Souvlaki

Relato finalista en el Concurso de relatos #elveranodemivida, organizado por Zenda Libros.

RELATO

 

Souvlaki

Jesús Mª Martínez-del Rey

Rompió conmigo la noche de San Juan, el día de su cumpleaños.

«Se acabó», me dijo con la misma calma que, a nuestro lado, tenía el mar Egeo. No pude probar bocado del souvlaki que el camarero acaba de ponerme delante. Se acercó el propietario de la taberna. El hombre no entendía qué pasaba y yo no lo entendía a él. Ni a ella: la ruptura me había pillado por sorpresa. El souvlaki volvió intacto a la cocina y nosotros al hotel. Dormí en una hamaca, en la terraza. Y las tres noches siguientes; los amaneceres eran lentos, naranjas, volátiles como ella. El viaje de regreso a Atenas se lo pasó tumbada —leyendo— en la cubierta del barco, escondida detrás de un sombrero blanco: una fría escultura yacente al sol mediterráneo. En el avión a Madrid no me dirigió la palabra, miraba por la ventanilla.

Fui a su casa dos días después a recoger mis cosas. Mientras buscaba las llaves, escuché una voz de hombre y unas carcajadas; luego, los suspiros rítmicos de ella. Tiré sobre el felpudo la guía turística de las islas Espóradas: el viaje que le había regalado por su cumpleaños.

No he vuelto a verla.

 

Cuando alguna chica me dice ahora lo romántico que sería hacer un crucero por las islas griegas o que Venecia está preciosa en primavera, me asalta el olor maravilloso del souvlaki que no me comí. Dejo entonces de contestar sus mensajes y sus llamadas, y desaparezco.

 

Concurso #elveranodemivida. ZendaLibros.

 

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El selfi de Velázquez

RELATO

El selfi de Velázquez

 

 

Te preguntas qué pensarían de ti si les dijeras que tu sueño es descubrir el misterio de Las Meninas. Es un anhelo que te ha rondado más veces de las que hubieras querido y, por eso,  lo desechabas cada vez que quería apoderarse de ti. Pero eso cambió el día en que volviste al Museo. Corriste a ver a tus niñas, después de meses de clausura por la pandemia. Estabas mirándolas, cuando entró una chica y se detuvo delante del cuadro. La primera visitante. Fuiste a sentarte en tu silla de vigilante de sala y la observaste desde allí. Estabais solas. La chica miraba la pintura, ensimismada, con los brazos a la espalda. Te fijaste en que, como trazos suaves de pincel blanquecinos, unas lágrimas brillaron sobre su mascarilla negra. En aquel instante, hubieras querido acercarte a ella y susurrarle que no tuviera miedo, que saltara el cordón que la separaba de aquel lienzo prodigioso, que aceptara la invitación de Velázquez para entrar en la escena, que cruzara la puerta que se ve al fondo de la estancia. Pero te quedaste quieta. Se escuchó entonces el murmullo de los que entraban y la chica se marchó. Te gusta contemplar Las Meninas antes de que lleguen los primeros turistas o cuando ya todos se han ido y la sala queda vacía. En esos leves momentos sientes que el cuadro es una continuación de la sala, y caminas hacia él. Respiras su aire sereno; escuchas las pinceladas largas y lentas sobre la tela, la risa aguda de la infanta y el fru fu de su vestido; te invade el olor aceitoso del naranja y del blanco, que hay untados sobre la paleta del pintor. Te dices que la infanta y sus damitas son solo unas niñas que, como a tus hijas, les gusta jugar y gesticular cuando tienen delante una cámara; o posan y se fotografían, cuando te quitan el teléfono. Las meninas son un selfi de Velázquez, delante del que, a los turistas, les gusta hacerse selfis. Piensas que, con esas fotografías, quieren dar eternidad a un instante, igual que hizo el pintor sevillano con aquel momento enigmático de la vida palaciega hace cuatro siglos. Viendo llorar a aquella chica supiste que no podías sustraerte al deseo que has tenido tantas veces en todos los años que llevas trabajando en el Museo: dejar de ser la guardiana de esa frágil frontera que te separa del cuadro; quieres traspasarla y conocer el secreto que nadie ha conseguido aún desvelar: qué está viendo Veláquez mientras pinta Las Meninas. Quieres ser sus ojos. Ese descubrimiento te hizo llorar también a ti, el día en que regresaste al Museo. Los visitantes están a punto de irrumpir en la sala como lo hicieron la infanta y su tropa infantil en la estancia donde estaba pintando don Diego, para que las retratara. Mientras paseas delante de la frontera que proteges, te dices: «olvida lo que piensen los demás de tu sueño».

