El Treasure

Relato

El Treasure

 

Mary ha muerto.

La nueva me la ha traído un fraile capuchino venido con la encomienda de catequizar indios, y con quién distraigo mi ánimo.

Esta pena añadida me demanda ordenar los sucesos que viví desde el veintisiete de julio de 1715, cuando La Francesa dio vela en La Habana rumbo a Cádiz, como parte de un convoy de once naves, cargadas de oro y plata para la Real Hacienda de Su Majestad Felipe V.

La noche del treinta, mientras navegábamos entre la isla de Cuba y el canal de Bahama, nos alcanzó un terrible huracán. Caí al agua y me subí a la cubierta del casco de la San Miguel que se había desprendido y quedó flotando como una balsa. La Capitana del general Utrilla se abrió de improviso y el mar se tragó a más de doscientos hombres. Con las claras del día, me vi rodeado de cadáveres; y quienes aún vivían, imploraban perdón sabiendo su muerte cercana, o maldecían al diablo por su mala suerte. La Francesa había desaparecido. Una irresistible conmoción de aire, como un tornado, recorrió de nuevo la estrechura del canal.

Me desperté con las sacudidas y movimientos de una nave y el ruido de los aparejos.

—¿Qué sucede?—dije.

—Nada que os deba preocupar, señor. Huimos —respondió una voz, mezclando el español y el inglés.

—¿De quién?

—Vuestros compatriotas han extendido patentes de corso para apresarnos. Soy el capitán Jack Rackman.

—He oído hablar de usted. Sois un satélite de Enrique Jennings, el filibustero —dije.

—El capitán Vance lo era. Sabed, señor, que le arrebaté el mando. El Treasure es ahora mi barco.

—Es de cobardes huir —contesté.

—Es un buque más poderoso que el Treasure, y también más pesado. Pero admito vuestra opinión, señor.

Se acercó a la puerta de la cabina y gritó: «¡Desplegad velas!». Escuché carreras por cubierta. «¡Aumentad la distancia». «Timonel, firmeza!».

Rackman vestía como un caballero inglés, no como un pirata. Medias y zapatos de hebilla y una casaca estampada con flores azules y rojas, de cuyas mangas le sobresalían unas puñetas no menos emperifolladas que las chorreras de la camisa.

Regresó y dijo:

—Hemos salvado vuestra vida, señor. Debería estarnos agradecido.

—¿A cambio de qué?

—Podéis sernos de utilidad. Nos dirigimos a la Barbada, y si os apetece uniros a nosotros, muy bien; si decidís dejarnos, ordenaré que le proporcionen un bote.

Las esperanzas e ilusiones con las que había iniciado el regreso a mi Cádiz natal, se habían truncado de manera funesta. Revivir el tormento de la sed no me pareció en aquel momento la mejor idea. «¿Acaso es mal viaje el que tiene fin?», me pregunté, recordando a mis camaradas guardiamarinas de La Francesa.

Sonó una campana.

—¡Retumben los cielos, capitán! Hemos perdido de vista la vela del francés —dijo un pirata, pistola en mano y machete en el cinto, entrando en la cámara.

—Thomas fue quien os rescató anoche durante su guardia —apuntó Rackman.

Asentí. A fe que el tal Thomas era un marinero tremendamente atractivo. Ese pensamiento me turbó al instante. A mis diecinueve años, no había tenido encuentro sexual alguno. Solo vagas ensoñaciones después de sorprender en enaguas a alguna damisela en el taller de costura de mi madre y que siempre finalizaban en el horizonte de su escote.

—¿Qué día es hoy? —pregunté.

—¡Aúlle el diablo! Sí que andáis perdido, señor. Siete de agosto —dijo Thomas. Y salió, no sin antes dirigirme una mirada que aumentó mi curiosidad.

Había llamado cobarde a Rackman por huir. ¿No lo era yo menos ahora, quedándome? Me respondí, convenciéndome de que siempre podría escapar.

Admití el vaso de ponche de ron que me ofreció el capitán y me uní a la cofradía de los piratas.

—Tiene pimienta negra de Jamaica. Es buena para los gases—rió Rackman.

Una mañana ociosa de finales de agosto, el artillero Bonn apareció en el puente con una bandera en la que había sustituido las tibias cruzadas bajo la calavera de nuestra bandera negra por dos alfanjes.

—¡Que tiemblen solo con verla!—gritó.

—¡A muerte, si no se rinden! —bramó Thomas desde la cubierta.

—¡A muerte! —rugió la tripulación.

El Treasure enarboló su nueva bandera el veinticuatro de septiembre. Fue mi primera incursión. Una balandra francesa se rindió sin apenas resistencia. Mientras la tripulación despojaba al navío de cuanto de valor contenía, Rackman se afanó en los baúles de los caballeros. Luego los dejó marchar.

Viendo al capitán probarse casacas y calzones, recordé los trajes que mi madre me confeccionaba de niño con una tela que ella llamaba en francés calicot.

