Luis Gorrochategui: «El relato lo es todo, y es moral»

Contra Armada  de Luis Gorrochategui,  es un libro que pone las cosas en su sitio. Revela, por un lado,  la derrota — ocultada durante más de cuatrocientos años—de la Contra Armada inglesa, la mayor victoria de España sobre Inglaterra. Y por otro,  derrumba una de las mayores mentiras de la historia:  el relato de la derrota de la Armada Invencible, obra de la propaganda inglesa.  «El que gana el relato, lo gana todo —afirma Luis Gorrochategui—. Lo demás es irrelevante».

Contra Armada (Crítica, 2020) es también la  reivindicación de la (olvidada) figura de la heroína coruñesa María Pita.

«¿Cómo es posible que no haya una superproducción cinematográfica o una buena serie sobre María Pita? Ese es uno de mis sueños».

Luis Gorrochategui es graduado en Filosofía. Ha escrito más de doscientos artículos en libros, revistas especializadas y periódicos, e impartido numerosas conferencias. Actualmente es profesor de Filosofía en el Instituto de ES Francisco Aguiar de Betanzos (La Coruña).

 

Entrevista a Luis Gorrochategui

«Tenemos que recuperar moralmente la Historia de España. La Historia no es otra cosa que un constructo moral. Al final,  todo es una historia de buenos y malos que, como seres humanos que pertenecemos a una nación, nos permite sentirnos cómodos dentro de nuestra piel». 

 


Comunicación Vitae (CV): Los ingleses lo hicieron muy bien.

Luis Gorrochategui (LG): Nos han contado la historia clásica de que Felipe II le ganó al turco en Lepanto y perdió contra el inglés. Esta historia atraviesa los siglos. En un relato que hemos importado, un relato muy bien construido por los ingleses en un momento crucial para Inglaterra. Un relato brillante, donde la verosimilitud es casi lo de menos. Lo importante es conseguir el impacto emocional de quien lo recibe. Los ingleses han entendido esto muy bien.

CV: Tan bien construido que nos lo hemos creído incluso nosotros.

LG: Entender qué ha pasado y cómo hemos llegado hasta aquí no es fácil. Por un lado, la construcción del relato de la «Invencible» fue muy intenso y crucial para la creación de la identidad inglesa. Por otro lado, Inglaterra ha incrementado muchísimo su influencia en todos los sentidos. Esto ha contribuido a que el relato de la «Invencible» se haya comido todo lo que ha tenido cerca; se ha comido incluso a Felipe II.

CV: El auge de la imprenta, nacida en un país protestante, fue crucial.

LG: Absolutamente. Hay que entender que el norte de Europa emprendió una batalla propagandística enorme. Esto no ha ocurrido con otros imperios

CV: ¿Qué se puede hacer contrarrestar este relato? 

LG: Es muy difícil construir un relato alternativo desde cero. Tiene que hacerlo alguien que no esté contaminado por su formación. La derrota de la Contra Armada no es un hecho tan propicio para la construcción de un mito. Además, España no estaba bien en 1589. Hemos sido buenos en la guerra, pero no en la construcción de un relato. En los siglos XVI, XVII y XVIII nos nos hacía falta el relato. Ahora nos hace falta de manera imperiosa.

«LA BATALLA POR EL RELATO HA DE SER NUESTRA NUEVA ESTRATEGIA».

 

CV: Llevas mucho tiempo hablando de la Contra Armada inglesa, ¿sientes como si predicaras en el desierto?

LG: No, no, en absoluto. Hay un interés extraordinario. Ya lo hubo en España en la primera edición de este libro y generó seguimiento. Propuse la publicación de este libro en Inglaterra. Pasó muchas cribas académicas y se publicó en 2018; generó mucho interés. Aunque el alcance de este libro ha sido fundamentalmente académico en las grandes universidades, ha llegado a la BBC, que ha realizado un documental en La Coruña. No es predicar en el desierto y más ahora que ha entrado en escena la editorial Crítica, que ha dirigido el libro al público general. Es un asunto muy llamativo.

CV: Esta leyenda antiespañola nos persigue aún.

LG: Los españoles tenemos una serie de lugares comunes negativos que hemos aprendido desde niños. Tenemos una imagen de España que tiene una sombra moral; un juicio moral sobre España y su historia. Por así decirlo, partimos con una clarísima desventaja solo por ser españoles. Es una losa.

CV: Y más en este momento en los que se pone en cuestión nuestro pasado.

LG: Estamos en un punto de inflexión, porque el constructo antiespañol tiene más de medio milenio, propaganda antiespañola que ha sido tan importante para la construcción del actual orden mundial. Entender lo que fue el imperio no es fácil. El imperio español es muy longevo y, en buena parte, inédito. La propaganda antiespañola es un hecho histórico de grandes dimensiones que llega hasta hoy; un hecho que, en sí mismo, debe ser analizado y desmenuzado. A España le ha tocado un papel superespecial en la historia. Ningún otro imperio ha sido sometido a este proceso.

CV: ¿Por qué esta propaganda?

LG: Se diseñó para debilitar al imperio que ocupaba más de la mitad del planeta. Así, España y el mundo hispánico se han diluido como un azucarillo en un vaso de leche. Y eso continúa. Vemos como se destruye la estatua de fray Junípero Serra en California, que ya es el colmo de los colmos. Hemos llegado al absurdo, hemos tocado fondo. Pero podemos rebotar, porque las acusaciones que se vierten contra el imperio son la tapadera de sus grandes virtudes.