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Una playa tranquila/ Relato

 

La dedicatoria que me escribió Domingo Villar en su segunda novela me ha traído hasta esta playa.

Recuerdo que salí de la editorial con mi libro dedicado bajo el brazo, y que comencé a leerlo sentado en un vagón del metro. Domingo Villar definía una palabra al empezar un capítulo. Como Petros Márkaris en algunas novelas del comisario ateniense Kostas Jaritos, coleccionista de diccionarios. Cuando, hacia la mitad del libro, definió «Taberna», tuve una revelación muy poco mística: sentí el irrefrenable deseo de comer suvlakis, las brochetas de carne asada por las que Jaritos siente debilidad, pero que su mujer aborrece. Se las toma a escondidas en alguna taberna. Y así fue como al verano siguiente, aterricé en Atenas, «una Ítaca urbana y moderna», y me aficioné al espeso café griego. Nada que ver con el delicado espresso del Torino, el bar favorito del comisario Guido Brunetti. Mirando a través de sus cristaleras, me di cuenta de que Venecia es solo una ciudad de provincias invadida.

Mis ventanas fueron, durante el confinamiento, la angustiosa frontera entre mi casa y las calles vacías, tan solitarias como esta playa. «Depende», diría con su sorna gallega el inspector Leo Caldas. Lo conocí en Ojos de agua, cuando investigaba su primer caso. Me reencontré con él años más tarde en La playa de los ahogados, la novela que me había dedicado Domingo Villar.

Paseando anoche por el adoquinado de la calle del Príncipe, me vino a la memoria lo primero que hice cuando me bajé del tren en la estación de Malmoe. Miré desde la esquina de la oficina de turismo, para saber si el depresivo inspector Kurt Wallander, podía ver a su exmujer entrando en el Hotel Savoy. El hotel estaba exactamente donde Henning Mankel había escrito que estaba. Recuerdo que, en aquel momento, pensé en cuántas cosas ridículas hacemos por amor, o algo parecido. El aguanieve convertía el pavimento del centro de Malmoe en una pista de patinaje. En eso se parece a Edimburgo. La lluvia deja el empedrado de la Ciudad Vieja brillante y escurridizo. En sus callejones hay fantasmas. Solo en Edimburgo podía haber nacido mister Hyde. Quizás por eso, el inspector John Rebus vive atormentado.

La brisa es suave y el ruido de las olas es apenas un susurro en esta playa cercana a Vigo. «¿Me habré convertido en un mitómano?», me interrogo de pronto. «¿Son todos estos policías de ficción mi mister Hyde?». Saco el móvil y consulto el diccionario:  «mitomanía. f.  2. Tendencia a mitificar o a admirar exageradamente a personas o cosas».

El inspector Caldas con mascarilla se planta delante mí, y me suelta: «Hazme un favor: vete al carallo».

Abro La playa de los ahogados y leo la dedicatoria que Domingo Villar me escribió diez años atrás: «Cuando la vida te ahogue que siempre encuentres una playa tranquila en la que descansar». Paso la página y es como si me hubieran pegado un tiro a bocajarro: «Ahogar. 1. Quitar la vida, impidiendo la respiración. 3. Hacer sentir angustia, congoja o tristeza a una persona. 5. Extinguir, apagar».

Mi padre se apagó en un hospital, ahogado en soledad, durante el confinamiento.

Leo Caldas me obsequiaría con un cigarrillo.

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