—Os apodaré Calicó Jack —dije al capitán.

—Me hará parecer ridículo y os ahorcaré por ello.

—Vuestra vestimenta ya es extravagante, capitán. ¿Qué mal puede haceros algo más de pimienta?

Me llevó a su cabina y bebimos sin reposo.

Se me acercó al oído.

—Bonn es una mujer —dijo.

—¿Qué le habéis añadido al ponche, capitán?

—Su nombre es Anne —insistió.

—Sabéis el riesgo que corréis, capitán.

—No permitáis que nadie se acueste con ella, salvo yo. Anne coquetea con Thomas.

—¿Celoso de Thomas? —dije—. Descuidad entonces, capitán.

Luego se quedó dormido.

No volvimos a hablar de lo dicho aquella noche, hasta que, después de repartirnos el botín de un mercante inglés, Rackman se las ingenió para que coincidiéramos los cuatro en su cámara. Acepté el envite. Mientras Anne y él retozaban en su hamaca, Thomas me empujó a otra, sentándose a horcajadas encima de mí. Se libró de la camisa. Un vendaje le cruzaba el pecho. Comenzó a quitárselo.

—¿Despejáis la cubierta para mostrarme vuestras heridas? —pregunté pasmado.

Tiró de golpe de la venda y dijo:

—¡Desnudad vuestro acero para Mary!— Y dos hermosos pechos de gran tamaño, brincaron ante mis ojos atónitos.

Abrazado a Mary, atravesé la línea del horizonte y surqué los aires.

Conmovido por mi pérdida, escribo esta narración en la horrible cárcel de Spanish Town, donde Mary contrajo unas fiebres malignas, mientras esperaba un indulto.

 

 

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Storytelling en coaching y psicología. Y para todos

Resulta de gran utilidad el uso del storytelling en coaching y en psicología. Hay, sin embargo,  un cierto rechazo — más o menos generalizado—, a pesar de la enorme utilidad de esta actitud de comunicación.

STORYTELLING. Cuánto cuenta contar en coaching. David Antón Menéndez, Editorial Universitaria Ramón Areces. 2018.  (111 páginas)

 

El psicólogo clínico David Antón ha escrito Storytelling. Cuánto cuenta contar en coaching, un libro en el que resume sus trabajos y experiencias en el campo de la psicología. Y lo ha extendido al del coaching. El título de esta nota, «Storytelling en coaching y en psicología. Y para todos» pretende ser muy claro. Este libro que comento es igualmente interesante para quien no sea ni coach ni psicólogo.

La (didáctica) manera en que David Antón se expresa en este texto, permite, además,  una fácil comprensión, para quien muestre interés en el storytelling como actitud de comunicación. Una actitud responde a nuestra manera de pensar. Y de acuerdo a ello actuamos.

Storytelling en coaching y en psicología. Y para todos

En primer lugar, este no es solo un libro sobre storytelling. Es además un texto en el que se ofrecen técnicas y modelos para crear historias. Y aquí reside, en consecuencia, la gran utilidad de este sencillo libro de poco más de cien páginas.

Consta de ocho capítulos. Los cuatro primeros están dedicados a contar —de manera breve, pero muy explicativa— en qué consiste el storytelling.

Particularmente interesante me parece el tercer capítulo, ¿Por qué funciona? Aquí se explican las razones neurológicas, neurofisiológicas y hormonales que convierten a una historia en algo muy atractivo para nuestro cerebro. Las razones, en fin, que justifican el porqué es tan útil utilizar el storytelling no solo en coaching y en psicología, sino en cualquier actividad de nuestra vida personal y profesional.

Del capítulo quinto al octavo, el libro está dedicado a explicar:

  • Cómo contar historias
  • Qué historias contar
  • Análisis de historias
  • Cuando conviene contarlas
  • Estrategias para el uso de una historia.

En el quinto capítulo, Construyendo una historia, el autor enuncia diferentes tipos de historias. Historias para enseñar, historias para motivar o historias para presentarse. Y lo hace en función del objetivo, de qué tema conviene utilizar y cómo elaborarlas.

Un capítulo muy útil por su claridad y porque  dejar en manos del lector la capacidad de actuar en función de sus necesidades.

Y, en el tono didáctico antes comentado, en las páginas finales, el autor ofrece también unas plantillas como guía para el entrenamiento, que son de una gran utilidad.


Hoy me parece algo fundamental contar historias para alcanzar el éxito en la comunicación

FERNANDO JÁUREGUI


Finalmente, este libro tiene un prólogo del periodista y profesor de comunicación, Fernando Jáuregui. Su título es muy clarificador: «Cada día tiene su afán. Y, por supuesto, su historia».

En Resumen

Storytelling. Cuánto cuenta contar en coaching es un libro sencillo, pero muy útil y práctico. Con una singularidad:  ofrece técnicas y plantillas para construir historias, al estilo de las que proporcionan textos y autores norteamericanos de referencia.

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Entrevista con David Antón.

