AJENAS?»

 

CV: ¿Y los reality shows?

JLA: El arte cuenta historias, cuenta cotilleos. Los reality shows son vidas ajenas, son la versión cutre de Madame Bovary. Tú quieres saber si Madame Bovary se acuesta o no con su amante. No deja de ser un cotilleo, pero contada con gracia, con ingenio. Esa es la diferencia. La vieja del visillo tiene la misma curiosidad que tú cuando lees Madame Bovary, solo que la elaboración de Madame Bovary es mucho más refinada, más estética, mucho más hermosa. O sea, la diferencia está en la calidad artística. El interés es el mismo: “¿Sabes que fulanita se ha separado? ¿Ah, sí? Cuenta, cuenta…”

el cotilleo es biologico-opera madame butterfly
«Madame Butterfly era un hecho cotidiano en Japón, jóvenes japonesas se casaban con soldados americanos. O sea, un cotilleo.» —Juan Luis Arsuaga

 

CV: Es decir, que novelistas y guionistas, en tanto que contadores de historias, no dejarían de ser como los primitivos chamanes.

JLA: En todo caso, lo serian Flaubert, Dostoievski… Es chamán el que cuenta el cotilleo con más gracia, o con más imaginación, o con más creatividad. Porque historias las contamos todos. Solo basta decir que “a fulanita la han ascendido”, para que se susciten comentarios. Y es muy interesante saber si han ascendido a alguien o lo han despedido…por la cuenta que nos trae. Y eso es una historia. La interpretación de la realidad social, del hecho social, es un cotilleo. El cotilleo es un análisis que hacemos de la realidad social. Todo eso tiene una base biológica, porque vivimos en un entorno social.

«SI, ADEMÁS, TIENES UNA MENTE MÁS CREATIVA, PUES SE TE PUEDEN OCURRIR MEJORES HISTORIAS. Y, SOBRE TODO, CONTARLAS MEJOR.»

 

CV: Estamos rodeados de historias.

JLA: A nuestro alrededor hay muchas y variadas historias sociales. Luego están las historias naturales, que son las que hago yo, pero no son historias del mismo tipo. Madame Butterfly era un hecho cotidiano en Japón, jóvenes japonesas se casaban con soldados americanos. No se lo inventó el autor de la ópera. Pero no todos podemos hacer una ópera con eso. Puccini supo darle una calidad artística que a los demás nos acaba encantando. Lo mismo vale decir para el Quijote o Hamlet.

Pero fíjate, si los artistas no fueran seres humanos como los demás nadie los entendería, nadie apreciaría su arte. Su éxito radica en que conectan con los demás, porque la historia que cuentan interesa a los demás. Si escribieran cosas en las que nadie se sintiera aludido, no llegaría a nadie.

«UN ARTISTA TIENE QUE HACER LO QUE LE INTERESA A TODO EL MUNDO, PERO DE UNA MANERA ESPECIAL. ESA ES LA CLAVE EL ÉXITO.»

Los spaghetti carbonara, ¿con o sin nata?

 

CV: Tienes una gran capacidad para contar historias.

JLA: Hasta donde yo sé, las historias son sociales. Los científicos contamos otras historias como, por ejemplo historias de neutrones y protones. Pero yo no llamaría historias a eso. Las historias no tienen por qué ser ficción. La propia Historia cuenta historias del pasado que son reales. No es ficción, pero son historias.

CV: Sin embargo, en varios de tus libros y en tus conferencias y presentaciones, cuentas historias para hacer divulgación.

JLA: Porque hablo de evolución. Cuento historias pero hablo de no ficción. Las historias pertenecen al ámbito de la ficción. Si quiero explicar la abducción de la cadera para entender la locomoción bípeda, tengo que adornarlo con ficción. Lo que yo hago se parece a un libro que tengo de pasta italiana de Paloma Gómez Borrero. Te da la receta, eso no es una historia, es lo que más se parece a la abducción de la cadera. Pero luego te cuenta que la nata de los spaghetti carbonara viene de la época en que los americanos llegaron a Italia en la II Guerra Mundial y les gustaba la nata. Hay una página con la receta y diez hablando de la salsa carbonara. La historia se cuenta al hilo de la receta. Ese es el secreto de la divulgación: Paloma Gómez Borrero.

