Una playa tranquila/ Relato

 

La dedicatoria que me escribió Domingo Villar en su segunda novela me ha traído hasta esta playa.

Recuerdo que salí de la editorial con mi libro dedicado bajo el brazo, y que comencé a leerlo sentado en un vagón del metro. Domingo Villar definía una palabra al empezar un capítulo. Como Petros Márkaris en algunas novelas del comisario ateniense Kostas Jaritos, coleccionista de diccionarios. Cuando, hacia la mitad del libro, definió «Taberna», tuve una revelación muy poco mística: sentí el irrefrenable deseo de comer suvlakis, las brochetas de carne asada por las que Jaritos siente debilidad, pero que su mujer aborrece. Se las toma a escondidas en alguna taberna. Y así fue como al verano siguiente, aterricé en Atenas, «una Ítaca urbana y moderna», y me aficioné al espeso café griego. Nada que ver con el delicado espresso del Torino, el bar favorito del comisario Guido Brunetti. Mirando a través de sus cristaleras, me di cuenta de que Venecia es solo una ciudad de provincias invadida.

Mis ventanas fueron, durante el confinamiento, la angustiosa frontera entre mi casa y las calles vacías, tan solitarias como esta playa. «Depende», diría con su sorna gallega el inspector Leo Caldas. Lo conocí en Ojos de agua, cuando investigaba su primer caso. Me reencontré con él años más tarde en La playa de los ahogados, la novela que me había dedicado Domingo Villar.

Paseando anoche por el adoquinado de la calle del Príncipe, me vino a la memoria lo primero que hice cuando me bajé del tren en la estación de Malmoe. Miré desde la esquina de la oficina de turismo, para saber si el depresivo inspector Kurt Wallander, podía ver a su exmujer entrando en el Hotel Savoy. El hotel estaba exactamente donde Henning Mankel había escrito que estaba. Recuerdo que, en aquel momento, pensé en cuántas cosas ridículas hacemos por amor, o algo parecido. El aguanieve convertía el pavimento del centro de Malmoe en una pista de patinaje. En eso se parece a Edimburgo. La lluvia deja el empedrado de la Ciudad Vieja brillante y escurridizo. En sus callejones hay fantasmas. Solo en Edimburgo podía haber nacido mister Hyde. Quizás por eso, el inspector John Rebus vive atormentado.

La brisa es suave y el ruido de las olas es apenas un susurro en esta playa cercana a Vigo. «¿Me habré convertido en un mitómano?», me interrogo de pronto. «¿Son todos estos policías de ficción mi mister Hyde?». Saco el móvil y consulto el diccionario:  «mitomanía. f.  2. Tendencia a mitificar o a admirar exageradamente a personas o cosas».

El inspector Caldas con mascarilla se planta delante mí, y me suelta: «Hazme un favor: vete al carallo».

Abro La playa de los ahogados y leo la dedicatoria que Domingo Villar me escribió diez años atrás: «Cuando la vida te ahogue que siempre encuentres una playa tranquila en la que descansar». Paso la página y es como si me hubieran pegado un tiro a bocajarro: «Ahogar. 1. Quitar la vida, impidiendo la respiración. 3. Hacer sentir angustia, congoja o tristeza a una persona. 5. Extinguir, apagar».

Mi padre se apagó en un hospital, ahogado en soledad, durante el confinamiento.

Leo Caldas me obsequiaría con un cigarrillo.

Gracias por dejar tu comentario y compartir esta nota en tus redes Email this to someone
email
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

Centaruros de metal/ Relato

 

Agosto, en algún lugar de La Mancha

 

El AVE atraviesa el desmesurado secarral manchego. Tras la ventanilla, la calima flota ingrávida y transparente. La velocidad del tren y la bruma, convierten los postes del tendido eléctrico en cimbreantes estructuras de color gris. Parecen moverse al mismo ritmo contagioso y vibrante al que lo hacen las bailarinas de la canción Dancing Quenn en las video pantallas del vagón. Proyectan Mamma mia! La música se cuela por mis auriculares, y baja, zigzagueante, hasta mis pies. No puedo controlarlos. Tampoco puedo dominar la emoción circular que revolotea en mi estómago. ¡Están bailando en la pequeña ensenada de Damouhari!

