David Hernández de la Fuente: «Los clásicos son una necesidad»

«Los clásicos son, ante todo, una escuela de pensamiento crítico y libre. Por eso, volver a los clásicos en tiempos de zozobra es una necesidad». Así de rotundo se muestra  el escritor David Hernández de la Fuente en esta  entrevista.

David Hernández de la Fuente en su despacho
David Hernández de la Fuente. Catedrático de Filología Clásica en la Universidad Complutense. Escritor, traductor y ensayista. Ganador del Premio de Narrativa Joven de la Comunidad de Madrid y del Premio de Narrativa Alfons el Magnànim. Foto: Enrique Rivera, cortesía de Ariel Editorial.

 

He hablado con David Hernández de la Fuente en su despacho de la Facultad de Filología de la Complutense —entre libros de Platón, Aristóteles y toda la compañía—, a propósito de El hilo de Oro (Ariel, 2021). Es este un interesante y documentado ensayo con un sugestivo e inequívoco subtítulo: Los clásicos en el laberinto de hoy.

La Facultad está prácticamente vacía: son los últimos días del curso y además, vivimos tiempos de pandemia. «Los antiguos has pasado por experiencias muy similares de pandemias, guerras y crisis de toda índole, y tienen consejos filosóficos, morales, y de todo tipo, para afrontar esas situaciones» —dice el profesor David Hernández de la Fuente. Nada nuevo bajo el sol.

Entrevista a David Hernández de la Fuente

«El hilo de oro» es una oportuna reflexión sobre lo que la Antigüedad  puede ofrecer hoy a nuestro complicado mundo, marcado por diferentes crisis. El libro es además una defensa firme del regreso a la enseñanza de las humanidades.

 

Pregunta (P): ¿Qué sentido tiene hablar en el siglo XXI del mundo clásico?

Respuesta (R): Tiene más sentido que nunca, porque estamos necesitados de modelos. En Occidente hemos estado a vueltas con el concepto de lo clásico siempre: de donde venimos, cuál es nuestro origen. En España, en Europa, en el mundo occidental, Grecia y Roma son los orígenes indiscutibles.

P: O sea, que nunca los hemos abandonado.

R: Estamos siempre intentado redefinirnos. Qué duda cabe de que de cualquier revolución cultural, cualquier cambio en los paradigmas estéticos o políticos ha estado basado y condicionado por una especie de eterno retorno a los antiguos. Nuestros regímenes políticos están basados en la república romana y la democracia ateniense. Todos los géneros literarios tienen su origen en el mundo antiguo.

«LA IDEA DE VOLVER A LOS CLÁSICOS ES UN POCO FALAZ, PORQUE NUNCA NOS HEMOS APARTADO DEMASIADO DE ELLOS.»

 

P: En el también libro explicas, por ejemplo, la importancia de la formación clásica  en un político controvertido y mediático, Boris Johnson.

R:  Boris Johnson tiene una gran formación clásica, sobre todo, en retórica. La retórica es el arte de la persuasión por la palabra, por el gesto. Es un arte muy antiguo. Aristóteles, Quintiliano o Cicerón escribieron grandes manuales de expresión oral y de persuasión política.  Boris Johnson y Donald Trump  han contado con asesores muy versados en la retórica clásica y conocedores, sobre todo, del gran historiador Tucídides, autor de  la Guerra del Peloponeso, un autor muy de actualidad. Leerlo es una lección de política. El politólogo estadounidense Graham Allison habla de la «trampa de Tucídides» para referirse al «inevitable» conflicto entre China y Estados Unidos.


«Los clásicos son maestros en la moderación, que es, obviamente, el punto medio. Una de las preocupaciones del libro es traer a la actualidad esta manera de pensar, que nos puede llevar a una armonía social.»

— DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE

 

David Hernández de la Fuente, escultura de rostro y figura
Foto: Exposición «La imagen humana». CaixaForum Madrid. 2021

Humanidades y planes de estudio

 

P: Sin embargo, las humanidades están desapareciendo de los planes de estudio.

R: Es una paradoja muy interesante.  Pero si echamos un vistazo a un quiosco o a las mesas de novedades de una librería hay multitud de revistas y libros sobre historia antigua, arqueología, sobre el mundo clásico, en general. Sin embargo, las autoridades educativas que diseñan los planes de estudios, sobre todo en secundaria, han considerado oportuno reducir la carga lectiva de las materias clásicas: la historia, la filosofía y, sobre todo, el latín y el griego, que han desaparecido del panorama, cuando hasta hace no mucho eran de las más importantes. La reducción de las humanidades en el curriculum es una tendencia general, salvo quizás en Italia y Francia.

