Los placeres ocultos de la vida

LOS PLACERES OCULTOS DE LA VIDA. Theodore Zeldin.  Plataforma Editorial. 2015.

Theodore Zeldin propone en este texto recordar el pasado para imaginar el futuro. Y así,  evitar los errores cometidos. Este libro no es, sin embargo, “una trepidante novela de misterio”, es una invitación a reflexionar. La forma de hacerlo es  a través de conversaciones con veintiocho autorretratos de personajes de diferentes épocas que tuvieron que enfrentarse a cuestiones trascendentales.

Cada capítulo comienza, en primer lugar, con la voz de una persona de una época y una civilización determinadas. Theodore Zeldin establece con ellos, posteriormente, una conversación. En ella se pregunta qué otras respuestas son viables hoy, qué nuevas posibilidades se han abierto. Los personajes no son superhéroes. Son personajes que han dejado, a entender del autor, testimonios especialmente sinceros.

La gran aventura de nuestro tiempo

El autor considera que los ideales vigentes están obsoletos o que se han corrompido. Ya no son capaces por eso de protegernos de las decepciones la vida. A través de la voz de determinadas personas de épocas y culturas muy diferentes, este influyente pensador busca unos nuevos ideales.

Los placeres ocultos de la vida es un libro para ser bebido a pequeños sorbos, en el que se propone que, a través de las conversaciones, los demás nos entiendan mejor. Eso permite también que nosotros nos conocemos mejor a nosotros mismos. Ir más allá de nuestra propia introspección. En consecuencia, convertir la tarea de pensar en una actividad social.

Este pensador continúa con este libro incidiendo en la línea que ha marcado su pensamiento a lo largo de toda su obra: la búsqueda compartida del conocimiento. Su anterior libro se titulaba, precisamente, Conversación (Plataforma Editorial. 2014). Zeldin defendía en aquel texto el poder transformador del diálogo. En Los placeres ocultos de la vida ha llevado, en conclusión, a la práctica lo que en Conversación era una mera enunciación teórica.

Theodore Zeldin en la entrega de los Premios Know Square. Enero de 2016

El vuelo del urubú

Relato ganador del 2º Premio del III Concurso de Relatos sobre Pobreza, organizado por EAPN España y el Club de Escritura Fuentetaja, del que soy autor.

 

EL VUELO DEL URUBÚ

El alevín de buitre se arrastró por la superficie del nido hacia el borde del acantilado, y alargó el cuello blanco y delgado hacia el vacío: un primer plano que ocupó la pantalla entera del televisor. Llevaba varios días sin alimentarse, una obligación impuesta por sus progenitores para que abandonara el refugio y aprendiera a buscar la comida por sí mismo. Eso fue lo que dijo un ornitólogo que lo observaba con unos enormes prismáticos.

Me envolvió un sentimiento de ternura.

La imagen del joven buitre intentado echar a volar, estaba cambiando mi forma de mirar a estas aves que esperan pacientemente a que otro ser vivo se pudra para subsistir.

El plano final del reportaje era la panorámica del vuelo de la colonia de buitres: cien parejas a las que había que preservar, dijo el ornitólogo.

La escena me inquietó.

Desde que era un chaval, la imagen del amenazador vuelo en círculos de una bandada de buitres, eran el preludio de una tragedia. Lo había visto en decenas de películas de aventuras.

¿Cómo puedo sentir ternura ante la visión de un joven buitre y a la vez desazonarme viéndolos volar en grupo? Sentí que dentro de mí habitaban dos mundos antagónicos: uno había ido creciendo durante años; el otro, acaba de incorporarse. Ambos competían. Un primer plano me hacía ver la vida de una manera y el plano general de otra completamente distinta. Vivir es aprender a cohabitar con la paradoja.

Y pensé en Patricia, la persona que me dio a conocer a los urubúes.

***

El teléfono sonó a las cuatro de la mañana. La pantalla no me dio ninguna pista: número desconocido. Aunque pulsé con ansia la tecla verde del móvil, me llevé el teléfono hasta mi oreja como si estuviera levantando una pesa en el gimnasio. Solo escuché el sonido abovedado del silencio.

