Malmoe, la ciudad de Kurt Wallander

Malmoe (Malmö) está a veinte minutos en tren desde Copenhagen, cruzando el estrecho de Öresund sobre un puente de 16 kilómetros de longitud, construido por Dragados, en Puerto Real.

El mar Báltico está agitado esta mañana de diciembre. Es Navidad. La niebla casi no me deja ver el puente. Es como si esta serpenteante estructura se fuera desplegando desde el interior de una cueva algodonosa. Tampoco veo la estación de la ciudad sueca hasta que la tengo casi al alcance de la mano.

Encontró un aparcamiento al lado de la plaza de Stortorget y bajo la escalera del restaurante Kocksska Krogen (…)Pasó el puente del canal (…) Entró en la estación(…)Iba por las sombras del andén donde soplaba el viento del estrecho. (Asesinos sin rostro)

Malmoe y Kurt Wallander

He venido a Malmoe siguiendo los pasos de Kurt Wallander, el comisario de policía sueco creado por Henning Mankel. Quiero ver los lugares donde vive y trabaja este fascinante personaje.

A Kurt Wallander le gusta María Callas, bebe té y café y come pizza, casi siempre fría. Vive solo en Ystad, a muy pocos kilómetros de Malmoe. Tiene una hija. También será policía.  Wallander conduce un viejo Peugeot, en cuyo radio cassette escucha a “la Divina”.

Se siente solo y caerá en una depresión que lo recluirá largo tiempo en una isla semidesierta. No ha superado su divorcio. Conserva, sin embargo, la esperanza de reconquistar a Mona, su esposa. Por lo tanto, intenta reconciliarse. En una de las novelas de la serie, se cita con ella en un restaurante cerca del Hotel Savoy, en Malmoe, frente a la bella, cuidada e inesperadamente silenciosa estación ferroviaria.

Revivir lo leído

Son casi las diez de la mañana. La Estación Central de Malmoe es un edificio del siglo XIX de ladrillo rojo. Al otro lado del canal, más allá del casi vacío aparcamiento de bicicletas, está el Hotel Savoy y la oficina de turismo. Me coloco tras una columna, junto a la oficina de turismo en el hall de la estación. Miro. No sé que pensarán las dos jóvenes rubias mientras atienden a los escasos turistas en el mostrador de la oficina de información turística. Estoy en el mismo lugar desde el que Wallander observa a Mona.

Cuando desapareció entre el Savoy y la oficina de turismo la siguió (Asesinos sin rostro, 2003)

Tengo la sensación de un dejà vu, aunque debería decir –si se me permite la expresión– un dejà lu. Es cierto, lo que veo ya lo había leído antes, lo había visto y sentido antes. Las descripciones de los lugares son, en consecuencia, de una escalofriante exactitud. Lo he leído en las novelas de Henning Mankel –auténtico artífice del resurgimiento de la novela negra sueca de los 60–, padre literario del comisario Kurt Wallander. 

Malmoe, pequeña y acogedora

Hace mucho fuera de la estación. El viento hace ondear ruidosamente unas banderas.  Las cuerdas golpean ruidosamente contra los mástiles metálicos. 

Soplaba un viento del norte, un viento racheado. (El hombre sonriente, 2005).

Cruzo el canal. A espaldas del Savoy se encuentra la plaza de Stortorget, en una de cuyas esquinas está–perfectamente conservada, interior y exteriormente– la farmacia Lejonet, construida a finales del XIX en estilo neorrenacentista. Maravillosa. Desde aquí se accede a la parte antigua de Malmoe.

Stortorget en Navidad. Miriam Preis/imagebank.sweden.se

La falta de luz produce melancolía

En Suecia, las fiestas de Navidad comienzan el 12 de diciembre, Santa Lucía, con la fiesta de la luz. Finaliza el 26 de diciembre. Hoy, 27 de diciembre, han comenzado las rebajas en Suecia. He comido arenques y salmón ahumados sobre unos trozos de pan de centeno. Hay mucha gente en las calles. Sin embargo, no hay aglomeraciones en los comercios del centro. Unos operarios comienzan a desmontar los adornos navideños. Un grupo de policías con chalecos reflectantes pasea tranquilamente.

El aguanieve había mojado las aceras de unas calles que a aquellas horas aparecían repletas de gente. (Los perros de Riga, 2004).

Me tomo un café muy largo con un ligero toque de canela en la terraza del Espresso House, arropado con una manta. Una reconfortante y  nueva sensación. Son las tres de la tarde. Es casi de noche. Tal vez el comisario Wallander es tan melancólico como estas tardes de invierno– pienso. A las tres de la tarde el cielo se oscurece, el viento azota la cara sin piedad, mientras  cae la niebla.

La niebla. Jamás lograré acostumbrarme a ella, pese a que toda mi vida ha transcurrido en Escania, donde las personas aparecen constantemente envueltas en su manto invisible. (El hombre sonriente, 2005)

Barrio Puerto de Malmoe. Aline Lessner/imagebank.sweden.se

El desasosiego sueco

Al comisario lo conocí cuando tenía cuarenta y tres años. Finalmente, dejo de saber de él cuando ha cumplido cincuenta y tres. Es la última novela de la serie. Diez años, ocho novelas que son, según su autor, “novelas sobre el desasosiego sueco” ¿Qué estaba sucediendo con el Estado de derecho sueco durante la década de los noventa? ¿No tendrá que pagar la democracia sueca un precio que pueda llegar a parecernos demasiado alto y deje de merecer la pena pagar?”

Henning Mankel se hacía estas preguntas en la introducción de La pirámide (2006), una colección de tres relatos que narran los años en los que Wallander era un policía veinteañero en Malmö.

Ya comisario, ejerce en la cercana Ystad, pequeña ciudad que el autor sueco describe minuciosamente en sus novelas, igual que Malmoe.  Allí está la calle Mariagatan en la que vive el comisario y la pequeña comisaría. Y también el Hotel Continental donde come en ocasiones. El comisario Wallander siempre tiene reservada allí una mesa, gentileza del propietario real del establecimiento al detective de ficción.

Foto 1: Puente de Öresund. Silvia Man/imagebank.sweden.se

 

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Tengo más de 25 años de experiencia en comunicación. Desde hace 5 años he convertido mi pasión en mi trabajo, el Storytelling. Ayudo a empresarios, emprendedores y profesionales a definir su Identidad descubriendo su historia. Soy Coach de Marca Personal. Me apasiona el jazz y soy un infatigable lector.

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