Contra Armada: derrumbar el mito de la «Invencible»

Si alguien piensa que las noticias falsas son cosa del presente, está muy equivocado. En Contra Armada, el historiador (y profesor de filosofía) gallego Luis Gorrochategui, derrumba una falsedad que ha perdurado durante más de cuatrocientos años: la derrota de la Armada Invencible frente a las costas inglesas, en 1588.

O mejor dicho, dos mentiras juntas: «La Gran Armada— afirma Gorrochategui— ni se llamaba  ‘Invencible’, ni se batió en tal contienda». Mentiras a las que se añade una flagrante ocultación: la derrota de la Contra Armada inglesa (1589).

CONTRA ARMADA. La mayor victoria de España contra Inglaterra. Luis Gorrochategui, Crítica, 2020.

 

Permítaseme un comentario antes de continuar.  A los habituales de este blog dedicado al storytelling, acaso pueda resultarles chocante que aparezca la reseña de un libro de Historia. En opinión de quien esto escribe, está plenamente justificado: la idea que subyace en Contra Armada es demostrar como un relato oficial consigue calar en el inconsciente colectivo —durante cinco siglos—, ocultando, además, otro menos beneficioso. Y este no es en absoluto un asunto baladí.

La «Invencible», o el triunfo del relato dominante

 

El poderoso legado de la «Invencible» fue hábilmente manipulado por Isabel I y su entorno, y lo siguió siendo por sus sucesores, por artistas, publicitarios e historiadores, y por políticos británicos durante los últimos cinco siglos. La derrota de la «Armada Invencible» (en realidad era la Felicísima Armada) se ha convertido, en opinión de Gorrochategui,  en «el gran hito del nacionalismo inglés». Y aquí creo que está plenamente justificado el uso del término fake news, puesto que la falsedad es netamente inglesa.

Fue lord Burghley quien, a toro pasado, y con fines propagandísticos, lanzó el bulo de que los españoles llamaron a la Gran Armada INVENCIBLE.

— LUIS GORROCHATEGUI

Y para que no hubiera duda alguna, Burghley lo escribió así, en letras mayúsculas.

Si hoy son las redes las que amplifican las noticias falsas, en aquellos momentos fue la imprenta. La Ámsterdam protestante era un lugar habitual donde libros, folletos y diatribas de toda índole se traducían y publicaban, y se repartían por toda Europa a gran velocidad. Inglaterra lanzó una campaña de propaganda de grandes proporciones: panfletos, imágenes, canciones y poemas, cuadros y monedas «inundaron Albión y el mundo protestante». Cualquier cosa valía con tal de atacar a la católica monarquía hispánica. 

Contra Armada, mascarones de proa

Hay que hacer notar que hasta los españoles nos lo creímos (y continuamos haciéndolo más de cuatrocientos años después). Me resulta curioso que en su diccionario, Corominas apunta que, desde 1588, a la voz fracasar se le añade un nuevo significado: «frustrarse, tener resultado adverso». ¿Coincidencia de fechas?

Contra Armada, el libro

 

Formalmente, Contra Armada se articula en tres partes y un epílogo.

La primera parte está consagrada a desmontar documentalmente el mito de la «Invencible».  En la segunda, Luis Gorrochategui se centra en la Contra Armada inglesa,  una flota de represalia que envió Isabel I. Fue vapuleada frente a las costas de La Coruña primero y de Lisboa después. Es la parte más extensa del libro, y desde luego, la más importante. En ella se relata  la aventura de la escuadra inglesa, lanzada en persecución de la Gran Armada.  La tercera parte, finalmente, está dedicada al desarrollo de la guerra hispano-inglesa, hasta la firma de la paz en  1604.

Con tan sustancioso material, el autor podría haberse lanzado sin freno. Pero se contiene. Esta moderación no está reñida con que el relato —sobre todo en la segunda parte— resulte  amenísimo y ágil, documentado al detalle, incluida la descripción de las batallas.

En el Epílogo, el historiador reflexiona sobre la «campaña de propaganda, que consagró una desfiguración de los hechos realmente acontecidos en 1588 y 1589». El estilo cambia, sobre todo, respecto a la primera y segunda partes y adquiere un tono más—digamos— explicativo, incluso reivindicativo.

Luis Gorrochategui cuenta también la trayectoria que han seguido sus hallazgos en Inglaterra, donde este libro ha sido publicado (The English Armada. The greatest naval disaster in English History, Bloomsbury, 2018).  Como consecuencia de esta publicación, la BBC filmó un documental en La Coruña, estrenado en 2020.  El autor confía en que con la publicación de este ensayo, los españoles conozcan esta verdad histórica. Contra Armada es, en mi consideración, un libro de obligada lectura, que nos permite como españoles reconciliarnos con nuestro pasado.

BIBLIOGRAFÍA

El libro ofrece un utilísimo índice onomástico y temático, así como una interesantísima documentación, en buena parte inédita, extraída de los principales archivos españoles y de la Biblioteca Nacional de Portugal.