Damouhari es una de las muchas aldeas que pueblan la Magnesia, en la región de Tesalia: la Grecia interior. Un monasterio ortodoxo que, desde la lejanía se antoja inaccesible, parece colocado a propósito en la cima de una peña, como en un belén navideño. Señoriales y decimonónicas casas, en cuya arquitectura se adivinan pretéritas influencias bizantinas y turcas, dan señas de su abandono.

Pueblecito de calles angostas y empedradas, con enormes árboles centenarios en la plaza, bajo los que sestean los ancianos y por la que cruza, absorto, un pope barbado.

No hay prisas, ni colas, ni aglomeraciones. Los lugareños miran al visitante con un cierto aire de novedad, lo que hace que el trato sea más hospitalario y amable.

Huele a tomillo, a romero, a orégano.

En los pueblos de la Magnesia hay museos locales, situados en antiguas casas de dos pisos o en alguna vieja escuela. Un sinfín de objetos singulares, aparentemente desordenados, colocados en alacenas o colgados de las paredes: trajes, documentos de la presencia turca, banderas, camas, lámparas, braseros, armas, retratos, libros y cartillas escolares: fragmentos de vidas.

En una ensenada rodeada de olivares, a las afueras de Damouhari, se construyó la plataforma que sirvió de escenario para uno de los momentos más vibrantes de Mamma Mía!: medio centenar de mujeres bailan Dancing Quenn. Ahora las veo en las pantallas; me hacen bailar.

Evoco la quietud y el silencio de aquellos montes que hace millones de años estaban habitados por belicosos centauros; la patria de Jasón y los Argonautas. Pedí un café frappé en la terraza —a la sombra de una parra—que hay frente a aquella ensenada. Su sabor dulzón, helado, acaricia mi boca en este instante en el que cabalgo a lomos de un centauro de metal, atravesando la canícula agosteña, al ritmo de Dancing Queen.

Gracias por dejar tu comentario y compartir esta nota en tus redes Email this to someone
email
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

Esferas/ Relato

 

Sol omnia regit. El sol todo lo gobierna.

Apenas había recorrido unos metros después de bajarme del autobús, cuando vi la frase tallada en un pequeño monolito, en mitad de un jardincito de verdes luminosos, a la entrada de la Ciudad Vieja de Toruń. Entre sus murallas —hoy derruidas: escenario de aventuras infantiles— nació Nicolás Copérnico. Fue él quien se atrevió a decir que el sol estaba quieto y que eran los planetas los que giraban alrededor de este. Suya es la máxima del monolito.

Mi hijo estudia en Toruń con una beca Erasmus. Hoy tiene un examen de polaco. Cuando lo finalice tomaremos un tren a Gdańsk. Mientras lo espero, me he sentado en una terraza a tomar una cerveza, enfrente del antiguo Ayuntamiento, el corazón de la ciudad medieval. En una esquina del edificio, cara al que fuera su estudio, está «Nicolaus Copernicus», en bronce.

Veo pasar por delante de mí a decenas de niños. Alumnos polacos recorren Toruń cada mañana. Como si hubiera permanecido envuelta en una esfera de cristal durante siglos, la ciudad —que huele a jengibre— está intacta: es una clase viva de la historia de Polonia. Por la tarde, cuando los niños ya se han marchado, Toruń se ensancha y se aquieta. Se parece al anchuroso Vístula que la bordea. Sus aguas pasan serenas, bajo los puentes de ojos rectangulares y estructuras semielípticas. Copérnico creía que los planetas giraban dibujando esferas perfectas. Quizá lo único perfecto que exista sean las esferas. La vida por eso, igual que el giro de los planetas, es una elipse: una esfera deformada.