CV: Por ejemplo…

LG: Por ejemplo, una de las acusaciones que se vierten sobre el imperio español es que fue genocida. El carácter más llamativo y diferencial que ha tenido el imperio respecto a todos los anteriores, Roma y Grecia, y los colonialismos posteriores es, precisamente, el respeto a los derechos humanos. Felipe II era un hombre muy preocupado por la vida de las personas que están bajo su jurisdicción. Y lo es por una cuestión cultural, moral y religiosa.

 

LG: El relato está caducando, porque la historiografía ha avanzado muchísimo. Aunque es muy difícil realizar estos trabajos, porque es muy difícil esquivar la distorsión histórica. Hay que cambiar el paradigma, el cuadro moral. Si no lo hacemos, no es bueno para nosotros. Tenemos que saber quienes fuimos, si no queremos desaparecer como pueblo. Si hacemos dejación de nuestra memoria histórica, vendrán otros países a llenar este vacío.

«HAY QUE RECUPERAR EL AMOR POR ESPAÑA».

Historia y ficción

CV: Los ingleses también han vencido en el terreno de la ficción. Patrick O´Brien escribió mas de veinte novelas de aventuras, sobre la marina inglesa. Parece como si los ingleses hubieran sido los dueños de los mares. Sus lectores son millones, muchos de ellos españoles.

LG: Lo que subyace es  algo de orden moral. Para construir un relato hay que querer construirlo, hay que estar motivado para hacerlo. Si O´ Brien escribió veinte  novelas, nosotros podemos escribir veinte mil. El conocimiento del lado marítimo del imperio español es absolutamente motivado y fascinante, inmensamente mayor que el ingles. Esto llevaría a que una generación de jóvenes escritores que quisieran escribir, por ejemplo, de la fascinante exploración española del planeta. Pero para eso hay que amar nuestra historia y conocerla. Imagina que se consiguiera una corriente traductora del español al inglés. Eso sería una gran victoria cultural.

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Una playa tranquila/ Relato

 

La dedicatoria que me escribió Domingo Villar en su segunda novela me ha traído hasta esta playa.

Recuerdo que salí de la editorial con mi libro dedicado bajo el brazo, y que comencé a leerlo sentado en un vagón del metro. Domingo Villar definía una palabra al empezar un capítulo. Como Petros Márkaris en algunas novelas del comisario ateniense Kostas Jaritos, coleccionista de diccionarios. Cuando, hacia la mitad del libro, definió «Taberna», tuve una revelación muy poco mística: sentí el irrefrenable deseo de comer suvlakis, las brochetas de carne asada por las que Jaritos siente debilidad, pero que su mujer aborrece. Se las toma a escondidas en alguna taberna. Y así fue como al verano siguiente, aterricé en Atenas, «una Ítaca urbana y moderna», y me aficioné al espeso café griego. Nada que ver con el delicado espresso del Torino, el bar favorito del comisario Guido Brunetti. Mirando a través de sus cristaleras, me di cuenta de que Venecia es solo una ciudad de provincias invadida.

Mis ventanas fueron, durante el confinamiento, la angustiosa frontera entre mi casa y las calles vacías, tan solitarias como esta playa. «Depende», diría con su sorna gallega el inspector Leo Caldas. Lo conocí en Ojos de agua, cuando investigaba su primer caso. Me reencontré con él años más tarde en La playa de los ahogados, la novela que me había dedicado Domingo Villar.

Paseando anoche por el adoquinado de la calle del Príncipe, me vino a la memoria lo primero que hice cuando me bajé del tren en la estación de Malmoe. Miré desde la esquina de la oficina de turismo, para saber si el depresivo inspector Kurt Wallander, podía ver a su exmujer entrando en el Hotel Savoy. El hotel estaba exactamente donde Henning Mankel había escrito que estaba. Recuerdo que, en aquel momento, pensé en cuántas cosas ridículas hacemos por amor, o algo parecido. El aguanieve convertía el pavimento del centro de Malmoe en una pista de patinaje. En eso se parece a Edimburgo. La lluvia deja el empedrado de la Ciudad Vieja brillante y escurridizo. En sus callejones hay fantasmas. Solo en Edimburgo podía haber nacido mister Hyde. Quizás por eso, el inspector John Rebus vive atormentado.

La brisa es suave y el ruido de las olas es apenas un susurro en esta playa cercana a Vigo. «¿Me habré convertido en un mitómano?», me interrogo de pronto. «¿Son todos estos policías de ficción mi mister Hyde?». Saco el móvil y consulto el diccionario:  «mitomanía. f.  2. Tendencia a mitificar o a admirar exageradamente a personas o cosas».

El inspector Caldas con mascarilla se planta delante mí, y me suelta: «Hazme un favor: vete al carallo».

Abro La playa de los ahogados y leo la dedicatoria que Domingo Villar me escribió diez años atrás: «Cuando la vida te ahogue que siempre encuentres una playa tranquila en la que descansar». Paso la página y es como si me hubieran pegado un tiro a bocajarro: «Ahogar. 1. Quitar la vida, impidiendo la respiración. 3. Hacer sentir angustia, congoja o tristeza a una persona. 5. Extinguir, apagar».

