La vida: ¿exploras o conectas el piloto automático?

El viaje es una metáfora universal sobre la vida. Tal como la entendamos, así viajaremos. Y viceversa.

La vida, ese viaje

La afirmación anterior no tiene más validez científica que lo que he podido observar después de viajar durante muchos años. En solitario o familiarmente, con grupos de periodistas o como guía turístico. En viajes profesionales o, simplemente, por el placer de hacerlo.

Estos viajes me han ayudado a ir configurando mi propia manera de entender el viaje, que ha ido correspondiéndose con mi manera de vivir la vida. ¿O ha sido al contrario? El escritor Jorge Wagensberg, autor de bellísimos  aforismos, plasma en este la esencia de un viaje:

Viajar es la mejor manera de regalarse cambio.

—Jorge Wagensberg

La historia que te cuento a continuación, tiene como escenario una carretera secundaria en la Toscana, Italia.

La uva «sangiovese» (sangre joven) da el vino Chianti

A Siena, 9 kilómetros

Un grupo de periodistas europeos de varias nacionalidades, recorríamos Italia de Norte a Sur. Después de visitar las queserías donde se hace queso parmesano, descendimos hacia el sur para conocer las bodegas en las que se elaboraba el más famoso de los vinos italianos, el Chianti.

El otoño apenas ha comenzado. Llovía débilmente. La carretera era tan estrecha, que el retrovisor exterior del autobús lamía las hojas de los árboles que comenzaban a amarillear. Suavemente, las gotas de lluvia resbalaban por el cristal, describiendo trayectorias caprichosas.

El autobús se detiene en el cruce con la Strada Regionale 222, la carretera que vertebra la ruta del Chianti Classico.

Siena 9 km., dice un cartel azul con bordes blancos. A la derecha, Florencia, a 60.

Mientras el chófer mira a un lado y a otro del cruce, una voz se eleva desde una de las filas de atrás.

—¡Vamos a Siena! —dice Josep, un periodista español de voz grave y bigote poblado—. Tenemos tiempo, podemos ir a Siena.

Silencio. El autobús no arranca.

Un noruego, experto en prensa gastronómica, se levanta y pregunta, desde la primera fila, el motivo por el que estamos detenidos, si la vía está expedita. Habla con sus cuatro compañeras, periodistas de revistas femeninas de aquel país nórdico.

La guía responsable del autobús es romana. La asiste una chica serbia nacionalizada italiana.

— Hay tiempo, nada programado hasta la cena. Lo que decida la mayoría—  dice la romana.

Los cipreses, siempre presentes en el paisaje de la Toscana

Viajar, un arte perdido

Son las tres y media de la tarde. Entran en liza cuatro periodista alemanes. Se alinean con sus colegas noruegos. Los tres españoles apoyamos a Josep. Algunos de nosotros ya hemos coincidido en otros viajes. «La maravillosa Siena a tiro de piedra, ¡cómo para perdérsela!», pienso.

La guía acompañante muestra su simpatía con la propuesta española. Los tres periodistas polacos hablan entre ellos. No parecen inquietarse. El autobús sigue detenido. El conductor, un romano gesticulante, acaba por resignarse y coloca las manos sobre el volante. ¡El Parlamento de Estrasburgo en mitad de una carretera secundaria de la Toscana!

El noruego, erigido en portavoz del Norte, dice:

—Siena no está en el programa.

Es cierto, no lo está. Estamos recorriendo Italia desde Parma a Nápoles, para conocer algunas de sus Denominaciones de Origen, invitados por la Comunidad Europea. Hoy nos tocaba una bodega de Chianti y una almazara. Aceite y vino comparten allí denominación.

—Y, además, llueve — insiste el gastrónomo nórdico.

Cuando lo escucho no puedo evitar pensar que viajar se ha convertido en un arte perdido. Este periodista noruego impecablemente trajeado y el bigotudo Josep muestran las dos posturas extremas de vivir un viaje, de entender la vida, en definitiva.

Castillos y ciudades amuralladas son los restos de las batallas entre la República de Siena y los florentinos.

¿Exploras o conectas el piloto autonómico?