Un grupo de escolares se ha detenido a mi lado. Su maestra les va pasando helados. Los dos primeros de la fila, concentrados en sus conos de vainilla y chocolate, resucitan en mí una imagen pretérita.

Tendría mi hijo tres o cuatro años, cuando su madre nos fotografió en Malta. Lamíamos ávidamente un helado. El calor espeso que hacía en la isla, junto con el viento del desierto, provocaban que los helados se derritieran resbalando por las paredes exteriores del cucurucho. No podíamos permitirlo. En aquel viaje mi hijo aprendió a pedir helados en italiano, inglés y francés.

Ayer por la tarde los pidió en polaco en Lenkiewicz, la mejor heladería de Toruń. Allí sirven unas esferas de una tupida cremosidad y sabores intensos, que se deshacen premiosamente en la boca.

—Pedir cosas en diferentes idiomas y que te las den, es como una epifanía—me dijo.

Luego me contó que, dos meses atrás, había recorrido a pie las capitales de las repúblicas bálticas. Durante una buena parte de nuestra estancia en Malta, tuve que llevarlo sobre mis hombros. No quería andar.

No he recibido noticias suyas aún. No le pregunté cuánto duraría el examen. Pido otra cerveza. Una Książęce, negra, suave: una sabia recomendación filial. Gracias a él, en este viaje, estoy añadiendo sabores a mi paleta gustativa, mientras recorremos las sucursales del edén que son algunas cervecerías polacas. Ante la imposibilidad de pronunciar la marca de cerveza, se la he señalado a la camarera sobre la carta. El polaco es para mí tan complicado como manejar con agilidad los mandos de una videoconsola. Mi hijo me dejó por imposible. Tuve que inventarme otras maneras para no estar alejado de él.

Varios niños llevan sobre sus mochilas unas capas blancas con una cruz negra, los colores de los caballeros teutónicos. Pasan en silencio por delante de mí. El leve movimiento de las capas, me evoca el vuelo de los hábitos blancos de los derviches giróvagos, a los que cantaba Franco Batiatto.

«Voglio vederti danzare come i dervisches tourners che girano sulle spine dorsali… E gira tutto intorno alla stanza mentre si danza…»

En su danzar, los monjes turcos, giran sobre sus pies. Trazan un movimiento esférico alrededor de una estancia; con los ojos cerrados. La palma de una de sus manos mira al cielo; la otra, a la tierra.

Hago un zoom con mi cámara hacia la efigie de Copérnico, por encima del pedestal. Está de pie, con una pierna adelantada y el índice de su mano derecha apuntando hacia la cerúlea bóveda celeste. Esta postura me recuerda a la del Apolo que pintó Velázquez en la Fragua de Vulcano: el gesto de quien está contando una historia. Por eso esta me gusta más que la que vi en Varsovia; allí Copérnico está sentado. En la otra mano, el astrónomo sostiene algo que parece un sonajero, un astrolabio esférico: un esqueleto construido con esferas que rodean a una esfera aurea, que intuyo maciza: el sol. Una banda exterior —con las constelaciones zodiacales en dorado— lo envuelve.

Sol omnia regit es un memento, semejante a la cantinela que el esclavo romano recitaba al oído de los césares, recordándoles su condición humana. Y caigo en la cuenta de que el egocentrismo cósmico de aquellos que consideraron anatema la idea de Copérnico, pervive aún en nosotros; y que —acaso— ese egocentrismo solo haya perdido su cualidad de cósmico.

Dos zumbidos rítmicos detienen mis pensamientos. Miro el teléfono.

ÉL: Estoy en el bus. Llego en 5 minutos. Espérame en la parada. Tenemos que tomar el 3. El tren sale en 29 minutos.

YO: ¿Qué tal el examen?

ÉL: Padre, ponte a correr. ¡Ya!

La tierra tarda un año en girar alrededor del sol y un día en hacerlo alrededor de su eje. Y nosotros con ella. El día en que mi hijo nació, su vida comenzó a girar en torno a mí: yo era su sol.

