De dónde viene el término coach

Indicación de acceso a autobuses (coaches) de larga distancia (Long distance coaches). Intercambiador de autobuses de la  Avenida de América. Madrid

 

El origen de la palabra coach

Relato

 

Kocs es una pequeña ciudad, entre bosques y lagos, al noroeste de Hungría, a 75 km. de Budapest. En el siglo XV, Kocs era famosa por la construcción de carros, carretas y diligencias. Además, era lugar de parada obligatoria para los carruajes que hacían el trayecto entre Viena y Budapest, después de que el emperador húngaro, Matías Corvino, conquistara la capital austríaca.

La conquista de Viena propició el transporte y el comercio entre las dos capitales.

Matías Corvino era, sin embargo, muy reacio a viajar entre una y otra capital, debido a que los caminos eran prácticamente  intransitables. Los numerosos baches provocaban que los carruajes resultaran ser unos vehículos inestables y muy incómodos.

El emperador húngaro solicitó entonces a los artesanos de Kocs que idearan un tipo de transporte más rápido, seguro y cómodo.

El vehículo que crearon comenzó a denominarse kocsiszekeret (la cesta de mimbre de Kocs). La carlinga estaba construida de mimbre con asientos acolchados en la que podían sentarse dos personas. Una tercera ocupaba un asiento colocado tras el conductor. Este vehículo estaba tirado por tres caballos. Disponía, además, de unas ruedas reforzadas y un sistema de suspensión construido en madera y acero de primavera. En este innovador sistema residía la clave del  éxito del vehículo. Matías Corvino pudo viajar más cómodamente entre Viena y Budapest.

En 1518 el diplomático austriaco Sigmund von Herberstein, habitual viajero entre Moscú y Viena, describió el «Kotsch Wagen» en sus escritos, contribuyendo a su popularización, y el uso del vehículo se extendió por toda Europa.

Coche en el que viajaban comerciantes desde el s.XVI. Dibujo de Jeremías Schemel. Tomada de MAGYAR NÉPRAJZI LEXIKON (Enciclopedia Etnográfica Húngara)

No solo se difundió el uso de este carruaje, también la palabra con la que se lo denominaba. Así, el término kosci (natural de Kocs) pasó al francés, al portugués y al español, como coche. Y al inglés como coach.

En inglés británico y en el de los EE.UU., se denominan coaches a los autobuses de larga distancia. En el argot estudiantil de la Universidad de Oxford, comenzó a llamarse, en 1830, coach a un pasante ( o repetidor) que ayudaba a los alumnos que debían superar una prueba (literalmente los arrastraban hasta la prueba), ejerciendo de tutor.

Treinta años después, en 1861, comenzó a denominarse coach a quien ayudaba a otros en la preparación de pruebas atléticas. Una prueba de ello puede verse en la carrera bajo los soportales de la universidad, en los minutos iniciales de la película Carros de fuego. Por eso, un coach es también, en inglés, un entrenador deportivo.

En el libro Coaching: herramientas para el cambio un manual para coaches, su autor, Robert Dilts, dice que coach, es «literalmente un vehículo que lleva a una persona o a un grupo de personas de un origen a un destino deseado».

El 24 de octubre de 2016, en su vigesimocuarta edición, el Diccionario de la Real Academia Española recogió el termino coach definiéndolo como una «persona que asesora a otra para impulsar su desarrollo profesional y personal». Su segunda acepción es «entrenador».

 

 

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Qué belleza de islas, Mamma mía!

Tres de las Espóradas griegas: Skiathos, Skopelos y Alonissos, fueron los escenarios idílicos del rodaje de la película Mamma Mia!

El romanticismo que evocan estos lugares engatusó a los productores de Mamma Mia!, que convirtieron la isla de Skopelos en Kalokairi (verano en griego), la ídilica isla que sirve de marco natural a esta comedia musical. Los escenarios se completaron con localizaciones en la vecina isla de Skiatos y Damaouhari, en Pelion, en la Grecia continental.

Islas frondosas de clima suave. Playas arenosas de aguas cálidas y turquesas, transparentes y limpias, hasta las que descienden bosques de pinos y eucalipto. Calas pequeñas y apartadas al pie de los acantilados plenos de vegetación. Parras que dan sombra a casas blancas con puertas y ventanas de vivos colores, por las que ascienden las buganvillas.