 

 


Video de Thinking Party «Neurociencia…¿QUÉÉÉÉ?». 2016. La conferencia de Juan Luis Arsuaga comienza en el minuto 17:52.

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Silver Kane, o lo que fuimos/ Relato

In memoriam FGL.

 

—Aún no tienes edad para leer a Silver Kane —me decía Aníbal, el propietario de la tienda de tebeos que había enfrente de mi casa. En una repisa a la altura de sus hombros, había unos libritos —que casi nunca eran los mismos— con pistoleros, diligencias, caballos y rifles humeantes en las portadas; y en letras grandes, azules: Silver Kane.

Todos los domingos me daba la misma respuesta. Así que yo, o bien compraba un tebeo, o bien —agachado— elegía, mirando a través del cristal del mostrador, algún muñequito de plástico: un indio Sioux con plumas rojas; un soldado a caballo sable en mano; un vaquero tumbado con un rifle; otro con un revólver. Los perdí cuando me mudé.

***

Me soltaba de la mano de mi padre, mostraba una moneda en la palma de la mano y pedía un helado.

En mi calle había una heladería pintada de azul cielo. En este momento que evoco, mis ojos quedaban casi a la altura del borde superior del mostrador. Estaba coronado por cinco tapaderas cónicas plateadas, parecidas a los copetes de fantasía de las almenas dibujadas en los tebeos de El Capitán Trueno. El heladero levantaba una de las tapas y me llegaba un leve aroma glacial a fresa, que se disipaba cuando la cerraba. Lamía luego el helado, parsimoniosamente, como si quisiera que no se terminara nunca, hasta que oía el suave crujido del cucurucho.

***

Ya fuera porque mi calle estaba siempre muy concurrida, ya por un respeto reverencial, semejante al que mi abuela tenía hacia el salón de su casa, que solo abría cuando llegaban visitas, nunca jugábamos en ella. Lo hacíamos en una perpendicular —«el callejón»— y en la desangelada plazuela en la que desembocaba: allí dábamos patadas a una pelota, saltábamos a la pídola o lanzábamos el clavo.

El secreto del juego del clavo estaba en empapar el terreno. Para acarrear el agua desde una fuente cercana, utilizábamos unas latas que escondíamos en una casa deshabitada. Dibujábamos luego unos círculos y, en cada extremo, unos cuadrados. El juego consistía en hincar sucesivamente un clavo largo y grueso en los círculos hasta alcanzar los cuadrados.

En una portada de Silver Kane había visto a un vaquero lanzar herraduras a un clavo sujeto al suelo.

Una tarde de verano ocurrió algo inesperado.

¡Clink! y saltaron unas chispas azuladas. El clavo hizo una pirueta en el aire y fue a hincarse en el muslo de Alejandro, el benjamín de la pandilla. Casi con la misma rapidez con la que se había hundido, el clavo se desprendió: un borbotón rojo surgió del agujero.

—¡Qué venga mi tía! —rompió a llorar el herido, que era huérfano de madre.

Por la delgada y pálida pierna de Alejandro se deslizaba un hilo viscoso que teñía de rojo el agua de la fuente. Yo no quería mirar.

No es que la tierra estuviera poco mojada aquella tarde, y por eso el clavo había saltado. No. Es que la piedra estaba allí, escondida, como el ladrón que aguarda en la oscuridad. Nadie la vio; y yo la golpeé de pleno. ¡Clink!

—Estaba de Dios —dijo mi abuela—. Y siguió friendo huevos para la cena. En la radio sonaba Marisol.

A Alejandro le llevé a su casa dos tebeos de El Jabato. Aníbal no quiso cobrarme uno de ellos.

***

En las fiestas patronales, los toreros atravesaban mi calle en unos coches negros camino de la plaza de toros, seguidos de la banda de música. Por la noche, las chicas regresaban a sus casas —cansadas— con los zapatos en la mano. Yo las veía pasar agarrado a las rejas del balcón, con la cabeza apoyada en el vientre de mi madre.