P: Pero hay, como señalas, un interés manifiesto…

R:  En el libro defiendo el regreso a esas enseñanzas porque, ante todo, son una escuela de pensamiento crítico y libre: son una necesidad. Si la educación no nos proporciona esto, tenemos que buscarlo fuera. Pensemos, por ejemplo, en el interés por la novela histórica, por series y películas que abordan los temas claves de la antigüedad clásica.

«BUSCAMOS UN CONOCIMIENTO QUE NOS ESTÁ SIENDO HURTADO POR LAS AUTORIDADES ACADÉMICAS.» 

 

P: ¿Cómo influye esta carencia en la educación?

R: En la calidad del aprendizaje. La ortografía, la sintaxis y la redacción de nuestros alumnos de universidad han empeorado bastante, por no hablar de la cultura general. Y no quiero decir que esta carencia sea la única causa. Otras materias de moda –como las ciencias empresariales– pueden dar un rédito más inmediato, pero no es tan duradero cultural y espiritualmente como los dan las humanidades.


«En el momento más importante de la formación del individuo como persona que es la secundaria, hay que hablar de filosofía, de Platón y de literatura clásica, y quizás menos de otras cosas que luego aprenderán».

—DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE


P: Has ganado un premio de narrativa juvenil. ¿Pueden ser la gamificación, los juegos, una manera de dar a conocer el mundo clásico a los  más jóvenes? 

R:  Los juego son muy importantes en la etapa del aprendizaje de los niños que no pueden faltar. Está muy estudiado por la pedagogía. Los clásicos hacían un juego etimológico entre educación y juego, entre paideia (educación) y paidiá (juego infantil). La dimensión lúdica del aprendizaje. Los antiguos basaban su educación en juegos, antes de que los niños pasaran a la educación letrada, literaria. Los clásicos hablaban de «aprender deleitando», lo cual no minimiza los esfuerzos que hay que hacer.

Soy un gran defensor de la memoria. Hay que ejercitarla. Los niños recuerdan todos los nombre y genealogías de los juegos a los que son aficionados: ¿por qué no datos más útiles, fórmulas, poemas o declinaciones? En el mundo griego la memorización era una parte muy importante del aprendizaje. Antes de la invención de la escritura, la transmisión de conocimiento era oral, memorística. Una combinación entre ambos elementos es básica, claro que sin descuidar la educación física.

David herández de la Fuente, palomas beben en armonía
Foto: Exposición «Agon! La competición en la antigua Grecia». 2017.

La moderación en el mundo clásico

 

P: La moderación es una idea presente en todo el libro. ¿Qué nos enseñan los clásicos acerca de la moderación?

R: El momento actual es muy polarizado, muy crispado, en diferentes esferas de nuestra sociedad. Toda esta tiranía de los inmediato, de lo audiovisual, de los mensajes de uno y otro bando, nos hurta el debate sosegado. Nos quita el momento de pensar, de desarrollar argumentos, de comprender al otro,  de conocer al que piensa diferente, al que es de otro lugar.

P: El libro precisamente se inicia con un capítulo titulado Entender al otro

R: Me llama la atención la polarización de nuestros días, cuando parece que no es posible llegar a un acuerdo, que es, obviamente, el término medio. Eso es la moderación. Ahí los clásicos son maestros. El lema griego «Nada en demasía», el medèn ágan del templo de Apolo en Delfos, o la  aurea mediocritas, la medianía dorada de Horacio. Un punto central tanto moral como político, de razonabilidad humana que nos lleva a comprender las razones del otro, a expresar las nuestras con calma y tranquilidad, a encontrar un punto medio central.

En esto, los clásicos insisten sobremanera, desde la escuela socrático-platónica hasta Aristóteles, que es el gran maestro con su punto medio dorado. Es el equilibrio entre unas facciones y otras, una manera de entender la vida que nos aporta dos grandes beneficios: como individuos, la felicidad, y como sociedad, la armonía. Estas son palabras que hoy en día no están en boga, sino todo lo contrario, en estos momentos en los que solamente se buscan adhesiones incondicionales. Una de las preocupaciones del libro es traer a la actualidad esta manera de pensar, que no es mojigata ni pazguata, ni carente de compromiso, sino que nos puede llevar a una armonía social.

Los clásicos y el confinamiento

 

P: En la pandemia, la ciencia y los científicos han dado sus respuestas. Pero la ciencia no las tiene todas. ¿La literatura ha sido un refugio, un asidero?