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LA ISLA DE SKIATHOS

El norte de la isla es virgen, de una escalofriante belleza paisajística, salpicado de pequeñas iglesias y monasterios. La población se concentra en torno a Skiatkos Capital, al sur. En el paseo marítimo que circunda el Puerto Nuevo y el Puerto Viejo, separados por la pequeña península Bourtzi, se aglutina la vida social de la isla. El muelle del Puerto Viejo es el lugar en que Sam (Pierce Brosnan) y Harry (Colin Firtth) esperan al ferry que les trasladará a Kolokairi.

La torre de la iglesia de Agios Nicolaos, patrón de los marineros, corona la ciudad, que serpentea por la colina hasta la zona vieja. La plaza que rodea a la iglesia, y las aguas del Egeo que bordean la isla, fueron los lugares elegidos para las escenas iniciales de Mamma Mia!: Sophie (Amanda Seyfried) deposita las invitaciones a su boda para sus tres (posibles) padres, mientras canta I have a dream.

Skiathos dispone de un pequeño aeropuerto para vuelos domésticos. Todas las isla son accesible desde la Gracia continental desde Volos y Salónica.

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LA ISLA DE SKOPELOS

Durante el rodaje de Mamma Mia!, Meryl Streep era asidua a The Blue Bar. Es unos de los muchos bares, tabernas y cafeterías de la capital de la isla, Skopelos Town.

Esta pequeña pero bellísima ciudad , asciende desde el mar por calles empedradas y angostas, de casa blancas y tejado ocres de pizarra, en forma de escamas de pez. En la entrada a la bahía de Skopelos, está la iglesia Panagía tou Pyrgoy, y al fondo, el mítico Monte Athos ( foto), fundido con el mar.

Grecia-1

Hasta los lugares de rodaje se llega por carreteras estrechas, entre bosques de pinos y acantilados, que descubren paisajes de extraordinaria belleza tras cada revuelta. Los griegos hacen este camino en moto o en coche.

La playa de Glystery es la ruta de acceso a Donna´s Villa, el hotelito que regenta Donna- Meryl Streep. Kastani es la playa de Mamma Mia!. En esta playa de arena y guijarros, hasta la que desciende los pinos, se situó el bar y el muelle; por ella, Sophie y Sky (Dominic Cooper) corren enamorados.

EMOCIONES COLOR FUCSIA

Por la carretera de Stafylos se encuentran Los Tres Pinos. Sophie canta aquí Honey Honey, y en otro momento de la película, hace picnic con los tres candidatos a padre. Los cuatro cantan Our last summer), en el cabo Amarantos. Un lugar mágico y escondido, elegido por muchos jóvenes griegos para casarse civilmente.

En la cumbre de una roca de cien metros de altura, centenarios olivos dan sombra a la ermita de Agios Ioannis Kastri, la capilla de la boda de Sophie. A los pies de este peñasco, flanqueado por dos playas, ocurre el momento más emocionte de la película. Una vibrante Donna-Meryl Streep canta The winner takes it all a Sam-Pierce Brosnan, del que siempre estuvo enamorada. En los segundos finales de la escena, Donna sube los 105 escalones hasta la cima. Va envuelta en un largo y vaporoso chal color fucsia.

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Mamma mía, qué paisajes

Fotos: Pedro Donas y Lola Martín

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Mamma, mia! ¡Qué paisajes!

El AVE atraviesa el desmesurado secarral manchego. Tras la ventanilla, la calima flota ingrávida. La velocidad del tren y el efecto óptico de esta bruma caliente, convierten los postes del tendido eléctrico en cimbreantes estructuras de color gris. Parecen moverse al mismo ritmo contagioso y vibrante de las bailarinas de Dancing Quenn en las video pantallas del vagón.

Hoy proyectan Mamma mia! La música se cuela por mis auriculares y baja, zigzagueante, hasta mis pies. No los controlo. Tampoco puedo dominar la emoción circular que revolotea en mi estómago.