El jueves del Corpus, desde muy temprano, olía al tomillo esparcido en la calzada. Los niños que habían hecho la Primera Comunión desfilaban en la procesión. El año en el que yo la hice, salí de mi casa y me incorporé al cortejo. Al final del recorrido, mis zapatos de charol estaban cubiertos de una capa de polvo verdoso y en los volantes de los vestidos de las chicas se habían quedado prendidas ramitas de tomillo.

Estrené aquel día mis primeros pantalones largos, pero aún no tenía edad para leer a Silver Kane.

***

Pocos días después de la muerte de mi madre, encontré entre sus cosas una fotografía. Aparecía yo en la puerta de mi casa, vestido de Primera Comunión, con mis abuelos y mis padres. Llevaba el pelo cortado a tazón, parecía Juana de Arco.

¿Qué había sido —después de tantos años— de la calle en la que nací y que fue mi parvulario?

Lo que vi me recordó al paso de los nazis por Varsovia. Después, sobre sus escombros, los rusos habían levantado edificios impersonales, monótonos, feos.

***

Visitaba la Feria del Libro. Por los altavoces anunciaron que Silver Kane firmaba su última novela. Bajo un aguacero, entre gente ajena a mis ansias, corrí al encuentro del misterioso autor al que nunca tuve edad para leer.

Silver Kane y yo, frente a frente, como dos pistoleros en mitad de la calle —que iba vaciándose— de un pueblo fronterizo. Aquella curiosidad infantil se evaporó como el humo tras un disparo: Silver Kane era, en realidad, uno de mis escritores favoritos: Francisco González Ledesma. La respuesta estaba en la solapa del libro: la censura lo había prohibido y publicaba con seudónimo aquellas novelitas de vaqueros que vendía Aníbal.

Fue más rápido que yo, desenfundó primero: «Una nueva novela del Oeste de un viejo insensato que ha querido ser joven y resucitar un mundo que fue. Silver Kane», me escribió como dedicatoria.

Regresé en ese instante a la tienda de tebeos. Mostré el libro a Aníbal. «¡Ya tengo edad!», le dije. Olía a tomillo. ¡Clink!, y el reguero de sangre que brotaba de la pierna de Alejandro, encharcó mi calle, que era solo recuerdos.

—Somos lo que fuimos, solo que en un cuerpo más grande —dije a Silver Kane.

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El poder de las historias: la vida de la palabra escrita

En El poder de las historias, el profesor de literatura inglesa y literatura comparada de la Universidad de Harvard, Martin Puchner, hace un recorrido por los hitos fundamentales de la evolución de la escritura, desde los primeros textos asirios en barro, de hace 4000 años, al universo Harry Potter. Es la historia de la palabra escrita.

el poder de las historias-tablillas arcilla escritura cuneiforme
Foto: Textos asirios en arcilla, tablilla y cilindro, en escritura cuneiforme. Siglo VIII a.C. Las piezas proceden del British Museum. Tomada en la exposición «Lujo. De los asirios a Alejandro Magno». CaixaFórum Madrid, 2019/20.

 

EL PODER DE LAS HISTORIAS. O cómo han cautivado al ser humano desde la Ilíada a Harry Potter, Martin Puchner. Crítica. 2019. 416 páginas (con ilustraciones).

 

La idea principal que vertebra El poder de las historias, es que la historia de la palabra escrita está ligada a la tecnología. Desde el nacimiento del alfabeto, el uso del papiro y el pergamino, el descubrimiento del papel y la imprenta, hasta la aparición de internet y los nuevos formatos (correos, blogs, Twitter), y los últimos dispositivos de lectura.

Y no podemos olvidar tampoco el retorno del primitivo relato oral con el auge que están teniendo en el mercado editorial los audiolibros. ( La editorial ofrece en su web un breve fragmento sonoro del libro.)

«A China se le atribuyen cuatro inventos que cambiaron el mundo: la brújula, la pólvora, el papel y la imprenta. Gutenberg fue el inventor de la imprenta de tipos móviles.» — Martin Puchner.