No sé cuándo dejó de llamarme «papá» y comenzó a llamarme «padre». Quizás fuera ese el momento en el que se produjo el giro copernicano.

 

 

Gracias por dejar tu comentario y compartir esta nota en tus redes Email this to someone
email
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

Toruń, la ciudad donde cambió la visión del mundo

 

Desde Toruń, una encantadora ciudad al norte de Polonia,  Copérnico cambió la visión del mundo. No era el sol el que giraba alrededor de la tierra. Era exactamente al contrario. Una auténtica revolución.

Torun, estatua de Copernico
Estatua que la ciudad de Toruń ha dedicado a su hijo más ilustre, el astrónomo Nicolás Copérnico. A la izquierda—gótico polaco, en ladrillo rojo—, el antiguo Ayuntamiento. Copérnico mira hacia el que fuera su antiguo estudio.

Un hexágono envuelto en una esfera

 

Toruń tiene hoy alrededor de 200.000 habitantes, muchos de los cuales son estudiantes de su Universidad. Y cómo no, lleva el nombre de Copérnico. También lo lleva una cerveza. Eso sí, en edición limitada.

Aunque el astrólogo esté omnipresente, su presencia, lejos de apabullar, es una invitación a  reflexionar sobre cómo aceptar las nuevas ideas.

Torun, efigie Copernico
Imagen en alabastro de Copérnico en el Museo instalado en el interior del antiguo Ayuntamiento. La maqueta de este edificio es la que aparece en la vitrina, abajo a la izquierda.

 

La Ciudad Vieja de Toruń tiene forma hexagonal. Dos de sus lados están bordeados por el anchuroso Vístula. El cauce es amplio y  sus aguas fluyen serenas, bajo los puentes

Torun, puente sobre el Vístula
Los puentes sobre el río Vístula a su paso por Toruń, son lo único de nueva construcción. Los antiguos puentes, fueron los único que destruyeron alemanes y rusos.

 

Los otros cuatro lados del hexágono, están circundados por los restos de las murallas que los teutones levantaron en el siglo XIII.  Las murallas son hoy escenario de aventuras infantiles. Por entre ellas pasean adolescentes cogidos de la mano, camino de un cercano balcón al río Vístula , donde —quizá—cuelguen un candado en el enrejado.

Torun, casa modernista morada
Coloridas casas modernistas en la calle principal de Toruń, junto a la Plaza del Ayuntamiento.

 

Límites adentro, la ciudad —que huele a galletas de jengibre— está poblada de iglesias y edificios góticos de ladrillo rojo, de restaurantes y comercios con artesonados de hace cuatrocientos años; de casas con fachadas amarillas, verdes y azules. En una de esas casas nació Nicolás Copérnico.

Torun, casa de Copérnico
El astrólogo nació en la casa a la derecha del canalón. La casa que aparece a la izquierda, fue comprada posteriormente por su padre, un próspero mercader. Ambas estaban siendo restauradas en mayo de 2018.

Toruń, una ciudad para el paseo y la reflexión

 

Toruń vive a dos ritmos diferentes. Por la mañana, la ciudad está transitada por grupos de turistas y escolares que tienen en Toruń una clase viva de la historia de Polonia. Este enclave ha vivido diferentes ocupaciones desde su fundación. Pero ha salido indemne y está intacta, en un magnífico estado de conversación.

Torun, patio interior ayuntamiento
El patio del antiguo Ayuntamiento de Toruń un remanso de paz. Un lugar tranquilo para leer, tomar notas o, simplemente, descansar, en pleno centro de Toruń. Tras la puerta del fondo, por las mañanas, el transitar de escolares y turistas, es grande, aunque no resulta molesto.

 

Por la tarde, los escolares polacos y los grupos de turistas ya se han marchado. Pasear por el entramado de calles de Toruń, prácticamente vacías, es todo un placer.

