Toruń, la ciudad donde cambió la visión del mundo

 

Desde Toruń, una encantadora ciudad al norte de Polonia,  Copérnico cambió la visión del mundo. No era el sol el que giraba alrededor de la tierra. Era exactamente al contrario. Una auténtica revolución.

Torun, estatua de Copernico
Estatua que la ciudad de Toruń ha dedicado a su hijo más ilustre, el astrónomo Nicolás Copérnico. A la izquierda—gótico polaco, en ladrillo rojo—, el antiguo Ayuntamiento. Copérnico mira hacia el que fuera su antiguo estudio.

Un hexágono envuelto en una esfera

 

Toruń tiene hoy alrededor de 200.000 habitantes, muchos de los cuales son estudiantes de su Universidad. Y cómo no, lleva el nombre de Copérnico. También lo lleva una cerveza. Eso sí, en edición limitada.

Aunque el astrólogo esté omnipresente, su presencia, lejos de apabullar, es una invitación a  reflexionar sobre cómo aceptar las nuevas ideas.

Torun, efigie Copernico
Imagen en alabastro de Copérnico en el Museo instalado en el interior del antiguo Ayuntamiento. La maqueta de este edificio es la que aparece en la vitrina, abajo a la izquierda.

 

La Ciudad Vieja de Toruń tiene forma hexagonal. Dos de sus lados están bordeados por el anchuroso Vístula. El cauce es amplio y  sus aguas fluyen serenas, bajo los puentes

Torun, puente sobre el Vístula
Los puentes sobre el río Vístula a su paso por Toruń, son lo único de nueva construcción. Los antiguos puentes, fueron los único que destruyeron alemanes y rusos.

 

Los otros cuatro lados del hexágono, están circundados por los restos de las murallas que los teutones levantaron en el siglo XIII.  Las murallas son hoy escenario de aventuras infantiles. Por entre ellas pasean adolescentes cogidos de la mano, camino de un cercano balcón al río Vístula , donde —quizá—cuelguen un candado en el enrejado.

Torun, casa modernista morada
Coloridas casas modernistas en la calle principal de Toruń, junto a la Plaza del Ayuntamiento.

 

Límites adentro, la ciudad —que huele a galletas de jengibre— está poblada de iglesias y edificios góticos de ladrillo rojo, de restaurantes y comercios con artesonados de hace cuatrocientos años; de casas con fachadas amarillas, verdes y azules. En una de esas casas nació Nicolás Copérnico.

Torun, casa de Copérnico
El astrólogo nació en la casa a la derecha del canalón. La casa que aparece a la izquierda, fue comprada posteriormente por su padre, un próspero mercader. Ambas estaban siendo restauradas en mayo de 2018.

Toruń, una ciudad para el paseo y la reflexión

 

Toruń vive a dos ritmos diferentes. Por la mañana, la ciudad está transitada por grupos de turistas y escolares que tienen en Toruń una clase viva de la historia de Polonia. Este enclave ha vivido diferentes ocupaciones desde su fundación. Pero ha salido indemne y está intacta, en un magnífico estado de conversación.

Torun, patio interior ayuntamiento
El patio del antiguo Ayuntamiento de Toruń un remanso de paz. Un lugar tranquilo para leer, tomar notas o, simplemente, descansar, en pleno centro de Toruń. Tras la puerta del fondo, por las mañanas, el transitar de escolares y turistas, es grande, aunque no resulta molesto.

 

Por la tarde, los escolares polacos y los grupos de turistas ya se han marchado. Pasear por el entramado de calles de Toruń, prácticamente vacías, es todo un placer.

Pasear por la ciudad natal de Nicolás Copérnico es una invitación a reflexionar sobre como aceptamos las ideas nuevas; sobre los nuevos paradigmas.

 

El 24 de mayo de 2018 se ha cumplido el 475 aniversario de la muerte del astrólogo humanista. Fue precisamente tras su muerte cuando sus gran obra fue publicada.

Dicen las crónicas que Copérnico fue un hombre de carácter tranquilo. Era poco amigo de entrar en polémicas acerca de sus ideas sobre el movimiento de los planetas. No pudo evitar que, con la publicación de su obra, tuviera muchos detractores, para quienes era impensable que fuera la tierra la que girara alrededor del sol. Un anatema.

 

Las fotos que ilustran esta crónica fueron tomadas entre el 22 y el 24 de mayo de 2018.

 

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Esferas

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Un hombre bueno/ Relato

 

No me gustó lo que el empleado de la funeraria propuso. Una cinta morada en la quería escribir: «Tu esposa e hijos no te olvidan». Cámbielo por «Fuiste un hombre bueno», le dije. Y que la cinta sea blanca. Eso no es lo habitual, me respondió. Tampoco hay tantos hombres buenos, contesté.

Después vino hurgar en su vida: papeles, su colección de vitolas de puro, los libros que leía o las cartas que le escribía a mi madre.

Supe que mi padre no sabía nadar cuando vi unas fotos suyas en la playa. El agua apenas le cubría los tobillos. No era la única. En otras aparecía sentado cerca de la orilla. Acaso fuera por eso por lo que solía decir que una de las tres cosas más importantes en esta vida era saber nadar. Me dijo que había hablado con un tal Braulio, que era amigo suyo, y que él me enseñaría a nadar. El primer día que me vio en la piscina, Braulio me dijo que ya sabía nadar. No sé por qué me lo dijo, porque yo solo había chapoteado.