Hay quienes viajan con un plan establecido, esclavos del reloj. Se comportan igual que en una habitual jornada en su lugar de origen: levantarse, desayunar y correr para tomar el coche camino de la oficina. Lugar visitado, casilla tachada. Ven una ciudad, un paisaje, desde detrás del objetivo de una cámara, locos por fotografiar sin mirar. Acumulan lugares sin disfrutarlos, sin más intercambio con los naturales que pedir la llave en la conserjería del hotel. Frecuentan restaurantes en los que coincidir con otros compatriotas: « ¡Donde esté una buena tortilla!…Si es que aquí no saben comer…» Para estas personas el lugar de destino es la meta.

En el lado opuesto, se sitúan los que consideran que la meta es el viaje. Vagabundean, sin deberes ni horarios. Deambulan entre la gente del lugar. Son exploradores de las infinitas posibilidades que el viaje proporciona.

Viajar por segunda vez

Escribir de viajes, es viajar dos veces: una cuando realizas el viaje mismo; la segunda, cuando rememoras aquellas sensaciones para trasmitirlas a quien tenga a bien leerte o escucharte. Escribiendo esta nota, he viajado por segunda vez a aquella carretera secundaria de la Toscana, una tarde de otoño. A mi memoria ha regresado el olor a tierra mojada; he revivido el rojo intenso del zumo de la  uva sangiovese (sangre joven), con la que se elabora el Chinati, el verde de los cipreses que identifican el paisaje toscano, y el esmeralda del aceite recién exprimido. Sentidos y espíritu unidos.

El equipaje necesario para un viajero es un talento especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas.

— Chin Shengt´an, (dramaturgo chino, siglo XVII)

Cómo en la vida

Si habéis contado, ya sabéis el resultado de la votación: no fuimos a Siena. Cuatro votos noruegos más cuatro alemanes, ocho. Cuatro españoles y uno italiano, cinco. La guía romana —comprensiblemente— no votó. Los polacos se abstuvieron. Diálogo Norte-Sur, con los Países del Este como observadores. Ser un mero observador, es otra manera de entender el viaje por la vida.

¿Qué hubieras votado tú?

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Alejandría, un gran zoco

El nombre del Hotel Cecil está escrito en la puerta, flanqueado por ventanas de marcos azules, con letras doradas, rematando dos grecas verticales de hierro forjado. 

En el vestíbulo de este hotel, las palmeras se quiebran y se reflejan sus hojas inmóviles en los espejos de marcos dorados. Aquí sólo pueden vivir permanentemente los ricos. (Cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell)

En este edificio, construido en 1929, asentó sus reales la Inteligencia Británica durante la Segunda Guerra Mundial. Alejandría está a unos 40 kilómetros de el Alamein. El mismo ascensor –restaurado–, las mismas rejas floreadas de la escaleras alfombradas en rojo, y los mismos espejos, aquellos en los que Nessim vio proyectada por primera vez a Justine, inolvidables personajes del Cuarteto de Alejandría.

En el gran espejo del Cecil, ante las puertas abiertas del salón de baile. (Cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell)

Camila se refleja en los espejos dorados del Cecil

El salón de baile es hoy la sala César Palace. Hay música, a pesar de que está bien entrada la madrugada. Me acerco, antes siquiera de dejar mi equipaje en la habitación. Acabo de llegar de El Cairo a través de una carretera que cruza el desierto. Casi dos horas de camino por una carretera recta.

Celebran una boda. Los novios visten de blanco. Pero no está Justine, sino Camila, una cantante libanesa, morena como la protagonista de la novela. Camila termina la canción. Un hombre se levanta de una mesa junto al escenario. Lleva un puro en la boca y, entre sus manos ensortijadas, sujeta un puñado de billetes. Los lanza al aire, y a Camila le llueve el dinero del cielo. Se retira la libanesa del entarimado, aparece un propio y recoge a puñados el maná. La escena se repite tras cada canción. Cada vez que la cantante sale a escena,  sus vestidos son más ajustados y la raja lateral del vestido ha ido ascendiendo ostensiblemente por la pierna; ya le llega a la cadera. El vestido de Camila es de color limón.

El hombre del puro vuelve a arrojar su especial confeti. Son casi las cuatro de la madrugada. Apenas queda medio centenar de invitados en la sala y el montón de billetes sobre la mesa junto al escenario, está cada vez más mermado.