¡Están bailando en Damouhari!, me digo entusiasmado. Allí se rodaron las escenas finales de esta alocada coreografía. Mi imaginación vuela a una velocidad mucho mayor que mis pies, hasta ese lugar.

ESCRIBIR DE VIAJES ES VIAJAR DOS VECES

Damouhari es una de las muchas aldeas que pueblan la Magnesia, en la región de Tesalia. Pueblecito de calles angostas y empedradas, con enormes árboles centenarios en la plaza, bajo los que sestean los ancianos y por la que cruza, absorto, un anciano pope barbado.

En la Grecia interior, el turismo masivo no ha hecho mella todavía. No hay prisas, ni colas, ni aglomeraciones. Los lugareños miran al visitante con un cierto aire de novedad, lo que hace que el trato sea más hospitalario y amable.

grecia-antigua-1En los pueblos de la Magnesia hay museos locales, situados en casas de dos pisos o en alguna vieja escuela. Un sinfín de objetos singulares, aparentemente desordenados: trajes, documentos de la presencia turca, banderas, camas, lámparas, braseros, armas, retratos, libros y cartillas escolares, colocados en alacenas o colgados en las paredes. La belleza –y la novedad– de muchas de esas añejas piezas hacen que el visitante olvide que los carteles sólo están en griego, lo que le impide conocer su origen y significado. La imaginación se le dispara. Busca dar sentido a cada uno de estos fragmentos de vida, encajarlos. Construye su propia historia.

Un monasterio ortodoxo que, desde la lejanía se antoja inaccesible, parece colocado a propósito en la cima de una peña, como en un belén navideño. Señoriales y decimonónicas casas, en cuya arquitectura se adivinan pretéritas influencias bizantinas y turcas, dan señas de su abandono.

A LOMOS DE UN CENTAURO

La quietud y el silencio de estos parajes, hacen que sea difícil creer que en esta región, donde se hayan los Montes Pileón – patria de Jasón, aquel que partió junto a los Argonautas en busca del Vellocino de Oro–, habitaran los belicosos centauros. Resulta igualmente chocante para el viajero encontrar nieve tan al sur de Europa. Algunos picos de estos Montes permanecen nevados hasta la primavera, pudiéndose incluso esquiar.

grecia--2Huele a tomillo, a romero, a orégano.

En una ensenada rodeada de olivares, a las afueras de Damouhari, se construyó una plataforma que sirvió de escenario para la coreografía de Dancing Quenn. La pasarela no existe ya. Pero puede rememorarse la escena desde la terraza del bar situado frente a la cala. Pedí un café frappé. Su sabor dulzón acaricia mi boca de nuevo. A lomos de un centauro de metal, avanzo, entre la bruma agosteña, al ritmo de Dancing Queen.

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Cuéntame una historia, la búsqueda de significado

Foto tomada de un cartel promocional de la Biblioteca Nacional

Me senté en un vagón del metro y abrí el libro. Un niño sentido frente a mí, casi al instante, me preguntó si el libro que llevaba era un cuento. Le dije que no con la cabeza.

—¿Es un libro?   —insistió el niño desde el asiento frente al mío.

Hice un gesto de asentimiento.

La portada del libro que iba a leer esa mañana en el metro tenía tres estrellas amarillas, una media luna del mismo color, hasta la que llegaba una escalera de color naranja.

Le hice un gesto para que se acercara.

— ¿Te gustaría viajar hasta esa estrella? —Y le señalé una de las tres que había dibujadas en la portada.

—Sí — me dijo con la cabeza, mientras sonreía abiertamente. Tienen mucha luz.

Parecía divertirse y mostraba gran curiosidad e interés. Su cara era la imagen viva de la sorpresa.

— Y a la luna, ¿te gustaría ir?

—Es como un queso.

—¿Qué harías en la luna?

—Allí no vive nadie. Me la comería. Me encanta el queso.

La señora del asiento de al lado, levantó la cabeza de la revista que estaba leyendo. Sonreía asintiendo. La historia pareció interesarle más que las vacaciones de los famosos retratadas en la revista.