Mi hijo aprendió a nadar con tres años. Había piscina en la urbanización. ¿Y si se caía? Cuando mi hijo aprobó el carné de conducir, me dijo que ya tenía la segunda cosa que era importante para mi padre: saber conducir. Mi hijo no conoció a mi padre, pero yo se lo había contado. No supe explicarle por qué mi padre consideraba importantes esas cosas, nunca se lo pregunté. Podía haber aprovechado —he pensado muchas veces— los viajes que hacía con él en verano, porque mi madre no quería que viajara solo cuando salía a trabajar por la provincia. Y no sé si era porque yo era muy retraído o porque mi padre me contaba historias que me embobaban.

Fue su oratoria lo que le llevó a Nueva York. Me trajo un bombardero B-29 color verde oliva. No supe unir bien las piezas, y le sobresalían los pegotes de pegamento. Yo le regalaba a mi hijo piezas de Lego, no necesitan pegamento: hacen clic cuando encajan. Supongo que mi padre en Nueva York hablaría en castellano o lo traducirían. Tampoco se lo pregunté. Fue su único viaje al extranjero. Mi hijo habla tres idiomas. Cuatro con el que me viene de serie, suele corregirme. Hablar idiomas era la tercera cosa importante en la vida para mi padre.

Mi hijo dice que no hay que avergonzarse de lo que estudias, de lo que eliges o de lo que haces por miedo a si será útil o no, que  la utilidad de algo depende solo de la que tú le des.

Ha entendido mejor mi hijo que yo, lo que quiso decir mi padre; mi hijo es más sabio que yo. Eso es lo que quería mi padre de mí, que fuera mejor que él. Pero esa era solo una de las razones por las que fue un hombre bueno.

 

 

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Oscuros callejones/ Relato

Relato finalista en el II Concurso de Historias del Viaje, organizado por el Club de Escritura Fuentetaja, donde fue inicialmente publicado y comentado por los lectores.

De este relato el Jurado ha dicho:

«Relato audaz, con una prosa ágil y cuidada, muy interesante también como ejercicio de metaliteratura, imbricados viaje (a Edimburgo) y libros (incluido Edmundo Paz Soldán como uno de los personajes). La novela negra como guía de viaje».

Oscuros callejones

 

En definitiva, no hay más que libros de viajes o historias policiales. Se narra un viaje o se narra un crimen. ¿Qué otra cosa se puede narrar?

Ricardo Piglia 

 

— No dejes de visitar el Oxford.

Si solo había visto la portada del libro o si intuyó por mi lectura la motivación de mi viaje, no lo sé; el caso es que la recomendación que hacía la pelirroja del asiento contiguo, era acertada. Aún sorprendido por su comentario, le contesté que claro que iría, que ni hablar de perderme el Oxford, el bar favorito del inspector John Rebus.

Que yo quisiera conocer los lugares por los que se mueve Rebus, el policía inventado por el novelista Ian Rankin, me había valido, de boca de un compañero de trabajo, el calificativo de «mitómano». Las guías de viaje son aburridas, le había rebatido, y añadí que las novelas negras eran guías de viaje en las que latía la vida de las ciudades que describen. La pelirroja me habló de un tour que recorría los lugares oscuros y misteriosos de Edimburgo, antes de disculparse por haber fisgado por encima de mi hombro. Se presentó como Margaret, profesora jubilada. Qué religiosos son los nombres de los españoles, me dijo al escuchar el mío. Podía haberle dado varias respuestas. Pero le confesé que Edmundo Paz me había pedido permiso para bautizar con mi nombre a uno de sus personajes; y que, para mi sorpresa, en su siguiente novela, el boliviano había cumplido su promesa: un sicario mexicano llevaba mi nombre.

Mientras Margaret escribía la dirección del pub desde el que partía la visita, me pregunté por qué el novelista boliviano había decidido poner mi nombre a un sicario, unos segundos después de que nos hubiera presentado la relaciones públicas de su editorial. Margaret fue al baño y yo volví al libro que estaba leyendo. Que lejos estaba yo de saber que fue el libro quien me había elegido a mí.

***

La mañana estaba tristona. Los globos que colgaban del techo del pub estaban encendidos. Se reflejaban como flashazos entre los huecos que las botellas de güisqui dejaban en los espejos colocados al fondo del Royal Oak. Pregunté al hombre del mostrador por la gira que me había recomendado la profesora. Señaló a un tipo con un sombrero tejano, que por todo saludo echó un trago de cerveza. Debía medir casi dos metros. Se apoyaba, medio inclinado, en la pared sobre unas enormes espaldas, lo que propiciaba que su barriga pareciera aún más abultada. Me pareció un cruce grotesco entre los ídolos de la isla de Pascua y Cocodrilo Dundee. Unas nubecillas de espuma le bailaron en la descuidada barba, cuando me dijo que seríamos cuatro: una italiana, dos irlandeses y yo, si podía pagar las diez libras que costaba el paseo, ¡of course! Soltó una risa aguda. Dudé un instante entre unirme a la masa de turistas que a esa hora ya abarrotarían la Royal Mile o aguantar a este voluminoso bufón durante dos horas. Pudo más que Edimburgo es una ciudad intrigante y misteriosa, con pasadizos y calles estrechas, a las que las turistas no acceden ni saben cómo llegar. Le di un billete de veinte. Del bolsillo de una sudadera escarchada de pelotillas de lana, sacó dos billetes de cinco libras escocesas— solo válidas en Escocia—, y me los dio uno a uno, como si se estuviera desprendiendo de una mano.