Alejandría no duerme

El Tikka Grill es el más conocido restaurante de pescado. En La Corniche, con vistas al mar. Una foto de doña Sofía está en la galería de sus ilustres visitantes. Quizás la Reina comiera aquí cuando asistió a la inauguración de la Biblioteca. El Tikka es el más turístico –y para el gusto local, más «chic» – y quizás por eso resulto caro.

El Abou Ashar International Fish es más «popular», en un barrio más popular y más alejado del centro. Un sastre cose en la puerta de la tienda. Media docena de mozalbetes intentan arrancar una moto. El dependiente de una platería jura que la plata y el oro que vende es el más barato de todo Egipto.  Desde la pantalla de un antiguo televisor los actores de una telenovela egipcia hablan pero nadie los mira. Dos ancianos toman té.

– Es té de hibisco– me cuenta Mimmí.

Se pueden comprar excelentes hibiscos en el Mercado de Manshiya, a unos veinte minutos a pie de Saad Zaghloul. Este gran zoco es un paraíso de olores, un incesante deambular de gentes, e infinidad de tiendas donde encuentras desde un alfiler o una pieza de tela a una joya de oro. Siempre está abierto. El horario comercial en Alejandría es absolutamente libre. No queda demasiado lejos del mercado la espectacular mezquita Terbana, construida sobre ruinas grecorromanas. Muy amplia y luminosa, con el suelo alfombrado. Varios hombres están sentados apoyados en las enormes columnas. A las mujeres que visten a la europea les dan una especie de camisones, y las envían detrás de unas celosías. Como en algunas iglesias españolas. Pero de eso hace ya trescientos años.

El carácter de Mimmí

Cuando entramos al Abou, veo a familias numerosas comiendo pescado, arroz y ensalada. Nada de alcohol, sólo agua o refrescos. En La Cornice me había tomado esa misma tarde una cerveza. Encontré el lugar por casualidad, paseando; los clientes éramos europeos o norteamericanos. La cerveza era local, marca Sakara, como la pirámide escalonada. La única cerveza egipcia que tenían: suave, tipo Lager. Unos 3, 5 euros al cambio.

El pescado y el marisco son deliciosos en el Abou. Tomo un plato de pescado con un refresco, mientras varios televisores enorme emiten vídeos musicales y partidos de la NBA. Platos y vasos de plástico, manteles de papel. Mimmí me ha traído a cenar aquí, porque yo le había pedido algún lugar menos turístico.

Le pregunto como se llega hasta aquí, por si quiero volver o se lo quiero recomendar a los amigos. Me mira y dice:

– Ven en taxi, porque te vas a perder. No te olvides de negociar el precio.

Y en mi cuaderno de notas escribe de su puño y letra, donde está situado el Abou: zona Bahari en Anfouchi.

cuaderno-nota-mimmi

Ya lo saben, si se deciden a ir, tomen un taxi. Se lo recomienda Mimmí. Pero regateen el precio.

Todo un carácter el de Mimmí, la hija del Almirante. ¡Y sólo tiene 73 años!

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1ª  Parte. Alejandría, corazón de la nostalgia de una vieja dama
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La Biblioteca de Alejandría

Me alojo en la habitación 311 del Hotel Cecil. Una placa en la puerta dice que está dedicada a Taha Hussein, escritor egipcio y Premio de Derechos Humanos de Naciones Unidas. El color burdeos destaca en la colcha, la moqueta y las tapicerías. El televisor es el único elemento decorativo que me remite al presente.

Hace casi dos horas que ha amanecido. Salgo al balcón. Abajo, en la calle, personas y vehículos se mueven como las hormigas. Deprisa y en todas direcciones, pero sin chocar entre ellas. Para cruzar sólo se necesita la decisión de saltar a la calzada. Con la misma decisión con que los coches se mueven, a golpes de claxon.

Algunos trucan las bocinas, para que se les oiga más. Es imposible aparcar en esta ciudad– me había dicho el día anterior Mimmí.

El litro gasolina del desierto cuesta la mitad que un litro de agua (4 libras egipcias, LE). Los taxis son viejos LADA, amarillos y negros. Los transportes colectivos –furgonetas semejantes a microbuses– que se abordan donde se puede, a una libra egipcia. El conductor, a la vez que sujeta un fajo de billetes con una mano, habla por teléfono con la otra o arroja la ceniza del cigarrillo. Los guardias permanecen impasibles (¿o impotentes?) en el centro de la avenida.