¿Podemos imaginar un mundo sin literatura?

 

El nacimiento de la literatura no se produjo hasta que las narraciones orales se cruzaron con la escritura. Este hecho—dice Puchner— hace que para contar la historia de la literatura haya que centrarse tanto en el relato como en la evolución de las tecnologías creativas: el alfabeto, el papel, el libro y la imprenta. El capítulo donde se narra la invención de la imprenta es uno de los más interesantes del libro.


La historia de la literatura es la historia de la quema de libros, un testimonio del poder de las historias escritas.

—MARTIN PUCHNER


Considera Puchner que la historia de la literatura se ha desarrollado en cuatro fases.

La primera estaba dominada por pequeños grupos de escribas conocedores de los complicados sistemas de escritura, lo que les confería un gran poder. Controlaban los textos fundacionales que recopilaban, tales como La epopeya de Gigalmesh, la primera historia escrita, la Ilíada, la Odisea o la Biblia hebrea.

El sorprendente descubrimiento de las tablillas cuneiformes —en la segunda mitad del siglo XIX— lo cuenta Puchner con el tono de un relato de aventuras. El mismo que tiene el capítulo con el que se inicia el libro: la narración de las hazañas bélicas de Alejandro Magno —dormía con la Ilíada bajo su almohada—, inspirador de la fundación de la Biblioteca de Alejandría.

A medida que crecía la influencia de estos textos fundacionales, comenzaron a aparecer textos de maestros carismáticos como Buda, Sócrates, Jesús, que denunciaban la influencia de sacerdotes y escribas. Fueron, por eso, sus discípulos los que escribieron sus enseñanzas. Esta sería la segunda fase.


Cervantes fue el primer autor moderno, creador de la novela («nouvelle») moderna y el primer autor plagiado (El Quijote de Avellaneda) y pirateado.

 

 


La tercera fase coincide con el auge de los autores individuales, creadores de nuevos tipos de literatura. Puchner dedica sendos capítulos a dos novelistas: Murasaki Shikibu, autora de La novela de Genji,  y otro a Cervantes. Son dos capítulos muy bellos. Mientras que el capítulo dedicado a la novelista japonesa (siglo XI) tiene la delicadeza y la belleza de los abanicos o los biombos de papel de arroz, el que dedica al autor del Quijote adopta un tono épico. Se narra el periplo de Cervantes desde antes de convertirse en escritor hasta la llegada de las aventuras del Ingenioso Hidalgo al Nuevo Mundo.

La novela de Genji es el doble de larga que Don Quijote, y fue escrita quinientos años antes.

 

Abanico de Lu Zhi (1406-1576), pintor, poeta y calígrafo chino. Esta realizado con tinta sobre papel elaborado con polvo de oro. Biombos y abanicos, fabricados en diferentes tipos de papel, mostraban escenas de relatos y poemas.

 

La cuarta fase, finalmente, coincide con el uso extendido del papel y la imprenta, que condujeron a la era de la alfabetización en masa, con periódicos y octavillas. Y se describe, en un vibrante capítulo, a Benjamín Franklin no solo como inventor del pararrayos o padre de la patria norteamericana, sino como un incipiente empresario de medios de comunicación.

El poder de las historias: una combinación de lo nuevo y lo viejo

 

No deja de ser curioso que este libro comience relatando el nacimiento de una primitiva tecnología, la escritura, y que yo lo esté leyendo con la más moderna tecnología de lectura: una tableta.

También me parece curioso que la primera historia escrita, La epopeya de Gigalmesh, esté plasmada en escritura cuneiforme (la palabra latina para «cuña» es cuneus) en una tablilla rectangular de arcilla —material abundante en las riberas del río Eufrates— y la pantalla de mi tableta sea igualmente rectangular, fabricada en cristal de alta resistencia. El agua destruía aquellas tablillas y el fuego las hacía resistentes. Se conservan tablillas del tamaño de la pantalla de un teléfono o las más grandes, de alrededor de 35 centímetros.