De regreso a su casa una noche, el inspector Rebus se había detenido en este pub a tomar una cerveza. Pedí una pinta y me senté en un rincón. Una pregunta rompió el silencio de mi mente: «¿cómo se llamaba aquella dichosa novela del boliviano?»

***

«Allí comenzó todo», dijo el orondo guía a la salida del Royal Oak, señalando hacia el final de Infirmary Street, la puerta al distrito médico de Edimburgo. Caminando por calles semidesiertas llegamos frente a la fachada ennegrecida de una escuela de medicina en la que, en el siglo XIX, se diseccionaban los cuerpos de ajusticiados. Cuando descendieron las ejecuciones, comenzaron los robos de cadáveres aún frescos en sus tumbas. Y después, los asesinatos. El hombrón sacó unos folios y leyó un texto. «Serás cutre —pensé—. Léelo directamente del libro». La cita mostraba que Rankin, heredero de otro edimburgués, Robert Louis Stevenson, había actualizado a Jeckyll y Hyde en la primera novela de Rebus, la más angustiosa de la serie, en la que se descubría el oscuro y perturbador pasado del policía: Nudos y cruces,el libro que yo leía cuando me abordó la pelirroja. Dejamos atrás St. Leonard y la comisaría donde trabaja Rebus, y resollando, llegamos al extremo de Arthur´s Seat, un mirador de roca sobre la ciudad. El gigantón, como si fuera una soprano dirigiéndose al patio de butacas, dijo:

— Me pregunto cómo ustedes que provienen de tres países de la Unión Europea en crisis, pueden permitirse venir a Edimburgo y pagarse este tour.

Si en aquel momento hubiese tenido una pistola, le habría pegado un tiro. Caería de espaldas al vacío, y yo le iría arrojando billetes de cinco libras escocesas, mientras los folios volaban.

La lluvia que había comenzado a caer me despertó de la ensoñación. Él seguía allí, bajo un paraguas negro como el nubarrón que se había cernido sobre la roca; al fondo, la vieja Edimburgo resplandecía bajo el sol. Sentí entonces que el deseo de matarlo había sido real. Me tapé con la capucha del impermeable y agaché la cabeza, avergonzado. Me costó levantarla incluso cuando, ya caída la noche, daba cuenta en el Oxford de la tercera pinta de Deuchars Indian Pale, la cerveza preferida de Rebus. ¿Podrían los policías, parroquianos habituales de este bar, leer mis pensamientos? Una mano se posó en mi hombro. Me quedé helado.

— La policía de Edimburgo es pertinaz. Termine su cerveza— escuché.

Salí. Sombras espectrales cruzaban la calle bajo una lluvia pegajosa.

 

 

 

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Los invisibles/ Relato

 

Los invisibles

 

Estoy de él a la distancia de lo que mide mi brazo estirado; pero no me ve. Sentado en un banco, bajo los tamarindos, mira al mar. Aprieto el gatillo. Su cabeza se desploma cuando la bala le entra por la sien.

***

Cuando veo un escritorio sin papeles, sé que quien se sienta detrás de él o está desocupado o es el jefe. El mío estuvo vacío mucho tiempo.

El director empujó una carpeta hacia mí. Se echó hacia atrás en el sillón y dio una calada al cigarrillo. Su voz atravesó la nube de humo.

—Es un cliente nuevo. Nos viene recomendado.  Quieren que seas tú quien lo haga.

En esta empresa seguimos las pautas del mercado: trabajamos por proyectos. Tenía que elaborar el plan y presentarlo al consejo. Si me lo aprobaba, yo lo realizaría.

Sonó el móvil del director. Supe que tenía que irme.

—Hueles a tabaco —saludó Isabel cuando me vio salir.

—¿Quién va a decirle que deje de fumar en su despacho?

—Ya dije una vez lo que no debía a quien no quería escuchar —argumentó.

El interfono avisó dos veces. Isabel  me hizo un gesto para que esperara.

Me acerqué a la ventana. Entre las ramas florecidas de los árboles del bulevar, distinguí a algunos grupos que fumaban a las puertas de los edificios de oficinas. Recordé como había pisado mi último cigarrillo en el aparcamiento de un restaurante de la sierra, al que me había invitado el director para cerrar mi contrato.

—Cambio de planes—dijo Isabel—. Tienes que hacerlo este fin de semana.

—Una de mis hijas baila el sábado en el Conservatorio.

—El cliente es el que paga—Me dio una palmada en la espalda y pegó en la carpeta un pósit con un número­—: Llama a Mínguez.

Me olí la chaqueta.

***

Vislumbro las luces alejadas de los pesqueros, que la neblina del amanecer difumina, asemejándolas a pequeñas estrellas. La brisa del mar acaricia mis fosas nasales y noto como el aire desciende hasta mis pulmones. Lo veo caminando delante de mí. Las flores rosas de los tamarindos, que se bambolean suspendidas de las ramas que caen sobre los bancos del paseo, me recuerdan a las bailarinas envueltas en tutús. Frente a la hilera de bancos, protegido por un murete de piedra, está el acantilado, desde cuyo final me llega el incansable monólogo de las olas.

***

 Colgué la chaqueta para que se ventilara. Me senté y hojeé el expediente.  Estaba toda la información que necesitaba para elaborar una estrategia. No parecía un trabajo difícil.