En otoño, el aire seco y vibrante, inflama el cuerpo bajo la ropa liviana. «Cuarteto de Alejandría», Lawrence Durrell

Panorama desde La Corniche

Son las 7.30 de una mañana otoñal. Frente a mí, La Corniche (hoy Sharia 26 de Julio), un paseo marítimo de 24 kilómetros de longitud que bordea el Mediterráneo, a cuyas espaldas se extiende esta urbe ruidosa, abigarrada y hechizante de más de seis millones de habitantes.

cornice

La vista, sin embargo, me alcanza sólo a la bahía. En el extremo izquierdo, la fortaleza mameluca de Quait-Bey. Un poco más cerca, barcas de pesca multicolores del mayor puerto de Egipto, el mercado de pescado Anfushi.  Y hacia mí, las playas, tomadas al asalto en verano por los cairotas. Cerrando la bahía, en la parte oriental, un cilindro de vidrio y aluminio semienterrado oblicuamente, semejando un gigantesco panel solar –homenaje a Ra–, el nuevo Faro: la Bibliotheca Alejandrina.

La Nueva Biblioteca

Las centenares de jóvenes estudiantes que me encuentro en los jardines de la Nueva Biblioteca de Alejandría –en alegre charla con sus compañeros masculinos–, no se diferencian en nada de cualquier otra adolescente europea, excepto por el hiyab. Eso sí, lo usan de colores muy vivos y variados, colocados con la coquetería inherente a cualquier mujer, y adornados con diferentes tipos de abalorios.

– Un centro para el saber. Un lugar de diálogo e intercambio entre pueblos y culturas. Esto es la Biblioteca Alejandrina– dice orgullosa una de las guías que enseñan el edificio.

la-biblioteca-alejandria

La nueva Biblioteca se ha levantado a escasos metros de donde se cree que Ptolomeo I erigió la original, destruida por un incendio en tiempos de Julio César. Casi dos mil años después, medio mundo se alió para que esta nueva Biblioteca pudiera ver la luz en los albores del siglo XXI. La entrada se hace por la quinta planta. Hay cuatro bajo el nivel del suelo y seis más por encima, 33 metros de altura. El espacio dedicado a la lectura –con capacidad para dos mil personas– es una sala hipóstila con columnas de granito de estilizados capiteles palmiformes que sustentan la cubierta de vidrio y aluminio.

Los dos mil pupitres, agrupados entre paneles de maderas nobles,  descienden en rampa desde los niveles superiores hasta la quinta planta. La obra es del estudio de arquitectura noruego Snohetta. La Biblioteca dispone, entre otras instalaciones, de cuatro museos. Un planetario, una sala de proyección con una pantalla de 10 metros de diámetro, y un archivo con todas las webs creadas desde 1996. Y el más interesante y emocionante, el que está  dedicado a manuscritos y libros raros.

SERIE DE ARTÍCULOS SOBRE ALEJANDRÍA

1ª Parte. Alejandría, corazón de la nostalgia de una vieja dama
3ª Parte. Alejandría, un gran zoco

 

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Alejandría, el corazón de la nostalgia

Primer artículo de una series de tres, en los que se relatan un viaje sentimental a Alejandría (Egipto), de la mano de Mimmí, una vieja dama alejandrina de carácter, que añora el pasado esplendoroso y cosmopolita de la ciudad de Cleopatra y Marco Antonio.

Corazón de la nostalgia

Mimmí se ha enfadado.

Me toma del brazo y me indica que entremos en la Patisserie Dèlices, una pastelería de 1922, en un lateral de la plaza  Saad Zaghloul Square, en el corazón mismo de Alejandría. Los pasteles de Dèlices son pequeños y muy dulces, adornados con frutas, densos como mazapán. Pruebo un helado de dátil y melón. Esta plaza puede tomarse como punto de inicio de varios recorridos a pie. Alejandría hay que caminársela. Desde Saad Zaghoul se llega fácilmente a muchos de los lugares que nos permiten comprender esta fascinante ciudad.

A Mimmí le ha irritado que el conductor de una calesa que espera frente al Hotel Cecil, donde me alojo le haya exhalado una bocanada de humo en sus narices.

– Se fuma mucho en Egipto– dice Mimmí y da un sorbo a su capuccino.

