Esferas/ Relato

 

Sol omnia regit. El sol todo lo gobierna.

Apenas había recorrido unos metros después de bajarme del autobús, cuando vi la frase tallada en un pequeño monolito, en mitad de un jardincito de verdes luminosos, a la entrada de la Ciudad Vieja de Toruń. Entre sus murallas —hoy derruidas: escenario de aventuras infantiles— nació Nicolás Copérnico. Fue él quien se atrevió a decir que el sol estaba quieto y que eran los planetas los que giraban alrededor de este. Suya es la máxima del monolito.

Mi hijo estudia en Toruń con una beca Erasmus. Hoy tiene un examen de polaco. Cuando lo finalice tomaremos un tren a Gdańsk. Mientras lo espero, me he sentado en una terraza a tomar una cerveza, enfrente del antiguo Ayuntamiento, el corazón de la ciudad medieval. En una esquina del edificio, cara al que fuera su estudio, está «Nicolaus Copernicus», en bronce.

Veo pasar por delante de mí a decenas de niños. Alumnos polacos recorren Toruń cada mañana. Como si hubiera permanecido envuelta en una esfera de cristal durante siglos, la ciudad —que huele a jengibre— está intacta: es una clase viva de la historia de Polonia. Por la tarde, cuando los niños ya se han marchado, Toruń se ensancha y se aquieta. Se parece al anchuroso Vístula que la bordea. Sus aguas pasan serenas, bajo los puentes de ojos rectangulares y estructuras semielípticas. Copérnico creía que los planetas giraban dibujando esferas perfectas. Quizá lo único perfecto que exista sean las esferas. La vida por eso, igual que el giro de los planetas, es una elipse: una esfera deformada.

Un grupo de escolares se ha detenido a mi lado. Su maestra les va pasando helados. Los dos primeros de la fila, concentrados en sus conos de vainilla y chocolate, resucitan en mí una imagen pretérita.

Tendría mi hijo tres o cuatro años, cuando su madre nos fotografió en Malta. Lamíamos ávidamente un helado. El calor espeso que hacía en la isla, junto con el viento del desierto, provocaban que los helados se derritieran resbalando por las paredes exteriores del cucurucho. No podíamos permitirlo. En aquel viaje mi hijo aprendió a pedir helados en italiano, inglés y francés.

Ayer por la tarde los pidió en polaco en Lenkiewicz, la mejor heladería de Toruń. Allí sirven unas esferas de una tupida cremosidad y sabores intensos, que se deshacen premiosamente en la boca.

—Pedir cosas en diferentes idiomas y que te las den, es como una epifanía—me dijo.

Luego me contó que, dos meses atrás, había recorrido a pie las capitales de las repúblicas bálticas. Durante una buena parte de nuestra estancia en Malta, tuve que llevarlo sobre mis hombros. No quería andar.

No he recibido noticias suyas aún. No le pregunté cuánto duraría el examen. Pido otra cerveza. Una Książęce, negra, suave: una sabia recomendación filial. Gracias a él, en este viaje, estoy añadiendo sabores a mi paleta gustativa, mientras recorremos las sucursales del edén que son algunas cervecerías polacas. Ante la imposibilidad de pronunciar la marca de cerveza, se la he señalado a la camarera sobre la carta. El polaco es para mí tan complicado como manejar con agilidad los mandos de una videoconsola. Mi hijo me dejó por imposible. Tuve que inventarme otras maneras para no estar alejado de él.

Varios niños llevan sobre sus mochilas unas capas blancas con una cruz negra, los colores de los caballeros teutónicos. Pasan en silencio por delante de mí. El leve movimiento de las capas, me evoca el vuelo de los hábitos blancos de los derviches giróvagos, a los que cantaba Franco Batiatto.

«Voglio vederti danzare come i dervisches tourners che girano sulle spine dorsali… E gira tutto intorno alla stanza mentre si danza…»

En su danzar, los monjes turcos, giran sobre sus pies. Trazan un movimiento esférico alrededor de una estancia; con los ojos cerrados. La palma de una de sus manos mira al cielo; la otra, a la tierra.

