Señales/ Relato

 

— No creerás que voy a contestar —dice, mirando el bolso en cuyo interior ha comenzado a sonar el teléfono. La luz del semáforo cambia de verde a rojo. Julia detiene el coche. Su casa aparece reflejada en el retrovisor. ¿Cuántas veces se ha parado ante este semáforo? ¿Cuántas veces lo ha cruzado en verde? Imposible contarlas después de veinte años. Tampoco recuerda si la imagen de su casa se había quedado alguna vez enmarcada en el espejo así, como si fuera la fotografía del anuncio de una inmobiliaria.

Enciende la radio y sintoniza una emisora musical.

El todoterreno que se ha parado detrás le quita la visión de la casa. Julia acerca la cara al espejo y se pasa los dedos por el nacimiento del pelo: una cana, dos, tres… El conductor del todoterreno da un bocinazo largo y gesticula con las manos. Julia arranca con tranquilidad y gira hacia la avenida en uno de cuyos laterales está el paseo al que traía a jugar a sus dos hijas cuando eran pequeñas.

El teléfono suena de nuevo.

—Ahora soy yo quien decide —Y lo ratifica, golpeando el volante con la palma de la mano. La canción que ha comenzado a sonar en la radio, estaba de moda el año en que conoció a Adolfo. Él le decía lo guapa, lo cariñosa y lo inteligente que era, y ella cuánto lo amaba. Él había ascendido a director de una multinacional. Ella daba clases a niños pequeños, su gran pasión. Él la llamaba desde cualquier lugar del mundo donde estuviera. «No puedo pasar ni un solo día sin escuchar tu voz», recuerda haberle confesado ella una madrugada en la que la llamó desde Estados Unidos.

Sube el volumen de la música y tararea el estribillo de la canción. Acompaña la música deslizando los dedos sobre el volante.

La mayor nació al año y medio de estar casados. La idea de formar una familia les gustaba a ambos. Decidieron que ella dejaría su trabajo durante dos años para cuidar de la niña. Julia seguía queriendo a Adolfo; él le enviaba flores sin motivo, la sorprendía con regalos e inolvidables vacaciones; ella le acompañaba a las fiestas y convenciones de la empresa. «Pero yo me siento triste», había confesado Julia a una de sus amigas. Cuando nació su segunda hija, decidieron posponer de nuevo su vuelta al trabajo.

—¡Qué insistente eres cuando se trata de ti! —dice señalando con el dedo el teléfono que ha vuelto a sonar. Echa su chaqueta sobre el bolso.

Aprovecha que al final del paseo hay una señal de stop para encender un cigarrillo. Sale a la carretera. Baja el volumen de la radio. Le ha parecido oír una sirena. Mira por el espejo y ve las luces de una ambulancia a lo lejos. La crisis llegó a la empresa de Adolfo sin avisar; perdió su trabajo. No lo encontró, sin embargo, a la misma velocidad con la que la ambulancia comienza a sortear vehículos, invadiendo el carril izquierdo. Julia aminora la velocidad y la vigila por el retrovisor del parabrisas. Después de varios meses de búsqueda, Adolfo pudo recolocarse, pero el sueldo no les permitía llegar con holgura a fin de mes. Tampoco a ella le fue fácil; después de varios años fuera del mercado laboral, tuvo que aceptar sustituciones y trabajos a tiempo parcial, que molestaban a Adolfo, porque que tenía que preparar la cena y atender a las niñas.

La ambulancia —cada vez más cercana— se ha enmarcado completamente en el retrovisor lateral. Y en ese momento, Julia recuerda la imagen de su casa reflejada en su retrovisor. «Los problemas con Adolfo no comenzaron cuando nació la mayor, fue al comprar la casa», piensa, echándose a la derecha y permitiendo que la ambulancia la adelante.

—Tengo que hablar con la niñas —dice—. Tienen que aprender a ver las señales.

Da una calada al cigarrillo. Recuerda que la casa le gustaba a los dos. Estaba muy cerca de la empresa de Adolfo, pero a una hora del trabajo de ella. Una vez perdida esta batalla, intentó convencer a su marido de que el precio era excesivo. Pero él dijo que no y fue que no. Piensa ahora que aquella decisión de aceptar había marcado el rumbo de su matrimonio. Aquella primera decisión, un instante fugaz comparado con veinte años de matrimonio, pero suficiente para que Adolfo creyera que ceder era una claudicación. Ahora entiende con más claridad una conversación que había tenido con Adolfo hacía un mes y que la había dejado pasmada. Él estaba sentado al borde de la cama y ella se desmaquillaba.