 

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Imágenes e inconsciente en la creación de historias

Imágenes e inconsciente son un binomio inseparable, sin el que no es posible la creación de historias.

Un sábado, andaba yo de canal en canal buscando una película con la que amenizar la tarde lluviosa. Me detuve en una serie italiana, ya comenzada. La trama me sonaba vagamente. Entonces hizo su aparición en escena el comisario Montalbano. Soy ferviente lector de las aventuras de Salvo Montalbano, un policía siciliano tan socarrón como su padre literario, Andrea Camilleri. De ahí que la historia me resultara familiar.

Creí desfallecer: el policía estaba completamente rapado. No era el personaje que yo había imaginado. Andrea Camilleri nunca lo describió físicamente, y yo me había creado una imagen de él. Mía, de nadie más. Mi comisario tenía pelo.

Ya no soy capaz de leer las novelas de Montalbano sin que en mi mente aparezca la imagen del actor completamente rapado. Su imagen ha sustituido, sin que yo pueda evitarlo, a la que yo me había creado durante años de lectura.

Imágenes e inconsciente

Contaba Antonio Muñoz Molina en un Taller de Escritura haber tenido un sueño para él incomprensible. Dijo haber soñado una noche que su hijo —entonces desempleado— era porteador del Papa.

Esta anécdota me lleva a dos reflexiones, que, sin embargo, tienen conexión.

  • La primera de ellas es que los seres humanos imaginamos, recordamos y pensamos en imágenes. Lo ha demostrado la neurociencia. Podíamos pensar que tienen razón aquellos que afirman que una imagen vale más que mil palabras. No es del todo cierto, al menos en el caso de los escritores.

Quienes escribimos  ficción hemos de crear imágenes en la mente del lector. Estas imágenes creadas serán únicas. No habrá otro ser humano que disponga de esa imagen en su mente. Las fotografías —o las imágenes de los personajes de las series— son, sin embargo, iguales para todos las que las ven. No hay misterio, ni duda alguna.

  • La segunda reflexión a la que aludía, hace referencia a la juguetona y caprichosa manera en que nuestro inconsciente almacena  y —en un determinado momento —hace que afloren a nuestra mente consciente determinadas imágenes

El psicoterapeuta Milton Erickson afirmaba que el inconsciente era un depósito en el que se almacenan nuestras experiencias vividas. Erickson, creador de lo que se conoce como hipnosis ericksoniana, trabajaba con el inconsciente de sus pacientes. Confiaba el terapeuta en que las experiencias vividas aflorarían cuando las necesitáramos.

Es por eso que el único material del que disponemos para escribir, somos nosotros mismos: todo aquello que hemos vivido. Imagénes e inconsciente son un binomio inseparable.

Imágenes e inconsciente en la creación de historias

¿Cómo salen estas imágenes almacenadas a la superficie consciente?

La manera en que se almacenan y afloran estas imágenes, lo comparo con el  juego del dominó.

Antes de comenzar la partida, uno de los jugadores mueve desordenadamente las veintiocho fichas para mezclarlas. Las fichas están boca abajo; solo vemos la parte trasera, negra. Es una manera juguetona de mezclarlas. Posteriormente, cada jugador tomará siete fichas. Lo hace de manera igualmente de manera caprichosa.

La partida comienza cuando uno de los jugadores coloca la primera de las fichas. Los demás tendrán que ir casando los números.

Al cabo de nuestra vida se cuelan en nuestro inconsciente palabras, recuerdos, conversaciones, etc., que vamos acumulando en forma de imágenes. Una mano invisible mueve unas y las coloca de manera juguetona en el otro. Imágenes e inconsciente van unidos.

Caprichosamente, irán aflorando cuando haya algo que nos remite a ese recuerdo. Y se irán casando unas imágenes con otras. O no, porque, igual que en el dominó, se pasa la mano a otro jugador, si no disponemos de la ficha adecuada. O, aparecerán en un sueño de forma involuntaria—incontrolable, por tanto—, como le ocurrió a Muñoz Molina.

Así ocurre en la vida y así ocurre cuando escribimos una historia. Es el mismo proceso que se sigue en el storytelling, entendido este como el proceso de crear historias, no solo contarlas.

Un enigma casi policíaco

La imagen de un Papa antiguo porteado sobre una silla gestatoria es una imagen que impresionó a Muñoz Molina, quizás cuando era un niño. Los Papas se trasladan hoy en vehículos blindados. Ya no hay porteadores, solo los miembros del servicio de seguridad del Pontífice.

Al escuchar la historia, la primera imagen que apareció en mi cabeza fue la de Juan XXIII, avanzando en su silla, por el pasillo central de la Basílica de San Pedro. La había visto en un documental, o en alguna fotografía. No puedo recordarlo.

Cómo he saltado de la imagen del Papa Juan XXIII a la calvicie televisiva del comisario Montalbano, es para mí un enigma. «Y también para el comisario Montalbano», diría Andrea Camilleri.

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