Esta pastelería es un clásico en Alejandría. Nadie lo diría a la vista de los modernos expositores. Hay que armase de paciencia si quieres una mezcla variada de pasteles: los pesan según el precio. En la parte trasera, las aspas de los ventiladores incorporados a las lámparas colgadas de un techo muy alto, giran lentamente sobre las mesas de mármol y patas metálicas, semejantes a las de las antiguas máquinas de coser. Son los únicos elementos que remiten al pasado centenario de esta pastelería.

El cambio experimentado por Dèlices bien puede ser la metáfora que explique la transformación que ha sufrido esta ciudad que fue la soñada metrópolis de Alejandro el Magno, la que envolvió el apasionado idilio de Cleopatra y Marco Antonio,  la «cosmopolita» de Kavafis, Lawrence Durrell o E.M. Foster. Alejandría es también la ciudad donde nació,  vivió y murió Hipatia, «la filósofa egipcia» o «la sabia egipcia», como se refieren a ella algunos historiadores clásicos.

Hoy, Alejandría se acerca más a lo que  Naguib Mahfud  dice en Miramar, la novela que transcurre en una pensión regentada por una vieja dama que vivió tiempos mejores:

Alejandría, corazón de la nostalgia, empapada de miel y lágrimas.– Naguib Mahfud

Mimmí, hija de un almirante de la Armada egipcia, se duele de esta decadencia. Estudió en Inglaterra y Suiza. Contesta su teléfono móvil en varios idiomas y viste a la europea.

De aquel cosmopolitismo de Alejandría quedan pocos restos hoy, como tampoco quedan demasiados vestigios de la huella de griegos, romanos, judíos y cristianos. Y los que han logrado sobrevivir están diseminados y en el Museo Greco-Romano. Se intenta recuperar la más cercana en el tiempo presencia colonial europea (las calles son rue, y square las plazas).

– Los griegos no comían nunca en el mismo plato, los rompían. Por eso los alejandrinos rompemos platos en Año Nuevo, en recuerdo de nuestros antepasados– me cuenta Mimmí.  Y añade–: Platos rotos en árabe es «El- Shuqafa».

Las catacumbas de Kom El- Shuqafa, un lugar de enterramientos, a las que se accede por una sinuosa escalera de caracol. Una concentración única en diferentes salas –débilmente iluminadas por una bombilla– de cultura egipcia y griega (medusas y discos solares  en paredes y tumbas), y romana (los triclinium junto a los nichos).

Alejandría en el recuerdo

Por encima de unos árboles de los que cuelgan botijas y unos cántaros, delante del escaparate de un alfarero, se alza el capitel de la imponente columna de Pompeyo. Entre el tráfico, avanza a duras penas un cortejo fúnebre. En una furgoneta blanca con medias lunas rojas pintadas, envuelto en un sudario blanco, va el difunto, flanqueado por hombres. Sólo hombres van detrás.

A los pies de ma columna de granito rosa hay una esfinge. Domina las ruinas de lo que fue el Serapeo, el templo dedicado a Serapis, una fusión de dioses  griegos y egipcios.

Alejandria-columna

Hoteles como el Metropole, en Saad Zaghloul, y el Windsor, recientemente restaurados, recuerdan los momentos finales del modernismo europeo, influenciados por elementos arquitectónicos orientales. O el Cecil Hotel. O el casi intacto –desde 1928– Café Faroux y su elegante colección de lámparas y faroles de bronce de su terraza. En los cafés, los hombres juegan al ajedrez, al dominó o al backgammon. Leen el periódico y fuman sishas, pipas de agua de diferentes sabores, o la que mezcla tabaco y caña de azúcar. O la Sharia (avenida) Salah Salem donde está el Banco Nacional (un calco del romano Palacio Farnesio), con anticuarios, joyerías y atractivas pastelerías (Trianon, Athineos).

Paseando por Alejandría es patente la influencia islámica. Se escuchan los cantos del muecín, amplificados por los altavoces de los minaretes, erguidos sobre el perfil alejandrino. Muchas mujeres usan el nicab, que sólo les deja los ojos al descubierto. Guantes y bolso negros.

– Los niños, a la salida del colegio, conocen a sus madres por los zapatos– me susurra Mimmí.

Otras, sólo llevan el hiyab blanco. Son contadas las que no lo llevan. Las mujeres disponen, exclusivamente para ellas, de un vagón en el tranvía, el tercero. Instalados a finales del XIX, los tranvías son amarillos o azules. Los primeros se mueven por el centro de la calle y por un carril especial los segundos.