—Llegas tarde, como siempre— dijo él

—No elijo mi horario.

—Has cambiado—insistió Adolfo.

—Siempre fui lo que tú quisiste que fuera. Ahora, simplemente, quiero ser yo—Y dejó que la suavidad del algodón le acariciara la mejilla.

Apaga el cigarrillo. Toma un frasquito y rocía la cabina del coche. El teléfono emite de nuevo su melodía.

—Ya habrás descubierto el armario vacío— dice Julia.

Apaga la radio. Pone el intermitente y aparca. Toma el teléfono, marca. Cuando el icono del teléfono pasa de rojo a verde, Julia sonríe y dice:

—Hola, cielo, ¿tienes hueco hoy? Necesito mechas.

 

 

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Centaruros de metal/ Relato

 

Agosto, en algún lugar de La Mancha

 

El AVE atraviesa el desmesurado secarral manchego. Tras la ventanilla, la calima flota ingrávida y transparente. La velocidad del tren y la bruma, convierten los postes del tendido eléctrico en cimbreantes estructuras de color gris. Parecen moverse al mismo ritmo contagioso y vibrante al que lo hacen las bailarinas de la canción Dancing Quenn en las video pantallas del vagón. Proyectan Mamma mia! La música se cuela por mis auriculares, y baja, zigzagueante, hasta mis pies. No puedo controlarlos. Tampoco puedo dominar la emoción circular que revolotea en mi estómago. ¡Están bailando en la pequeña ensenada de Damouhari!

Damouhari es una de las muchas aldeas que pueblan la Magnesia, en la región de Tesalia: la Grecia interior. Un monasterio ortodoxo que, desde la lejanía se antoja inaccesible, parece colocado a propósito en la cima de una peña, como en un belén navideño. Señoriales y decimonónicas casas, en cuya arquitectura se adivinan pretéritas influencias bizantinas y turcas, dan señas de su abandono.

Pueblecito de calles angostas y empedradas, con enormes árboles centenarios en la plaza, bajo los que sestean los ancianos y por la que cruza, absorto, un pope barbado.

No hay prisas, ni colas, ni aglomeraciones. Los lugareños miran al visitante con un cierto aire de novedad, lo que hace que el trato sea más hospitalario y amable.

Huele a tomillo, a romero, a orégano.

En los pueblos de la Magnesia hay museos locales, situados en antiguas casas de dos pisos o en alguna vieja escuela. Un sinfín de objetos singulares, aparentemente desordenados, colocados en alacenas o colgados de las paredes: trajes, documentos de la presencia turca, banderas, camas, lámparas, braseros, armas, retratos, libros y cartillas escolares: fragmentos de vidas.

En una ensenada rodeada de olivares, a las afueras de Damouhari, se construyó la plataforma que sirvió de escenario para uno de los momentos más vibrantes de Mamma Mía!: medio centenar de mujeres bailan Dancing Quenn. Ahora las veo en las pantallas; me hacen bailar.

Evoco la quietud y el silencio de aquellos montes que hace millones de años estaban habitados por belicosos centauros; la patria de Jasón y los Argonautas. Pedí un café frappé en la terraza —a la sombra de una parra—que hay frente a aquella ensenada. Su sabor dulzón, helado, acaricia mi boca en este instante en el que cabalgo a lomos de un centauro de metal, atravesando la canícula agosteña, al ritmo de Dancing Queen.

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Huecos. Una historia del trabajo y la vida/ Relato

 

Responder una llamada telefónica es, para mí, una decisión automática, algo trivial. Pero aquella mañana no fue ni una cosa ni la otra.

Si contestaba, ¿se cerraría por fin el hueco? Que digo hueco, un foso como el de los castillos medievales. No quise imaginar qué pasaría si no contestaba.

Tres meses sin hablarme y mi novia me llamó en el momento exacto —¡vaya puntería!— en el que comenzaba la rueda de prensa de un escritor famosísimo que, aún convaleciente, había conseguido terminar su novela.

¡Alto! Si no me hablaba, ya no puedo decir «mi novia». Pero si me ha telefoneado… La llamaré «ella», en lo sucesivo.

Continúo.

Dejé mi grabadora funcionando sobre un altavoz, salí a la calle y contesté. Quería que cenáramos en un restaurante tailandés que le gustaba. Los tallarines con tofu o el pollo con leche de coco no me volvían loco, pero eso era lo de menos, después de que me hubiera colgado el teléfono y dejado vacío el cajón de su ropa interior (aunque lo hizo en orden inverso).