Pasear por la ciudad natal de Nicolás Copérnico es una invitación a reflexionar sobre como aceptamos las ideas nuevas; sobre los nuevos paradigmas.

 

El 24 de mayo de 2018 se ha cumplido el 475 aniversario de la muerte del astrólogo humanista. Fue precisamente tras su muerte cuando sus gran obra fue publicada.

Dicen las crónicas que Copérnico fue un hombre de carácter tranquilo. Era poco amigo de entrar en polémicas acerca de sus ideas sobre el movimiento de los planetas. No pudo evitar que, con la publicación de su obra, tuviera muchos detractores, para quienes era impensable que fuera la tierra la que girara alrededor del sol. Un anatema.

 

Las fotos que ilustran esta crónica fueron tomadas entre el 22 y el 24 de mayo de 2018.

 

ARTÍCULO RELACIONADO

Esferas

Gracias por dejar tu comentario y compartir esta nota en tus redes Email this to someone
email
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

Pasajeros al tren

FIRMA INVITADA: RODRIGO MARTÍNEZ-DEL REY DELGADO (TORUŃ, POLONIA)
RELATO

 

Comenzaba mi viaje a las repúblicas bálticas en tren dirección Varsovia, la capital polaca y punto de origen de mi expedición. Como he dicho en más de una ocasión, la personalidad polaca está forjada entre la complejidad y organización propias de la mentalidad germana y la simpleza y el caotismo, si me permiten, ruso.

Podría haberse mezclado lo mejor de cada casa. La simplicidad rusa y la eficiencia alemana, pero no fue para nada así. Ni siquiera se han quedado solo con lo peor. Literalmente lo tienen todo junto. Es asombrosa su capacidad de combinar puntualidades enfermizamente exactas con desbarajustes en los horarios que harían desmayarse a un italiano. Me estoy ganando enemigos a paladas con cada línea que escribo.

Volviendo al viaje. Me encontraba en la estación, mientras esperaba al tren, hablando por teléfono, despreocupadamente, con mi madre. No era ni mucho menos mi primer viaje Toruń- Varsovia y tenía la —inocente— tranquilidad del que cree que lo tiene todo controlado. Los numerosos viajes que habían precedido a este, tanto en bus como en tren, habían contado con un esquema de numeración de sitios muy simple. Similar al aplicado durante las rebajas. El primero en llegar se lo lleva. Yo me veía con posibilidades de conseguir un buen puesto, había entrenado a fondo las dos últimas semanas corriendo de la cama al escritorio, ida y vuelta.

 

Ahí estaba yo colgando el teléfono al tiempo que el tren avanzaba sus últimos metros. Y entonces ocurrió. Las puertas, como si de un pistoletazo de salida se tratara, se abrieron. Pero para mi sorpresa la gente se colocó en ordenadas filas delante de las entradas dejando salir a los que estaban dentro y algún salvaje incluso ayudando a gente con sus pesados bártulos.

La bofetada de frío constante que tenemos aquí no fue ni la mitad de fuerte que la que me dio la realidad. Me vi entrando en un vagón, que no sería el mío ni con toda la suerte del mundo, con un montón de polacos agermanizados que se colocaban de manera asquerosamente civilizada en sus sitios designados.

Cuando conseguime apartar de semejante orgía de buenas maneras miré mi billete y enfilé hacia mi coche. Atónito estaba. La gente no se pegaba, ni se quitaba el sitio. Miraba a todas partes y no era algo generacional, ni algo del status social. ¿Qué era diferente de todos los otros vehículos?

Cuando llegué a mi asiento levanté la mirada y vi, con sorpresa, que no solo estaba numerado, si no que estaba escrito también, a su lado, la ciudad de mi destino.

Puedo adaptarme a un caos absoluto a la hora de esperar, montar, pagar y bajarme de un transporte. También puedo acostumbrarme a una estructuración absoluta y organización extrema. Pero…cabrones…, si estamos jugando al ajedrez , no me comas una, te cuentes veinte y tires porque te toca.