—Un encargo nuevo se merece un café.—Amparo se asomó por encima de la mampara divisoria y me mostró un termo—. A don Félix, que en paz descanse, le gustaba mucho mi café­­—suspiró—. Su hijo prefirió los de una jovencita con piernas como columnas jónicas—entró y, en voz baja, me dijo—: Hace treinta años mis piernas también eran como columnas.

—¿Cómo está tu marido?

—Ya no me reconoce. Ni habla. Soy casi una viuda—dijo con un aire de tristeza en su voz.

Dejé que durante unos segundos sonara Frank Sinatra en mi móvil antes de contestar. Era mi hija, la bailarina.

—Voy a necesitar equipo y un coche, Amparo—dije cuando acabé de hablar. Añadí sacarina al café.

—Pásate por mi despacho y eliges. Tengo novedades—. Amparo se colocó el termo bajo el brazo y se fue caminando, como si sus piernas fueran las de hace treinta años.

***

Esquivo un preservativo usado. Igual que las olas que rompen al pie del acantilado obedecen a una cadencia, los habitantes de este paseo cumplen un ciclo: la noche es de los chaperos; pronto aparecerán los corredores. Me he vestido como ellos. Él gira la cabeza. Miro al suelo. Este gesto automático me transporta, instintivamente, al día en que mis compañeros bajaron la mirada, al día en que había regresado de unas vacaciones y, a traición, me echaron a la calle; a ese día en que me convirtieron en invisible. Después de tantos años, ni me miró a la cara al comunicarme mi despido. De la boca pequeña de aquel hombre encogido, pequeño, salieron unas pocas palabras sordas, igual que descargas hechas con silenciador; tan secas, como los disparos de un pistolero, antes de salir huyendo.

Me cubro con la capucha. Bajo la cremallera del anorak, saco el revólver y coloco el silenciador.

*** 

Las escobillas se activaron automáticamente al caer las primeras gotas sobre el parabrisas. Una de las condiciones para incorporarme a la empresa era que tenía que viajar con frecuencia. Aquella propuesta era mejor que pasarse el día atiborrándome de pastillas. Es lo que había hecho durante tres años, tres años de entrevistas y negativas; tres años escuchando la misma cantinela: “gracias, no es usted nuestro perfil”. Mi perfil era el de los invisibles, el de quienes hemos cumplido los cuarenta, de aquellos de los que solo se habla cuando aparecen las estadísticas del desempleo en los periódicos. Y luego, el olvido. Amparo, Isabel, Mínguez, y yo, incluso el director; todos habíamos sido despedidos después de casi media vida trabajando en diferentes empresas: todos invisibles. ¿Quién querría contratarnos?

Llamé a Mínguez. Finalicé la llamada y puse un disco de Frank Sinatra. Cuando la orquesta subió tras el alargado verso de un estribillo, divisé el mar; un aroma acuoso penetró por la rendija de la ventanilla. Sonreí al pensar en cómo somos las mujeres para los olores. Por un olor supe que mi marido me engañaba. Los problemas vienen siempre de dos en dos: invisible también como mujer.

***

No conozco a este hombre al que apunto a la sien. Nada tengo contra él. Es el encargo de un cliente. Nuestro negocio ocupa un nicho de mercado que no estaba cubierto: invisibles para un trabajo que requiere la invisibilidad.

 

Este relato fue inicialmente publicado en el Club de Escritura Fuentetaja.

 

 

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Y en sus ojos, el mar/ Relato

 

Incluso tirado en el suelo, un libro nunca está vencido.

Y en sus ojos, el mar

 

El primer día que colocó su mercancía en la acera, a Marcial se le desató el vientre por miedo a la policía.

— De eso hace ya cuatro años —dice Marcial desde un extremo del banco.

—¡Vaya un Marcial cagüeta! —contesta el extremeño desde el otro lado del banco.

— El que dice la verdad, ni peca ni miente.

Marcial ha llegado empujando un carrito atiborrado de libros. Después de extenderlos sobre un plástico, se sienta en un banco, frente al tenderete que, cotidianamente, monta y desmonta.

—Ayer, recogiendo, me empezó a doler la espalda.

—Lleva usted mucho peso, señor Marcial. Y hace fresquete —dice una vecina.

—Ya me apaño. Toda mi vida he trabajado a destajo en las obras. Hasta los dieciséis era pastorcillo.

Más de cincuenta años a cielo descubierto, han cuarteado el rostro y las manos de Marcial.

—¿Las quiere, caballero? —dice un hombre, entregándole tres novelas policiacas, y saca un papel de entre las páginas de una de ellas.

—¡Muchas gracias!— acepta el librero, sonriente—: ¿No sería un billete de quinientos?

El hombre dice que no con la mano y se aleja riendo.

— Ahora le saco un cojín, señor Marcial —se despide la vecina.

—Te vas a quedar arrecío. A ver si te va a dar un lumbago —el extremeño se quita la gorra y se rasca la calva.

Una clienta pregunta el precio de unos libros. El librero se acerca.

—Le he pedido diez euros, y me ha dicho que solo llevaba ocho. Es una buena venta. Otra así, y echo el día.

—Llama a un furgón blindao —bromea el extremeño, encasquetándose la gorra.

—Yo te voy a ser de poca ayuda —ríe un anciano desde su silla de ruedas.

Aparece una muchacha que lleva a una niña de la mano.

—¡Pero como se puede ser tan bonita, Dios mío! — Marcial se levanta, juguetón.