Hago un zoom con mi cámara hacia la efigie de Copérnico, por encima del pedestal. Está de pie, con una pierna adelantada y el índice de su mano derecha apuntando hacia la cerúlea bóveda celeste. Esta postura me recuerda a la del Apolo que pintó Velázquez en la Fragua de Vulcano: el gesto de quien está contando una historia. Por eso esta me gusta más que la que vi en Varsovia; allí Copérnico está sentado. En la otra mano, el astrónomo sostiene algo que parece un sonajero, un astrolabio esférico: un esqueleto construido con esferas que rodean a una esfera aurea, que intuyo maciza: el sol. Una banda exterior —con las constelaciones zodiacales en dorado— lo envuelve.

Sol omnia regit es un memento, semejante a la cantinela que el esclavo romano recitaba al oído de los césares, recordándoles su condición humana. Y caigo en la cuenta de que el egocentrismo cósmico de aquellos que consideraron anatema la idea de Copérnico, pervive aún en nosotros; y que —acaso— ese egocentrismo solo haya perdido su cualidad de cósmico.

Dos zumbidos rítmicos detienen mis pensamientos. Miro el teléfono.

ÉL: Estoy en el bus. Llego en 5 minutos. Espérame en la parada. Tenemos que tomar el 3. El tren sale en 29 minutos.

YO: ¿Qué tal el examen?

ÉL: Padre, ponte a correr. ¡Ya!

La tierra tarda un año en girar alrededor del sol y un día en hacerlo alrededor de su eje. Y nosotros con ella. El día en que mi hijo nació, su vida comenzó a girar en torno a mí: yo era su sol.

No sé cuándo dejó de llamarme «papá» y comenzó a llamarme «padre». Quizás fuera ese el momento en el que se produjo el giro copernicano.

 

 

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Prohibido tirar nada, o la España vaciada/ Relato

 

[La despoblación es un reto de primera magnitud. Una manera de sumarme a la manifestación de «la España vaciada» es este relato.]

 

Dedicado a los maestros rurales. Y en ellos, a todos aquellos que hacen que los pequeños pueblos sigan vivos.

Prohibido tirar nada

 

En este pueblo no hay niños. Ni vientres fértiles que los alumbren.

El día en el que di tres vueltas de llave a la puerta de la escuela, cerrándola por última vez, este pueblo comenzó a morirse. Solo quedaban los dos hijos de un temporero: insuficientes para que permaneciera abierta. Un autobús los recogía cada día y los llevaba a veinticinco kilómetros. Al año siguiente, el temporero emigró. Y con él, los dos últimos usuarios del parque infantil que hay en la plaza.

Cuando llegué a este pueblo, hace treinta años, tenía doscientos habitantes y cinco niños en edad escolar, a los que sumé mis tres hijos.

Los tres se han marchado.

No tenía escuela en la que enseñar. Me convertí en maestro itinerante. Recorría más de cien kilómetros diarios, de pueblo en pueblo, dando clases en las escuelas que aún permanecían abiertas. Pasaba la mitad de mi tiempo en la carretera. Como los médicos. Como el cura los domingos. El invierno pasado saquearon la iglesia; robaron hasta unas piedras de sillería. Nadie se enteró. Las casas que la rodean están abandonadas; les arrancaron las rejas.

Estoy jubilado. Salgo de mi casa y en cinco minutos, estoy en un bosque, o subo a la montaña, o recorro—en soledad o acompañado— la ribera del río. Este era el camino favorito de los niños, porque encontraban fresas salvajes y moras. Recogían flores que colocaban sobre un papel secante y luego las clasificábamos en clase. En otoño, abrazaban a las hayas, bajo un chaparrón de hojas amarillo rojizas.

Lo que más me gusta de vivir en este pueblo es la convivencia. El propietario de la cantina ha construido unas habitaciones. Ya habría cerrado, si no alojara veraneantes. Los hay que se enfadan porque tienen que esperar a que acabe la misa dominical para visitar la iglesia románica; solo el cura tiene la llave. Otros se quejan de que enviar un correo electrónico les cueste quince minutos. La España que vive presurosa y la España lenta, silenciosa y despoblada, juntas. La primera España se olvidará de la segunda cuando finalice el estío y los veraneantes se hayan ido. Entonces los camiones de la basura volverán a pasar de largo.