Y Sergio, de cinco años (casi seis, apuntó su madre), puso cara de ser un lobo malvado, levantó las manos y las curvó como si fueran garras, abrió la boca mostrando sus dientes blancos, y dijo que tenía la barriga llena. Así que bajamos de la luna y nos adentramos en el bosque, cruzamos un río, y al lobo le abrimos la barriga con unas tijeras…

Y así seguimos hasta que Sergio llegó a su estación.

Búsqueda de significado

El psicólogo austríaco Bruno Betelheim, publicó un libro que se ha convertido en un clásico, un título de referencia,  Psicoanálisis del cuento de hadas. Betelheim estuvo influenciado por Freud, si bien, con los años, se apartó de sus tesis.

No hay nada que enriquezca y satisfaga tanto, al niño y al adulto como los cuentos populares de hadas. Cuando los niños son pequeños la literatura es la que mejor aporta esta información.

BRUNO BETTELHEIM

    1. Los cuentos, igual que las historias y los relatos, no son una amenaza para nadie.
    2. Con ellos conseguimos captar la atención de nuestros oyentes.
    3. Fomentan la independencia de quien los escucha. Al tener que dar sentido al mensaje, extrae sus propias conclusiones en el momento que lo escucha. O emprende acciones por su propia iniciativa.

Nuestra necesidad más urgente y difícil es encontrar un significado a nuestras vidas.

BRUNO BETTELHEIM

El arte de historiar

La historia que había comenzado en un vagón del metro, continuó con otro a una estrella. Y de allí a la luna. Para finalizar en un bosque. Sólo Sergio conocía la razón de ese fantástico viaje y por qué lo hizo.

Esta es la magia del storytelling, el arte de historiar. Porque  el storytelling va más allá de simplemente contar una historia. Sergio construyó la suya propia. Y nos envolvió con ella a los demás.

El storytelling es comunicación emocional en estado puro. Fue una historia la que hizo que cuatro personas hasta ese momento desconocidas ( un adulto, un niño, y la señora que leía la revista), conectáramos en una misma frecuencia. Lo hizo también la madre de Sergio, sonriente, orgullosa y silenciosa espectadora de la escena.

No hubiera sido posible la comunicación de otra manera. El storytelling ha de ser una actitud para establecer la comunicación.

 

 

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La vida: ¿exploras o conectas el piloto automático?

El viaje es una metáfora universal sobre la vida. Tal como la entendamos, así viajaremos. Y viceversa.

La vida, ese viaje

La afirmación anterior no tiene más validez científica que lo que he podido observar después de viajar durante muchos años. En solitario o familiarmente, con grupos de periodistas o como guía turístico. En viajes profesionales o, simplemente, por el placer de hacerlo.

Estos viajes me han ayudado a ir configurando mi propia manera de entender el viaje, que ha ido correspondiéndose con mi manera de vivir la vida. ¿O ha sido al contrario? El escritor Jorge Wagensberg, autor de bellísimos  aforismos, plasma en este la esencia de un viaje:

Viajar es la mejor manera de regalarse cambio.

—Jorge Wagensberg

La historia que te cuento a continuación, tiene como escenario una carretera secundaria en la Toscana, Italia.

La uva «sangiovese» (sangre joven) da el vino Chianti

A Siena, 9 kilómetros

Un grupo de periodistas europeos de varias nacionalidades, recorríamos Italia de Norte a Sur. Después de visitar las queserías donde se hace queso parmesano, descendimos hacia el sur para conocer las bodegas en las que se elaboraba el más famoso de los vinos italianos, el Chianti.

El otoño apenas ha comenzado. Llovía débilmente. La carretera era tan estrecha, que el retrovisor exterior del autobús lamía las hojas de los árboles que comenzaban a amarillear. Suavemente, las gotas de lluvia resbalaban por el cristal, describiendo trayectorias caprichosas.

El autobús se detiene en el cruce con la Strada Regionale 222, la carretera que vertebra la ruta del Chianti Classico.

Siena 9 km., dice un cartel azul con bordes blancos. A la derecha, Florencia, a 60.

Mientras el chófer mira a un lado y a otro del cruce, una voz se eleva desde una de las filas de atrás.

—¡Vamos a Siena! —dice Josep, un periodista español de voz grave y bigote poblado—. Tenemos tiempo, podemos ir a Siena.

Silencio. El autobús no arranca.