El viaje cuesta un cuarto de libra egipcia (1LE=0.13 €). Se ven hombres cogidos del brazo o de la mano. Se besan para saludarse, pero nunca con las mujeres.

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2ª Parte. Biblioteca de Alejandría
3ª Parte. Alejandría

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Corazones latiendo al unísono

Ante el ya cercano comienzo de la Semana Santa, una amiga de años, me sugiere que incluya en este blog mis sensaciones vividas como costalero. Me recuerda que yo le había hablado de valores como solidaridad, trabajo en equipo y esfuerzo. Valores que yo mencionaba en un artículo que escribí en ABC en 2009. Narraba en él las sensaciones vividas bajo un paso, años antes.

Me sugiere, además, que esta entrada la incluya en la Sección de Viajes del blog, y que inicie el viaje donde lo dejé entonces. Una pirueta de bailarina, vamos.

En el último, y acaso por eso tan emocionante libro, La importancia de vivir, el escritor chino Ling Yutang, dijo que el equipo más necesario para un viajero es

Un talento especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas. –Lin Yutang.

Lo que interesa es saber si uno tiene corazón para sentir y ojos para ver. Tiene razón mi amiga. Es un viaje. Un viaje hacia dentro. O sea, la pirueta ha de finalizar con los dos pies clavados en el suelo, en ángulo de 45 grados. ¡Tela marinera! La cosa se quedó ahí. No escribí nada de lo que me pedía mi amiga. Pero la vida iba a darme otra oportunidad.

Dos minutos y cincuenta y seis segundos

Tuve la inmensa suerte de que me encargaran un reportaje sobre costaleros para un especial de Semana Santa en Punto Radio. Tres años habían pasado para que pudiera volver a vivir aquel torbellino de emociones que yo recordaba en el artículo. Enganchado a mi cinturón, bajo el paso, he colocado un micrófono, conectado a una grabadora. Fue algo improvisado, porque yo pensaba grabar desde fuera. Los chicos que estaban bajo el paso me invitaron entonces a que formara parte de la cuadrilla. Y me metí debajo, ocupando el lugar que me cedió uno de ellos de mi misma altura

Es el último ensayo de los costaleros antes de salir en procesión, bajo una estructura desnuda que soporta unos bloques de hormigón, con un peso semejante al de la imagen. Unos pequeños altavoces difunden la música que emite un radio cassette de coche, alimentado por la batería de un coche. Están colocados bajo el armazón, solo para nosotros. Suenan unas campanadas en la cercana catedral. Medianoche. La calle está vacía y la ciudad parece que duerme.

Dos minutos y cincuenta y seis segundos. La exactitud el tiempo me la marca la pantalla de mi grabadora. Dos minutos y cincuenta y seis segundos desde que el capataz golpea tres veces el llamador y ordena. «Al cielo con él, valientes». Y vuelven a sonar de nuevo los tres martillazos secos. El eco del último se rompe con la orden del capataz, «¡parar!». 

Entrar en resonancia

Un viaje de dos minutos y cincuenta y segundos, en el que me mido, en el pongo a prueba mi capacidad para saber si tengo corazón para sentir y ojos para ver. Incluso si tengo fuerza física, por que ya no soy un chaval. Un viaje para experimentar, dejando que fluyan mis emociones, sin analizarlas. Afloran y desaparecen. Euforia, alegría, sorpresa, tristeza, en ascensiones que me pegan el estómago contra el espinazo. Emociones que me llevan a descensos tan bruscos como la caída del peso sobre el cuello. Y escucho al capataz. «Todos por igual, valientes. El paso con el bombo». Y los pies se arrastran rítmicamente. Apenas se levantan del suelo. Ris- raas, ris- raas. La música deja de sonar. El corazón se acompasa entonces con los pies. Ris-raas, los pies arrastrándose. Mi corazón late al ritmo de mis pies. Mis pies y mi corazón sintonizan con el de mis compañeros.  Laten al unísono. En resonancia, vibrando en la misma frecuencia.