Mi padre se apagó en un hospital, ahogado en soledad, durante el confinamiento.

Leo Caldas me obsequiaría con un cigarrillo.

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Confinamiento, lectura y las voces del horror

Para Eduardo Martínez Rico.

 

No he leído ni un solo libro durante el confinamiento. No podía. Lo intenté varias veces. Ni me concentraba ni conseguía retener lo leído, y tenía que volver, una y otra vez, a la página anterior. Desistí. Eso sí, de leer noticias me he hartado, sobre todo los primeros días. Hacia la tercera semana de encierro, decidí que mi dieta informativa consistiría en un recorrido matutino por los titulares de los periódicos y continuar escuchando la radio. No quería (no podía) vivir ajeno a lo que ocurría extramuros de mi casa.

Las mágicas ondas de la radio traspasaron esas paredes. Colaron en mi comedor, en la cocina, en el dormitorio, las voces del horror: parados; familias hambrientas; hijos que no habían podido despedirse de sus padres ancianos, agonizantes en soledad; empresarios arruinados; médicos y enfermeras desbordados y contagiados, muertos; políticos canallas y mentirosos.

No podía leer porque la realidad me estaba absorbiendo. Mi voluntad era leer, pero las poderosas emociones que estaba viviendo me lo impedían, desviaban mi atención. Por eso no conseguía poner el foco en la lectura. Recordé haber escuchado al escritor griego Petros Márkaris —el padre literario del magnífico teniente Jaritos— decir en una conferencia que él no podía escribir sobre las oleadas de refugiados que en aquellos días llegaban a las islas griegas, hasta pasado un tiempo. Necesito alejarme emocionalmente, dijo el gran narrador de la Grecia moderna.

Y si para escribir hay que alejarse de las emociones —tampoco he escrito nada—, lo mismo creo que puede decirse del acto de leer. Los humanos no nacimos para leer; hemos tenido que aprender. Miles de años de evolución. Leer —a diferencia de escuchar la radio—requiere atención plena. Atención para desvincularnos de lo que estemos haciendo; atención para centrarnos en las palabras de un libro; y, finalmente, atención para entrar en acción: leer. Emocionalmente, el confinamiento ha sido para mí una brutal montaña rusa. Por eso no podía leer: no conseguía librarme del horror.

Le conté a un amigo, el escritor Eduardo Martínez Rico, lo que me pasaba. Lo siento mucho, me dijo con tono grave. A los pocos días, escribió en su blog de Zenda que los libros son la solución. Subscribo, de la cruz a la raya, lo que en aquel artículo decía. Tiene razón Eduardo y yo sé que la tiene, los libros son la solución: para encontrar remedios a nuestros males, para divertirnos, para enseñarnos a vivir. Y por eso me dijo que lo sentía; no podía decirme ninguna otra cosa. Es lo mismo que yo hubiera contestado a quien me hubiera contado que su novia se había fugado con su mejor amigo.

La realidad ha sucedido antes en los libros, escribía también Eduardo. Es verdad. Pero, ¿qué es realidad? ¿Es más fuerte la realidad que la ficción? La realidad no existe. Cada uno de nosotros la percibimos de manera diferente. ¿Cómo la percibía yo? Las voces del horror,  me golpeaban, como el «ploc» constante de la gota de agua del aljibe que escuchaba el teniente Giovanni Drogo, en la oscuridad de su cuarto, aislado en la Fortaleza. El «ploc» impedía dormir al teniente Drogo. Y no tenía un libro para aguantar su soledad. Así lo cuenta Dino Buzzati en El desierto de los tártaros.

La Fortaleza era el último bastión defensivo frente a un desierto que ningún enemigo había cruzado nunca, una «frontera muerta». Y eso es lo que yo veía desde mi ventana —mi frontera muerta—: un desierto tártaro por el que, montado en cada aliento, cabalgaba un enemigo invisible. Un enemigo sin estrategia, sin armas, pero letal. Un enemigo agazapado, mudo, que —pensaba el teniente Drogo de los tártaros que nunca vio— esperaba la oscuridad para atacar.

Yo, a diferencia de  Giovanni Drogo, sí tenía libros. Muchos. Me miraban —silentes— desde los anaqueles blancos, desde la mesilla auxiliar, junto a mi sillón de lectura; soy incapaz de leer en la cama. Quería alargar la mano y abrirlos. Pero no podía. Tenía pesadillas en la que quería huir, pero no podía moverme. Milagrosamente, me despertaba angustiado, sudando.

Y de la misma manera asombrosa en que me despertaba de aquellas pesadillas atormentadas, me descubrí leyendo. De corrido. La radio había dicho esa mañana que era el día cuarenta y uno del confinamiento. Una cuarentena.

 

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La mascarilla de Margarita del Valle/ Relato

 

Margarita del Valle ha muerto. Sola.

Sus cenizas están en una urna, dentro de una bolsa roja. En otra bolsa, sellada, dentro de otras dos, una auxiliar me ha entregado sus pertenencias. Una mascarilla cubría la cara de la mujer hasta los ojos. Iba forrada con un mono blanco, como los forenses de las series que le gustaban a Margarita del Valle.

—Siempre quise ser abogada, pero ser la hija de un guardia civil no daba para irse a estudiar a Madrid—me dijo.