 

ARTÍCULO RELACIONADO

De la tortilla a la independencia

Gracias por dejar tu comentario y compartir esta nota en tus redes Email this to someone
email
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

De la tortilla a la independencia

 

Esta entrada está dedicada a Manuel Marín. Para mí Manuel Marín será siempre «El Noni», el delantero centro del equipo de fútbol de nuestro colegio.

 

Las becas Erasmus, impulsadas por el español Comisario Español, Manuel Marín (recientemente fallecido), cuando la Unión Europea se estaba configurando, nacieron con la vocación de ampliar la visión de Europa para nuestros jóvenes. El concepto Erasmus es lo más opuesto al ombliguismo, «una mirada más allá del capó», en palabras de Manolo Marín.

¿Cómo se ve eso a los pies del río Vístula, eso que —tertulianos y políticos—han dado en llamar «el relato» ¿Cuál es la visión de un estudiante Erasmus de ese «relato»?

Este relato, escrito por Rodrigo Martínez-del Rey Delgado, un estudiante de periodismo en Toruń (Polonia), es una visión irónica, no exenta de perplejidad. El autor de «De la tortilla a la independencia» vivió el 1 de octubre desde Polonia, a través de los medios de comunicación.  Y en Varsovia fue testigo directo de la manifestación nacionalista del 11 de noviembre, día de la independencia polaca.

FIRMA INVITADA: RODRIGO MARTÍNEZ-DEL REY DELGADO (TORUŃ, POLONIA)
Relato

De la tortilla a la independencia, como la guitarra, el traje de flamenca y la siesta se esconden detrás de la estelada

 

Mi madre me contó que cuando ella estudiaba y trabajaba en Londres, los lugareños esperaban que al abrir su maleta sacara una guitarra y se fuera por bulerías. Esto evidentemente no ocurrió. La gente en ese momento preguntaba por la siesta, la gran dieta mediterránea, y por supuesto la música y la cultura.

En 2017, preparando mi año en Polonia, me devané los sesos buscando que podría enseñar, como pseudoembajador, de mi tierra al país que me acogería casi un año entero. Miré libros y páginas web como si de una investigación arqueológica se tratara. Todo lo que no supiera de la madre patria era bienvenido. Incluso practiqué mi tortilla innumerables veces, con deliciosos resultados. Casi todas las veces.

Mi sorpresa fue tremenda cuando mis anfitriones, y otros colegas de diferentes partes del globo, estaban interesados únicamente en una sola cosa: «What´s going on in Catalonia?»

Dos años, quizá menos, antes de esta situación la gente conocía por encima de cualquier otra área del país el eje Madrid-Barcelona. Ahora la polarización hacia estas ciudades es aún más grande. Cuando visitábamos Gdansk se me acercó un hombre y nos preguntó por nuestra nacionalidad, nuestra apariencia de turistas pardillos debía ser muy evidente. Su siguiente pregunta tras mi «Jestem z Hispanii», pronunciado muy malamente, fue: «From Catalonia?» Tras mi negación el hombre se giró y sin dejarme explicar de donde era se fue por donde había venido. Dejándome con la palabra en la boca y una reflexión en la cabeza.

Hay gente que no sabe mucho de España, pero hay gente que además no quiere saber. Y no me malinterpreten. Ni España, ni Francia, ni nada que sea fuera de su entorno. Panicus terribilis a salir de la zona de confort.

Yo, bocazas de profesión, intento explicar en mi inglés de Valladolid la situación de la manera más objetiva que puedo. Una tarea que se me presenta cada vez más fácil debido a la ingente cantidad de veces que tengo que repetir el mismo discurso.

Pero a estas alturas del año hay algo que me preocupa más…

Nadie me ha preguntado por mi receta de la tortilla. ¿Habrá matado el nacionalismo, también, el apetito?