—Llévatela­— implora el librero a la muchacha—.  Llévatela, que me la como con patatitas y arroz.

La niña se ríe y hace un mohín. Marcial le regala un cuento.

—La han desahuciado. Tiene tres niñas. Es lo último…¡Dejar en la calle a alguien así!— le susurra al extremeño.

– ¡Qué espabilaos!

A Marcial le faltan varios dientes, pero no lo disimula. Solo pierde la sonrisa cuando algo le enfada.

—Algunos que me deben cuatro o cinco euros, se cruzan de acera para no verme. ¡Que me dejen vivir, coño, que me hacen falta para comer!

—¿Y no les das unas pocas de hostias?—dice el extremeño.

—¡! En las obras me dejaban a deber trescientas, cuatrocientas mil pesetas; unos me daban de alta, y otros, no…¡Y no tengo paga!

El extremeño golpetea el suelo con un palo de escoba metálico que le sirve de bastón, y dice:

—Estar trabajando y que no te paguen…

— … Se lo gastaban en fulanas y en buenos coches —ataja Marcial.

—Queremos subir más alto de lo que podemos.

Una mujer con un abrigo verde saluda y sigue andando. Entonces Marcial le suelta:

—Que ya sabes, que nos vamos a la playa en verano.

La mujer se gira.

—Tengo caravana nueva y fajos de billetes de quinientos, ¡así de grandes!

—¡Madre mía!— dice ella, nerviosa, y continua su camino.

—¿Sabes lo que me dijo un día?, que ella de los hombres, largo largo. Que se lo dijo su madre. Ha cogido el consejo a rajatabla: ¡seguro que ni lo ha catao!

—¡Qué bestia eres! —dice el extremeño.

Marcial sonríe y se levanta la visera de la gorra de pana. Se le han humedecido sus pequeños ojos del color del mar que nunca ha visto.

FIN

 

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El milagroso miedo de La Coronela/ Relato

Relato finalista en el II Concurso Relatos de Familia, organizado por el Club de Escritura Fuentetaja, de acuerdo con el fallo, que se refleja en el Acta del Jurado, de fecha 14 de marzo de 2016. Este relato fue inicialmente publicado aquí.

De este relato el Jurado ha dicho:

«El comienzo es audaz: el narrador se recrea en el propio recuerdo, lo cuestiona, lo analiza. Y de ahí pasa a una breve reconstrucción de la genealogía de su familia (…) El lenguaje está cuidado, es siempre preciso, y la estructura del relato, en dos partes, funciona bien (…)»

El milagroso miedo de La Coronela

 

Supe que se había muerto La Coronela, porque escuché el llanto de sus cinco hijas desde el otro lado del patio; estaba merendando en casa de una vecina un trozo de pan en el que habían untado aceite espolvoreado con azúcar. Aquella fue la primera vez que oí hablar de la muerte; yo tenía casi cinco años. No recuerdo nada más, aunque un gemido seguido de un desgarrado “¡ay, madre!”, quiere venir a mi memoria, pero no tengo la certeza de que lo escuchara. Quizás sea la necesidad de colocarlo ahí por el hecho de que una de las cinco hijas de La Coronela era mi madre, o porque ella —La Coronela—era para mí, Mane, que de esta manera yo llamaba a mi abuela, supongo que por la dificultad de pronunciar la de seguida de una erre de la palabra madre, con la que se dirigían a ella mi propia madre – a la que siempre tuteé llamándola mamá– y mis tías. Cinco hermanas nacidas con cinco años de diferencia entre cada una de ellas, en tres diferentes pueblos cercanos, coincidiendo con los destinos de mi abuelo que era guardia civil. Con veinticinco años y siete meses meses se casó con mi abuela que tenía entonces veinte años y dos meses. Así aparece escrito en las páginas finales de un cuaderno al que se le han arrancado, de raíz, varias páginas, y que encontré— junto a otros documentos y fotografías— dentro de una añeja caja de madera, dentro de otra caja de cartón, en la parte superior de un armario ropero. Este descubrimiento lo hice en casa de la menor de las cinco hermanas; ella fue quien me dijo que a mi abuela la llamaban La Coronela. Mi madre nunca me lo dijo.

***

En la tarde del 13 de abril de 1931, un día antes de que Alfonso XIII abandonara España, tras proclamarse la Segunda República, el coronel del Tercio de la Guardia Civil, comandante del puesto donde mi abuelo prestaba servicio, ordenó que todas las mujeres y niños abandonaran el acuartelamiento. Solo debían quedarse los guardias, pero La Coronela se quedó escondida, «por si había que hacer comida o cuidar a los heridos», dijo cuando la descubrieron. «Fuera de aquí. Usted no tiene el título», le había espetado una comadrona, que llegó con retraso cuando mi abuela iba a ejercer de partera con la mujer de un guardia civil, que estaba a punto de dar a luz .

—Si quiere me voy, saco el título, y regreso—dijo mi abuela remangada entre las piernas de la parturienta.

Lejos de lo que podría pensarse, La Coronela no era la mujer de ningún coronel; su marido, mi abuelo —al que no conocí—, solo alcanzó el grado de guardia civil primero. Quizás su apodo comenzara a forjarse, a consecuencia de que mi abuelo era el ordenanza del coronel. Y fue aumentando, porque mi abuela era una de esas mujeres de las que se decían que eran de armas tomar. Y vaya si las tomó. Agarró el cañón del mosquetón Mauser de un joven miliciano que le exigía todo aquello que de valor tuviera, después que su grupo hubiera revisado la casa y requisado toda la lencería y la ropa de los ajuares de mi madre y mis tías; para «el hospital de sangre», dijeron

—¿Qué más quieres?—dijo sujetando el arma contra su pecho—. Ahora vete, o hablaré con la Gobernadora.