La mujer ha bajado la mirada al darme las bolsas. «En un mundo de mascarillas, solo los ojos podrán expresar sentimientos», pienso mientras guardo en el maletero las bolsas. Ropa, un teléfono y la biografía de Isabel I, ha escrito alguien en un papel con el membrete de la residencia. La serie de televisión de la Reina de Castilla era una de sus favoritas.

—En el Castillo de la Mota he pasado yo muchos veranos— me dijo una tarde Margarita del Valle mientras veíamos la serie de aquella mujer que cambió el mundo. Era finales de julio. El sol rebotaba en una pared blanca y su luz inclemente traspasaba las cortinas transparentes del ventanal del salón.  Margarita del Valle se puso unas gafas de sol y continuó limándose las uñas. «Tenían forma de almendra, como las de Madame Bovary», recuerdo que pensé en aquel momento.

¿Tuvo Margarita del Valle algún amante?, me pregunto y conecto el aire acondicionado del coche. El aire fresco que invade el habitáculo hace que evoque el portal  de la casa donde nací y viví hasta los siete años. Siempre en penumbra, rectangular, con un techo muy alto del que colgaba un farol como los que había en la proa del barco de El Capitán Trueno; la única luz que le llegaba era la de una ventana al final de la escalera que conducía hasta mi casa, en el primer piso.  En los calurosos meses del verano mesetario,  yo solía juguetear a la sombra en un patio empedrado de paredes encaladas, rodeado de flores. A media mañana  sonaban tres golpes en el llamador de la puerta, seguidos de un grito: «¡Cartero!» Yo corría desde el patio hasta el portal, y me invadía el frescor de los lugares donde nunca llega el sol, me paraba, y luego abría la puerta, recogía las cartas y las repartía a los vecinos. 

Recuerdo que siendo yo un niño recogía una postal que venía de Italia, firmada por un tal Gi-or-gio.

En una estantería de la casa de Margarita del Valle hay dos diccionarios de italiano, una gramática, y unos cuadernos forrados con flores de lis, en los que se había ejercitado con las conjugaciones de los verbos. Io sono, tu sei, lui/ lei… Su letra se extendía hacía los lados y hacía abajo: los palos de las efes y de las pes eran largos y delgados, abiertos a la derecha, y que con el paso de los años —y ella se fue encorvando— se habían ido haciendo más temblorosos y alargados, como si fueran los dedos de las manos de las figuras de los cuadros del Greco.

En las últimas navidades, Margarita le pidió a mi hermana que buscara a Giorgio, un cardiólogo de Pisa. No recordaba nada más. Nadie respondió a los mensajes de Facebook que mi hermana envió.

«Tiene que desinfectar esos objetos», me ha dicho la mujer, a través de la mascarilla azul. No solo los ojos; también la voz, me digo. Me pareció que tenía el mismo acento que la camarera que le servía el desayuno. Desde que se había jubilado, Margarita del Valle desayunaba todos los días en la misma mesa del mismo hotel: café con leche y tostadas con mantequilla y mermelada de fresa o de melocotón. En invierno se ponía su abrigo de visón y un sombrero de fieltro marrón, y en verano, pantalones blancos de lino que combinaba con camisas sueltas de colores. El sombrero se lo había comprado en París; yo estaba con ella. Fue mi primer viaje al extranjero: entonces yo era imberbe y ella había recorrido medio mundo.

¡Volare, oh, oh…! El sonido de la melodía, que suena a mi espalda, hace que pise de golpe el freno y gire la cabeza. ¡Cantare, oh, oh, oh…! Y la melodía se extingue, arrastrando un último ¡oh! La batería se ha terminado, pienso. Volare, el tono de llamada de su teléfono.  Morir en soledad es cruel.

«Tengo noventa euros en el bolsillo y te invito a un café», decía el mensaje que recibí por wasap a finales de agosto pasado. Venía acompañada de una foto de Margarita del Valle con sus pantalones blancos y una camisa azul con flores rosas y blancas. Su noventa cumpleaños.

—El secreto de un buen café es la mescolanza— me dijo.

—¿Cómo se te ocurrió llamarte Margarita del Valle?— le pregunté a bocajarro. Dobló el papel del azucarillo, movió los ojos, y me dijo que todo había comenzado en el Castillo de La Mota, lugar de reunión los veranos de las chicas de la Sección Femenina, en los que coincidía con muchas niñas bien de Madrid.

Sonrío coqueta y me dijo:

— Yo tenía éxito entre los hermanos de aquellas chicas; que, aunque nunca me he maquillado, he sido bien guapa y mis piernas causaban furor— Y me mostró una foto que llevaba en su teléfono.  Se la veía apoyada en la barandilla de la playa de la Concha con pantalones cortos.

— Muy cortos, para mediados de los sesenta, ya lo sé—apostilló, adivinando mis pensamientos.— Hizo una breve pausa y continuó—: Aquellos chicos estudiaban ingenierías o eran tenientes de las academias militares, y yo era solo una maestra. En el primer pueblo al que fui a dar clases, los niños no levantaban la mano para preguntar; lo hacían para pedir permiso para ir a dar de comer a los cerdos o a las gallinas—Y siguió doblando, como si fuera un abanico, el papel del sobrecito de azúcar.

No me atreví a interrumpir su relato.