 

ARTÍCULO RELACIONADO

Pasajeros la tren

Gracias por dejar tu comentario y compartir esta nota en tus redes Email this to someone
email
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

Qué belleza de islas, Mamma mía!

Tres de las Espóradas griegas: Skiathos, Skopelos y Alonissos, fueron los escenarios idílicos del rodaje de la película Mamma Mia!

El romanticismo que evocan estos lugares engatusó a los productores de Mamma Mia!, que convirtieron la isla de Skopelos en Kalokairi (verano en griego), la ídilica isla que sirve de marco natural a esta comedia musical. Los escenarios se completaron con localizaciones en la vecina isla de Skiatos y Damaouhari, en Pelion, en la Grecia continental.

Islas frondosas de clima suave. Playas arenosas de aguas cálidas y turquesas, transparentes y limpias, hasta las que descienden bosques de pinos y eucalipto. Calas pequeñas y apartadas al pie de los acantilados plenos de vegetación. Parras que dan sombra a casas blancas con puertas y ventanas de vivos colores, por las que ascienden las buganvillas.

mamma-mia_4

LA ISLA DE SKIATHOS

El norte de la isla es virgen, de una escalofriante belleza paisajística, salpicado de pequeñas iglesias y monasterios. La población se concentra en torno a Skiatkos Capital, al sur. En el paseo marítimo que circunda el Puerto Nuevo y el Puerto Viejo, separados por la pequeña península Bourtzi, se aglutina la vida social de la isla. El muelle del Puerto Viejo es el lugar en que Sam (Pierce Brosnan) y Harry (Colin Firtth) esperan al ferry que les trasladará a Kolokairi.

La torre de la iglesia de Agios Nicolaos, patrón de los marineros, corona la ciudad, que serpentea por la colina hasta la zona vieja. La plaza que rodea a la iglesia, y las aguas del Egeo que bordean la isla, fueron los lugares elegidos para las escenas iniciales de Mamma Mia!: Sophie (Amanda Seyfried) deposita las invitaciones a su boda para sus tres (posibles) padres, mientras canta I have a dream.

Skiathos dispone de un pequeño aeropuerto para vuelos domésticos. Todas las isla son accesible desde la Gracia continental desde Volos y Salónica.

mamma-mia-_3

LA ISLA DE SKOPELOS

Durante el rodaje de Mamma Mia!, Meryl Streep era asidua a The Blue Bar. Es unos de los muchos bares, tabernas y cafeterías de la capital de la isla, Skopelos Town.

Esta pequeña pero bellísima ciudad , asciende desde el mar por calles empedradas y angostas, de casa blancas y tejado ocres de pizarra, en forma de escamas de pez. En la entrada a la bahía de Skopelos, está la iglesia Panagía tou Pyrgoy, y al fondo, el mítico Monte Athos ( foto), fundido con el mar.

Grecia-1

Hasta los lugares de rodaje se llega por carreteras estrechas, entre bosques de pinos y acantilados, que descubren paisajes de extraordinaria belleza tras cada revuelta. Los griegos hacen este camino en moto o en coche.

La playa de Glystery es la ruta de acceso a Donna´s Villa, el hotelito que regenta Donna- Meryl Streep. Kastani es la playa de Mamma Mia!. En esta playa de arena y guijarros, hasta la que desciende los pinos, se situó el bar y el muelle; por ella, Sophie y Sky (Dominic Cooper) corren enamorados.

EMOCIONES COLOR FUCSIA

Por la carretera de Stafylos se encuentran Los Tres Pinos. Sophie canta aquí Honey Honey, y en otro momento de la película, hace picnic con los tres candidatos a padre. Los cuatro cantan Our last summer), en el cabo Amarantos. Un lugar mágico y escondido, elegido por muchos jóvenes griegos para casarse civilmente.