De qué materia están hechas las emociones

Escribir de viajes es viajar por segunda vez. Viajé por segunda vez, al leer un estudio de Universidad de Gotemburgo que afirma que «el canto crea un patrón emocional compartido entre los miembros del coro». Es exactamente lo que había ocurrido aquella madrugada. La sintonía de los corazones de los costaleros. Latían al ritmo de sus pasos. Al unísono.

Y acaso una tercera. Esta es una ocasión especial.  Fue en el estudio de grabaciones con el técnico. Tenía que montar el reportaje. Condensar aquellos dos minutos y cincuenta y seis segundos. Envasar la esencia de mis emociones en un frasquito de un minuto exacto. Es el tiempo del que disponía. El tiempo en la radio es oro, dice una vieja máxima en la profesión. ¿De qué materia están hechas las emociones?

 

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La vida, una cuestión de actitud

 

Las llamadas telefónicas de una amiga periodista solían despertarme de madrugada. Me llamaba desde Brasil. Lo hizo desde Rio de Janeiro y desde Salvador de Bahía, dos destinos turísticos promocionados por las agencias de viajes de todo el mundo. Mi amiga había conseguido una estancia, con todos los gastos pagados, de diez días en aquel país. Había sido premiada por UNICEF.

Alguna madrugada la escuché llorar al otro lado del teléfono. Había angustia en su voz. Brasil, el destino soñado por millones de turistas de todo el mundo, estaba generando en mi amiga un profundo desasosiego. Algo no cuadraba. Era imposible que encajara. Detrás de las paradisíacas playas, detrás de los espectaculares paisajes y la maravillosa arquitectura colonial, había otro Brasil. El de los niños que buscan comida en los vertederos, el de las favelas. El Brasil de la pobreza. Otra realidad no menos verdadera.

El premio estaba resultando ser un envenenado. ¿O no?

– ¿Qué puedo hacer?– me preguntó una de aquellas madrugadas.

Le sugerí que contara la realidad, la que ella estaba viendo y viviendo. Apelando a su espíritu periodístico, la invité a hacer una serie de reportajes en los que narrara el Brasil que estaba viendo.

Recuerdo que una de aquellas noches le dije:

– Si tu reportaje contribuye para que alguien, aunque sólo sea una persona, cambie su perspectiva sobre la vida, habrás puesto tu grano de arena.  Y ese grano se sumará a otros.

Una cuestión de actitud

Mi amiga periodista regresó, finalmente, a España. Hizo dos reportajes sobre la cara menos amable de Brasil, que se emitieron en la radio. Nunca ha podido saber si aquellos dos trabajos suyos contribuyeron a la creación de un mundo mejor. Sólo sabe cómo cambió su perspectiva tras aquel viaje. Un viaje de ensueño que propició un cambio inesperado. Su viaje interior, fruto de una actitud ante la vida.

Las playas están formadas de millones de minúsculos granos de arena. No podemos permanecer inmóviles cuando no nos gusta la realidad que nos rodea, pensando que nada podemos hacer para cambiarla. Tampoco podemos instalarnos en la ilusión de que el mundo es maravilloso. Hay mucho por hacer. Todo es una cuestión de actitud.

La actitud es una perspectiva interna.  Es nuestra manera de pensar. La que, en consecuencia, nos conduce a actuar. Es absolutamente personal. Sólo quien escuchó aquellos reportajes de mi amiga periodista, sabe como cambió su actitud ante la vida. Porque nuestra actitud puede inspirar la de otros. Aunque nunca lo sepamos.

Pasados varios años, escribí un relato, El vuelo del urubú, inspirado en aquel viaje a Brasil que te he contado en este artículo.

 

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Plaza Botero (Medellín), realidad y fantasía

 

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Me sorprenden las medidas del óleo fechado en 1999, medio metro por apenas cuarenta centímetros, titulado La muerte de Pablo Escobar. No se corresponden con lo que espero de su autor, Fernando Botero, ni con la magnitud del hecho retratado: el abatimiento del sanguinario capo del narcotráfico. “La pieza más apreciada por los visitantes”, me comentan los responsables del Museo de Antioquia, en Medellín.