R: Durante el confinamiento muchas personas han regresado a los clásicos, a los grandes textos,  por el tiempo que hemos pasado aislados. Esto nos ha hecho volver a las raíces, a las nociones básicas, a releer. Esos libros reflejan viejos patrones de comportamiento. Mas allá de lo que pueda decir la ciencia, los antiguos han pasado por situaciones muy similares: epidemias, guerras, crisis de todo tipo, y tienen consejos filosóficos y morales para afrontar todas esas situaciones.

P: El eterno retorno del que hablabas al principio.

R: En el capítulo del libro dedicado a la pandemia paso revista a esos momentos. La historia no se repite, pero es una cierta maestra en el nivel emocional y sentimental, desde la peste de Pericles a la que vivió Boccaccio en la Florencia del Renacimiento. Eso se refleja muy bien en el mito de las edades, que me atrae mucho: el ser humano está en siempre en un ciclo de decadencia y caída y luego de resurgimiento. Es la historia humana. El mito y la literatura lo único que hacen es darle un envoltorio estético, artístico, filosófico, y también religioso, que nos ayuda a sobrellevar situaciones difíciles.

«HAY QUE VOLVER A LOS CLÁSICOS EN TIEMPOS DE ZOZOBRA.»

 

David Hernández de la Fuente, esculturas clásicas
«El ser humano está siempre en un ciclo de decadencia y caída y luego de resurgimiento. Es la historia humana.» — David Hernández de la Fuente. Foto: Exposición «La imagen humana». CaixaForum Madrid. 2021

 

P: El confinamiento lo hemos vivido primero de una manera individual, y  también de otra no menos importante,  la colectiva.

R: En el libro hablo de dos dimensiones del ser humano definitorias de la cultura occidental, heredada de los clásicos: la dimensión colectiva, nuestra vida en comunidad, y nuestra dimensión individual. Platón y Aristóteles abogan por empezar por el individuo, por la educación, de ahí mi énfasis en la educación. Una educación, que, como quería Platón, fuera continuada, que llegue hasta la edad madura y la vejez. No tenemos que parar de aprender nunca. Solo a través de la virtud individual aristotélica , o del alma de Platón, de la mejora individual, vamos a conseguir una mejor cohesión, una mejor  convivencia.

P: ¿Estamos entonces necesitados de héroes, aunque nos cueste reconocerlo?

R: Si en el aspecto comunitario hay que hablar de liderazgo persuasivo capaz de concitar emociones, adhesiones, pedir sacrificios y motivar, en el plano individual, la literatura clásica nos ofrece el ejemplo de los héroes. Se suelen  leer como hermosas historias, olvidando su importante faceta pedagógica.

«LA CUESTIÓN ESTÁ EN CÓMO SER HÉROES, EN CÓMO SER MEJORES, EN NUESTRA VIDA DIARIA EN BENEFICIO DE LA COMUNIDAD.»

 

Los mitos explican el cosmos, el orden social y político, pero nos dan algunas pistas sobre el ciclo de la vida humana. El héroe es el ser humano y su ciclo vital es la historia del héroe, la de todos nosotros. Los antiguos tenían esto muy interiorizado. En el cine, en el arte, en la vida hemos olvidado esta dimensión pedagógica y nos hemos quedado en el nivel puramente estético.

 

 

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Reseña del libro El hilo de Oro.

 

 

 

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El infinito en un junco: la magia de la palabra escrita

Siendo un niño me agarré a un junco para salir de un río en una situación apurada: metí el pie en una poza y el agua me llegó al cuello. El infinito en un junco fue el libro que me sacó del marasmo lector en el que viví durante el confinamiento. No había conseguido leer una sola línea en cuarenta días.

 

A su regreso a España, Antonio Pigafetta, un navegante italiano que acompañó a Magallanes y Elcano en el primer viaje alrededor del mundo, entregó a Carlos V «no oro ni plata, sino algo que sería más apreciado por tal señor, […] le ofrecí un libro, escrito por mis propias manos, que narraba todas las cosas pasadas día a día durante nuestro viaje».

(La primera vuelta al mundo, Antonio Pigafetta, edición de Isabel Riquer)

La flexibilidad de un junco

 

La primera vez que recuerdo haber visto un junco fue una mañana de domingo en la que mi madre me envió a comprar churros. Lo que hoy llamamos porras, tenían entonces forma de rosca. Para que me las llevara a casa, la churrera tomó de un montón una vara delgada y muy recta, de un verde intenso y brillante: un junco. Acto seguido, pasó —arriba y abajo— la vara por el borde del mostrador de estaño, y el junco se dobló, se hizo flexible. Introdujo luego las roscas y con él hizo un nudo.