Un noruego, experto en prensa gastronómica, se levanta y pregunta, desde la primera fila, el motivo por el que estamos detenidos, si la vía está expedita. Habla con sus cuatro compañeras, periodistas de revistas femeninas de aquel país nórdico.

La guía responsable del autobús es romana. La asiste una chica serbia nacionalizada italiana.

— Hay tiempo, nada programado hasta la cena. Lo que decida la mayoría—  dice la romana.

Los cipreses, siempre presentes en el paisaje de la Toscana

Viajar, un arte perdido

Son las tres y media de la tarde. Entran en liza cuatro periodista alemanes. Se alinean con sus colegas noruegos. Los tres españoles apoyamos a Josep. Algunos de nosotros ya hemos coincidido en otros viajes. «La maravillosa Siena a tiro de piedra, ¡cómo para perdérsela!», pienso.

La guía acompañante muestra su simpatía con la propuesta española. Los tres periodistas polacos hablan entre ellos. No parecen inquietarse. El autobús sigue detenido. El conductor, un romano gesticulante, acaba por resignarse y coloca las manos sobre el volante. ¡El Parlamento de Estrasburgo en mitad de una carretera secundaria de la Toscana!

El noruego, erigido en portavoz del Norte, dice:

—Siena no está en el programa.

Es cierto, no lo está. Estamos recorriendo Italia desde Parma a Nápoles, para conocer algunas de sus Denominaciones de Origen, invitados por la Comunidad Europea. Hoy nos tocaba una bodega de Chianti y una almazara. Aceite y vino comparten allí denominación.

—Y, además, llueve — insiste el gastrónomo nórdico.

Cuando lo escucho no puedo evitar pensar que viajar se ha convertido en un arte perdido. Este periodista noruego impecablemente trajeado y el bigotudo Josep muestran las dos posturas extremas de vivir un viaje, de entender la vida, en definitiva.

Castillos y ciudades amuralladas son los restos de las batallas entre la República de Siena y los florentinos.

¿Exploras o conectas el piloto autonómico?

Hay quienes viajan con un plan establecido, esclavos del reloj. Se comportan igual que en una habitual jornada en su lugar de origen: levantarse, desayunar y correr para tomar el coche camino de la oficina. Lugar visitado, casilla tachada. Ven una ciudad, un paisaje, desde detrás del objetivo de una cámara, locos por fotografiar sin mirar. Acumulan lugares sin disfrutarlos, sin más intercambio con los naturales que pedir la llave en la conserjería del hotel. Frecuentan restaurantes en los que coincidir con otros compatriotas: « ¡Donde esté una buena tortilla!…Si es que aquí no saben comer…» Para estas personas el lugar de destino es la meta.

En el lado opuesto, se sitúan los que consideran que la meta es el viaje. Vagabundean, sin deberes ni horarios. Deambulan entre la gente del lugar. Son exploradores de las infinitas posibilidades que el viaje proporciona.

Viajar por segunda vez

Escribir de viajes, es viajar dos veces: una cuando realizas el viaje mismo; la segunda, cuando rememoras aquellas sensaciones para trasmitirlas a quien tenga a bien leerte o escucharte. Escribiendo esta nota, he viajado por segunda vez a aquella carretera secundaria de la Toscana, una tarde de otoño. A mi memoria ha regresado el olor a tierra mojada; he revivido el rojo intenso del zumo de la  uva sangiovese (sangre joven), con la que se elabora el Chinati, el verde de los cipreses que identifican el paisaje toscano, y el esmeralda del aceite recién exprimido. Sentidos y espíritu unidos.

El equipaje necesario para un viajero es un talento especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas.

— Chin Shengt´an, (dramaturgo chino, siglo XVII)

Cómo en la vida

Si habéis contado, ya sabéis el resultado de la votación: no fuimos a Siena. Cuatro votos noruegos más cuatro alemanes, ocho. Cuatro españoles y uno italiano, cinco. La guía romana —comprensiblemente— no votó. Los polacos se abstuvieron. Diálogo Norte-Sur, con los Países del Este como observadores. Ser un mero observador, es otra manera de entender el viaje por la vida.

¿Qué hubieras votado tú?