—Nací en Fernancaballero, que es un pseudónimo, y se me ocurrió ponerme otro nombre—continuó—. Y si el tenientito o el ingeniero querían ir más lejos, pues Margarita del Valle se evaporaba—dijo, moviendo sus grandes pestañas.

«Hace sesenta años, Margarita del Valle ya usaba mascarilla», pensé,

— ¿Y Giorgio?— recuerdo que le pregunté.

Como si fuera una pregunta que llevaba esperando contestar toda su vida, dijo:

—Giorgio, querido sobrino, era italiano.

 

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Autoestima, seguridad, poder personal y teletrabajo

 

¿Cómo afecta a nuestra autoestima el uso de dispositivos móviles? ¿Y a la confianza? ¿Qué le ocurre a nuestra asertividad? ¿Y a la productividad y la eficiencia? ¿Cómo se resiente nuestra salud? Y todo ello afecta a nuestra Marca Personal.

autoestima, seguridad, poder personal y pantallas, japonesa con un teléfono móvil

Todo los aspectos antes mencionados están relacionados —según  Amy Cuddy, psicóloga social en la Escuelas de Negocios de Harvard—, con una cualidad a la que  llama presencia. Y está relacionada con nuestro poder personal. Afecta, por tanto, muy directamente a nuestra Marca Personal.

La presencia es el estado de ser conscientes de nuestros verdaderos pensamientos, sentimientos, valores y potencial y se capaces de expresarlos y sintiéndonos a gusto


 

En los días de confinamiento hemos incrementado el uso de dispositivos móviles. Desde el teletrabajo y el uso de la videoconferencia, hasta la visión de series, películas y espectáculos gratuitos, y consumo de videojuegos, pasando por la lectura y respuesta de multitud de mensajes.

Y una dato más: desde que se inició la cuarentena ha aumentado en España el consumo de lectura en dispositivos digitales.

Por un lado, conviene pensar que, después del confinamiento, el teletrabajo ha venido muy probablemente para quedarse.  Los últimos datos apuntan a que 4 millones de españoles has estado (o están) teletrabajando.

Y por otro, que volveremos a tener entrevistas de trabajo o con otras personas, y volver a viajar en transporte público, siempre que se autorice. O sea, usaremos los dispositivos móviles en los tiempos espera y/o durante el viaje.

¿Somos conscientes de la postura que adoptamos cuando usamos el teléfono móvil o la tableta durante un periodo prolongado de tiempo?

Autoestima, confianza y poder personal. La presencia

 

Amy Cuddy llama a la posición que adoptamos cuando pasamos horas seguidas inclinados mirando el móvil, la tableta y el portátil, la «iPostura». De ella habla en su libro El poder de la presencia.

Además de provocarnos dolores de cuello y espalda, y dolores de cabeza, la «iPostura» afecta a nuestra autoestima y confianza, dice Amy Cuddy. Y a nuestra asertividad, a la productividad y a la eficiencia. Porque son posturas que nos hacen perder poder.

Los estudios que Amy Cuddy ha realizado confirman que cuánto más tiempo pasamos en posturas encogidas e introvertidas, más sin poder nos sentimos.

Y llega a una conclusión.

Cuánto más pequeños son los dispositivos que usemos (teléfonos, tabletas, videoconsolas, portátil, ordenador), incluso durante cortos espacios de tiempo, más contraemos el cuerpo para usarlos. En consecuencia, menos poder tenemos.

autoestima y posturas corporales, maquetas de cuerpos humanos

Prepárate y adopta posturas de poder

 

A continuación te ofrezco algunos de los sencillos consejos —al alcance de cualquiera, por tanto— que Amy Cuddy ofrece en el libro El poder de la presencia.

 — Postura preparatoria. Prepararse para adoptar posturas de poder es optimizar nuestro cerebro para que esté presente al cien por cien.

 «Cabeza erguida, pecho fuera, hombros atrás y los hombros cayendo a lo largo del cuerpo», canta un coro infantil en el primer acto de la ópera Carmen, imitando a la tropa que hace el cambio de guardia. O sea, la «posición de firmes» de los soldados. El famoso «ponte derecho» de nuestras madres y abuelas.

Y recuerda que respirar con lentitud y profundidad te tranquiliza.

— Posturas Generales. Las posturas de poder son expansivas (el cuerpo ocupa un lugar considerable) y abiertas (brazos y piernas están separados del cuerpo). Nos proporcionan autoestima, confianza y seguridad en nosotros mismos. En su charla TED, Amy Cuddy hizo famosa la postura Super Woman.

autoestima, Amy Cuddy y super woman

— Delante de una pantalla.

          • Hazte consciente al instante de que empiezas a achicharte , a hundirte, adoptando una postura delante de la pantalla de «iJoroba».
          • Pon una alarma en el móvil para recordarte que tienes que prestan atención a la postura.
          • Coloca pósits sobre la pantalla del ordenador para avisarte o recurre a familiares ( si estás en casa) o compañeros de trabajo, para que te avisen de que te estás encorvando.
          • Si estás en casa, por ejemplo, cepíllate los dientes apoyando un brazo en la cadera, igual que si estás cocinando. Si estás en el trabajo, sal a un descansillo o ve al cuarto de baño, y adopta posturas de poder.

El cuerpo influye en la mente y la mente influye en la conducta. Pero el cuerpo también se dirige a sí mismo.

— AMY CUDDY

 


 

— Ante una entrevista de trabajo o una cita.

          • Aprovecha en publico los espacios privados como ascensor, lavabos o rellanos para adoptar posturas de poder.
          • No te sientes en las salas de espera, encorvado sobre el móvil. Camina un poco. Si no puedes adoptar una postura de poder, visualízala.
          • Si no te queda mas remedio que estar sentado, rodea con los brazos el respaldo y agárrete las manos por detrás. Así enderezas la espalda y abres el pecho.

Autoestima y Marca Personal

 

Cuando nos sentimos poderosos y seguros, nuestros pensamientos fluyen, nos sube la autoestima. Y eso se nota en nuestra voz. Nos hace parecer más expresivos y relajados. Y eso, los demás lo notan. Como notan exactamente lo contrario. Y es entonces cuando nuestra Marca Personal está en juego.

¿Qué te impide ponerlo en práctica?

 

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Descarga en   la reseña de El poder de la presencia, que publiqué en la revista Registradores

 

 

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La guerra de las galaxias: un sueño colectivo

 

«La guerra de la Galaxias es un sueño colectivo. Georges Lucas renovó el mito, escribió algo nuevo». Esto es lo que sostiene el escritor Eduardo Martínez Rico, autor de La guerra de las galaxias: el mito renovado (2017), en una entrevista con ocasión del estreno las navidades de 2019 del  episodio IX, «El ascenso de Skywalker».

la guerra de las galaxias, un sueño colectivo, Eduardo Martinez Rico
Eduardo Martínez Rico es doctor en Filología Hispánica, escritor y periodista. En la actualidad escribe el blog “Cuaderno de campo” en la revista digital “Zenda”. Se dedica tanto a la narrativa como al ensayo. En “La Guerra de las galaxias. El mito renovado” (2017), un viaje a la cultura popular y la infancia, combina ambos estilos literarios.

Entrevista a Eduardo Martínez Rico

 


«La guerra de las galaxias es algo muy afectivo, muy nuestro. Algo íntimo. En la guerra de las galaxias nos encontramos a nosotros mismos, engrandecidos. El mito es un alimento de la persona».

 


«La Guerra de las Galaxias: el mito renovado» se actualiza conforme avanza la saga galáctica. Se editó por primera vez en 2008. La ultima edición es de 2017. Un ensayo profusamente ilustrado con imágenes, viñetas, carteles, portadas de libros, que forman parte de la cultura popular.

 

En esta nota te ofrezco un extracto de la entrevista mantenida con Eduardo Martínez Rico. La entrevista completa puedes escucharla y descargarla en formato podcast. Unos 30 minutos de duración.

La guerra de las galaxias: un sueño colectivo

 

COMUNICACIÓN VITAE (CV): Quizás nunca antes un episodio de La guerra de las galaxias había despertado tanta polémica con el IX. ¿Qué te ha parecido a ti?

EDUARDO MARTÍNEZ RICO (EMR): A mí me ha gustado. Me parece un cierre brillante. Yo siempre pienso cuando hay polémica con un episodio de La guerra de las galaxias, que somos millones de espectadores en el mundo opinando. Y no lo seguimos de una manera indiferente, sino que es algo muy afectivo, muy nuestro.

CV: ¿Cuál es el pegamento que une a tres generaciones de espectadores en todo el mundo, de todas las culturas?

EMR: La clave está en la documentación tan personal que hizo Lucas. Leyó el Héroe de las mil caras de Joseph Campbell y varios libros de este mitólogo. La guerra de las galaxias no habla de un mito concreto. Es difícil localizar los mitos que cuenta La guerra de las galaxias. Lo que tiene es una función mitológica. La guerra de las galaxias es muy onírica, es como un sueño colectivo. Decía Campbell que ˝el mito es un sueño colectivo y el sueño, un mito personal». Lucas se documentó y escribió algo nuevo.


«La guerra de las galaxias es una evolución natural de esas novelas y películas de aventuras que nos han fascinado. Han Solo es un pirata que se casa con la princesa».

 


CV: En tu blog de Zenda escribes que La guerra de las galaxias cuenta cosas complicadas de manera muy sencilla. ¿Qué has querido decir?

EMR: Es una característica de Lucas. Se ve cuando contesta entrevistas. Es pausado y su lenguaje sencillo. Y así son sus películas. Creo que eso se debe a que asimiló tanto y tan bien toda la información que obtuvo y que responde a su propia inquietud. Necesitaba saber quien era él y que es lo que nos pasa cuando leemos una novela o cuando vemos una película. Los diálogos son sencillos, la fuerza está en las imágenes, el sonido y los efectos especiales.

«El lenguaje sencillo es el lenguaje de los grandes maestros».

 

CV: Dices también que La guerra de las galaxias es una metáfora de nuestra época.

EMR: En realidad lo dice mi coach y amiga, Carmen Giménez— Cuenca. Fui a ver el episodio 9 con ella. Lo que yo pienso es que estas películas son un gran arquetipo histórico. Lucas creó un modelo que resume un momento momento histórico en la vida del hombre. Lucas pone el microscopio para enseñarnos como se produce eso, en cómo un solo hombre puede ser decisivo para que se produzca un gran cambio histórico. Anakin Skywalker pasa del bien al mal por amor y con ese paso ayuda a pasar de la república al imperio. Esto ha pasado con Julio César o Napoleón, y seguirá pasando.

Audio completo de la entrevista

 

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Reseña del libro La guerra de las galaxias: el mito renovado.

 

 

 

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Fracaso y miedo, según Natalia Gómez del Pozuelo

 

Fracaso es una palabra maldita. No lo es menos el término error. Fracaso y error están ligados al miedo. Y este es el asunto del que trata el libro Hipolina Quitamiedos (Ediciones Urano, 2019), una novela gráfica de Natalia Gómez del Pozuelo, ilustrada por la dibujante y diseñadora gráfica Evaduna.

fracaso, Natalia Gomez del Pozuelo
Natalia Gómez del Pozuelo es conferenciante y formadora especializada en comunicación y en ayudar a los profesionales a perder el miedo a hablar en público.

Entrevista a Natalia Gómez del Pozuelo

‘Hipolina Quitamiedos’ es una novela gráfica y también, en la parte inferior,  un breve ensayo sobre el miedo. Puede leerse como un tebeo, como un ensayo; primero el uno y luego el otro, o viceversa. O ambos a la vez.

 


«Desde pequeños nos amenazaban con el fuego eterno o con el hombre del saco si hacíamos las cosas según alguien calificaba como ‘mal’. Por ello, fallar es un miedo que nos ha introducido la educación de forma muy profunda».

— NATALIA GÓMEZ DEL POZUELO


El miedo es una emoción humana desde que la humanidad existe. En Twitter existe la etiqueta #miedos. Natalia Gómez del Pozuelo la utiliza en sus tuits con frecuencia. Del miedo, precisamente, habla su último libro. Pero también del fracaso y del error, que con el miedo, forman un circulo vicioso.

Curiosamente, en esa red social —donde más del 56% de los mensaje son de autobombo—, nadie quiere hablar de fracaso. Una palabra, a todas luces, maldita. Nadie quiere fracasar. Nadie reconoce haberlo hecho. Es una mancha, una huella indeleble, un sambenito que nadie desea portar.

Fracaso, miedo y error

 

COMUNICACIÓN VITAE (CV): ¿Ha cambiado en España la percepción que tenemos sobre el fracaso?

Natalia Gómez del Pozuelo (NGdP): Yo creo que, aunque se escucha mucho hablar a profesionales de Estados Unidos sobre la importancia y la necesidad de fracasar, en España seguimos tendiendo a ocultarlo o a disfrazarlo. Sigue siendo uno de los miedos más extendidos en el entorno laboral.

Desde pequeños nos amenazaban con el fuego eterno o con el hombre del saco si hacíamos las cosas según alguien calificaba como “mal“, por ello fallar es un miedo que nos ha introducido la educación de forma muy profunda.

Si uno ve a un niño aprendiendo a andar, se da cuenta de que el dominar cualquier habilidad pasa por: intentarlo, caerse, levantarse, afinar la técnica y volver a intentarlo.


«Nadie puede pasar de gatear a correr una maratón sin fracasos y nuevos intentos».

 


 

En las empresas, convendría tener en cuenta que caerse es inherente al aprendizaje y que es importante que las personas empiecen aprendiendo en áreas en las que les resulta más fácil y luego ir paulatinamente ampliando el conocimiento.

Una cultura que culpabiliza los errores o que produce inseguridad laboral, un jefe poco previsible, tecnologías para las que uno está poco preparado, entre muchas otras, son las mejores fábricas de miedo

CV: Por su experiencia en el contacto con otras mujeres, a través de Womenalia, ¿considera que el miedo al fracaso echa para atrás a muchas mujeres a la hora de emprender?

NGdP: La brecha de género entre emprendedores y emprendedoras disminuye cada vez más, según el Informe Mundial GEM 2018/19 (Global Entrepreneurship Monitor). En España, por cada diez hombres que emprenden hay nueve mujeres que inician un negocio, superando la media de Europa, que es de seis mujeres por cada diez hombres.

Un dato interesante es que los negocios emprendidos por mujeres tienen una mayor tasa de supervivencia. Yo creo que las mujeres cada vez se atreven más, aunque siguen teniendo dificultades a la hora de lograr financiación.

CV: ¿Existe una manera diferente de entender y gestionar el miedo por los hombres y por las mujeres, en el seno de una empresa?

NGdP: Según el GEM  las mujeres tienen mayor miedo al fracaso y, según mi experiencia entrenando a cientos de mujeres a hablar en público, eso tiene que ver con un alto grado de perfeccionismo y a un cierto autosabotaje mental.

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Natalia Gómez del Pozuelo, o la risa versus el miedo

 

Vivimos tiempos difíciles para los profesionales, con cambios y amenazas permanentes. En este contexto,  Natalia Gómez del Pozuelo  ha escrito  Hipolina Quitamiedos, para que «el lector pueda observar sus temores con distancia para así conocerlos y evitar que le paralicen».

natalia gomez del pozuelo, sala Komo
«Los miedos pueden servir como palanca de crecimiento, tanto profesional como personal». —Natalia Gómez del Pozuelo

Entrevista a Natalia Gómez del Pozuelo

Natalia Gómez del Pozuelo, conferenciante y formadora especializada en comunicación y en ayudar a los profesionales a perder el miedo a hablar en público, acaba de publicar una novela gráfica, Hipolina Quitamiedos.