La Contra Armada

 

Después del descalabro de la «Invencible», Inglaterra quería dar el golpe de gracia a la Gran Armada. Preparó para ello una flota, la Contra Armada. Estaba mandada por dos almirantes Francis Drake y John Norris, un reputado militar y estratega. Drake, como el consumado pirata que era, prefería ir a lo seguro: atacar por sorpresa y llevarse lo que podía; nada de batallas navales, por lo tanto. Tal como desvela, Luis Gorrochategui en este libro, ambos estuvieron a punto de «llegar a las manos».

Lord Burghley, consejero de Isabel I, escribió que esta empresa tenía tres objetivos principales. El primero era destruir los barcos de la Gran Armada en Lisboa y Sevilla. Se pensaba que sería en estos puertos donde las naos hispanas iban a ser reparadas. Finalmente, se repararon en los astilleros de Santander. Los otros dos, eran la toma de Lisboa y de las Islas Azores.

Conquistar las Azores suponía tener el control sobre la flota de Indias. Es decir, el control de la ruta comercial de España con el Nuevo Mundo. Unos de los objetivos del ataque la Gran Armada era acabar con la piratería en el Caribe. Isabel I —que nunca exploró como hicieron portugueses y españoles—, alentaba la piratería contra la flota de Indias, mientras que se mostraba implacable con los piratas que asolaban las costas de Irlanda.

Posteriormente se decidió que, sin olvidar Lisboa, y puesto que los barcos estaban siendo reparados en Santander, antes de atacar Lisboa, se tomaría La Coruña, un puerto intermedio. La Coruña fue defendida por sus habitantes y Lisboa por los soldados viejos. En ambos puertos los ingleses fueron derrotados.

De glorias y olvidos

 

De la amplia nómina de personajes de esta historia me permito destacar a dos por el dispar tratamiento que la historia les ha deparado: María Pita, símbolo de la Contra Armada, y sir Francis Drake, símbolo inglés de la «Invencible»

MARÍA PITA

María Pita (María Fernández de la Cámara y Pita), una suerte de Agustina de Aragón gallega, comandó un ejército de mujeres, que entraron en combate en primera línea. Ella fue quien mató al alférez inglés que alcanzó una brecha en la muralla. No era un alférez cualquiera, portaba la bandera: un símbolo. Sin duda, su acción levantó la moral de los sitiados, contribuyendo a la retirada de los ingleses.

La fama de María Pita «ha quedado circunscrita a la memoria de La Coruña», afirma Luis Gorrochategui.

FRANCIS DRAKE

La autoridades españolas lo consideraban un pirata. Era Francisco Drake o «el Dragón». Lope de Vega, quien combatió en la «Invencible», con «su arcabuz al hombro», lo define en su poema La Dragontea (1598) como «fiero dragón». Y Gregorio Marañon escribió: «Las gestas terribles del pirata inglés Francisco Drake, tan temido en los pueblos costeros de España, que todavía en muchos de ellos se recuerda, para aterrarlos, su nombre a los niños».

Isabel I le concedió el titulo de «Sir». Murió en un ataque pirático a Portobello, plaza de la América española.


Si España hubiera sabido cuidar su historia como Inglaterra, una de las principales plazas de Madrid llevaría el nombre de María Pita, del mismo modo que en Londres existe Trafalgar y Portobello.

—LUIS GORROCHATEGUI


A MODO DE COROLARIO

 

En más de una ocasión he comentado en este mismo blog, que la diferencia que existe —a la hora de escribir y presentar sus trabajos—, entre los ensayistas anglosajones y los españoles es abismal.  Los anglosajones son expertos en el uso del storytelling a la hora de presentar sus estudios. Expertos, en fin,  en crear relatos que, como el de la «Invencible», han perdurado durante siglos y movilizado masas.

Amén de otras razones, encuentro en el Epílogo de este libro una que puede explicar este diferente modo de proceder: la intencionalidad de la documentación. Dice Gorrochategui que «el carácter de la documentación inglesa es laudatorio, exculpatorio, literario, exaltador de Inglaterra, de la Corona y de los protagonistas  de cada jornada». En la documentación española, sin embargo, «prima la transmisión de información».

Felipe II es «el rey que más ha leído de la historia de España —dice Luis Gorrochategui—. Diariamente,  llegaban a El Escoria cientos de cajas de documentos».

En definitiva, «el relato lo es todo», considera el historiador Luis Gorrochategui, a lo que el profesor de filosofía Luis Gorrochategui, añade: «Y es moral».

 

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Entrevista con Luis Gorrochategui

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Una playa tranquila/ Relato

 

La dedicatoria que me escribió Domingo Villar en su segunda novela me ha traído hasta esta playa.