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La chica de los ojos color de mi piscina

La chica de los ojos color de mi piscina es una novela de coaching. Desde  mediados de los noventa, la literatura empresarial ha sido prolija en títulos en lo que sus autores ofrecían fábulas,  o inventaban historias, para transmitir sus mensajes de cambio. No se había escrito, sin embargo, una novela en la que un coach fuera el protagonista.

edificos urbanos, la chica de los ojos color de mi piscina
Foto: Álvaro Rey

En Cartas a un joven novelista, Mario Vargas Llosa dice que lo vivido es fuente de todas las ficciones, pero eso no significa que una novela sea necesariamente autobiográfica.

No pretendo plantear una disquisición sobre si La chica de los ojos color de mi piscina de Jorge Salinas es autobiográfica o no, sino constatar la experiencia y el conocimiento que el autor tiene del universo del coaching. Salinas es uno de los más reputados coaches profesionales españoles, conferenciante y profesor de varios másteres.

LA CHICA DE LOS OJOS COLOR DE MI PISCINA,  Jorge Salinas. Planeta, 2014.

En Jaime Solva, el protagonista de esta novela, está todo lo vivido por Jorge Salinas. Si como el autor escribe, «coherencia es hacer lo que se espera de mí» (Pág. 168), Solva es coherente con lo que se espera de Salinas coach. Más allá incluso de que las iniciales «JS» identifiquen tanto al autor como a su personaje, o de que Solva sea —quizá— un heterónimo de Salinas.

La trama

Jaime Solva, un perfil muy habitual en el universo coaching, es un antiguo directivo («un día decidió dar un giro a su vida y formarse como coach», Pág. 11). Tras iniciar un proceso de coaching a Carlos, directivo de una empresa tecnológica, Solva se verá, inesperadamente, inmerso en una sórdida trama de tráfico de influencias, blanqueo de dinero , que cambiará su vida y la de su familia. Y la de Nadia, una ambiciosa ejecutiva, también cliente del coach.

A esta trama policíaca se solapa otra. Los cuidadosamente descritos procesos de coaching de algunos de los personajes. El hecho de que todos los implicados en la intriga quieran conocer lo que el coach sabe y la historia de amor que se alza por encima de tanta mugre, da pie al autor para plantear de manera recurrente dos aspectos fundamentales del código deontológico del coaching:

    • La absoluta confidencialidad del proceso. Incluso frente a los superiores jerárquicos del directivo que recibe las sesiones, aunque sea la empresa la que paga el proceso.  Incluso frente la policía («solo le comentaría algo que puede ser interpretado como delito», Pág. 185).
    • La imposible relación sentimental entre un coach y su cliente.

La chica de los ojos color de mi piscina, tiene un claro afán didáctico. Explica conceptos relacionados con el coaching, a la que vez que reivindicativo. Quiere colocar en el mapa una profesión, el coaching, que aún no tiene estatus de tal y que camina a la búsqueda de su definición.  El autor ofrece la suya (Pág.109):

El coaching es un proceso de acompañamiento para que las personas alcancen su sentido del éxito.

—Jorge Salinas

La chica de los ojos color de mi piscina, una novela de coaching

la chica de los ojos color de mi piscina, portadaEstamos ante una novela  de emociones muy poderosas. Los personajes son arrollados por pasiones desmedidas, rayanas en la perversidad en algún caso. Y viven los sentimientos (amor, ira, rencor, ambición y venganza) en sus expresiones más extremas:  La acciones, consecuencia de esos sentimientos, sorprenden  a los propios personajes. Y al lector.

El coaching es una conversación entre el coach y su cliente. La chica de los ojos color de mi piscina es también una novela de diálogos. Las muchas horas de experiencia del autor hacen que el diálogo sea el recurso narrativo elegido. Confiere al texto agilidad.

Y, como valor añadido para el lector, la reflexión y el aprendizaje. Jorge Salinas, vierte sus opiniones a través del diálogo y apenas a través de descripciones, que son un paréntesis narrativo entre conversaciones. La descripción es el recurso narrativo utilizado para dar a conocer, por ejemplo, el pasado de los personajes. Contribuye también a la agilidad del texto, el hecho de que los capítulos sean cortos. Todos ellos se inician con una máxima.