«Es un libro pequeñito pero matón, ya que es fácil y ameno, pero tiene bastante profundidad».


Fábricas de miedo

 

COMUNICACIÓN VITAE (CV): Habitualmente, utiliza las historias como forma de expresar sus ideas. Ahora ha dado un paso más. ¿Cómo ha sido el proceso creativo? ¿Cómo se ha sentido?

NATALIA GÓMEZ del POZUELO (NGdP): Es cierto. El último ensayo que escribí, hace ya cinco años, El código del garbanzo trataba sobre lo femenino y lo masculino y era novelado. En Hipolina Quitamiedos he utilizado, como vehículo, una novela gráfica en combinación con un breve ensayo.

En la parte de arriba de las páginas hay una historia muy entretenida, en la que Max, un ingeniero, comete un error informático y produce una pequeña catástrofe que afecta a toda la empresa.  Abajo, se explican los motivos técnicos y científicos de las reacciones de los personajes.

Ha sido un proceso creativo muy interesante. Afortunadamente, se ha producido una relación muy positiva entre la creatividad de la ilustradora Evaduna y la mía: sus ideas sacaban chispas nuevas en las mías y viceversa. Muy enriquecedor. Damos las gracias al editor por dejar vía libre a la expresión de esa creatividad.

CV: El miedo es una de las emociones básicas ¿Es la más contagiosa en una empresa?

NGdP:Todas las emociones son contagiosas, el miedo, la seguridad, la alegría, la tristeza. Como dice Paul Ekman, la emoción es expresada mediante un sistema de señas universales e involuntarias.

El mecanismo biológico de este contagio tiene mucho que ver con la dopamina y la oxitocina. La emoción se activa con lo que recibe del exterior y tiene su efecto en el cuerpo.

Las alteraciones de ánimo tienen efecto colectivo.

 

CV: ¿Cuáles son los mejores aliados del miedo en una empresa?

NGdP: Una cultura que culpabiliza los errores o que produce inseguridad laboral, un jefe poco previsible, tecnologías para las que uno está poco preparado, entre muchas otras, son las mejores fábricas de miedo.

natalia gomez del pozuelo, charla TED
«Lo que más miedo produce, tiene que ver con la pérdida del empleo, ya que lo asociamos a la supervivencia y a nuestra necesidad de disponer de recursos». —Natalia Gómez del Pozuelo

Trabajar en un campo de minas

 

CV: ¿Hay hoy un miedo añadido dentro de la empresa, como consecuencia del vertiginoso cambio tecnológico en que vivimos?

NGdP: En el libro abordo los miedos que producen las nuevas tecnologías desde diferentes ángulos: por un lado, nos guste o no, cada vez vamos a tener un mayor trato con bots, aparatos, objetos… Por eso he elegido como protagonista a Hipolina, una Asistente Virtual tipo Siri o Alexa con un toque más gamberro.

Además, hablo de otros miedos que producen las nuevas tecnologías: la sobredosis de información, la imposibilidad de responder a todo, el miedo a la automatización y a que el puesto de trabajo deje de existir, las fake news o fake vídeos, el hecho de que un error informático pueda causar un cataclismo, que es precisamente lo que sucede en el libro, el que los “malos” estén a un clic de distancia… Todo ello hace que el profesional actual sienta que trabaja en un campo de minas.

Pero, insisto, el miedo nos puede paralizar o lo podemos utilizar como palanca, para ello, recomiendo que los lectores disfruten con Hipolina Quitamiedos.

La risa, un alivio

 

CV: ¿Es el humor un antídoto contra el miedo?

NGdP: Sin duda. Según Alison Beard, la risa alivia el estrés, aumenta el compromiso y el bienestar, estimula la creatividad, la colaboración, la precisión analítica y la productividad.  Otra profesora de Harvard, Alison Wood Brooks, demostró que las personas que hacen reír a los demás son percibidas como más seguras y más competentes.


Reírse de uno mismo y no tomarse muy en serio, ayuda a tolerar el miedo y a aceptarlo con menor resistencia.— Natalia Gómez del Pozuelo


 

CV: ¿Qué otros remedios hay?

NGdP: Hipolina da unas pautas que se pueden seguir en los momentos de tensión. Lo primero y más importante es…

«Respirar»: hacer dos o tres respiraciones abdominales para evitar que el cerebro siga enviando adrenalina y cortisol por el torrente sanguíneo y así frenar la espiral del miedo. Luego… «Observar» lo que produce en el cuerpo la tensión, conocerla. ¿Dónde hay contracción? ¿En qué parte del cuerpo actúa? ¿Qué está impidiendo que uno haga?

«Levantarse» cuando uno se ha caído. A lo largo de la carrera profesional, uno se cae como parte del proceso de aprendizaje, es lo natural, al igual que levantarse. No hay más que pensar en un niño que aprende a andar y en cómo lo hace. «Afinar» el procedimiento para dejar de caerse. Volviendo al ejemplo, el niño, de manera inconsciente, modifica el centro de gravedad para evitar la caída. Lo mismo sucede en la profesión: si uno se cae, levantarse es importante, pero mejorar el proceso también.

Y, para terminar, apoyarse en los propios «Valores»: la integridad.  Es decir, actuar según los propios valores, es un gran antídoto contra el miedo.

El verdadero VALOR no es la ausencia de miedo sino mantenerse en la acción a pesar de él.

 

 

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