En la cumbre de una roca de cien metros de altura, centenarios olivos dan sombra a la ermita de Agios Ioannis Kastri, la capilla de la boda de Sophie. A los pies de este peñasco, flanqueado por dos playas, ocurre el momento más emocionte de la película. Una vibrante Donna-Meryl Streep canta The winner takes it all a Sam-Pierce Brosnan, del que siempre estuvo enamorada. En los segundos finales de la escena, Donna sube los 105 escalones hasta la cima. Va envuelta en un largo y vaporoso chal color fucsia.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Mamma mía, qué paisajes

Fotos: Pedro Donas y Lola Martín

Gracias por dejar tu comentario y compartir esta nota en tus redes Email this to someone
email
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

Mamma, mia! ¡Qué paisajes!

El AVE atraviesa el desmesurado secarral manchego. Tras la ventanilla, la calima flota ingrávida. La velocidad del tren y el efecto óptico de esta bruma caliente, convierten los postes del tendido eléctrico en cimbreantes estructuras de color gris. Parecen moverse al mismo ritmo contagioso y vibrante de las bailarinas de Dancing Quenn en las video pantallas del vagón.

Hoy proyectan Mamma mia! La música se cuela por mis auriculares y baja, zigzagueante, hasta mis pies. No los controlo. Tampoco puedo dominar la emoción circular que revolotea en mi estómago.

¡Están bailando en Damouhari!, me digo entusiasmado. Allí se rodaron las escenas finales de esta alocada coreografía. Mi imaginación vuela a una velocidad mucho mayor que mis pies, hasta ese lugar.

ESCRIBIR DE VIAJES ES VIAJAR DOS VECES

Damouhari es una de las muchas aldeas que pueblan la Magnesia, en la región de Tesalia. Pueblecito de calles angostas y empedradas, con enormes árboles centenarios en la plaza, bajo los que sestean los ancianos y por la que cruza, absorto, un anciano pope barbado.

En la Grecia interior, el turismo masivo no ha hecho mella todavía. No hay prisas, ni colas, ni aglomeraciones. Los lugareños miran al visitante con un cierto aire de novedad, lo que hace que el trato sea más hospitalario y amable.

grecia-antigua-1En los pueblos de la Magnesia hay museos locales, situados en casas de dos pisos o en alguna vieja escuela. Un sinfín de objetos singulares, aparentemente desordenados: trajes, documentos de la presencia turca, banderas, camas, lámparas, braseros, armas, retratos, libros y cartillas escolares, colocados en alacenas o colgados en las paredes. La belleza –y la novedad– de muchas de esas añejas piezas hacen que el visitante olvide que los carteles sólo están en griego, lo que le impide conocer su origen y significado. La imaginación se le dispara. Busca dar sentido a cada uno de estos fragmentos de vida, encajarlos. Construye su propia historia.

Un monasterio ortodoxo que, desde la lejanía se antoja inaccesible, parece colocado a propósito en la cima de una peña, como en un belén navideño. Señoriales y decimonónicas casas, en cuya arquitectura se adivinan pretéritas influencias bizantinas y turcas, dan señas de su abandono.

A LOMOS DE UN CENTAURO

La quietud y el silencio de estos parajes, hacen que sea difícil creer que en esta región, donde se hayan los Montes Pileón – patria de Jasón, aquel que partió junto a los Argonautas en busca del Vellocino de Oro–, habitaran los belicosos centauros. Resulta igualmente chocante para el viajero encontrar nieve tan al sur de Europa. Algunos picos de estos Montes permanecen nevados hasta la primavera, pudiéndose incluso esquiar.

grecia--2Huele a tomillo, a romero, a orégano.

En una ensenada rodeada de olivares, a las afueras de Damouhari, se construyó una plataforma que sirvió de escenario para la coreografía de Dancing Quenn. La pasarela no existe ya. Pero puede rememorarse la escena desde la terraza del bar situado frente a la cala. Pedí un café frappé. Su sabor dulzón acaricia mi boca de nuevo. A lomos de un centauro de metal, avanzo, entre la bruma agosteña, al ritmo de Dancing Queen.

Gracias por dejar tu comentario y compartir esta nota en tus redes Email this to someone
email
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin