La mascarilla de Margarita del Valle/ Relato

Relato

 

Margarita del Valle ha muerto. Sola.

Sus cenizas están en una urna, dentro de una bolsa roja. En otra bolsa, sellada, dentro de otras dos, una auxiliar me ha entregado sus pertenencias. Una mascarilla cubría la cara de la mujer hasta los ojos. Iba forrada con un mono blanco, como los forenses de las series que le gustaban a Margarita del Valle. Siempre quiso ser abogada, pero ser la hija de un guardia civil no daba para irse a estudiar a Madrid. La mujer ha bajado la mirada al darme las bolsas. En un mundo de mascarillas, solo los ojos podrán expresar sentimientos. He guardado las bolsas en el maletero. Ropa, el teléfono y la biografía de Isabel I.

En el Castillo de la Mota he estado yo, me dijo una tarde Margarita del Valle mientras veíamos la serie de la reina de Castilla. Era julio y la luz entraba a raudales por el ventanal. Se puso unas gafas de sol y continuó limándose las uñas. Tenían forma de almendra, como las de Madame Bovary. ¿Tuvo Margarita del Valle algún amante? Recuerdo que siendo yo un niño, cada dos días, el cartero me entregaba una postal que venía de Italia, firmada por un tal Giorgio. En una estantería de la casa de Margarita del Valle hay dos diccionarios de italiano, una gramática, y unos cuadernos forrados con flores de lis, en los que se había ejercitado con las conjugaciones de los verbos. Io sono, tu sei, lui/ lei… Su letra se extendía hacía los lados y hacía abajo: los palos de las efes y de las pes eran largos y delgados, abiertos a la derecha, y que con el paso de los años —y ella se fue encorvando— se habían ido haciendo más temblorosos y alargados, como si fueran los dedos de las manos de las figuras de los cuadros del Greco. En las últimas navidades le pidió a mi hermana que buscara a Giorgio, un cardiólogo de Pisa. No recordaba nada más. Nadie respondió a los mensajes de Facebook que mi hermana envió.

Tiene que desinfectar esos objetos, me ha dicho la mujer, a través de la mascarilla azul. No solo los ojos; también la voz. Me pareció que tenía el mismo acento que la camarera que le servía el desayuno. Desde que se había jubilado, Margarita del Valle desayunaba todos los días en la misma mesa del mismo hotel, café con leche y tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. En invierno se ponía su abrigo de visón y un sombrero de fieltro marrón, y en verano, pantalones blancos de lino que combinaba con camisas sueltas de colores. El sombrero se lo había comprado en París; yo estaba con ella. Fue mi primer viaje al extranjero: entonces yo era imberbe y ella había recorrido medio mundo. ¡Volare, oh, oh…! El sonido de la melodía, que suena a mi espalda, hace que pise de golpe el freno y gire la cabeza. ¡Cantare, oh, oh, oh…! Y la melodía se extingue, arrastrando un último ¡oh! La batería se ha terminado, pienso. Volare, el tono de llamada de su teléfono.  Morir en soledad es cruel.

Tengo noventa euros en el bolsillo y te invito a un café, decía el mensaje que recibí por wasap a finales de agosto. Venía acompañada de una foto suya con sus pantalones blancos y una camisa azul con flores rosas y blancas. Su noventa cumpleaños. El secreto de un buen café es la mescolanza, solía decirme.

¿Cómo se te ocurrió llamarte Margarita del Valle?, le pregunté a bocajarro. Dobló el papel del azucarillo, movió los ojos, y me dijo que todo había comenzado en el Castillo de La Mota, lugar de reunión los veranos de las chicas de la Sección Femenina, en los que coincidía con muchas niñas bien de Madrid. Tenía éxito entre los hermanos de aquellas chicas; que, aunque nunca me he maquillado, he sido bien guapa y mis piernas causaban furor, dijo con una sonrisa coqueta. Me mostró entonces una foto que llevaba en su teléfono. Se la veía apoyada en la barandilla de la playa de la Concha con pantalones cortos. Muy cortos, para mediados de los sesenta, apostilló. Aquellos chicos, continuó, estudiaban ingenierías o eran tenientes de las academias militares, y yo era solo una maestra. En el primer pueblo al que fui a dar clases, los niños no levantaban la mano para preguntar, recordó; lo hacían para pedir permiso para ir a dar de comer a los cerdos o a las gallinas. Nací en Fernancaballero, que es un pseudónimo, y se me ocurrió ponerme otro nombre. Y si el tenientito o el ingeniero querían ir más lejos, Margarita del Valle se evaporaba, dijo, moviendo sus grandes pestañas. Hace sesenta años —o ¿setenta?—, Margarita del Valle ya usaba mascarilla. ¿Y Giorgio?, recuerdo que le pregunté entonces. Giorgio, sobrino, era italiano.

 

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Tengo más de 30 años de experiencia en comunicación. He convertido mi pasión, el Storytelling, en mi trabajo. Ayudo, por eso, a empresarios, emprendedores y profesionales a definir su Identidad, descubriendo su historia. Soy Coach de Storytelling y Marca Personal. Me apasionan la novela negra y el jazz, y soy un infatigable lector.

2 respuestas a «La mascarilla de Margarita del Valle/ Relato»

  1. Muy interesante y bien expuesto. Haces muy amena la lectura y, sobre todo, cuentas en pocas palabras una vida
    Me gustó , sigue así y lo lograrás.

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