Y me detengo, finalmente, en una imagen. Los viejos escribas egipcios escribían sus tablillas encorvados, sentados sobre sus piernas cruzadas —no utilizaban mesas—, una manera muy semejante a como leemos hoy.

Las nuevas tecnologías han conducido a lo largo de la historia a guerras de formato.

—MARTIN PUCHNER

 

el poder de las historias-ventana l´elephant blanc
Edimburgo. Ventanales del esquinazo de Candlemaker Row y Merchant Street. Son las ventanas de la trasera del café The Elephant House (se entra, a la vuelta, por Marshall Street). En este café, J.K.Rawlings se sentaba cada día a imaginar las aventuras de Harry Potter, mientras su pequeña dormía junto a ella en un capazo.

De las orillas del Eufrates a Edimburgo

 

El poder de las historias es un viaje a lo largo y ancho del mundo en búsqueda de la literatura, en palabras de su autor.

El viaje no es metáfora. El autor ha estado en los lugares de los que habla. El viaje de este libro comienza alrededor del 2100 a.C. —hace, por tanto, 4000 años— cuando se escribe La epopeya de Gigalmesh, en escritura cuneiforme.  Y finaliza en la primera década del 2000, cuando Harry Potter se convierte en un éxito mundial de ventas y en un fenómeno de masas.

Lo más interesante de este libro, en mi opinión, está en que Puchner, además de ser profesor de literatura, es profesor de literatura comparada. Eso le permite establecer conexiones entre autores, lugares, épocas y estilos, con las tecnologías creativas. Estas conexiones, además, abren diferentes puertas al lector por si este desea traspasarlas, y profundizar.

El poder de las historias es, en definitiva, un bellísimo libro para los amantes de los libros y la literatura. Una joya literaria, que se lee con la misma avidez con la que se lee una novela.

 

 

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La mascarilla de Margarita del Valle/ Relato

 

Margarita del Valle ha muerto. Sola.

Sus cenizas están en una urna, dentro de una bolsa roja. En otra bolsa, sellada, dentro de otras dos, una auxiliar me ha entregado sus pertenencias. Una mascarilla cubría la cara de la mujer hasta los ojos. Iba forrada con un mono blanco, como los forenses de las series que le gustaban a Margarita del Valle.

—Siempre quise ser abogada, pero ser la hija de un guardia civil no daba para irse a estudiar a Madrid—me dijo.

La mujer ha bajado la mirada al darme las bolsas. «En un mundo de mascarillas, solo los ojos podrán expresar sentimientos», pienso mientras guardo en el maletero las bolsas. Ropa, un teléfono y la biografía de Isabel I, ha escrito alguien en un papel con el membrete de la residencia. La serie de televisión de la Reina de Castilla era una de sus favoritas.

—En el Castillo de la Mota he pasado yo muchos veranos— me dijo una tarde Margarita del Valle mientras veíamos la serie de aquella mujer que cambió el mundo. Era finales de julio. El sol rebotaba en una pared blanca y su luz inclemente traspasaba las cortinas transparentes del ventanal del salón.  Margarita del Valle se puso unas gafas de sol y continuó limándose las uñas. «Tenían forma de almendra, como las de Madame Bovary», recuerdo que pensé en aquel momento.

¿Tuvo Margarita del Valle algún amante?, me pregunto y conecto el aire acondicionado del coche. El aire fresco que invade el habitáculo hace que evoque el portal  de la casa donde nací y viví hasta los siete años. Siempre en penumbra, rectangular, con un techo muy alto del que colgaba un farol como los que había en la proa del barco de El Capitán Trueno; la única luz que le llegaba era la de una ventana al final de la escalera que conducía hasta mi casa, en el primer piso.  En los calurosos meses del verano mesetario,  yo solía juguetear a la sombra en un patio empedrado de paredes encaladas, rodeado de flores. A media mañana  sonaban tres golpes en el llamador de la puerta, seguidos de un grito: «¡Cartero!» Yo corría desde el patio hasta el portal, y me invadía el frescor de los lugares donde nunca llega el sol, me paraba, y luego abría la puerta, recogía las cartas y las repartía a los vecinos. 