Supe después, pescando con mi padre, que ni los vientos más fuertes rompían un junco, solo conseguían doblarlo: se plegaba manteniendo su estructura,sin romperse. Agarrado a uno me impulsé para salir del río en una situación —para mí— angustiosa, que aún hoy me desasosiega.

Un junco se parece mucho a nuestro cerebro lector: «una mágica estructura de una maravillosa plasticidad, que se modela leyendo, creando nuevas conexiones neuronales», en palabras de Margaret Atwood (Lector vuelve a casa).

EL INFINITO EN UN JUNCO. La vida de los libros en el mundo antiguo, Irene Vallejo.  Siruela, 2019. 472 páginas

 

La grandeza del  El infinito en un junco, comienza ya por el título. Es uno de los más bellos, poéticos, sugerentes y seductores que recuerdo: sus dos sustantivos me evocan imágenes muy poderosas. Y es, además, tremendamente acertado: es el pórtico que define con precisión lo que el libro atesora.

Dice Alex Grijelmo en La seducción de las palabras, que la letra i es «el sonido más delgado, la i se ha apropiado de lo pequeño». La palabra infinito contiene tres íes: es triplemente pequeña. Es por eso por lo que el infinito, «algo que no tiene ni puede tener fin ni término» (RAE), puede caber en la estrechez (finita) de un junco.

El infinito en un junco es la historia de los libros, narrada desde su nacimiento mismo. Desde el junco, materia prima del papiro, a los actuales en PDF, «un formato que consolidó un forma de entender la arquitectura entera de un documento inspirada en los viejos libros. El futuro avanza siempre mirando de reojo al pasado» (Irene Vallejo).

el infinito en un junco, librería antigua

El infinito en un junco y una tableta

 

Y como cantaba Rubén Blades, «la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida», el libro que cuenta la invención de los libros, lo leí en formato digital. En los coletazos del primer confinamiento, con las librerías y bibliotecas aún cerradas, pude leerlo en la aplicación eBiblio de la Comunidad de Madrid. Mientras lo leía, a mi mente vinieron dos recuerdos.

El primero se remonta a cuando estudiaba Historia del Arte en el bachillerato.  Es la diapositiva  de una escultura egipcia que representa a un Escriba sentado. Los dos estábamos delante de una tablilla. Él está escribiendo con un punzón, yo leyendo en una tableta de las mismas dimensiones de las primitivas tablillas de barro.  Aquellas que sobrevivieron a los incendios de la bibliotecas, gracias a la resistencia del barro al calor, acaso tan resistentes como el cristal de las pantallas.

«Las nuevas tecnologías han conducido a lo largo de la historia a guerras de formatos», dice Martin Puchner, profesor de literatura comparada en Harvard, en El poder de las historias.

El segundo recuerdo me llevó también a Egipto, al día en que visité la nueva Biblioteca de Alejandría. Allí, una de sus responsables, me contó que además de libros, en la biblioteca se guarda un registro de todas las páginas web que en el mundo se publican. Así es como entran en la renovada Biblioteca de Alejandría —la biblioteca por antonomasia— las nuevas formas de leer.

Podemos tener en papel los libros que son más importantes para nosotros —los que tienen un significado emocional, los que leemos por placer, los que queremos regalar—, y después iremos migrando al formato electrónico para libros de consulta, por ejemplo».

—IRENE VALLEJO

 

El infinito en un junco: encanto, misterio, aventura

 

 

Los lectores de ensayo en España son pocos. Así lo dicen los sucesivos estudios anuales de la Federación del Gremios de Editores de España. Para captar lectores, los ensayos tienden a ser libros de género híbrido que usan técnicas narrativas (los españoles leemos mayoritariamente novelas y cuentos)  sin recurrir a la invención.

El infinito en un junco sigue esta dinámica y la lleva a unos extremos sumamente atractivos. Irene Vallejo (Doctora en Clásicas) pone el fascinante mundo antiguo al alcance de cualquiera. Narra con una sencillez pasmosa. El libro se lee como si de una novela se tratara, de esas de las que resulta difícil despegarse. Y, a la vez, es un estudio de una hondura escalofriante. El resultado: 400 páginas llenas de encanto, misterio y aventura. Y muchas historias. Como remate, el libro ofrece una bibliografía que es un máster de literatura grecolatina.

Los clásicos nos asombran a veces con una actitud y una brillantez de análisis que tiene absoluta vigencia en el mundo contemporáneo.

—IRENE VALLEJO

Y todo esto en un contexto muy desfavorable: el estudio de las Humanidades está siendo marginado académicamente. Con estas decisiones, la clase política da la razón a Martin Puchner, cuando dice que «la historia de la literatura es la historia de la quema de libros». Muy a su pesar, los juncos no arden.