Que no nos pongan donde haya

En la década de los treinta del siglo pasado, la sociedad norteamericana vivía aún los coletazos de las crisis bursátil del 29. La inversión de valores de una sociedad codiciosa y corrupta, llevó al gansterismo y al empobrecimiento de la clase media norteamericana. En ese contexto, surgió como subgénero literario la novela negra, crónica feroz de aquella sociedad moralmente decadente y en el que se incide  en el porqué se hizo, y no en cómo o quién lo hizo.

La chica de los ojos color de mi piscina es, en ese sentido, una novela negra. Plasma la avaricia que alienta a determinadas esferas de nuestra sociedad, más proclives a la ostentación y al desmedido enriquecimiento, que a la creación de un mundo más humano.

Si a este desmoronamiento moral se añade, en este caso, la proliferación de cárteles centroamericanos, se dibuja un círculo abominable.

Sumemos las serias dudas del autor respecto «de la capacidad de la Justicia española» y la corrupción de algunos miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado.  Se ha completado el círculo, dentro del cual los ciudadanos quedan atrapados, indefensos, frustrados y moralmente indecisos. El desenlace de esta novela no dejará, moralmente, indiferente a nadie. Mucho más que discutible.

Maneras de salir

De este círculo, el autor sugiere dos maneras de salir.  Una personal, no caer «en una interpretación pesimista de la existencia».  Y otra colectiva para cambiar el mundo. Suma de las personales búsquedas de «oportunidades de aprendizaje y satisfacción en cada situación de la vida». Esto es lo que propicia  el coaching.

 

 

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¿Por qué fui costalero?

Relato publicado el 20 de marzo de 2009, en el número especial de Semana Santa del semanario ABC Viajar.

relato

 

En primera persona

 

Sábado Santo. Estoy sentado en un banco de la iglesia de San Pedro Apóstol. Una faja me rodea la cintura para proteger los riñones. El bajo del pantalón atado sobre unos calcetines blancos. Alpargatas negras de cáñamo. Miro al suelo, lo mismo que un saltador al iniciar la carrera. En unos minutos embocaremos la Puerta del Perdón, pórtico unos pocos centímetro más ancho que el paso de palio de la Virgen de la Soledad, La Sole, para nosotros costaleros. Por arriba, el arco se estrecha en ojiva gótica. De rodillas si queremos enhebrar a la primera.

Como atlantes flexionamos lentamente y, ya de hinojos, el paso parece que avanza movido por muñones. Ocupo la esquina delantera izquierda, junto a los respiraderos de celosía. A la derecha, cinco costaleros y treinta más detrás de mi. Arrastro las rodillas y los primeros jadeos. Casi dos mil kilos soportados sobre cilindros de guata envueltos en los costales, sobre la base del cuello, donde descansa la trabajadera. Notaré el dolor cuando me acueste. Pero eso no lo sé todavía. Es el primero de mis cinco años de costalero. Fuera del templo, el gentío aplaude cuando levantamos.

En las aceras, muchos se santiguan. La banda de música toca Los campanilleros. Bailamos. Y con nosotros, aún en su tristeza hierática, también la Virgen. Las bambalinas del palio golpean contra las varas, rítmicamente. Noto que en el cuello va creciéndome un bulto que no desaparecerá hasta una semana después. En la calle Cuchillería, cuesta arriba, el penúltimo esfuerzo antes de la entrada. Nos jaleamos. A la puerta de la iglesia, el gentío se calla cuando nos hincamos de rodillas. Sólo oigo la voz del capataz y la respiración acelerada de mi compañero de atrás. Y luego, cuando entramos, aplausos sordos.

No sé por qué fui costalero, contesto a mi hijo adolescente, mientras le hablo de orgullo, de esfuerzo personal, de trabajo colectivo y solidario en las trabajaderas.  Frente a nosotros, treinta y cinco pares de alpargatas de cáñamo avanzan, con pasitos de geisha, dejando atrás la Puerta del Perdón. No sé por qué fui costalero pero, hoy, me cambiaría por ellos.

 

En 2009, la revista Viajar, editada por ABC, no disponía aún de sitio web.

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