Recuerdo que salí de la editorial con mi libro dedicado bajo el brazo, y que comencé a leerlo sentado en un vagón del metro. Domingo Villar definía una palabra al empezar un capítulo. Como Petros Márkaris en algunas novelas del comisario ateniense Kostas Jaritos, coleccionista de diccionarios. Cuando, hacia la mitad del libro, definió «Taberna», tuve una revelación muy poco mística: sentí el irrefrenable deseo de comer suvlakis, las brochetas de carne asada por las que Jaritos siente debilidad, pero que su mujer aborrece. Se las toma a escondidas en alguna taberna. Y así fue como al verano siguiente, aterricé en Atenas, «una Ítaca urbana y moderna», y me aficioné al espeso café griego. Nada que ver con el delicado espresso del Torino, el bar favorito del comisario Guido Brunetti. Mirando a través de sus cristaleras, me di cuenta de que Venecia es solo una ciudad de provincias invadida.

Mis ventanas fueron, durante el confinamiento, la angustiosa frontera entre mi casa y las calles vacías, tan solitarias como esta playa. «Depende», diría con su sorna gallega el inspector Leo Caldas. Lo conocí en Ojos de agua, cuando investigaba su primer caso. Me reencontré con él años más tarde en La playa de los ahogados, la novela que me había dedicado Domingo Villar.

Paseando anoche por el adoquinado de la calle del Príncipe, me vino a la memoria lo primero que hice cuando me bajé del tren en la estación de Malmoe. Miré desde la esquina de la oficina de turismo, para saber si el depresivo inspector Kurt Wallander, podía ver a su exmujer entrando en el Hotel Savoy. El hotel estaba exactamente donde Henning Mankel había escrito que estaba. Recuerdo que, en aquel momento, pensé en cuántas cosas ridículas hacemos por amor, o algo parecido. El aguanieve convertía el pavimento del centro de Malmoe en una pista de patinaje. En eso se parece a Edimburgo. La lluvia deja el empedrado de la Ciudad Vieja brillante y escurridizo. En sus callejones hay fantasmas. Solo en Edimburgo podía haber nacido mister Hyde. Quizás por eso, el inspector John Rebus vive atormentado.

La brisa es suave y el ruido de las olas es apenas un susurro en esta playa cercana a Vigo. «¿Me habré convertido en un mitómano?», me interrogo de pronto. «¿Son todos estos policías de ficción mi mister Hyde?». Saco el móvil y consulto el diccionario:  «mitomanía. f.  2. Tendencia a mitificar o a admirar exageradamente a personas o cosas».

El inspector Caldas con mascarilla se planta delante mí, y me suelta: «Hazme un favor: vete al carallo».

Abro La playa de los ahogados y leo la dedicatoria que Domingo Villar me escribió diez años atrás: «Cuando la vida te ahogue que siempre encuentres una playa tranquila en la que descansar». Paso la página y es como si me hubieran pegado un tiro a bocajarro: «Ahogar. 1. Quitar la vida, impidiendo la respiración. 3. Hacer sentir angustia, congoja o tristeza a una persona. 5. Extinguir, apagar».

Mi padre se apagó en un hospital, ahogado en soledad, durante el confinamiento.

Leo Caldas me obsequiaría con un cigarrillo.

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La mascarilla de Margarita del Valle/ Relato

 

Margarita del Valle ha muerto. Sola.

Sus cenizas están en una urna, dentro de una bolsa roja. En otra bolsa, sellada, dentro de otras dos, una auxiliar me ha entregado sus pertenencias. Una mascarilla cubría la cara de la mujer hasta los ojos. Iba forrada con un mono blanco, como los forenses de las series que le gustaban a Margarita del Valle.

—Siempre quise ser abogada, pero ser la hija de un guardia civil no daba para irse a estudiar a Madrid—me dijo.

La mujer ha bajado la mirada al darme las bolsas. «En un mundo de mascarillas, solo los ojos podrán expresar sentimientos», pienso mientras guardo en el maletero las bolsas. Ropa, un teléfono y la biografía de Isabel I, ha escrito alguien en un papel con el membrete de la residencia. La serie de televisión de la Reina de Castilla era una de sus favoritas.

—En el Castillo de la Mota he pasado yo muchos veranos— me dijo una tarde Margarita del Valle mientras veíamos la serie de aquella mujer que cambió el mundo. Era finales de julio. El sol rebotaba en una pared blanca y su luz inclemente traspasaba las cortinas transparentes del ventanal del salón.  Margarita del Valle se puso unas gafas de sol y continuó limándose las uñas. «Tenían forma de almendra, como las de Madame Bovary», recuerdo que pensé en aquel momento.

¿Tuvo Margarita del Valle algún amante?, me pregunto y conecto el aire acondicionado del coche. El aire fresco que invade el habitáculo hace que evoque el portal  de la casa donde nací y viví hasta los siete años. Siempre en penumbra, rectangular, con un techo muy alto del que colgaba un farol como los que había en la proa del barco de El Capitán Trueno; la única luz que le llegaba era la de una ventana al final de la escalera que conducía hasta mi casa, en el primer piso.  En los calurosos meses del verano mesetario,  yo solía juguetear a la sombra en un patio empedrado de paredes encaladas, rodeado de flores. A media mañana  sonaban tres golpes en el llamador de la puerta, seguidos de un grito: «¡Cartero!» Yo corría desde el patio hasta el portal, y me invadía el frescor de los lugares donde nunca llega el sol, me paraba, y luego abría la puerta, recogía las cartas y las repartía a los vecinos. 

Recuerdo que siendo yo un niño recogía una postal que venía de Italia, firmada por un tal Gi-or-gio.

En una estantería de la casa de Margarita del Valle hay dos diccionarios de italiano, una gramática, y unos cuadernos forrados con flores de lis, en los que se había ejercitado con las conjugaciones de los verbos. Io sono, tu sei, lui/ lei… Su letra se extendía hacía los lados y hacía abajo: los palos de las efes y de las pes eran largos y delgados, abiertos a la derecha, y que con el paso de los años —y ella se fue encorvando— se habían ido haciendo más temblorosos y alargados, como si fueran los dedos de las manos de las figuras de los cuadros del Greco.

En las últimas navidades, Margarita le pidió a mi hermana que buscara a Giorgio, un cardiólogo de Pisa. No recordaba nada más. Nadie respondió a los mensajes de Facebook que mi hermana envió.

«Tiene que desinfectar esos objetos», me ha dicho la mujer, a través de la mascarilla azul. No solo los ojos; también la voz, me digo. Me pareció que tenía el mismo acento que la camarera que le servía el desayuno. Desde que se había jubilado, Margarita del Valle desayunaba todos los días en la misma mesa del mismo hotel: café con leche y tostadas con mantequilla y mermelada de fresa o de melocotón. En invierno se ponía su abrigo de visón y un sombrero de fieltro marrón, y en verano, pantalones blancos de lino que combinaba con camisas sueltas de colores. El sombrero se lo había comprado en París; yo estaba con ella. Fue mi primer viaje al extranjero: entonces yo era imberbe y ella había recorrido medio mundo.

¡Volare, oh, oh…! El sonido de la melodía, que suena a mi espalda, hace que pise de golpe el freno y gire la cabeza. ¡Cantare, oh, oh, oh…! Y la melodía se extingue, arrastrando un último ¡oh! La batería se ha terminado, pienso. Volare, el tono de llamada de su teléfono.  Morir en soledad es cruel.

«Tengo noventa euros en el bolsillo y te invito a un café», decía el mensaje que recibí por wasap a finales de agosto pasado. Venía acompañada de una foto de Margarita del Valle con sus pantalones blancos y una camisa azul con flores rosas y blancas. Su noventa cumpleaños.

—El secreto de un buen café es la mescolanza— me dijo.

—¿Cómo se te ocurrió llamarte Margarita del Valle?— le pregunté a bocajarro. Dobló el papel del azucarillo, movió los ojos, y me dijo que todo había comenzado en el Castillo de La Mota, lugar de reunión los veranos de las chicas de la Sección Femenina, en los que coincidía con muchas niñas bien de Madrid.

Sonrío coqueta y me dijo:

— Yo tenía éxito entre los hermanos de aquellas chicas; que, aunque nunca me he maquillado, he sido bien guapa y mis piernas causaban furor— Y me mostró una foto que llevaba en su teléfono.  Se la veía apoyada en la barandilla de la playa de la Concha con pantalones cortos.

— Muy cortos, para mediados de los sesenta, ya lo sé—apostilló, adivinando mis pensamientos.— Hizo una breve pausa y continuó—: Aquellos chicos estudiaban ingenierías o eran tenientes de las academias militares, y yo era solo una maestra. En el primer pueblo al que fui a dar clases, los niños no levantaban la mano para preguntar; lo hacían para pedir permiso para ir a dar de comer a los cerdos o a las gallinas—Y siguió doblando, como si fuera un abanico, el papel del sobrecito de azúcar.

No me atreví a interrumpir su relato.

—Nací en Fernancaballero, que es un pseudónimo, y se me ocurrió ponerme otro nombre—continuó—. Y si el tenientito o el ingeniero querían ir más lejos, pues Margarita del Valle se evaporaba—dijo, moviendo sus grandes pestañas.

«Hace sesenta años, Margarita del Valle ya usaba mascarilla», pensé,

— ¿Y Giorgio?— recuerdo que le pregunté.

Como si fuera una pregunta que llevaba esperando contestar toda su vida, dijo:

—Giorgio, querido sobrino, era italiano.

 

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Señales/ Relato

 

— No creerás que voy a contestar —dice, mirando el bolso en cuyo interior ha comenzado a sonar el teléfono. La luz del semáforo cambia de verde a rojo. Julia detiene el coche. Su casa aparece reflejada en el retrovisor. ¿Cuántas veces se ha parado ante este semáforo? ¿Cuántas veces lo ha cruzado en verde? Imposible contarlas después de veinte años. Tampoco recuerda si la imagen de su casa se había quedado alguna vez enmarcada en el espejo así, como si fuera la fotografía del anuncio de una inmobiliaria.

Enciende la radio y sintoniza una emisora musical.

El todoterreno que se ha parado detrás le quita la visión de la casa. Julia acerca la cara al espejo y se pasa los dedos por el nacimiento del pelo: una cana, dos, tres… El conductor del todoterreno da un bocinazo largo y gesticula con las manos. Julia arranca con tranquilidad y gira hacia la avenida en uno de cuyos laterales está el paseo al que traía a jugar a sus dos hijas cuando eran pequeñas.

El teléfono suena de nuevo.

—Ahora soy yo quien decide —Y lo ratifica, golpeando el volante con la palma de la mano. La canción que ha comenzado a sonar en la radio, estaba de moda el año en que conoció a Adolfo. Él le decía lo guapa, lo cariñosa y lo inteligente que era, y ella cuánto lo amaba. Él había ascendido a director de una multinacional. Ella daba clases a niños pequeños, su gran pasión. Él la llamaba desde cualquier lugar del mundo donde estuviera. «No puedo pasar ni un solo día sin escuchar tu voz», recuerda haberle confesado ella una madrugada en la que la llamó desde Estados Unidos.

Sube el volumen de la música y tararea el estribillo de la canción. Acompaña la música deslizando los dedos sobre el volante.

La mayor nació al año y medio de estar casados. La idea de formar una familia les gustaba a ambos. Decidieron que ella dejaría su trabajo durante dos años para cuidar de la niña. Julia seguía queriendo a Adolfo; él le enviaba flores sin motivo, la sorprendía con regalos e inolvidables vacaciones; ella le acompañaba a las fiestas y convenciones de la empresa. «Pero yo me siento triste», había confesado Julia a una de sus amigas. Cuando nació su segunda hija, decidieron posponer de nuevo su vuelta al trabajo.

—¡Qué insistente eres cuando se trata de ti! —dice señalando con el dedo el teléfono que ha vuelto a sonar. Echa su chaqueta sobre el bolso.

Aprovecha que al final del paseo hay una señal de stop para encender un cigarrillo. Sale a la carretera. Baja el volumen de la radio. Le ha parecido oír una sirena. Mira por el espejo y ve las luces de una ambulancia a lo lejos. La crisis llegó a la empresa de Adolfo sin avisar; perdió su trabajo. No lo encontró, sin embargo, a la misma velocidad con la que la ambulancia comienza a sortear vehículos, invadiendo el carril izquierdo. Julia aminora la velocidad y la vigila por el retrovisor del parabrisas. Después de varios meses de búsqueda, Adolfo pudo recolocarse, pero el sueldo no les permitía llegar con holgura a fin de mes. Tampoco a ella le fue fácil; después de varios años fuera del mercado laboral, tuvo que aceptar sustituciones y trabajos a tiempo parcial, que molestaban a Adolfo, porque que tenía que preparar la cena y atender a las niñas.

La ambulancia —cada vez más cercana— se ha enmarcado completamente en el retrovisor lateral. Y en ese momento, Julia recuerda la imagen de su casa reflejada en su retrovisor. «Los problemas con Adolfo no comenzaron cuando nació la mayor, fue al comprar la casa», piensa, echándose a la derecha y permitiendo que la ambulancia la adelante.

—Tengo que hablar con la niñas —dice—. Tienen que aprender a ver las señales.

Da una calada al cigarrillo. Recuerda que la casa le gustaba a los dos. Estaba muy cerca de la empresa de Adolfo, pero a una hora del trabajo de ella. Una vez perdida esta batalla, intentó convencer a su marido de que el precio era excesivo. Pero él dijo que no y fue que no. Piensa ahora que aquella decisión de aceptar había marcado el rumbo de su matrimonio. Aquella primera decisión, un instante fugaz comparado con veinte años de matrimonio, pero suficiente para que Adolfo creyera que ceder era una claudicación. Ahora entiende con más claridad una conversación que había tenido con Adolfo hacía un mes y que la había dejado pasmada. Él estaba sentado al borde de la cama y ella se desmaquillaba.

—Llegas tarde, como siempre— dijo él

—No elijo mi horario.

—Has cambiado—insistió Adolfo.

—Siempre fui lo que tú quisiste que fuera. Ahora, simplemente, quiero ser yo—Y dejó que la suavidad del algodón le acariciara la mejilla.

Apaga el cigarrillo. Toma un frasquito y rocía la cabina del coche. El teléfono emite de nuevo su melodía.

—Ya habrás descubierto el armario vacío— dice Julia.

Apaga la radio. Pone el intermitente y aparca. Toma el teléfono, marca. Cuando el icono del teléfono pasa de rojo a verde, Julia sonríe y dice:

—Hola, cielo, ¿tienes hueco hoy? Necesito mechas.

 

 

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Centaruros de metal/ Relato

 

Agosto, en algún lugar de La Mancha

 

El AVE atraviesa el desmesurado secarral manchego. Tras la ventanilla, la calima flota ingrávida y transparente. La velocidad del tren y la bruma, convierten los postes del tendido eléctrico en cimbreantes estructuras de color gris. Parecen moverse al mismo ritmo contagioso y vibrante al que lo hacen las bailarinas de la canción Dancing Quenn en las video pantallas del vagón. Proyectan Mamma mia! La música se cuela por mis auriculares, y baja, zigzagueante, hasta mis pies. No puedo controlarlos. Tampoco puedo dominar la emoción circular que revolotea en mi estómago. ¡Están bailando en la pequeña ensenada de Damouhari!

Damouhari es una de las muchas aldeas que pueblan la Magnesia, en la región de Tesalia: la Grecia interior. Un monasterio ortodoxo que, desde la lejanía se antoja inaccesible, parece colocado a propósito en la cima de una peña, como en un belén navideño. Señoriales y decimonónicas casas, en cuya arquitectura se adivinan pretéritas influencias bizantinas y turcas, dan señas de su abandono.

Pueblecito de calles angostas y empedradas, con enormes árboles centenarios en la plaza, bajo los que sestean los ancianos y por la que cruza, absorto, un pope barbado.

No hay prisas, ni colas, ni aglomeraciones. Los lugareños miran al visitante con un cierto aire de novedad, lo que hace que el trato sea más hospitalario y amable.

Huele a tomillo, a romero, a orégano.

En los pueblos de la Magnesia hay museos locales, situados en antiguas casas de dos pisos o en alguna vieja escuela. Un sinfín de objetos singulares, aparentemente desordenados, colocados en alacenas o colgados de las paredes: trajes, documentos de la presencia turca, banderas, camas, lámparas, braseros, armas, retratos, libros y cartillas escolares: fragmentos de vidas.

En una ensenada rodeada de olivares, a las afueras de Damouhari, se construyó la plataforma que sirvió de escenario para uno de los momentos más vibrantes de Mamma Mía!: medio centenar de mujeres bailan Dancing Quenn. Ahora las veo en las pantallas; me hacen bailar.

Evoco la quietud y el silencio de aquellos montes que hace millones de años estaban habitados por belicosos centauros; la patria de Jasón y los Argonautas. Pedí un café frappé en la terraza —a la sombra de una parra—que hay frente a aquella ensenada. Su sabor dulzón, helado, acaricia mi boca en este instante en el que cabalgo a lomos de un centauro de metal, atravesando la canícula agosteña, al ritmo de Dancing Queen.

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Huecos. Una historia del trabajo y la vida/ Relato

 

Responder una llamada telefónica es, para mí, una decisión automática, algo trivial. Pero aquella mañana no fue ni una cosa ni la otra.

Si contestaba, ¿se cerraría por fin el hueco? Que digo hueco, un foso como el de los castillos medievales. No quise imaginar qué pasaría si no contestaba.

Tres meses sin hablarme y mi novia me llamó en el momento exacto —¡vaya puntería!— en el que comenzaba la rueda de prensa de un escritor famosísimo que, aún convaleciente, había conseguido terminar su novela.

¡Alto! Si no me hablaba, ya no puedo decir «mi novia». Pero si me ha telefoneado… La llamaré «ella», en lo sucesivo.

Continúo.

Dejé mi grabadora funcionando sobre un altavoz, salí a la calle y contesté. Quería que cenáramos en un restaurante tailandés que le gustaba. Los tallarines con tofu o el pollo con leche de coco no me volvían loco, pero eso era lo de menos, después de que me hubiera colgado el teléfono y dejado vacío el cajón de su ropa interior (aunque lo hizo en orden inverso).

Una manera de rellenar huecos es trabajar, porque olvidas; salvo que te hayan despedido, que eso ya es estar en un agujero. Y eso fue lo que pasó una semana después de que ella se fuera, que me despidieron de la emisora de radio en la que trabajaba. Dos huecos abiertos. De golpe.

Pero, ¿qué otra cosa es la vida, sino ir tapando huecos?

Puse mis calcetines en el cajón que ella vació y tapé el primer hueco. ¿Definitivamente?… Misterio. Cerrar en falso es letal.

Del segundo hoyo me sacó el periódico para el que trabajo. La cobertura de la presentación del (esperado) libro fue lo que me llevó hasta la sala que abandoné para contestar la llamada. Así que regresé a la rueda de prensa y conseguí cerrar el agujero que se me había abierto en el estómago al escuchar la voz de ella. Pero se me abrió otro: ¿qué querría?

Calma. Decidí que cambiaría el tofu por unas gambas.

El escritor anunció que su novela contaba las peripecias de un inusitado regalo de bodas. La originalidad de la trama imaginada, me dio la idea de hacerle a ella un regalo singular: un ejemplar de la novela, dedicado por su autor favorito.

Los colegas preguntaban, el escritor hablaba del libro y de su salud, y yo seguía a lo mío, que en ese momento era pelearme con una creencia: pedir una dedicatoria era un morboso ejercicio de mitomanía. No sabía cuándo esta idea se me había metido en la cabeza, pero la marcha atrás que impuse a mi memoria para encontrar su origen, provocó la apertura de una nueva grieta: el ejemplar del libro presentado y que la editorial nos había regalado a los presentes, ¿era mío o del periódico? Apropiármelo me parecía tan deshonesto como imprimir documentos personales en la impresora de la empresa.

Con la misma facilidad con la que abjuré de la creencia, me adueñé del libro.

¡Y que era lento tomando decisiones!, decía ella.

El recinto donde se celebraba la rueda de prensa más parecía, por sus dimensiones, un salón de bodas que un lugar para la presentación de un libro. Detrás de una mesa ancha y alargada, estaban el escritor, su mujer y la editora.

Desde donde yo estaba —al fondo de la sala—, los veía como si los estuviera mirando con unos prismáticos colocados al revés. Y, entremedias, un foso infranqueable: cien periodistas, como poco. La misma perspectiva con la que yo la estaba viendo a ella los últimos noventa días.

Esperé a que llegara el momento de las fotos y aprovechar la confusión y los codazos de los fotógrafos y los cámaras de televisión, para colarme. Rodeándolos, subí de un salto los tres escalones del estrado y me coloqué —atravesado— en la abertura entre el sillón giratorio del escritor y el de su mujer.

¿Puede poner «Para Lucía»?, dije.

Aceptó el libro. En el dorso de las manos se le marcaban los huesos debajo de la piel avejentada. Una alianza le brillaba en la izquierda.

Yo no dedico, caballero. Yo firmo, respondió con un acento suave.

El eco de la sala amplificaba el ruido de los disparos continuados de las cámaras. Vi al fotógrafo de mi periódico. En sus labios leí: «ca-ra-du-ra». Bajé la cabeza. Pude ver así que el cabello gris le nacía al novelista del occipital y le caía hasta el borde del cuello de la camisa. Por los lados, apenas si le tapaba las varillas de las gafas. El resto de la cabeza estaba salpicado de unas escuetas briznas de vello como césped recién brotado. Todos los días no tiene uno el cráneo de un Premio Nobel de Literatura delante de los ojos.

El ruido de los flashes se fue desvaneciendo. La mujer del novelista giró entonces su sillón y me quedé entre los dos respaldos, estrujado como una rodaja de mortadela. La presión en medio del pecho y el calor de los focos en el cogote (en ese orden), hicieron que —¡horror!— una gota de sudor cayera sobre la portada del libro.

¡Clic!

Vi la foto en Internet después. Mi fotógrafo —con su disparo furtivo— detuvo el tiempo en aquella postura, más propia de un contorsionista circense que de un periodista honorable. Vale que era un «caradura» y que había enterrado mi dignidad, ¡pero fotografiarme así!

¿Me lo quiere firmar?, dije con la voz ahogada (juro que no es metáfora).

Solo podía mirar al escritor de perfil. Recordé que mi maestra de primaria me miraba de manera parecida, cuando yo garabateaba mis primeras palabras. Con letra pulcra, escribió: José Saramago. Para ser un octogenario convaleciente, tenía un pulso firme. Su firma quedó debajo del título dela novela: El viaje del elefante.

***

Pasarán dos años y Saramago abrirá un agujero en la literatura. Para siempre. Y ella dejará un hueco, el que ocupaba El viaje del elefante en la estantería.

 

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Mi mapa del globo/ Microrrelato

 

No he abierto aún el sobre. Lo haré el domingo, a las diez. Dentro está mi próximo viaje. Todos saben que no deben molestarme cuando descubro mi nuevo destino. Viajar es asombrarse. El domingo en el que abrí el sobre de Brujas, me comí unos bombones. Los narcisos florecieron el domingo de Ámsterdam. En el de Roma, leí a Moravia hasta las once. A esa hora me acosté, como todos los domingos. Cada sobre guarda una sorpresa, un lugar donde no he estado: un imán más para la nevera, mi mapa del globo.

 

 

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El Treasure/ Relato

 

Mary ha muerto.

La nueva me la ha traído un fraile capuchino venido con la encomienda de catequizar indios, y con quién distraigo mi ánimo.

Esta pena añadida me demanda ordenar los sucesos que viví desde el veintisiete de julio de 1715, cuando La Francesa dio vela en La Habana rumbo a Cádiz, como parte de un convoy de once naves, cargadas de oro y plata para la Real Hacienda de Su Majestad Felipe V.

La noche del treinta, mientras navegábamos entre la isla de Cuba y el canal de Bahama, nos alcanzó un terrible huracán. Caí al agua y me subí a la cubierta del casco de la San Miguel que se había desprendido y quedó flotando como una balsa. La Capitana del general Utrilla se abrió de improviso y el mar se tragó a más de doscientos hombres. Con las claras del día, me vi rodeado de cadáveres; y quienes aún vivían, imploraban perdón sabiendo su muerte cercana, o maldecían al diablo por su mala suerte. La Francesa había desaparecido. Una irresistible conmoción de aire, como un tornado, recorrió de nuevo la estrechura del canal.

Me desperté con las sacudidas y movimientos de una nave y el ruido de los aparejos.

—¿Qué sucede?—dije.

—Nada que os deba preocupar, señor. Huimos —respondió una voz, mezclando el español y el inglés.

—¿De quién?

—Vuestros compatriotas han extendido patentes de corso para apresarnos. Soy el capitán Jack Rackman.

—He oído hablar de usted. Sois un satélite de Enrique Jennings, el filibustero —dije.

—El capitán Vance lo era. Sabed, señor, que le arrebaté el mando. El Treasure es ahora mi barco.

—Es de cobardes huir —contesté.

—Es un buque más poderoso que el Treasure, y también más pesado. Pero admito vuestra opinión, señor.

Se acercó a la puerta de la cabina y gritó: «¡Desplegad velas!». Escuché carreras por cubierta. «¡Aumentad la distancia». «Timonel, firmeza!».

Rackman vestía como un caballero inglés, no como un pirata. Medias y zapatos de hebilla y una casaca estampada con flores azules y rojas, de cuyas mangas le sobresalían unas puñetas no menos emperifolladas que las chorreras de la camisa.

Regresó y dijo:

—Hemos salvado vuestra vida, señor. Debería estarnos agradecido.

—¿A cambio de qué?

—Podéis sernos de utilidad. Nos dirigimos a la Barbada, y si os apetece uniros a nosotros, muy bien; si decidís dejarnos, ordenaré que le proporcionen un bote.

Las esperanzas e ilusiones con las que había iniciado el regreso a mi Cádiz natal, se habían truncado de manera funesta. Revivir el tormento de la sed no me pareció en aquel momento la mejor idea. «¿Acaso es mal viaje el que tiene fin?», me pregunté, recordando a mis camaradas guardiamarinas de La Francesa.

Sonó una campana.

—¡Retumben los cielos, capitán! Hemos perdido de vista la vela del francés —dijo un pirata, pistola en mano y machete en el cinto, entrando en la cámara.

—Thomas fue quien os rescató anoche durante su guardia —apuntó Rackman.

Asentí. A fe que el tal Thomas era un marinero tremendamente atractivo. Ese pensamiento me turbó al instante. A mis diecinueve años, no había tenido encuentro sexual alguno. Solo vagas ensoñaciones después de sorprender en enaguas a alguna damisela en el taller de costura de mi madre y que siempre finalizaban en el horizonte de su escote.

—¿Qué día es hoy? —pregunté.

—¡Aúlle el diablo! Sí que andáis perdido, señor. Siete de agosto —dijo Thomas. Y salió, no sin antes dirigirme una mirada que aumentó mi curiosidad.

Había llamado cobarde a Rackman por huir. ¿No lo era yo menos ahora, quedándome? Me respondí, convenciéndome de que siempre podría escapar.

Admití el vaso de ponche de ron que me ofreció el capitán y me uní a la cofradía de los piratas.

—Tiene pimienta negra de Jamaica. Es buena para los gases—rió Rackman.

Una mañana ociosa de finales de agosto, el artillero Bonn apareció en el puente con una bandera en la que había sustituido las tibias cruzadas bajo la calavera de nuestra bandera negra por dos alfanjes.

—¡Que tiemblen solo con verla!—gritó.

—¡A muerte, si no se rinden! —bramó Thomas desde la cubierta.

—¡A muerte! —rugió la tripulación.

El Treasure enarboló su nueva bandera el veinticuatro de septiembre. Fue mi primera incursión. Una balandra francesa se rindió sin apenas resistencia. Mientras la tripulación despojaba al navío de cuanto de valor contenía, Rackman se afanó en los baúles de los caballeros. Luego los dejó marchar.

Viendo al capitán probarse casacas y calzones, recordé los trajes que mi madre me confeccionaba de niño con una tela que ella llamaba en francés calicot.

—Os apodaré Calicó Jack —dije al capitán.

—Me hará parecer ridículo y os ahorcaré por ello.

—Vuestra vestimenta ya es extravagante, capitán. ¿Qué mal puede haceros algo más de pimienta?

Me llevó a su cabina y bebimos sin reposo.

Se me acercó al oído.

—Bonn es una mujer —dijo.

—¿Qué le habéis añadido al ponche, capitán?

—Su nombre es Anne —insistió.

—Sabéis el riesgo que corréis, capitán.

—No permitáis que nadie se acueste con ella, salvo yo. Anne coquetea con Thomas.

—¿Celoso de Thomas? —dije—. Descuidad entonces, capitán.

Luego se quedó dormido.

No volvimos a hablar de lo dicho aquella noche, hasta que, después de repartirnos el botín de un mercante inglés, Rackman se las ingenió para que coincidiéramos los cuatro en su cámara. Acepté el envite. Mientras Anne y él retozaban en su hamaca, Thomas me empujó a otra, sentándose a horcajadas encima de mí. Se libró de la camisa. Un vendaje le cruzaba el pecho. Comenzó a quitárselo.

—¿Despejáis la cubierta para mostrarme vuestras heridas? —pregunté pasmado.

Tiró de golpe de la venda y dijo:

—¡Desnudad vuestro acero para Mary!— Y dos hermosos pechos de gran tamaño, brincaron ante mis ojos atónitos.

Abrazado a Mary, atravesé la línea del horizonte y surqué los aires.

Conmovido por mi pérdida, escribo esta narración en la horrible cárcel de Spanish Town, donde Mary contrajo unas fiebres malignas, mientras esperaba un indulto.

 

 

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