El joven salió avergonzado del dormitorio de La Coronela. El sostén de mi abuela albergaba varias medallas de la Virgen Milagrosa, que las enfermeras colocaban a los convalecientes en los hospitales, y que una monja del hospital le había dado para que las guardara. Y a las monjas se las devolvió cuando finalizó la contienda civil. Pero se guardó algunas en el cajón de su mesilla de noche. Yo dormía con ella en su cama que tenía un colchón grueso al que mi madre daba poderosos pellizcos para estirar la lana. Miraba de noche por la ventana. Igual que mi madre, cuando mi padre se retrasaba. A veces miraban juntas.

Cuando al coronel lo trasladaron a una provincia del norte, pidió a mi abuelo que lo acompañara, pero mi abuela se negó; dijo que estaba muy lejos, que no se movía de su casa. Mi madre le dijo lo mismo a mi padre cuando le ofrecieron un traslado; mi padre tampoco ascendió.

A aquel coronel lo fusilaron al poco tiempo en su nuevo destino, junto con toda su guarnición.

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El vuelo del urubú/ Relato

 

Relato ganador del 2º Premio del III Concurso de Relatos sobre Pobreza, organizado por EAPN España y el Club de Escritura Fuentetaja, del que soy autor.

El vuelo del urubú

 

El alevín de buitre se arrastró por la superficie del nido hacia el borde del acantilado, y alargó el cuello blanco y delgado hacia el vacío: un primer plano que ocupó la pantalla entera del televisor. Llevaba varios días sin alimentarse, una obligación impuesta por sus progenitores para que abandonara el refugio y aprendiera a buscar la comida por sí mismo. Eso fue lo que dijo un ornitólogo que lo observaba con unos enormes prismáticos.

Me envolvió un sentimiento de ternura.

La imagen del joven buitre intentado echar a volar, estaba cambiando mi forma de mirar a estas aves que esperan pacientemente a que otro ser vivo se pudra para subsistir.

El plano final del reportaje era la panorámica del vuelo de la colonia de buitres: cien parejas a las que había que preservar, dijo el ornitólogo.

La escena me inquietó.

Desde que era un chaval, la imagen del amenazador vuelo en círculos de una bandada de buitres, eran el preludio de una tragedia. Lo había visto en decenas de películas de aventuras.

¿Cómo puedo sentir ternura ante la visión de un joven buitre y a la vez desazonarme viéndolos volar en grupo? Sentí que dentro de mí habitaban dos mundos antagónicos: uno había ido creciendo durante años; el otro, acaba de incorporarse. Ambos competían. Un primer plano me hacía ver la vida de una manera y el plano general de otra completamente distinta. Vivir es aprender a cohabitar con la paradoja.

Y pensé en Patricia, la persona que me dio a conocer a los urubúes.

***

El teléfono sonó a las cuatro de la mañana. La pantalla no me dio ninguna pista: número desconocido. Aunque pulsé con ansia la tecla verde del móvil, me llevé el teléfono hasta mi oreja como si estuviera levantando una pesa en el gimnasio. Solo escuché el sonido abovedado del silencio.

Pasaron unos segundos y la línea seguía abierta. Pregunté varias veces quién llamaba. La voz de Patricia sonó nítida, aguda, suavizada por la distancia. Recuerdo que solté un suspiro largo de alivio. ¿Cuánto tiempo hacía que yo no respiraba aliviado? Se disculpó por despertarme. Me contó que tenía problemas con su teléfono, y que solo podía llamarme a esa hora. No le dije a Patricia que no me había despertado; que estaba despierto. No le dije que desde hacía varias noches no conseguía dormir. Le pregunté cómo lo estaba pasando en Río. En Madrid ha nevado esta tarde, le dije, sonriendo. ¿Desde cuando yo no sonreía? Quizás desde que la había acompañado al aeropuerto.

Patricia se había marchado a Brasil hacía seis días. Volaba primero hasta Salvador de Bahía y luego a Río de Janeiro. El semanario donde trabajaba le había encargado escribir varios reportajes turísticos. Cuando la abracé, me había dicho al oído, antes de dirigirse hacia el control de pasaportes, que me cuidara mucho. Le prometí que lo haría; pero había incumplido mi palabra: apenas si dormía y me consumía la ansiedad. Como al niño al que han pillado en una mentira, agaché la cabeza.

Su voz rezumaba entusiasmo; estaba fascinada por la arquitectura colonial de Salvador de Bahía, se había bañado en la playa de Ipanema y subido hasta el Cerro del Corcovado. En mi cabeza comenzaron a dibujarse las notas iniciales de la guitarra de Antonio Carlos Jobim, interpretando su maravillosa canción dedicada a ese cerro que domina Río. El simple recuerdo de esta melodía, me ayudó a olvidar que mi nombre estaba escrito en las kilométricas listas de desempleados, desde hacía más de un año. Confieso que sentí envidia de Patricia. No diré, en mi descargo, que aquella envidia fuera sana; la envidia nunca lo es.

***

Los años que han transcurrido desde que Patricia me sorprendió con su llamada, me han obligado a hurgar en los recuerdos de aquellos días. Sus palabras aún me arañan el cerebro, como el bisturí lima los restos de un tumor adherido a un hueso.