La cantina es tan importante como una escuela, pero los veraneantes no siempre lo saben apreciar.

Vivir en este pueblo significa explicar mi propia vida. He ayudado a restaurar el edificio donde estuvo la escuela: la fortaleza desde la que luchar contra el desamparo y el abandono. Cuatro años atrás, en este pueblo vivíamos cincuenta personas. Hoy no llegamos a veinte.

El cementerio es el lugar más habitado.

Rescaté el globo terráqueo del aula; estaba aún sobre la que fue mi mesa durante veinticuatro años. Mientras le quitaba el polvo, retumbaron en mí los ecos— metálicos, crueles— de aquellas tres vueltas de llave. Se lo he regalado a mi nieta por su cumpleaños.

En verano, mientras se balanceaba en el caballito rojo y orejas verdes del parque infantil, me dijo:

—Abuelo, ¿por qué no hay niños?

 

 

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Sísifo y el péndulo/ Relato

 

Fue un hecho banal, un tropiezo infantil. O así lo había creído yo durante más de cuatro décadas. Hasta que, de pronto, resurgió en mi cabeza lo que ocurrió aquel día.

Así es cómo lo recuerdo.

Era mi primera participación en un concurso: redacción para escolares de nueve años. Disponía de una hora para realizar el ejercicio y de unas hojas en blanco.

Dos profesores vigilaban entre las tres filas de pupitres, uno en dirección contraria al otro. En el silencio del aula, habían logrado acompasar sus pasos a un ritmo que me recordaba al del péndulo del reloj que mi abuela tenía en el salón. Tic, tac. Cuando escuchaba los pasos detrás de mí—tic—, agachaba la cabeza y garabateaba; volvía a levantarla cuando se alejaban. Pero tenía de frente al otro profesor—tac—; entonces tachaba lo que había escrito. Ninguna frase tenía para mí la suficiente valía o la creía sacada de alguna novela de aventuras.

Tres mil seiscientos pasos. Tres mil seiscientos segundos. Tic, tac.

Los vigilantes recogieron los ejercicios, guardándolos luego en un sobre color manila. Dentro de aquel sobre iba la prueba de mi delito, que creí olvidada para siempre cuando se marcharon: mi redacción era una hoja en blanco, solo había escrito mi nombre.

***

Descubrí la épica el día que escuché en el cine la corneta del Séptimo de Caballería. Aplaudía y hacía globos con sabor a fresa, que me explotaban en la nariz. Ahora, cuando John Travolta besa a Uma Thurman, lloro. Necesito— soy un ser humano — la épica para sobrevivir. Pero me traiciono pensando que no poseo ese don.

Soy Sísifo, castigado a perpetuidad por despreciar a las musas. La diosa de la memoria se ha unido también al aquelarre, recordándome aquel día en el que se dictó sentencia. Hasta ahora no he sabido que estaba siendo condenado ni la crueldad del castigo. Tic, tac.

Sufro escribiendo. Las palabras se agolpan, se combinan en el magma de mi mente; se enfrían luego y crean un granito tosco, informe, la roca que, desde hace cuarenta años, empujo hacía la cima de la montaña con un único afán: juntar signos para cubrir aquella página en blanco en la que solo había escrito mi nombre. Y en el intento resbalo y, perseguido por la roca, caigo al vacío— una, mil veces—, como caen los malvados de la películas de Walt Disney.

Cuando Sísifo se hunde es más fuerte que su roca, el tormento es a la vez la victoria, dice Camus. Entonces es cuando puedo alcanzar la cima: un momento tan poderoso como efímero. Cuando recupero la consciencia, después de haber estado en un tiempo y un espacio que no me pertenecían enteramente, caigo nuevamente al vacío. Pero en esta caída hay gloria. El esfuerzo no ha sido inútil.