Una manera de rellenar huecos es trabajar, porque olvidas; salvo que te hayan despedido, que eso ya es estar en un agujero. Y eso fue lo que pasó una semana después de que ella se fuera, que me despidieron de la emisora de radio en la que trabajaba. Dos huecos abiertos. De golpe.

Pero, ¿qué otra cosa es la vida, sino ir tapando huecos?

Puse mis calcetines en el cajón que ella vació y tapé el primer hueco. ¿Definitivamente?… Misterio. Cerrar en falso es letal.

Del segundo hoyo me sacó el periódico para el que trabajo. La cobertura de la presentación del (esperado) libro fue lo que me llevó hasta la sala que abandoné para contestar la llamada. Así que regresé a la rueda de prensa y conseguí cerrar el agujero que se me había abierto en el estómago al escuchar la voz de ella. Pero se me abrió otro: ¿qué querría?

Calma. Decidí que cambiaría el tofu por unas gambas.

El escritor anunció que su novela contaba las peripecias de un inusitado regalo de bodas. La originalidad de la trama imaginada, me dio la idea de hacerle a ella un regalo singular: un ejemplar de la novela, dedicado por su autor favorito.

Los colegas preguntaban, el escritor hablaba del libro y de su salud, y yo seguía a lo mío, que en ese momento era pelearme con una creencia: pedir una dedicatoria era un morboso ejercicio de mitomanía. No sabía cuándo esta idea se me había metido en la cabeza, pero la marcha atrás que impuse a mi memoria para encontrar su origen, provocó la apertura de una nueva grieta: el ejemplar del libro presentado y que la editorial nos había regalado a los presentes, ¿era mío o del periódico? Apropiármelo me parecía tan deshonesto como imprimir documentos personales en la impresora de la empresa.

Con la misma facilidad con la que abjuré de la creencia, me adueñé del libro.

¡Y que era lento tomando decisiones!, decía ella.

El recinto donde se celebraba la rueda de prensa más parecía, por sus dimensiones, un salón de bodas que un lugar para la presentación de un libro. Detrás de una mesa ancha y alargada, estaban el escritor, su mujer y la editora.

Desde donde yo estaba —al fondo de la sala—, los veía como si los estuviera mirando con unos prismáticos colocados al revés. Y, entremedias, un foso infranqueable: cien periodistas, como poco. La misma perspectiva con la que yo la estaba viendo a ella los últimos noventa días.

Esperé a que llegara el momento de las fotos y aprovechar la confusión y los codazos de los fotógrafos y los cámaras de televisión, para colarme. Rodeándolos, subí de un salto los tres escalones del estrado y me coloqué —atravesado— en la abertura entre el sillón giratorio del escritor y el de su mujer.

¿Puede poner «Para Lucía»?, dije.

Aceptó el libro. En el dorso de las manos se le marcaban los huesos debajo de la piel avejentada. Una alianza le brillaba en la izquierda.

Yo no dedico, caballero. Yo firmo, respondió con un acento suave.

El eco de la sala amplificaba el ruido de los disparos continuados de las cámaras. Vi al fotógrafo de mi periódico. En sus labios leí: «ca-ra-du-ra». Bajé la cabeza. Pude ver así que el cabello gris le nacía al novelista del occipital y le caía hasta el borde del cuello de la camisa. Por los lados, apenas si le tapaba las varillas de las gafas. El resto de la cabeza estaba salpicado de unas escuetas briznas de vello como césped recién brotado. Todos los días no tiene uno el cráneo de un Premio Nobel de Literatura delante de los ojos.

El ruido de los flashes se fue desvaneciendo. La mujer del novelista giró entonces su sillón y me quedé entre los dos respaldos, estrujado como una rodaja de mortadela. La presión en medio del pecho y el calor de los focos en el cogote (en ese orden), hicieron que —¡horror!— una gota de sudor cayera sobre la portada del libro.

¡Clic!

Vi la foto en Internet después. Mi fotógrafo —con su disparo furtivo— detuvo el tiempo en aquella postura, más propia de un contorsionista circense que de un periodista honorable. Vale que era un «caradura» y que había enterrado mi dignidad, ¡pero fotografiarme así!

¿Me lo quiere firmar?, dije con la voz ahogada (juro que no es metáfora).

Solo podía mirar al escritor de perfil. Recordé que mi maestra de primaria me miraba de manera parecida, cuando yo garabateaba mis primeras palabras. Con letra pulcra, escribió: José Saramago. Para ser un octogenario convaleciente, tenía un pulso firme. Su firma quedó debajo del título dela novela: El viaje del elefante.

***

Pasarán dos años y Saramago abrirá un agujero en la literatura. Para siempre. Y ella dejará un hueco, el que ocupaba El viaje del elefante en la estantería.

 

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