Pasaron unos segundos y la línea seguía abierta. Pregunté varias veces quién llamaba. La voz de Patricia sonó nítida, aguda, suavizada por la distancia. Recuerdo que solté un suspiro largo de alivio. ¿Cuánto tiempo hacía que yo no respiraba aliviado? Se disculpó por despertarme. Me contó que tenía problemas con su teléfono, y que solo podía llamarme a esa hora. No le dije a Patricia que no me había despertado; que estaba despierto. No le dije que desde hacía varias noches no conseguía dormir. Le pregunté cómo lo estaba pasando en Río. En Madrid ha nevado esta tarde, le dije, sonriendo. ¿Desde cuando yo no sonreía? Quizás desde que la había acompañado al aeropuerto.

Patricia se había marchado a Brasil hacía seis días. Volaba primero hasta Salvador de Bahía y luego a Río de Janeiro. El semanario donde trabajaba le había encargado escribir varios reportajes turísticos. Cuando la abracé, me había dicho al oído, antes de dirigirse hacia el control de pasaportes, que me cuidara mucho. Le prometí que lo haría; pero había incumplido mi palabra: apenas si dormía y me consumía la ansiedad. Como al niño al que han pillado en una mentira, agaché la cabeza.

Su voz rezumaba entusiasmo; estaba fascinada por la arquitectura colonial de Salvador de Bahía, se había bañado en la playa de Ipanema y subido hasta el Cerro del Corcovado. En mi cabeza comenzaron a dibujarse las notas iniciales de la guitarra de Antonio Carlos Jobim, interpretando su maravillosa canción dedicada a ese cerro que domina Río. El simple recuerdo de esta melodía, me ayudó a olvidar que mi nombre estaba escrito en las kilométricas listas de desempleados, desde hacía más de un año. Confieso que sentí envidia de Patricia. No diré, en mi descargo, que aquella envidia fuera sana; la envidia nunca lo es.

***

Los años que han transcurrido desde que Patricia me sorprendió con su llamada, me han obligado a hurgar en los recuerdos de aquellos días. Sus palabras aún me arañan el cerebro, como el bisturí lima los restos de un tumor adherido a un hueso.

Las llamadas se repitieron, casi a la misma hora que la primera. Yo fingía que me había sacado del sueño.

La voz de mi amiga fue perdiendo, sin embargo, el entusiasmo inicial. Yo lo achacaba al cansancio y a que quizá se iba consumiendo su capacidad de asombro. Brasil, el destino soñado por millones de turistas de todo el mundo, estaba generando en mi amiga un extraño desasosiego.

Estaba a punto de cumplirse la segunda semana de viaje, cuando, en respuesta a mi saludo inicial, me dijo:

– No puedo más. No lo soporto.

El silencio ocasionado por el retardo en la comunicación hizo que aumentara el dramatismo de sus palabras. Sus sollozos se mezclaron con mis ansiosas demandas.

– ¡Los niños, los niños…!

¿Cómo puede haber tanto dolor en solo dos palabras?

Entre hipidos, Patricia me contó la historia de los niños que vivían en un gigantesco vertedero, en el que un camión después de otro, vomitaban cada día los miles de kilos de deshechos de los millones de habitantes de Río de Janeiro. Niños que escarbaban en la basura a la búsqueda de algo que llevarse a la boca, con los mocos colgándoles, hasta cruzarles los labios y resbalar por la barbilla; niños que despegaban restos de los huesos casi pelados, rodeados de moscas; niños que dormían en cuchitriles construidos con maderas y trozos de plástico, encontrados entre la porquería.

Recordé una vieja leyenda oriental, en la que un sabio se lamentaba de disponer de altramuces como único alimento. Alertado por su acompañante, el sabio giró el rostro para ver que había otro sabio que se iba comiendo las mondas que él arrojaba.

Me envolvió un sentimiento de culpa: yo no llegaba a fin de mes, pero, al menos, no tenía que escudriñar entre la basura para poder comer.

Escuchaba su relato, brutalmente detallado, sentado en el borde de la cama, envuelto en una manta, escondido, sin fuerzas para levantar la mirada del suelo. Así fue como oí hablar por primera vez de los urubúes, unos buitres que se sienten atraídos por el hedor de la descomposición. Planeaban sobre el vertedero, negros, con la cabeza pelada y el pico ganchudo. Aterrizaban junto a los niños, con los que a veces competían por un trozo de carne adherido a un hueso, a la vez que emitían unos graznidos cortos y agudos como los de una gaviota; o se alejaban despreocupadamente de los pequeños con su andar torpe y bamboleante, como gallinas en un corral.