Conservo aquel reloj de mi abuela. Está parado. El eje del péndulo es una flecha hacia el precipicio, al inframundo al que soy empujado: el lugar donde soy mejor que yo mismo.

 

 

 

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Recuperar la memoria/ Microrrelato

 

Me había detenido en una caseta de la Feria del Libro, en el Retiro. Al levantar los ojos del mostrador, la vi: mirándome, con las manos en la espalda. Hacía un año que no hablábamos. La saludé. No me llamo Julia, dijo. He olvidado tu nombre, balbuceé. Se rió. Evité el ridículo de recitar el santoral completo de la jota y ella sugirió que salía a las nueve.

Bajamos —bromeando— por la cuesta de Moyano. Nos detuvimos delante de la fachada lateral del Museo del Prado. Levantó la mano hacia el centro del Paseo. Besó mis labios, un beso largo. Me quedé pasmado. Recuerda mi nombre, susurró, mientras subía al taxi. «¿Cómo se llamaba tu mujer?», pensé, de repente, mirando la estatua de Velázquez que tenía delante de mí. El nombre se dibujó en mi mente y se hizo grito en mi boca: ¡Juana! Pero ella ya no podía oírme.

 


Con este relato me sumo al apoyo a  la candidatura «El Paseo del Prado y El Buen Retiro, Paisaje de las Artes y de las Ciencias», que Madrid ha presentado a la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. Aspira a ser declarado Patrimonio de la Humanidad en la categoría de Paisaje Cultural.

 

 

 

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Pato muerto/ Relato

 

La secretaria de Méndez me invitó a que me sentara, que la reunión iba a retrasarse, me dijo. Llevaba meses esperando a que me recibiera; unos minutos más, poco me importaban. Me trajo un café y cuando se dio la vuelta para regresar a su mesa, le vi un tatuaje en el tobillo: parecía la silueta de una virgen. Mi memoria entró en escena, para llevarme hasta las páginas de una novela del colombiano Fernando Vallejo. Allí se contaba que los jóvenes asesinos a sueldo de los narcos llevaban tres escapularios con la imagen de la Virgen de los Sicarios: uno en el cuello para que les dieran negocio; otro en el antebrazo para que no les fallara la puntería; y el tercero, en el tobillo, para que les pagaran.

«El que les colgaba del cuello les quedaría cerca del corazón», pensé; acaso porque fuera el más importante para ellos. Nada les importaba, sin embargo, en qué consistía el trabajo ni lo que tenían que hacer para cobrar.

Abandoné ese pensamiento desasosegante, centrándome en la lectura de una revista. Estaba hojeándola, cuando del despacho de Méndez salió una mujer con varias carpetas en la mano. No la conocía. Le susurró algo a la secretaria y se fue sin saludarme siquiera. La breve porción de tiempo en la que la puerta permaneció abierta, fue suficiente para que el antedespacho quedara impregnado por el olor a puro.

Mi jefe continuaba con la costumbre de fumarse un puro después de comer.

Con un habano entre los dedos me había recibido la última vez que nos habíamos visto. Nos conocíamos desde hacía más de veinte años, pero él había ascendido más rápidamente que yo. «Vamos a trasladarte», me había dicho ya mediada la conversación. No supe quienes se ocultaban tras la utilización de la primera persona del plural que utilizó, o si la decisión de trasladarme era colegiada, o si es que Méndez creía estar investido de un poder omnímodo.

Le recordé que tenía dos hijos de corta edad, que alejarme de ellos sería dramático, impactados aún por mi divorcio. Encendió el veguero que se le había apagado entre los labios. «Casi mil kilómetros de por medio son demasiados», le dije. La melodía de su teléfono móvil partió por la mitad mi argumentación. Pensé que no lo haría; pero lo hizo: contestó la llamada, acercándose a la ventana, hasta la que llegaban las copas rojizas de los árboles del bulevar.

Exhaló una bocanada de humo, que se desplazó como un ectoplasma sobre la mesa de reuniones: tenía la forma del mapa de una isla. Las ventosas de una colonia de sanguijuelas que se instalaron de pronto en mi estómago, tiraron de mí hacia el fondo del asiento.

Cuando colgó, hizo un gesto con las cejas y suspiró antes de explayarse recordando nuestros comienzos juntos, para terminar diciéndome que lo que él quería era protegerme. Dio una larga calada al cigarro, a la vez que adoptaba el aire de complicidad de quien quiere hacer una confidencia. Me contó entonces que su abuela había ocultado durante la guerra civil a un personaje del bando contrario, y que una vez acabada la contienda, había ocupado puestos muy importantes. «Nunca dejó de agradecer a mi abuela lo que hizo», dijo ufano, arrellanándose en su sillón. En aquel momento solo se me ocurrió preguntarle si es que estábamos en guerra y contra quién. Se echó a reír, y me dio unas palmadas en la espalda, mientras me acompañaba hasta la salida.

Nueve meses y dos días habían pasado desde aquella conversación con Méndez. El mismo tiempo que había transcurrido desde que mi hija pequeña dejara de hablarme y yo solamente pueda hablar de él llamándole por su apellido. Dejé la revista en una mesita auxiliar y di un sorbo al café. Se había quedado frío. El teléfono del escritorio de la secretaria del tatuaje en el tobillo sonó dos veces. Me abrió la puerta luego y se echó a un lado para que entrara al despacho; y la cerró.

— Hagámoslo rápido— me dijo Méndez, cambiando de mano el puro para estrechar la mía—. Estás despedido.

Cuatro palabras como cuatro tiros, difuminadas por el ruido de una motocicleta que subió desde la calle, colándose por la ventana abierta, para que se fugara el humo.

— El trabajo de un sicario—le dije—. Y pato muerto.

 

Este relato fue inicialmente publicado en el Club de Escritura Fuentetaja

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Talleres de escritura, una impresión/ Microrrelato

 

Quería

 

Aquí acaba mi carrera criminal: voy a disparar a la sien de mi ego. Gloria fue la primera. Quiero escribir para que me lean, respondí a la profesora. El primer día y ya quieres que te lean, me dijo Gloria al salir del taller. La maté. El siguiente fue Ortuño: lo odiaba desde niño; y luego a mi exjefa; y a un vecino, y a su mujer. Con F fue diferente: antes de asesinarla, la amé. Ella, que me negó su amor, me ha denunciado. No quería escribir para que me leyeran, señor juez: buscaba impunidad.

 

 


Este microrrelato fue inicialmente publicado en la página del Club de Escritura Fuentetaja, el 27/05/2018. Con este microrrelato quedé entre los diez finalistas en el Concurso de microrrelatos «Taller de escritura»,  organizado por el Club de Escritura Fuentetaja y los cines Golem.  Aquí puedes leer el Acta del Jurado.

Fotografía tomada en la exposición sobre Andy Warhol. CaixaForum Madrid. 2018.

 

 

 

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No me da la vida/ Microrrelato

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Diversidad Literaria para formar parte de la antología ELLAS III, 2018

No me da la vida

 

Tengo ansiedad, me dicen en urgencias: un tranquilizante y a correr. Toca darle vuelta a la casa como si fuera un bolso; es sábado. Luego, al curso: lo necesito para mi trabajo. Mi hija está con mi madre; tenía dos años cuando lo abandoné. Ya tiene ocho; habla inglés. Necesito unos zapatos rojos. Tengo que ser hombre y mujer. Quiero desaparecer: ya hablo como mi madre. Ser perfecta es un timo.

 

 

 

 

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Tras la puerta/ Microrrelato

 

Tras la puerta

 

El timbre suena como siempre: dos golpes cortos y agudos. Si fuera el vecino de arriba, me dice «soy yo», y le abro. No escucho nada.  Por la hora, puede ser el cartero. No estoy esperando a nadie. Es sábado: no hay correo. Aparto la cafetera del fuego. Desde la mirilla solo veo la puerta cerrada del piso de enfrente.  Abro.  El picaporte se me queda pegado a la mano. ¿Me invitas a café?, dices a mi espalda.

 

 

 

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