Junto a tan emblemático lienzo, una docena más de similar tamaño: un Corazón de Jesús que bendice con la mano izquierda; y más allá, dos árboles; y junto a estos, una pareja; y en diagonal, escenas de tauromaquia, guiño de quien quiso ser torero y acabó pintando orondos toreadores. Las reducidas dimensiones y la luz tenue que ilumina la sala, resaltan los colores y avivan las emociones del espectador. Sensaciones diferentes a las que se experimentan en las salas restantes donde se exponen dibujos, acuarelas y pinturas de gran formato, en los que el Maestro despliega su inmenso muestrario de personajes de exagerada volumetría e intenso colorido, suspendidos en atmósferas acuosas y paisajes irreales.

La tercera planta del Museo de Antioquia (sin acento en la i), construcción Art Decó de los años 30, está íntegramente ocupada por las obras regaladas por el artista hasta 2009 a Medellín, su ciudad cuna: 126 piezas de su colección particular entre pinturas, dibujos y esculturas, además de 32 obras de otros artistas – Barceló, Tapies, Alex Katz, Rodin-, expuestas en la Sala Internacional. En la denominada Pedrito Botero, en memoria de su hijo fallecido, y cuyo retrato preside la Sala, está colgado Exvoto, la primera donación de 1974, en la que el artista se retrata arrodillado ante la Virgen.

Al fondo, se accede a la Sala de Esculturas: Pájaro, Cabeza, Mano, Venus, Guitarra, hasta una quincena de obras en diferentes materiales, cuyos volúmenes se reafirman con la luz tamizada por los estores del ventanal abierto sobre las copas de las ceibas y los guayacanes de flores amarillas de la Plaza Botero: un espacio público de siete mil metros cuadrados, en el que se hayan repartidas 23 gigantescas esculturas en bronce fundidas en Pietra Santa –Italia-, mimosamente restauradas cada seis meses por empleados del Museo.

plaza-Botero

REALIDAD Y FANTASIA

Entre cuidados parterres, los fantásticos personajes esféricos boterianos contemplan la vida cotidiana que deambula, abirragada, a sus pies: jóvenes que me ofrecen chicle y tabaco, o minutos de “celular” a 200 pesos, vendedores de boletas de lotería, de sombreros; voceadores de El Colombiano, el centenario periódico medellinense donde publicó sus primeros dibujos Fernando Botero; turistas que se retratan apoyados en las peanas de El rapto de Europa o El hombre vestido.

Ante la mirada indiferente de los transeúntes, policías auxiliares- imberbes y desarmados-, cachean a adolescentes; mujeres policía con ceñidos pantalones caquis y moño recogido en una redecilla goyesca, patrullan entre La mujer reclinada, El soldado romano o El hombre a caballo. Los niños se encaraman y acarician El perro, o El gato, o El caballo, mientras los lustrabotas (policheros) buscan clientes entre los que sestean o conversan en los bancos de hierro forjado y madera, bajo los cipreses que delimitan la fachada lateral del Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, exótica construcción gótico flamenca de los años 40. A sus espaldas tres escribanos mecanografían a petición en antiguas máquinas de marca brother. Pocos metros por encima de las cabezas de este universo de personas y esculturas, el metro sale desde detrás sale de la fachada del Palacio, como si fuera una de esas maquetas por la que se deslizan trenes, accionados por apasionados de los ferrocarriles.

¿Qué es real en esta plaza¿ ¿Qué lo imaginario? ¿Dónde está “la línea de demarcación que separa lo que parece real de lo que parece fantástico”, de la que escribió García Márquez?

escribano

La Plaza Botero y el Museo de Antioquia, institución convertida en epicentro de actividades culturales y pedagógicas, son uno de los hitos del nuevo Medellín. “Que nuestra ciudad ya no sea más la de la violencia. Medellín puede y debe ser la ciudad de la paz”, refieren los periódicos locales de hace algo más una década que dijo Botero. Cultura, arte y arquitectura, pilares en los que las autoridades locales se anclan para la recuperación de la paz y la tranquilidad de la que fue ciudad más violenta del planeta. Hoy es una ciudad viva , en la que la esperanza es patente – “cuéntelo”, me dice un paisano, a la vez que me intenta vender un sombrero- en los rostros de los habitantes de esta ciudad de primavera eterna, abrazada por verdes montañas por las que trepan y descienden las casas, violeta y anaranjada al amanecer, anaranjada y violeta al atardecer, “el violeta maluco del atardecer”, escribe el medellinense Jorge Franco en Rosario Tijeras. Cerca del ecuador, el sol en Medellín sale y se pone casi con la misma velocidad con la que se sube y se baja una persiana.

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