Sentí vergüenza de pertenecer al género humano.

Los niños permanecían ajenos a los movimientos de los urubúes. Estos pájaros formaban parte de su paisaje cotidiano. El vertedero era para la mayoría de estas criaturas inocentes e indefensas, el único lugar que habían conocido desde que nacieron; muchos no podían ni siquiera imaginarse que hubiera otra vida más allá de los límites de aquel pozo de mierda y podredumbre. Aunque algunos iban a una escuela cercana, los más, no asistían a clase o se escapaban para regresar al vertedero.

– El hedor también produce adicción– apostilló Patricia.

Pensé en mi hijo, y lloré; lloré como aún lloro muchas noches. No puedo cerrar los ojos. No puedo dormir. Sobre mi cabeza veo sobrevolar una bandada de buitres.

***

Por la cara de asombro que puso Toni, la fotógrafa que había acompañado a Brasil a mi amiga periodista, supe que a ella le había sorprendido tanto como a mí, el anuncio que hizo Patricia. Me quedé inmóvil en mi asiento; al contrario que Toni, que se movía nerviosa en el escenario. Les habían premiado el reportaje sobre los niños del vertedero.

Recordé en ese momento la última llamada que me hizo Patricia.

–¿Qué puedo hacer?– me preguntó unos días antes de su regreso a España.

– Tienes dos opciones: o te quedas allí o escribes sobre lo que estás viendo.

No sé como me salieron aquellas palabras ni por qué las dije. Al otro lado de la línea se hizo un silencio. ¿Había cogido por sorpresa a Patricia o era, simplemente, el retardo? Me sentí como un cobarde, como quien increpa a un torero desde la grada.

Mucha calma para pensar, tiempo para soñar” canta Jobim con su acento dulzón en Corcovado. Había escuchado esa canción muchas veces desde el día en que Patricia me llamó por primera vez. “Y yo que estaba triste, escéptico de este mundo”, dice otro verso. Ya no podía instalarme en la ilusión de que el mundo es maravilloso, ese que dibujan las fotos turísticas de playas de arena fina y blanca; no podía permanecer inmóvil ante la realidad que ella estaba poniendo ante mis ojos, y que yo nada hacía para cambiarla. Patricia y yo habíamos viajado a esos paraísos, enviados por la revista, y alojados en hoteles de cinco estrellas. Ahora sé que aquellos hoteles fueron escondites. Y seguía escondido, inmóvil, cada noche bajo una manta.

En un viaje a Egipto, nos abordó una niña de unos hermosos ojo negros. Nos ofreció unos frutos secos dentro de un cucurucho. Nos miraba y nos ofrecía su mercancía. Le di una libra egipcia, o sea, una miseria. Me miro y me sonrió. ¿Habrá podido crecer? De aquel recuerdo que me atravesó con la precisión de un florete, me salvó Patricia.

– Me alegro mucho de verte, gracias por venir– me dijo Patricia con una sonrisa luminosa.

– ¡Qué sorpresa nos has dado! Muchas felicidades por este premio.

– Tú me diste la idea: O escribes o te quedas. Quiero volver a aquel vertedero. Quiero sacar de allí a los niños. Las playas están formadas por millones de granos de arena. El reportaje es un grano, mi regreso al vertedero es otro.

Metió la mano en el bolso, sacó un paquetito rectangular y me lo dio.

– Es un disco de Jobim, sé que te gusta mucho. Pero es otro Jobim, la música del otro Brasil. Se llama Urubú.

Viéndola alejarse lo entendí. El bolso de Patricia. Esa era la clave. Su colección de bolsos era la envidia de sus amigas. Y ninguno barato. Una mujer como ella nunca hubiera llevado un bolso como el que ahora llevaba colgado del hombro, y del que había sacado el disco que me regaló. Era un bolso de fibra con dibujos geométricos como los que fabrican algunas mujeres indígenas en Sudamérica. Alguna vez la acompañé de compras. Si dudaba entre un bolso u otro, compraba los dos. Ante las dos opciones que le ofrecí, hizo como con los bolsos, compró las dos.

–¿Qué has hecho con tus bolsos?

Se volvió y me dijo:

– ¡Qué pregunta! Haciendo felices a las mujeres, como siempre.

Esa fue la última vez que la vi.

***

Hago lo que hace años le dije a mi amiga periodista. Escribo. Las playas están formadas por millones de granos de arena.

No tengo respuesta para la pregunta que me ha asaltado después de ver en televisión un reportaje sobre un joven buitre: no sé qué hizo Patricia con su colección de bolsos. ¿La vendería o la regalaría? ¿O acabó en un contenedor? Un contendor como el que hay frente a mi casa y del que he visto salir a una niña como si se hubiera abierto una caja y saliera un muñeco disparado por un muelle. Mordisquea algo que parece un melocotón. Exhibe, como un trofeo, a un hombre que escarba en otro contenedor, dos manzanas. La niña trepa por el contenedor y abraza con dulzura el osito rosa que el hombre ha encontrado.

Una sombra atraviesa la calle: he visto volar un urubú.

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Foto 1: Detalle del cartel de la exposición Historias Naturales en el Museo del Prado

Ética para la empresa

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ÉTICA PARA LA EMPRESA, Fernando Savater. Conecta, 2014.

La ética es una empresa para toda la vida. Fernando Savater

Se ha creído históricamente que ética y negocios, o ética y economía, eran términos que no casaban. Ello suponía afirmar que eran irreconciliables la eficiencia económica y la justicia o equidad. “El negocio es el negocio”, era la frase con la que se resumía esta manera de entender las cosas.

A partir de los años 70, sin embargo, se ha venido desarrollando lo que se ha dado en llamar “ética de los negocios” (business ethics). Otros la denominan “ética empresarial”. Tras estos conceptos está la restauración de la confianza.

La confianza se ha convertido en un valor de primera magnitud desde la aparición de la web 2.0. O sea, el acceso libre y democrático de consumidores, clientes y proveedores a toda la información, y la posibilidad de que éstos se conviertan en emisores , ha hecho que se entienda por algunas personas la ética como una moda.

Hay cosas que no pasan de moda. La ética es una de ellas.

Hace veinte años, el filósofo Fernando Savater dictó en Bogotá una serie de conferencias a empresarios colombianos. La transcripción de estas conferencias, al que se la han añadido algunas preguntas formuladas tras las exposiciones, conforman el volumen Ética para la empresa, que acaba de publicarse. “No se ha pretendido corregir ni disimular los planteamientos de entonces”, dice el filósofo en la presentación.

ÉTICA EMPRESARIAL

Es éste un texto de poco más de 150 páginas, en el que el filósofo encuadra la acción ética de los empresarios. Un texto que se lee en dos tardes. Dos tardes ( y si te pones, en una) para aprenderla. Y toda una vida para aplicarla.

Los planteamientos éticos en cuestión empresarial no responden sencillamente a un punto de vista político. Fernando Savater

La ética empresarial se ejerce en diversos planos:

  • A nivel personal o individual,
  • A nivel organizativo después, desde la adecuación de medios y fines, y el justo reparto de tareas, a la consideración hacia clientes, proveedores y competidores.
  • En la reflexión sobre la economía de mercado y la adecuación entre innovación, deseo de beneficio y armonía social.

Considera el autor que el empresario, como creador de actividad productiva y económica, es una figura emblemática de nuestro tiempo. Recuerda Fernando Savater que empresario significa emprendedor, alguien que actúa y cuyo objetivo es satisfacer necesidades humanas.

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El autor, estimo, se alinea más con el concepto anglosajón del término, que con el concepto imperante en la sociedad española. Resulta más emblemática en la España de hoy la figura del emprendedor que la del empresario, a juzgar por la responsabilidad que para la creación de empleo se vuelca en los llamados emprendedores.

El libro distingue , además, entre emprendedor y empresario. Nuestra sociedad dota a los primeros de un aura positiva que se niega a los segundos.

La ética, en fin, no es la guinda del pastel, estima Savater. Es una forma diferente de cocinar el pastel.

Abundo finalmente, y esto es una opinión personal: no creo que baste solo  con cumplir las leyes.

MARCO HISTÓRICO

Conviene recordar que hace 20 años, Colombia vivía una situación de guerra, violencia e injusticia. Esto confiere a aquellas conferencias dictadas entonces y hoy publicadas, un valor más importante, así como a las cuestiones planteadas por los empresarios un valor documental.