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Confinamiento, lectura y las voces del horror

Para Eduardo Martínez Rico.

 

No he leído ni un solo libro durante el confinamiento. No podía. Lo intenté varias veces. Ni me concentraba ni conseguía retener lo leído, y tenía que volver, una y otra vez, a la página anterior. Desistí. Eso sí, de leer noticias me he hartado, sobre todo los primeros días. Hacia la tercera semana de encierro, decidí que mi dieta informativa consistiría en un recorrido matutino por los titulares de los periódicos y continuar escuchando la radio. No quería (no podía) vivir ajeno a lo que ocurría extramuros de mi casa.

Las mágicas ondas de la radio traspasaron esas paredes. Colaron en mi comedor, en la cocina, en el dormitorio, las voces del horror: parados; familias hambrientas; hijos que no habían podido despedirse de sus padres ancianos, agonizantes en soledad; empresarios arruinados; médicos y enfermeras desbordados y contagiados, muertos; políticos canallas y mentirosos.

No podía leer porque la realidad me estaba absorbiendo. Mi voluntad era leer, pero las poderosas emociones que estaba viviendo me lo impedían, desviaban mi atención. Por eso no conseguía poner el foco en la lectura. Recordé haber escuchado al escritor griego Petros Márkaris —el padre literario del magnífico teniente Jaritos— decir en una conferencia que él no podía escribir sobre las oleadas de refugiados que en aquellos días llegaban a las islas griegas, hasta pasado un tiempo. Necesito alejarme emocionalmente, dijo el gran narrador de la Grecia moderna.

Y si para escribir hay que alejarse de las emociones —tampoco he escrito nada—, lo mismo creo que puede decirse del acto de leer. Los humanos no nacimos para leer; hemos tenido que aprender. Miles de años de evolución. Leer —a diferencia de escuchar la radio—requiere atención plena. Atención para desvincularnos de lo que estemos haciendo; atención para centrarnos en las palabras de un libro; y, finalmente, atención para entrar en acción: leer. Emocionalmente, el confinamiento ha sido para mí una brutal montaña rusa. Por eso no podía leer: no conseguía librarme del horror.

Le conté a un amigo, el escritor Eduardo Martínez Rico, lo que me pasaba. Lo siento mucho, me dijo con tono grave. A los pocos días, escribió en su blog de Zenda que los libros son la solución. Subscribo, de la cruz a la raya, lo que en aquel artículo decía. Tiene razón Eduardo y yo sé que la tiene, los libros son la solución: para encontrar remedios a nuestros males, para divertirnos, para enseñarnos a vivir. Y por eso me dijo que lo sentía; no podía decirme ninguna otra cosa. Es lo mismo que yo hubiera contestado a quien me hubiera contado que su novia se había fugado con su mejor amigo.

La realidad ha sucedido antes en los libros, escribía también Eduardo. Es verdad. Pero, ¿qué es realidad? ¿Es más fuerte la realidad que la ficción? La realidad no existe. Cada uno de nosotros la percibimos de manera diferente. ¿Cómo la percibía yo? Las voces del horror,  me golpeaban, como el «ploc» constante de la gota de agua del aljibe que escuchaba el teniente Giovanni Drogo, en la oscuridad de su cuarto, aislado en la Fortaleza. El «ploc» impedía dormir al teniente Drogo. Y no tenía un libro para aguantar su soledad. Así lo cuenta Dino Buzzati en El desierto de los tártaros.

La Fortaleza era el último bastión defensivo frente a un desierto que ningún enemigo había cruzado nunca, una «frontera muerta». Y eso es lo que yo veía desde mi ventana —mi frontera muerta—: un desierto tártaro por el que, montado en cada aliento, cabalgaba un enemigo invisible. Un enemigo sin estrategia, sin armas, pero letal. Un enemigo agazapado, mudo, que —pensaba el teniente Drogo de los tártaros que nunca vio— esperaba la oscuridad para atacar.

Yo, a diferencia de  Giovanni Drogo, sí tenía libros. Muchos. Me miraban —silentes— desde los anaqueles blancos, desde la mesilla auxiliar, junto a mi sillón de lectura; soy incapaz de leer en la cama. Quería alargar la mano y abrirlos. Pero no podía. Tenía pesadillas en la que quería huir, pero no podía moverme. Milagrosamente, me despertaba angustiado, sudando.

Y de la misma manera asombrosa en que me despertaba de aquellas pesadillas atormentadas, me descubrí leyendo. De corrido. La radio había dicho esa mañana que era el día cuarenta y uno del confinamiento. Una cuarentena.

 

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