Recuerdo que siendo yo un niño recogía una postal que venía de Italia, firmada por un tal Gi-or-gio.

En una estantería de la casa de Margarita del Valle hay dos diccionarios de italiano, una gramática, y unos cuadernos forrados con flores de lis, en los que se había ejercitado con las conjugaciones de los verbos. Io sono, tu sei, lui/ lei… Su letra se extendía hacía los lados y hacía abajo: los palos de las efes y de las pes eran largos y delgados, abiertos a la derecha, y que con el paso de los años —y ella se fue encorvando— se habían ido haciendo más temblorosos y alargados, como si fueran los dedos de las manos de las figuras de los cuadros del Greco.

En las últimas navidades, Margarita le pidió a mi hermana que buscara a Giorgio, un cardiólogo de Pisa. No recordaba nada más. Nadie respondió a los mensajes de Facebook que mi hermana envió.

«Tiene que desinfectar esos objetos», me ha dicho la mujer, a través de la mascarilla azul. No solo los ojos; también la voz, me digo. Me pareció que tenía el mismo acento que la camarera que le servía el desayuno. Desde que se había jubilado, Margarita del Valle desayunaba todos los días en la misma mesa del mismo hotel: café con leche y tostadas con mantequilla y mermelada de fresa o de melocotón. En invierno se ponía su abrigo de visón y un sombrero de fieltro marrón, y en verano, pantalones blancos de lino que combinaba con camisas sueltas de colores. El sombrero se lo había comprado en París; yo estaba con ella. Fue mi primer viaje al extranjero: entonces yo era imberbe y ella había recorrido medio mundo.

¡Volare, oh, oh…! El sonido de la melodía, que suena a mi espalda, hace que pise de golpe el freno y gire la cabeza. ¡Cantare, oh, oh, oh…! Y la melodía se extingue, arrastrando un último ¡oh! La batería se ha terminado, pienso. Volare, el tono de llamada de su teléfono.  Morir en soledad es cruel.

«Tengo noventa euros en el bolsillo y te invito a un café», decía el mensaje que recibí por wasap a finales de agosto pasado. Venía acompañada de una foto de Margarita del Valle con sus pantalones blancos y una camisa azul con flores rosas y blancas. Su noventa cumpleaños.

—El secreto de un buen café es la mescolanza— me dijo.

—¿Cómo se te ocurrió llamarte Margarita del Valle?— le pregunté a bocajarro. Dobló el papel del azucarillo, movió los ojos, y me dijo que todo había comenzado en el Castillo de La Mota, lugar de reunión los veranos de las chicas de la Sección Femenina, en los que coincidía con muchas niñas bien de Madrid.

Sonrío coqueta y me dijo:

— Yo tenía éxito entre los hermanos de aquellas chicas; que, aunque nunca me he maquillado, he sido bien guapa y mis piernas causaban furor— Y me mostró una foto que llevaba en su teléfono.  Se la veía apoyada en la barandilla de la playa de la Concha con pantalones cortos.

— Muy cortos, para mediados de los sesenta, ya lo sé—apostilló, adivinando mis pensamientos.— Hizo una breve pausa y continuó—: Aquellos chicos estudiaban ingenierías o eran tenientes de las academias militares, y yo era solo una maestra. En el primer pueblo al que fui a dar clases, los niños no levantaban la mano para preguntar; lo hacían para pedir permiso para ir a dar de comer a los cerdos o a las gallinas—Y siguió doblando, como si fuera un abanico, el papel del sobrecito de azúcar.

No me atreví a interrumpir su relato.

—Nací en Fernancaballero, que es un pseudónimo, y se me ocurrió ponerme otro nombre—continuó—. Y si el tenientito o el ingeniero querían ir más lejos, pues Margarita del Valle se evaporaba—dijo, moviendo sus grandes pestañas.

«Hace sesenta años, Margarita del Valle ya usaba mascarilla», pensé,

— ¿Y Giorgio?— recuerdo que le pregunté.

Como si fuera una pregunta que llevaba esperando contestar toda su vida, dijo:

—Giorgio, querido sobrino, era italiano.

 

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