Las llamadas se repitieron, casi a la misma hora que la primera. Yo fingía que me había sacado del sueño.

La voz de mi amiga fue perdiendo, sin embargo, el entusiasmo inicial. Yo lo achacaba al cansancio y a que quizá se iba consumiendo su capacidad de asombro. Brasil, el destino soñado por millones de turistas de todo el mundo, estaba generando en mi amiga un extraño desasosiego.

Estaba a punto de cumplirse la segunda semana de viaje, cuando, en respuesta a mi saludo inicial, me dijo:

– No puedo más. No lo soporto.

El silencio ocasionado por el retardo en la comunicación hizo que aumentara el dramatismo de sus palabras. Sus sollozos se mezclaron con mis ansiosas demandas.

– ¡Los niños, los niños…!

¿Cómo puede haber tanto dolor en solo dos palabras?

Entre hipidos, Patricia me contó la historia de los niños que vivían en un gigantesco vertedero, en el que un camión después de otro, vomitaban cada día los miles de kilos de deshechos de los millones de habitantes de Río de Janeiro. Niños que escarbaban en la basura a la búsqueda de algo que llevarse a la boca, con los mocos colgándoles, hasta cruzarles los labios y resbalar por la barbilla; niños que despegaban restos de los huesos casi pelados, rodeados de moscas; niños que dormían en cuchitriles construidos con maderas y trozos de plástico, encontrados entre la porquería.

Recordé una vieja leyenda oriental, en la que un sabio se lamentaba de disponer de altramuces como único alimento. Alertado por su acompañante, el sabio giró el rostro para ver que había otro sabio que se iba comiendo las mondas que él arrojaba.

Me envolvió un sentimiento de culpa: yo no llegaba a fin de mes, pero, al menos, no tenía que escudriñar entre la basura para poder comer.

Escuchaba su relato, brutalmente detallado, sentado en el borde de la cama, envuelto en una manta, escondido, sin fuerzas para levantar la mirada del suelo. Así fue como oí hablar por primera vez de los urubúes, unos buitres que se sienten atraídos por el hedor de la descomposición. Planeaban sobre el vertedero, negros, con la cabeza pelada y el pico ganchudo. Aterrizaban junto a los niños, con los que a veces competían por un trozo de carne adherido a un hueso, a la vez que emitían unos graznidos cortos y agudos como los de una gaviota; o se alejaban despreocupadamente de los pequeños con su andar torpe y bamboleante, como gallinas en un corral.

Sentí vergüenza de pertenecer al género humano.

Los niños permanecían ajenos a los movimientos de los urubúes. Estos pájaros formaban parte de su paisaje cotidiano. El vertedero era para la mayoría de estas criaturas inocentes e indefensas, el único lugar que habían conocido desde que nacieron; muchos no podían ni siquiera imaginarse que hubiera otra vida más allá de los límites de aquel pozo de mierda y podredumbre. Aunque algunos iban a una escuela cercana, los más, no asistían a clase o se escapaban para regresar al vertedero.

– El hedor también produce adicción– apostilló Patricia.

Pensé en mi hijo, y lloré; lloré como aún lloro muchas noches. No puedo cerrar los ojos. No puedo dormir. Sobre mi cabeza veo sobrevolar una bandada de buitres.

***

Por la cara de asombro que puso Toni, la fotógrafa que había acompañado a Brasil a mi amiga periodista, supe que a ella le había sorprendido tanto como a mí, el anuncio que hizo Patricia. Me quedé inmóvil en mi asiento; al contrario que Toni, que se movía nerviosa en el escenario. Les habían premiado el reportaje sobre los niños del vertedero.

Recordé en ese momento la última llamada que me hizo Patricia.

–¿Qué puedo hacer?– me preguntó unos días antes de su regreso a España.

– Tienes dos opciones: o te quedas allí o escribes sobre lo que estás viendo.

No sé como me salieron aquellas palabras ni por qué las dije. Al otro lado de la línea se hizo un silencio. ¿Había cogido por sorpresa a Patricia o era, simplemente, el retardo? Me sentí como un cobarde, como quien increpa a un torero desde la grada.

Mucha calma para pensar, tiempo para soñar” canta Jobim con su acento dulzón en Corcovado. Había escuchado esa canción muchas veces desde el día en que Patricia me llamó por primera vez. “Y yo que estaba triste, escéptico de este mundo”, dice otro verso. Ya no podía instalarme en la ilusión de que el mundo es maravilloso, ese que dibujan las fotos turísticas de playas de arena fina y blanca; no podía permanecer inmóvil ante la realidad que ella estaba poniendo ante mis ojos, y que yo nada hacía para cambiarla. Patricia y yo habíamos viajado a esos paraísos, enviados por la revista, y alojados en hoteles de cinco estrellas. Ahora sé que aquellos hoteles fueron escondites. Y seguía escondido, inmóvil, cada noche bajo una manta.

En un viaje a Egipto, nos abordó una niña de unos hermosos ojo negros. Nos ofreció unos frutos secos dentro de un cucurucho. Nos miraba y nos ofrecía su mercancía. Le di una libra egipcia, o sea, una miseria. Me miro y me sonrió. ¿Habrá podido crecer? De aquel recuerdo que me atravesó con la precisión de un florete, me salvó Patricia.

– Me alegro mucho de verte, gracias por venir– me dijo Patricia con una sonrisa luminosa.

– ¡Qué sorpresa nos has dado! Muchas felicidades por este premio.

– Tú me diste la idea: O escribes o te quedas. Quiero volver a aquel vertedero. Quiero sacar de allí a los niños. Las playas están formadas por millones de granos de arena. El reportaje es un grano, mi regreso al vertedero es otro.

Metió la mano en el bolso, sacó un paquetito rectangular y me lo dio.

– Es un disco de Jobim, sé que te gusta mucho. Pero es otro Jobim, la música del otro Brasil. Se llama Urubú.

Viéndola alejarse lo entendí. El bolso de Patricia. Esa era la clave. Su colección de bolsos era la envidia de sus amigas. Y ninguno barato. Una mujer como ella nunca hubiera llevado un bolso como el que ahora llevaba colgado del hombro, y del que había sacado el disco que me regaló. Era un bolso de fibra con dibujos geométricos como los que fabrican algunas mujeres indígenas en Sudamérica. Alguna vez la acompañé de compras. Si dudaba entre un bolso u otro, compraba los dos. Ante las dos opciones que le ofrecí, hizo como con los bolsos, compró las dos.

–¿Qué has hecho con tus bolsos?

Se volvió y me dijo:

– ¡Qué pregunta! Haciendo felices a las mujeres, como siempre.

Esa fue la última vez que la vi.

***

Hago lo que hace años le dije a mi amiga periodista. Escribo. Las playas están formadas por millones de granos de arena.

No tengo respuesta para la pregunta que me ha asaltado después de ver en televisión un reportaje sobre un joven buitre: no sé qué hizo Patricia con su colección de bolsos. ¿La vendería o la regalaría? ¿O acabó en un contenedor? Un contendor como el que hay frente a mi casa y del que he visto salir a una niña como si se hubiera abierto una caja y saliera un muñeco disparado por un muelle. Mordisquea algo que parece un melocotón. Exhibe, como un trofeo, a un hombre que escarba en otro contenedor, dos manzanas. La niña trepa por el contenedor y abraza con dulzura el osito rosa que el hombre ha encontrado.

Una sombra atraviesa la calle: he visto volar un urubú.

 

 

 

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Por el amor de mi humanoide/ Relato

¿Cómo será el mundo en 2050? Esta fue la pregunta que hizo la revista Muy Interesante. 

Este relato, escrito en modo de crónica periodística, es una posible respuesta a esa pregunta.

Por el amor de mi humanoide

 

Madison, Wisconsin, USA, 01/07/2050. (De nuestro corresponsal W. Thomas) Alice trabaja como bibliotecaria en la Universidad de Wisconsin. Vive desde hace dos años con Paul —una réplica humana —, fabricado con una impresora 3D. Gracias a BraiNet, Alice y Paul pueden comunicarse.

«No había sido tan feliz desde que mis amigas me regalaron a Paul por mi cumpleaños, en 2048», cuenta Alice mirando a su androide, quien le devuelve su misma mirada cómplice. La joven bibliotecaria afirma que decidió llamar Paul a su androide después de leer el diario de su abuela en el que ésta confesaba estar secretamente enamorada de Paul Newman, un actor que nutrió los sueños millones de mujeres de todo el mundo, en los años 50 y 60 del pasado siglo. «Esta historia les pareció muy bonita a mis amigas cuando se la conté, y decidieron replicar a ese actor con la impresora 3D de una de ellas. Mi abuela se hubiera sentido muy contenta, tanto como lo estoy yo», relata,  ruborizada, Alice a este periodista. 

Alice nació hace 35 años, en 2015, el mismo año en que una niña irlandesa recibió un órgano creado por una impresora 3D, la nariz. Ese mismo año, el visionario físico (un iluminado, dijeron otros) Michio Kaku, imaginaba en su libro El futuro de nuestra mente, el establecimiento de BraiNet, una red planetaria en la que se intercambiaría telepáticamente, y en tiempo real, la totalidad de la información mental de una conversación, incluyendo emociones y matices, sin reserva alguna.

Como lo hacen millones de usuarios de BraiNet, con solo pulsar un botón, Alice accede, por ejemplo, a “Citas románticas” o “Primeros besos”.

Esta red cerebral, que experimentó un crecimiento exponencial en la década de 2040, dispone de un gran banco de memorias, fruto del procomún de recuerdos y emociones vividas por los usuarios, quienes comparten, globalmente, todo tipo de emociones y sus más íntimos pensamientos y sensaciones.

Para beneficiarse de BraiNet, hace un año que Alice colocó a Paul un procesador cuántico. Este chip conforma el conectoma, un gigantesco “disco duro” que, a imagen del cerebro humano, permite almacenar millones de conexiones. Con este implante, Paul está en el mismo nivel de memoria que un humano, el nivel 3, lo que le faculta para entender el tiempo, el pasado y el mañana.

Opositores a BraiNet, consideran que esta red es muy dañina, porque controla nuestros pensamientos, «matando nuestra privacidad». Y añaden: «el lenguaje nos distingue verdaderamente como seres humanos,  es la definitiva barrera entre humanos y humanoides.»

En respuesta a estas afirmaciones, Alice activa en su dispositivo móvil la opción “Debates/Ética”, para así poner voz a los pensamientos de su androide. «Disponer de características maravillosas nos hace felices. ¿No han leído la novela Frankenstein?», dice Paul.

«Nunca antes un hombre me había mostrado sus emociones», suspira Alice.

 

 

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